jueves, 27 de octubre de 2022

JULIO ÁNGEL OLIVARES MERINO. LA CACERÍA

La cacería
Julio Ángel Olivares Merino
Editorial InLimbo
Colección Poesía
Albacete, 2022 

 

ENTRE SOMBRAS


 
   La personalidad  creadora de Julio Ángel Olivares Merino (Jaén, 1970), Licenciado en Filología Inglesa, Lingüística y Estilística, colaborador en medios autiovisuales y docente investigador en el departamento de Filología Inglesa de la Universidad de Jaén, aglutina novelas, ensayos sobre cine y literatura de terror, narraciones y, ahora, poesía con su primera salida lírica La cacería. La obra se incorpora al catálogo de la singular colección InLimbo, que alienta y coordina  la poeta Ana Martínez Castillo.
   Es conveniente, por tanto, antes de adentrarse en esta cosecha lírica, seguir las reflexiones prologales de la profesora de la Universidad de la Laguna María Luz González Rodríguez. Recuerdos y miedos son pilares básicos de la identidad, cuya naturaleza es siempre frágil y vulnerable. De esa conciencia de temporalismo e inquietud vital nace buena parte de la literatura de Julio Ángel Olivares Merino. La sensibilidad de caminar entre sombras y percibir cerca una caligrafía de inquietud añade a los poemas una textura nocturnal. A contramano, la realidad convierte la existencia en un magma unitario, de compleja significación. El niño ignora que el discurrir cronológico es desvivir, y que lo perecedero encalla de inmediato en nuestros días. Todo es efímero, un continuo desasirse de afectos y cosas.
 Un excelente verso, ”He despertado alimentando cipreses…”, que aleja el fluir de la conciencia de cualquier amanecida virginal, sirve de pórtico al primer tramo del libro “Los descalzos”. El hablante verbal describe un marco de representación crepuscular, donde el pensamiento camina entre tinieblas. La muerte –anciana de ojos agrietados- acecha. Viene al encuentro de esas latitudes vitales nómadas, condenadas a descarrilar en cualquier andén. El entorno muestra una arquitectura con derrumbes; son los muros inertes de una casa que es ahora habitación baldía y morada de espectros, como si fuera inevitable el feroz proceso de desolación: “La casa es un alud de vejez y disonancia dormida; / su cerebro es jirón de tripas, hedor a anís”. Nada queda de la calidez habitable de los días de infancia; ahora es tiempo de frío y desamparo, mientras toma cada habitación una oscuridad que hace de la memoria deserción y herida. El ayer se transforma en un tiempo lejano y deshabitado, que convierte a los pasos en el tiempo en sombras de pies descalzos, en peregrinos que desconocen la senda de regreso y se quedan a solas en el borde mismo del naufragio.
   La sección central “Tráqueas” habla de una tarea continua de dolor y soledad: “He sufrido arrancando cipreses”. Como si la muerte fuera una presencia palpable, que anuncia una extraña primavera de decrepitud, un presentir envenenado. El dolor se hace desgarro y sutura. El yo toma conciencia de ser un huésped encerrado en esa urna lapidaria del vacío y fuerza, a tientas, la ruptura del cristal para buscar una salida, para hacer que siga viviendo el niño que fue un día y el viejo que será mañana voz del llanto. Arde la infancia y se descose del vocabulario la palabra madre, que era el rastro más fuerte del origen; también ella, pecho fértil, vientre hospitalario y manos cálidas para el amor y la ternura, siente el latido fuerte del discurrir. Los rasgos se erosionan y encanece su pelo hasta sentir que, poco a poco, el desgarro final será definitivo. Solo hojarasca muerta, piel vacua en el paisaje del oscuro vacío. Y lo mismo con otras presencias, que habitaron la casa un día y compusieron un cálido pentagrama de huellas.
  La breve sección final “Polillas” comienza como una confesión de lo vivido. Todo se pierde hasta convertirse en destellos opacos, en una insalubre pesadilla que solo parece fruto del insomne, ese pálido habitante de la umbría en la rueca del tiempo. Todo es espera, languidez y grieta que ha de llenar la nada. Mínimas esporas en las manos del viento, resignadas a perder la levedad, hasta ser “quietud, oscuridad…silencio”.
   La cacería es un libro sombrío, desapacible, oscuro. Su poesía recuerda nuestra condición mortal y enlutece las palabras con imágenes de impacto, dispuestas a recorrer una senda sin luz. La pisada indecisa emprende el caminar y se hacen compañeros de viaje la erosión y el dolor, la pesadilla y el rumor nocturnal de la muerte que acecha. Los que compartieron casa y senda común han ido precipitándose hacia la ausencia. Todo fue. Y ahora aguarda el cierre final, el hábito triste de aprender a morir.
 
JOSÉ LUIS MORANTE

 
 
 
  
    

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.