domingo, 8 de diciembre de 2013

PILAR BLANCO. LLAMA Y HUMO.

Alas los labios
Pilar Blanco
Ediciones Olcades
Cuenca, 2013

LLAMA Y HUMO

  El ingreso en los escaparates culturales de la antología Con la cal en los dedos (1980-2010), editada en Provincia, acercaba al público lector una muestra muy atinada de la obra lírica de Pilar Blanco. Hasta ese momento su tarea creadora comprendía nueve entregas que arrancan en 1982, cuando el monolitismo novísimo se había transformado en un aserto que convivía  con otras estéticas renovadoras. Esta compilación de la poeta y profesora leonesa incorpora un liminar de Ricardo Virtanen, donde se desglosan las líneas de una ruta que abre marcha de nuevo con Alas los labios.
   Unas palabras de confianza evocativa sirven de umbral a este poemario de título aliterativo, Alas los labios, con un material poemático distribuido en cuatro apartados. Leemos en “Conjuro”: “Serenidad / en el decir, / aliento visionario”. La composición es una autosugerencia; el consejo fusiona ese andar sosegado y apacible que dé curso a un lenguaje activo y vitalista, y la creencia en el impulso de un designio, no como intuitiva aprehensión del porvenir, sino como capacidad para mantener una actitud coherente en la escritura, sin imposiciones, acorde con una forma de ser personal.
  El trayecto vivencial expande un espacio de  rutinas e incertidumbres; una simple abertura en el muro supone la posibilidad del punto de fuga, una senda de interrogaciones para la conciencia. Ese es el hilo común que unifica los textos de la sección de arranque. En este apartado, el poema “El hacedor de palabras”, uno de los mejores del poemario, introduce una consideración metapoética sobre la capacidad creadora de los signos: “Dirás que el universo se pliega ante el hechizo/ que lo describe y nombra y crea al mismo tiempo. / Miro a mi alrededor, y en la mañana espesa / que moja los almendros y hace llover su albura / sólo / veo / palabras”.
   El hablante protagoniza un lento repliegue, hecho de soledad y carencia. Confirma aquella cita de Blanca Varela: “Aprender a caminar sobre la viga podrida”. El vacío fertiliza espacio y tiempo; los pasos deben soportar el deterioro, los sueños especulan y la amanecida reserva papeles secundarios: la uniformidad gris de la inexistencia. De ese estado hablan los versos de “Cuando la luz nos borra”: “Cae la luz / sobre las cosas / y en su lluvia / reverberan los cobres / se acallan los sonidos, la ebriedad / de la flor en su muerte, / de la tarde en suspenso como hilándose / copo a / copo / mientras toda la luz se tambalea”.
   La deriva habita en un entorno diluido en el que el sujeto sigue en la brega; busca percibir el nítido aroma de la existencia al paso, como un ave frágil que asciende en el azul del despertar, sin pedir tregua, aceptando la contingencia de un destino impuesto. Un fugaz vuelo hacia el resplandor y la claridad.
   La poesía de Pilar Blanco desbroza paisajes interiores a cielo abierto. En sus palabras se remansa la luz de lo diario, su compleja construcción emocional, ese ir amaneciendo con la cal en los dedos, en busca de respuestas, aunque abrume la tajante certeza de que no las hay.

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