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jueves, 11 de febrero de 2016

INCERTIDUMBRE

Entre libros, Rivas, 2015
Fotografía de Dolores Leis



INCERTIDUMBRE


El pesimista es tan clarividente que anticipa el fracaso

Cada trayecto se refugia en la lectura minuciosa de un viejo periódico. Disimula su capacidad de observación. Conoce la fisonomía de todos los fantasmas que viajan en los vagones vacíos.

Su idoneidad como corrector quedó demostrada cuando encontró varias faltas de ortografía en un poema de Juan Ramón Jiménez.

El egoísta hace del yo apócope de nosotros.

Las ideas ajenas sobre la conciencia de un sujeto dependen de las  palabras; la opinión del yo sobre sí mismo depende de los hechos y del triste oficio de la ocultación.

Utiliza argumentos que recuerdan carnavales de pólvora.

Cómplice del futuro.

Tiene una memoria prodigiosa, capaz de hacer real una mentira.

Los que mienten consiguen interpretaciones magistrales.

En el trasfondo del azar dormita un orden secreto, una simetría que pauta planteamiento, nudo y desenlace.

La autobiografía convierte a otro en protagonista. 

Me dispongo a escuchar. El ruido de las palabras hilvana preguntas que confirman la falta de respuestas. Después habla el silencio y hay una extraña sensación inmóvil.

Los andenes ferroviarios son espacios ambiguos e imprevisibles en los que se respira la quietud de la ausencia; nadie sabe quién se va o quién se queda.



                                                (De Mejores días, De la Luna Libros, Mérida, 2009)



viernes, 13 de marzo de 2015

SOBRE LOS AFORISMOS DE MEJORES DÍAS

Mejores días
     UN MODO DE RESPIRAR

 En esta muestra aforística, Mejores días, he optado por el ordenamiento cronológico frente al temático para subrayar la autonomía textual. Es el hilo continuo de los días el que ha puesto su orden natural. A esa independencia alude también el título. El aforismo imita a un paseante; callejea, pero no se dirige a ninguna parte concreta; cambia de dirección, como si su voluntad obedeciera a una brújula de ocurrencias.
  El desorden instaurado implica una pluralidad de motivos; apunta a la relación entre vida y escritura y describe un contexto histórico que aporta referencias y establece climas emocionales. Las preocupaciones son diversas; queda patente cómo el interés fluctúa y cómo el entorno enriquece nuestra mirada. El aforismo particulariza sobre ética, sociedad, sentimientos o literatura porque “nada de lo humano le es ajeno”.
 El estilo conciso marca también huellas afectivas que deben sortear los obstáculos pasajeros con los que nuestras incursiones tropiezan. Viajamos hacia los rincones de la conciencia; desde allí vislumbramos las posiciones que dan carácter al lenguaje: los pensamientos sugieren explicaciones, aunque sean humildes o parciales, aunque especulen con los significados.
La cortedad en el decir exige la máxima tensión; la realización verbal parte del principio de economía y del rechazo de elementos aleatorios. Eso no anula una intensa carga poética. El suplicio de las moscas, un libro de Elias Canetti, es uno de los títulos que cuentan como impulso inicial hacia el género. Antes de su lectura, el aforismo tenía para mí un perfil de estatua: hierático y grave. Canetti fue un escritor prolífico, rellenó muchas páginas con aforismos, relatos mínimos y ensayos breves, que articulaban su pensamiento y expresaban el “modo de respirar” frente a la realidad cotidiana. Dos selecciones del Nobel búlgaro me han acompañado estos años, La provincia del hombre y El corazón secreto del reloj. He compartido su lectura con los aforismos de Lichtenberg, quien me proporcionó uno de esos principios vertebradores que nunca envejecen: “buscamos en la lejanía causas que suelen estar muy cerca, en nosotros mismos”. De Lichtenberg también es esa preferencia por una sensibilidad lingüística alejada del retoricismo y la preferencia por lo pequeño.
Esta búsqueda que nos concede un poco de luz es la que abre de manera directa las ventanas del conocimiento. El aforismo es música; el último acorde que clausura una pieza.

                                                                  

Epílogo de Mejores días, De la luna libros, Mérida, 2009

sábado, 26 de abril de 2014

EN COMPAÑÍA


EN COMPAÑÍA

Somos. Abriga la intemperie. Tu cuerpo es esa patria limitada y tangible en la que cada noche me cobijo.

En el interior del mismo camino, proximidad y lejanía.

Te quiero como el primer día. Lo sé por lo que tardas en regresar.

En la trinchera, esa lucha continua entre lo deseable y lo existente.

                                  (Mejores días, Mérida, 2009)

lunes, 22 de abril de 2013

MI LIBRO PARA EL DÍA DEL LIBRO.

Luis Felipe Comendador. Fotografía de Charcolive    

      Formol con Habana 7
Luis Felipe Comendador
De la luna libros, 2003

   Desde hace años, al poeta y editor Luis Felipe Comendador (Béjar, 1957) le apasiona asomarse al horizonte de la trasgresión y le motiva jugar sobre el filo de la navaja de los géneros literarios, como si la normalidad y el convencionalismo fueran tediosos  recorridos que no merece la pena transitar. De esa postura, es un buen ejemplo Formol con Habana 7, una salida en prosa con solapilla incendiaria, biografía poco autocomplaciente  y remota apariencia de diario ficticio que es, al mismo tiempo, una recopilación de microrrelatos, un jocoso confesionario personal que acoge contingencias y un ajuste de cuentas con algunas imposturas que gozan de mucho crédito bajo el techo estucado de la literatura.
   Formol con Habana 7 moviliza filias y rechazos y se asoma a la feria de las vanidades, poblada de intereses; también delata un hábito lector mantenido que se percibe en el conocimiento minucioso de  anécdotas y en los ajustados bocetos de creadores que han dado sentido y lustre a la tradición cultivando los jardines de una personalidad seductora. Sería tedioso hacer un inventario de los sujetos involucrados por Comendador; hay un largo recorrido por todas las épocas y por todas las artes, desde el mundo clásico a la vanguardia y desde los albores de siglo hasta la actualidad cultural de nuestros días.
   Aunque cada texto goza de autonomía, se unifica el conjunto por un procedimiento que recuerda remotamente al Delibes de Cinco horas con Mario. Un amigo del autor, Fernando Barrere ha fallecido y en su disposición testamentaria hay una cláusula que ha de cumplirse en las dependencias mortuorias. En el tanatorio del Instituto anatómico forense charla durante horas con el cadáver, que naturalmente resulta un complacido oyente de las vivencias literarias de Comendador.
   En la brevedad de estas piezas la vida aparece como un gesto menor, enfermo de grisura y enaltecido por la muerte. Hay proximidad entre algunos cuentos compilados aquí y poemas de entregas anteriores como Paraísos del suicida. En ocasiones, la poesía narrativa de Comendador opera como síntesis; los versos extraen los mejores momentos de un texto con mayor amplitud argumental. Un buen poema esencializa una idea que se libera en la prosa.
   Uno de los habituales componentes de la literatura de Comendador es el humor, un humor entendido como un recurso paródico, por un lado, y como dispositivo para crear un área intermedia, a la misma distancia del yo y del entorno. Desde esta posición resulta fácil recubrir la solemnidad con una carcajada o desarrollar preceptivas estéticas sin que su dogmatismo nos ahogue con argumentaciones incontestables, o la lógica del conocimiento nos llegue velada por el hermetismo.
   Un cadáver y una botella de Habana 7 ponen en marcha un libro distinto, remiso a la clasificación genérica, que acaba de una vez con ese tópico simplista que asegura que los buenos poetas solo escriben poesía.