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sábado, 13 de noviembre de 2021

ALVARO HERNANDO FREILE. MAR DE VARNA

Mar de Varna
Álvaro Hernando Freile
Editorial Baile del Sol, Colección Poesía
Tegueste, Tenerife, Canarias, 2021

 

EN UN NO LUGAR

 

   La mirada lírica de Álvaro Hernando Freile (Madrid, 1971), maestro, periodista y antropólogo, abre ventanas al presente en 2016 cuando publicó su primer libro de poemas, Mantras para bailar, en la editorial de Chicago Pandora Lobo Press. Se ha expandido en un lapso muy breve ya que en apenas cinco años han visto la luz tres entregas, Ex-clavo (2018), Chicago-Express (2019) y la salida más reciente Mar de Varna. Esta trayectoria de paso firme se completa con la participación en algunas antologías colectivas y con incursiones en el relato breve.
   Álvaro Hernando Freile anticipa el transcurso del libro con una nota prologal, tras el poblado registro de gratitudes, que sondea la condición de ser desde el no ser: “Mi vida es un no lugar (…) La no persona que soy está atravesada por un mar que nunca he pisado”. Desde esa asunción de la paradoja como condición definitoria del estar y de la poesía como territorio de convivencia entre identidad, imaginación y deseo –como escribiera en su manifiesto por un no lugar Juan Carlos Mestre- , se yuxtaponen los cuatro apartados que componen el poemario. El primero “Mar de Varna” acoge en su afán acumulativo “los momentos que nos devuelven la identidad”. Los espejos interiores muestran un magma cambiante en el que se deshilvana lo que fuimos y se diluye lo que queremos ser. La percepción reubica en puntos concretos; establece cercanías y distancias con elementos del espacio; todos alientan espejismos, difunden brotes renovados de ese viaje interior hecho de sensaciones y recuerdos. El discurrir impulsa un pensamiento sumergido que tiende puentes entre el ayer hecho de ausencias y el presente, un silencio que busca ruta en un fluir remansado, donde solo es certeza la posesión callada de lo transitorio: “El conocimiento es una efímera victoria, / una propensión más a darse / de la mano con la muerte”.
  El imprevisible vuelo de imágenes convierte la poética personal en una travesía intangible que asume los signos del afuera y su caligrafía de indefinición y finitud: “Poemas que son bandada / de aves temerosas, / símiles gregarios / de los que emigran cuando el frío acecha”. En los trazos del poema buscan salida la sensación crepuscular del exilio y el verbo indeciso de destellos, cuyos significados se velan. La sensibilidad disemina paisajes afectivos. Es un patrimonio de luz deshecha donde se tienden las incertidumbres del acontecer, esas experiencias por las que la mirada inocente de la epifanía permuta en madurez. La geografía ubica el enclave portuario de Varna en Bulgaria y remite a un topónimo con un patrimonio histórico notable; pero el sustantivo funciona en el poema como un lugar lejano, casi ideal, cuya claridad vence a lo oscuro y es capaz de doblegar el tiempo a través de una identidad soñada, dispuesta al deseo y la intensidad emotiva. La composición en prosa poética “De agua” cierra el apartado inicial con un texto introspectivo; la vida en cada instante profundiza en las pérdidas, marca la soledad como un entorno en el que encuentra sitio una sed que no puede apagarse. Poco a poco, los lugares del pasado son vestigios, signos expuestos que aspiran a sobrevivir entre la incansable zozobra del olvido tras haber cumplido su ciclo de permanencia: “La vida os seca, / os mira a los ojos y os los cierra, / devolviendo con su mano el pudor al cadáver, impidiendo que el alma escape por el vidrio / inanimado y transparente de unos ojos mudos”. 
  Lo transcurrido pervive en un reguero de imágenes en el que se asienta la soledad de la memoria. En el apartado “Tapias” se despliegan los lugares de tránsito que convierten el pasado en una senda de regreso. Los poemas insuflan vida a un rastro icónico que expande sus formas desde el ayer, desde aquella tapia que llevaba al colegio como una distancia rutinaria, hecha de desconchones y miedos. El verso adquiere una clara función evocativa, se hace reflexión y reflejo de lo transitorio, como si el tabique desconchado, ese muro que limitaba centros y periferias, fuera también un límite entre el pasado y el ahora, entre la tierra fértil y el descampado que precede al bosque: “Pensamos el dolor como una idea. / Pensamos el tránsito como un lugar desde el que morar / cuando todos los alrededores cambian”.
   La lución latina “Ab imo pectore” (Desde el fondo de mi pecho) describe ese lugar interno donde lo fugitivo permanece. En los poemas, la voz del sujeto recuerda el camino transitado con un tono intimista en el que resulta reconocible un amplio sustrato sentimental. Se trata de vencer el miedo de un niño asustado, de sumar pasos a otros pasos que dan impulso a la cronología vital. Nada se pierde, solo desaparece sumergido, rompe vínculos previsibles para asumir un legado de óxido y herrumbre, de sombría desolación: “Desaparecer es un impacto que la belleza perdona y absuelve”. La palabra “Holocausto” contiene una semántica repleta de efectos secundarios. Descubre una perspectiva tenebrosa sobre las constantes temáticas del apartado como si los versos reflejaran una quiebra emocional, que recobra el paso en el poema “Ab imo pectore” en el que se hace fuerte el recuerdo del padre y su fragilidad. Con una sugerente cercanía discursiva y ritmo fragmentado, que equilibra los ángulos biográficos, el poema “Tragaluz” define con precisión la soledad ensimismada que hace del tiempo un diario introspectivo.
  En el tramo final “Cicatrices” se percibe un deambular caótico que da pie al sarcasmo y la ironía, así sucede en el poema “La cadena Trófica” que alivia el truculento hilván narrativo con la benevolencia del humor. Solo así es soportable el tiempo y su rumor desangelado que nos advierte que la vida es un lugar que va perdiendo el sitio, que se asoma al abismo y corta sus enlaces con la cordura. Que hace de la rabia y las sombras puntos de fuga, una nueva normalidad que ha cercenado la luz azul del mediodía para cancelar abrazos y hacer de lo diario un encierro sin luz.
   Mar de Varna opta por el tacto áspero de lo desapacible. Elige como cierre un recuerdo al  maestro del nihilismo existencial Emil Cioran y como marco habitual de los poemas la sugestión de una realidad precaria que multiplica el vasto territorio de la soledad. Los poemas divagan, merodean, advierten que solo después del caos llega el orden.    
 
 JOSÉ LUIS MORANTE


lunes, 9 de noviembre de 2015

ITZIAR MÍNGUEZ ARNÁIZ. CAMBIO DE RASANTE

Cambio de rasante
Itziar Mínguez Arnáiz
Baile del Sol, Poesía
Tegueste, Tererife, 2015

ARRUGAS EN LA PIEL DE LOS DÍAS


   Con una producción literaria que alterna narrativa, guiones para televisión y poesía, Itziar Mínguez Arnáiz (Barakaldo, 1972) inicia itinerario en 2006 con La vida me persigue, Premio Internacional Surcos. El libro encuentra de inmediato continuidad en Luz en ruinas, Cara o cruz, Pura coincidencia y Wikipoemia. Esta notable cosecha en apenas un lustro tiene amplia representación en las antologías y retratos de grupo que dibujan con trazo apresurado las bifurcaciones del ahora poético.
   Llego a la poesía de Itziar Mínguez Arnaiz desde el cristal limpio de su última salida, Cambio de rasante, un conocimiento tardío que justifica la digresión que sigue. Cuando se visita por primera vez el mapa creador de un poeta es casi un acto reflejo percibir en sus elementos la genealogía natural, el aire de familia con autores asentados en el canon. Así se descubre poco a poco el carácter epigónico del discípulo, los tramos de aprendizaje o se asiste a la felicidad de ver convertidos a los predecesores en un montón de arena maleable, dispuesto al uso inmediato en nuevas construcciones. Cambio de rasante incorpora en la dedicatoria inicial un nombre propio, karmelo C. Iribarren, que enciende las luces de situación del ideario poético de Itziar Mínguez Arnáiz. Pero son los poemas los que van sembrando indicios evidentes en el lector: una lírica despojada, esencial, que confía en su cierre en el enunciado aforístico y que incide en sus temas en el muestreo reflexivo de la peripecia existencial del sujeto verbal, sin circunvoluciones infantiles de piedra en el estanque, ni densidad  espesa de filosofía grandilocuente.
   El vocabulario entrelaza palabras conocidas, con el tacto lijoso del uso diario, que se ajustan en su parquedad descriptiva a la precisa configuración epidérmica de un guante de látex.
  Así que no es difícil sentarse para oír la verdad literaria del poema con la música  ambiente de una emoción compartida. Las palabras se pronuncian sin un gesto de altanería, con la terquedad que requiere afrontar el frío y la desolación de las horas laborables, para sacar la conversación  del punto muerto: “No me digas  que no es extraño / tenerlo todo / y no sentir nada / nada más que el pulso / acelerado del silencio / en tu garganta / boicoteando ese grito / que no termina de salir. “
  Las palabras exploran alrededor, se miran dentro, buscan la improvisada lección de lo diario, reconocen humedades y sombras, miden el trazo firme de las arrugas y constatan que es preferible seguir, intentar poco a poco el cambio de rasante y no hacer el itinerario inacabable o más complejo.
  El minimalismo expresivo se mantiene también en la estética del poema. Frente a la palabra concebida como búsqueda cognitiva, como terapia del discurrir inane o como empeño en dejar en tierra firme el carácter transitorio y fugaz de la condición humana, el escepticismo es la ropa gris  que resguarda el poema. Sin más. El yo desdoblado se responde a sí mismo en el azogue de los versos: “Por qué escribes / y para quién / qué pretendes encontrar / o esconder / cuando tengas respuesta a estas preguntas / aparca el boli / para siempre”
   La poesía de Itziar Mínguez Arnáiz muestra las arrugas de lo diario; hace una crónica sin titulares del roce, cierra los ojos cuando las sombras dejan en el instante algún sueño. y pone entre los versos un poco de ternura. Para que encuentre sitio el próximo minuto.  

       

sábado, 8 de junio de 2013

RICARDO VIRTANEN. CUADERNO DE INTERIOR.

Cuaderno de interior
(Diarios 2003-2004)
Ricardo Virtanen
Baile del Sol, Tegeste, 2013

CON LUZ NATURAL
 
    A la literatura autobiográfica le viene bien la luz natural, esa claridad justa para percibir una dimensión a la medida de las cosas sencillas que conforman el entorno cotidiano. El primer volumen de los diarios del poeta, músico y profesor universitario Ricardo Virtanen desprende esa sensación desde el comienzo. La escritura no compone el gesto; comparte los pormenores de una biografía al paso que tiende a caminar hacia dentro más que hacia fuera.
   En su ejemplar currículo profesional, Ricardo Virtanen conjuga dos facetas artísticas, la música y la escritura, abordadas con perseverancia. Nacido en Madrid e hijo de un músico de jazz profesional, Santiago Pérez, desde su infancia comenzó a tocar varios instrumentos y es una costumbre mantenida. Cuando las tareas docentes languidecen acude a los ensayos, o actúa en conciertos, en cualquier geografía que reclame a los grupos musicales en los que toca. Y además escribe poesía, novela, ensayo, reseñas y diarios, como si los días tuviesen un ritmo temporal distinto, más intenso y más pleno.
   Desde hace una década el autor se trasladó a vivir a Rivas-Vaciamadrid con su familia. La localidad es su reducto doméstico y está presente en el círculo relacional y en las inquietudes literarias del  momento vital en el que surge este diario. Esos años, la punta de lanza era Prima Littera y a los nombres que impulsaban la revista dedica variadas reflexiones; del mismo modo, están presentes algunos ciclos en los que participaron poetas reconocidos como Joan Margarit, Luis Alberto de Cuenca o José Cereijo. También se describen convocatorias de la capital o  encuentros con amigos del gremio, de modo que la sociología escritural ocupa un tramo grande de esta autobiografía.
  El cauce introspectivo del diario tiene por norma transcender la anécdota para apuntar una consecuencia moral. Cada sujeto lleva en su periplo preguntas claves como el sentido existencial, o la condición fugaz del ser: la desaparición de los seres queridos más próximos hace que lo transitorio marque cada amanecida. El ejercicio de vivir impone sus gravámenes. 
   Hay acontecimientos que convulsionan el solipsismo del yo y conminan a definirse desde el nosotros. El 11 de marzo de 2004 Madrid sufrió el mayor atentado terrorista de su historia. Fue un día para la mudez –el escritor deja esa fecha en blanco-:”el poeta –y no pienso en el escritor panfletario-tiene que reflexionar en voz baja, padecer lo ocurrido, tragarlo, y un día, cómo no, vomitarlo.” Junto a esas muertes del fanatismo totalitario emergen otras que separan de seres queridos o de figuras del jazz, y dejan un hondo hueco en el ánimo del escritor.
  Cuaderno de interior es la imagen fija de una soledad que sólo a veces se calma con los analgésicos del afecto, que tienen en la pequeña Sofía –la hija del escritor- el mejor remanso. Deja subrayados  y anotaciones que conforman una sensibilidad que casi siempre mira con melancolía. Es sabido que el diario no es más que una propuesta para deambular de un asunto a otro sin que se extravíen el interés y la complicidad del lector. Y eso sólo lo consigue el talento.
   De buena, de excelente literatura está hecho Cuaderno de interior. El libro, lo digo con enorme alegría, revela un diarista de estatura.