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Pájaros locos Juan Antonio Mora Prólogo de José Luis Morante Portada de José Ramón Navarro Ilustraciones interiores de Juan Vicente Corcolés Editorial Corona del Sur Málaga, 2026 |
RESONANCIAS
Definir la esencia
de un quehacer literario en el tiempo es reducir los materiales poéticos a las
especulaciones de la razón y el recuerdo. Una aspiración, casi siempre fallida, que sondea de modo fragmentario la subjetividad del protagonista, los
contraluces del lenguaje y las resonancias de un espacio y un tiempo histórico
que abrazan, vehementes, lo personal y lo colectivo. Sospecho que en el
análisis de la poesía como simple arquitectura verbal suele quedar oculto el
misterio, esa carga emocional intangible cuyo significado moja las manos y se
evapora dejando, más allá de sus referentes fértiles, surcos de conocimiento y
sentido.
Juan Antonio Mora
Ruano (Andújar, Jaén, 1950) con una larga experiencia de taller como director
de la revista La hamaca de lona, prosigue el tramo de madurez de su obra
lírica con la gestación de una nueva entrega Pájaros Locos, donde
proyecta su voz enunciativa con un meditado componente simbólico. A lo largo
del poemario, los pájaros locos protagonizan actitudes y secuencias vitales
impregnadas de fuerza existencial. Otras veces se hacen reflejos de las vibraciones
cotidianas. También comparten el extraño reflejo de la melancolía, ese estado
mental de la soledad cuando toma conciencia de que duerme “al lado del
absurdo”.
La escritura de
Juan Antonio Mora, sobre todo en su etapa de madurez reflexiva, tiene
predilección por el pensamiento filosófico. Acoge en su pórtico una luminosa
colección de citas que conforman un decálogo de magisterios y afinidades
literarias y afectivas que ilumina las tradiciones en las que se reconoce. El
poeta selecciona un acople de citas, donde suenan las voces de Jean Paul
Sartre, Antonio Machado, Cioran, Marcuse, o de magisterios líricos como
Cristina Peri-Rossi, Juan Carlos Mestre, B. Brech o Rafael Soler. Son respaldos
que encaminan su propio decir y alientan la dicción realista del discurso
testimonial. Juan Antonio Mora escribe con empeño ético, como si las
composiciones fueran cruces pactados entre la biografía del yo y una
introspección que haga posible asumir y comprender los devaneos de la realidad.
El poeta es un observador que pone en vigilia los sentidos para percibir y
crear una emoción que muestre al lector una sensibilidad confidencial, pero
libre también para la divagación y el fantaseo, para la evocación y la mirada
crítica, alentado por una sorprendente diversidad de estados de ánimo. La
voluntad del sujeto concilia literatura y vida. Busca lucidez. Quiere
argumentos para justificar la resistencia del amor, el muro fuerte de la
soledad o la terapia a ese insomnio oscuro que nace de la conciencia desvelada
que se implica en perseguir un mundo más humano, más solidario y justo. Ante
las situaciones hoscas, que borran sueños, la escritura se convierte en senda
meditativa y terapia para domesticar esos “pájaros locos / que vuelan insomnes
/ en las nubes / del desencanto”.
En su búsqueda de la poesía pura y
transparente, Juan Ramón Jiménez alentó un ideario de desnudez y total
despojamiento metafórico. En la escritura de Juan Antonio Mora se percibe el
mismo deseo de sencillez. Los poemas tienen como denominador común su
minimalismo. La brevedad convierte cada poema en un apunte intuitivo, en una
rozadura sentimental, que fecha su quehacer literario y se hace memoria
inmediata de una sensación.
Juan Antonio
Mora prosigue itinerario poético con Pájaros locos, subtitulado con verbo
explícito “Un extraño sosiego”. El poemario prolonga la observación crepuscular
con humilde sencillez, sin colisiones con los últimos títulos del autor -El
delirio de la palabra (2025) y Dioses efímeros (2025)-, crea un
discurso verbal que explica una visión poética que hace de la literatura
testimonial un paisaje con sombras, hecho de deseos, esperanzas, obsesiones y
sueños. Poesía que sacude el corazón con su lógica subterránea, con su
permanente ejercicio de dar sentido al río inagotable de lo cotidiano; de
buscar a lo lejos, en los gastados contrafuertes de un destino azaroso, una grieta de luz.