martes, 17 de septiembre de 2013

ZINGONIA ZINGONE

Los naufragios del desierto
Zingonia Zingone
Vaso Roto ediciones, 2013

Los naufragios del desierto

   El trato habitual del traductor con espacios lingüísticos específicos afianza enlaces en su trabajo creativo con tradiciones foráneas y le concede matices individuales. Esta es la primera reflexión que suscita la lectura de Los naufragios del desierto, quinto poemario de Zingonia Zingone (Londres, 1971), poeta, narradora y traductora del poeta marathi Hemant Divate y del italiano  Daniele Mencarelli.
   Sirve de entrada al poemario un breve liminar del escritor nicaraguense Sergio Ramírez, quien define esta colección poemática como una saga lírica que aglutina el deambular de tres protagonistas, Khalil, Soraya y Bâsim, que en el existir perdieron una corona, un amor, un camino y dejan en sus palabras el afán de su búsqueda.
  Cada identidad está inmersa en su propia tarea. En la primera parte, “El oráculo de la rosa”, que arranca con una cita de Omar Khayyam, asistimos a la larga peregrinación del príncipe Khalil. Perdido en la noche, busca refugio en la memoria, recupera otro tiempo en el que era posible la belleza. La rosa se convierte en símbolo permanente de esa belleza; sin ella el poder no tiene sentido, tampoco el existir que se convierte en una simple columna de humo, en el desasosiego de una inacabable peregrinación por el desierto, espacio abierto que acoge la soledad  y el abandono del nómada.
  El segundo apartado “Las campanas de la memoria” deja bajo los focos un nuevo perfil, Soraya: “Soraya tiene ojos de carbón. / Su cuerpo fino lleva el peso / de una infancia / manoseada / por el destino “. La mujer proviene de un tiempo de sombra; su carne se hace memoria de un dolor intenso y vivo, velado por la complicidad. De ese paso por la sombra también está hecho el presente, en el que está viva e inalterable la angustia de la culpa.
   Quien deambula en los poemas de “Río escondido”, último tramo del poemario es Bâsim; aporta la sensibilidad del niño que posa sus sentidos en los meandros del ahora y comienza a sentir los desajustes del tiempo a su alrededor; está su madre y el hueco ausente de su padre y está en ciernes una conciencia pensante: “El  niño cae y se levanta; regresa a tierra. / Lanza otra vez el hueso del dátil / e intuye que la vida se vive a saltos; / pequeño acróbata de los abismos”.
  Los protagonistas de este poemario, aunque desde etapas vitales diferentes, comparten el mismo estado de soledad e incertidumbre. Bucean en el manantial del tiempo sin encontrar respuestas, haciendo del encuentro con el otro un hilo frágil que sirva para no perderse en su continuo tránsito.  Daisy Zamora comenta algunos referentes culturales del poemario, percibe elementos de la tradición cultural árabe y judeocristiana. Yo añadiría que el aire narrativo de los poemas se aproxima también a la oralidad del cuento, a esos minirrelatos que se escuchan tras las voces del tiempo, cuyo didactismo recuerda que la vida es un continuo aprendizaje, un naufragio que busca con urgencia un litoral hospitalario.

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