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jueves, 30 de octubre de 2025

VIAJEROS SEDENTARIOS

Viajeros sedentarios
José Luis Morante
La Garúa Editorial
Colección Haiku
Barcelona, 2025


 

EL VIAJERO GUSTOSO


   En cada viaje surge el milagro de lo imprevisible, el instante que se integra en la percepción del viajero para permanecer en la memoria, dispuesto  a ser evocado. El viaje posibilita huir del aire frío de lo laborable. El desplazamiento ensancha el horizonte, abre una intimidad dialogal que deja sitio a la  experiencia.

    En los poemas  de Exposición permanente de Javier Mateo Hidalgo, editado por Huerga & Fierro en 2024, hay un cumplido inventario de transiciones visuales. Los cuadros, con su poderoso simbolismo, alientan los referentes culturales. Dejan en la mirada del yo poético una iconografía cosmopolita que absorbe los sentidos y se convierte en vivencia personal. El pensamiento se ajusta a la sensación inmediata de la contemplación. Un paisaje cromático que se enriquece con la subjetividad de quien lo mira. La imagen estática se torna entonces un cruce de caminos complejo entre emoción y sensibilidad.    Y feliz por el conjunto de aforismos que me dedica el poeta. Luminosas intuiciones que contraponen escritura y arte. Pensamientos que condensan afinidades y diferencias de dos formas de percibir la belleza

   A veces desoigo las advertencias de la razón y me asomo al abismo de las opiniones digitales. Delimita la indigencia mental, esa cara sin rasgos que genera de inmediato una desapacible inquietud.


(Apuntes del diario)



 

miércoles, 7 de febrero de 2024

ÓSCAR AYALA. DESPEDIDA Y ABRAZO

Yacimiento
Óscar Ayala
Huerga&Fierro Editores
Colección de Poesía La Rama Dorada
Madrid, 2021

EXILIOS

 Con un fuerte abrazo de despedida y mi gratitud por tu amistad

   Óscar Ayala (Carpio de Tajo, Toledo, 1967), desde el comienzo de su itinerario poético con Atanor. Parque de atracciones poéticas (2001), ha hecho de la situación de extrañamiento, ese exilio en el desconcierto de quien pregunta, un elemento indispensable de su legado creativo. Y así se percibe de inmediato en Yacimiento, subtitulado Poema para expandir fragmentada su materia verbal, con textos arrítmicos y versos cortados con signos gráficos. Pero el hilo argumental pervive; marca una intensa introspección que incluye la necesidad de una voz que enuncie y sondee las aristas más dolorosas de la identidad. El lenguaje se concibe como un legado babélico, capaz de mostrar orfandad y vitalismo, el azaroso deambular de ser.
   De este modo el denso discurso reflexivo se hace búsqueda, asume que el avance es tanteo y no línea recta y previsible. Corresponde descubrir entre las ruinas del yo los valiosos estratos que sobreviven a lo contingente. Desde allí nace una escritura como expresión de pliegues y pulsiones internas, que conecta con otros itinerarios del acervo lírico; a nadie pasará inadvertida en el primer fragmento la locución de Bécquer y Cernuda “Donde habite el olvido” y la inclusión textual de incisos de Eliot, Pound, Panero o Claudio Rodríguez. El poeta se siente cerca de la trinchera del conflicto, del experimentar con la expresión, porque el lenguaje pierde vuelo y es domesticado si solo se somete a la lógica como único norte. Sumar palabras es construir suelos conceptuales, yuxtaponer teselas, enmendar sentidos y carencias. Pero también asumir que cada experiencia es parcial, se sustenta en un ángulo de subjetividad que tiene cerca otros ángulos inadvertidos, anticipos de una revelación intuida, como esas arquitecturas imaginarias que duermen en el subconsciente y que a menudo somos incapaces de descifrar, por más que se revelen en el pujante onirismo de los sueños.
  En el acto de creación la lectura, como absorción del otro expandido,  se convierte en sedimento identitario. Deja en manos del sujeto verbal una copiosa disolución de signos; esa certeza transforma la ausencia de camino en claridad y epifanía, en un renacer de ojos abiertos: “El mundo  huidizo / por fin / apresado / encadenado / al poema se lamenta”.
   Emily Dickinson integró en sus versos abundantes guiones, como si fueran pausas en el transcurrir del poema; del mismo modo, el signo gráfico que aparece en muchos poemas de Óscar Ayala, más allá de la ruptura rítmica y del blanco que propicia al final del verso, es una interrupción de la idea continua. Fragmenta, crea su tensión particular, invita a ser el lector activo de su peculiar significado o de su posibilidad estética, como un corte inmóvil en la leve estructura del poema.   
   Uno de los aciertos de Yacimiento es la potencia semántica de las imágenes. De un estado de dolorosa postración y de convaleciente quietud, llega la plenitud poderosa del verso “que no sea el confortable nido del otoño antibiótico”; al cabo, el lenguaje deja en el taller de quien escribe “los residuos del deslumbramiento” y “la obligación de restaurar el ruido / de la luz que transita por el largo camino trazado entre dos versos”. El pensamiento es liberación y ventana con luz, se hace “víbora que eleva su veneno a la dignidad de esperanza”, sacude la indigencia para adentrarse en lo inefable y escuchar el latido atemperado de la conciencia.
   Óscar Ayala construye el poema con manifiestos cambios de ritmo, pero casi siempre con el lenguaje como núcleo germinal de cada fragmento. A veces, el texto recurre al verso dilatado de la prosa poética para que la composición asuma un tono de denuncia social. La palabra se hace solidaridad frente a la injusticia, pone en la luz  los claroscuros de una realidad enferma que hace del poder, las ideologías o las injusticias sociales perpetuos asentamientos de la desigualdad y las carencias, de exasperante olor a tristeza. Otras veces recurre a los versos elusivos que confían en la potencia de las asociaciones sorprendentes para vadear los entornos del intimismo, ese yacimiento acallado en el tiempo donde el yo se busca a sí mismo, como un mundo huidizo y profundo, hecho de luz y ausencia.
   Como si fuera un intermedio aforístico, los treinta y tres “milagros” recuerdas notas o microesferas semánticas. El completo inventario de “gotas de rocío sobre la mejilla” no pierde los rasgos distintivos del libro: la potencialidad de las imágenes, los encuadres fragmentarios y la autonomía de un sentido oculto, subterráneo. Son tiempo remansado, brotes de luz, segundos que pulsan el existir desde el cabalgar sin rumbo del inconsciente, o desde la soledad postrada por la fiebre.
   Yacimiento es el quehacer de quien busca la palabra enterrada bajo la luz; concibe al sujeto verbal como un alucinado fluir en la tierra baldía de los significados, allí donde “toda flor es esperanza de flor”, nunca realidad tangible, nunca la culminación de un proceso cerrado. Solo palabras sin función ni oficio, que aspiran en silencio el polvo de ser. 


JOSÉ LUIS MORANTE


 


 

miércoles, 28 de junio de 2023

JOSEFINA AGUILAR. AUBADE

Aubade
Josefina Aguilar
Editorial Huerga y Fierro
Colección´Rayo Azul / Poesía
Madrid, 2023
 

RESTOS FÓSILES

 

   La lectura de Papá, Hiroshima no me deja dormir (2022) es un excelente mirador para adentrarse en el espacio poético de Josefina Aguilar (Almería, 1971) Licenciada en Comunicación y profesora de Formación Profesional de Imagen y sonido. La poeta, en un espacio temporal muy breve, ha conseguido un tono de voz  alejado del habitual etiquetado crítico. Alcanza excelente altura en la prosa poética de Papá, Hiroshima no me deja dormir, una compilación de textos que elige un referente histórico transcendental para acercarse al apocalipsis con el tacto frágil de lo cotidiano. Mientras el siniestro pájaro de acero soltaba la bomba alguien en la ciudad hacía el amor, habitaba la acera con la prisa de siempre, caminaba al colegio o dejaba en sus labios la sonrisa de lo necesario. Todo fue barrido para siempre, convertido en ruinas, haciendo de aquel hongo siniestro un arquetipo de la devastación que sonroja a cualquier divinidad. No es tiempo de gritos ni de resentimiento, sino de habitar las palabras con la ausencia para que lo invisible permanezca.
  El umbral afectivo de Libro de desasosiego de Fernando Pessoa abre la senda de Aubade con una reivindicación de lo imposible desde el laconismo y el enfoque aforístico. Josefina Aguilar rompe las costuras del molde formal e intercala en su entrega apuntes líricos de mínima apariencia, como teselas verbales desprendidas del silencio: “Un espejo es un pozo. / Sobre él pon tu nave.”; “La superficie se mantiene a flote / porque en el fondo ya estás tú.”
   Se  construye un personaje poético que emplea la voz ensimismada de la introspección para expandir el misterio de lo existencial desde la filosofía, aunque en esa desnudez del pensamiento sale a flote un lirismo cálido, donde persisten los elementos sonoros del poema. Otras composiciones adquieren un mayor desarrollo narrativo, como “La flota del tesoro de Zheng He”, para hilvanar un hilo argumental que se aproxima a la leyenda por su densidad onírica.
  La escritora almacena en sus textos materia cultural de amplia procedencia y junto a esos elementos escindidos de la tradición, intercala otros itinerarios para el pensamiento. El mar copa el primer plano, como lugar vivo y emboscada de asombro. El entorno cambiante del azul despliega un hermoso abanico de imágenes poéticas que abarcan desde la personificación al escenario simbólico. Lejos de la descripción testimonial y paisajística, el mar se hace concepto y torrente expresivo, condensa sensaciones, confunde tiempos. Sirve de ejemplo la composición “Mar muy gruesa”, de la que rescatamos un fragmento: “Pon una decisión en el centro del océano y que flote. / Llena un vaso de agua hasta la mitad de la sed y déjalo partir…” . O el texto que clarifica el título “Aubade”: “Llena la casa de agua / para que el mar se llene de casa. / Aubade em el fósil de un barco. / Si miro a través de él veo un padre. / Mi ilumina un sol de agua.”
   La sección “AguaCeros” comienza de nuevo con la desnudez precisa del aforismo: “Llenar de agua un vaso roto. Esa es la vida del sediento”. Se oyen los ecos de la paradoja y el oxímoron y se acrecienta la desnudez extrema del poema que advierte de una escritura esencial, mínima, intensa. “Cuando un pez muere tiene dos vida: /flotar y hundirse.”, “Para no entrar en la red / te hiciste pez”, “No llueve dentro de un pájaro”. Parecen esquejes de literatura sapiencial, certezas intangibles de una forma de mirar  esa viva acuarela de las olas cambiantes. En este silencioso caminar del pensamiento el tema central olvida su desarrollo confidencial y enunciativo para que la idea se convierta en presencia. Todo el apartado se concibe como una invitación al silencio que concede a las palabras hondo calado.
   Lejos de cualquier inercia expresiva, Josefina Aguilar prosigue viaje por la poesía con el anhelo de una indagación creadora. En Aubade hace del mar centro neurálgico del lenguaje y conjuga una llanura ondulante de reflexión donde conviven secuencias oníricas y acuarelas imaginarias con certezas conceptuales de calado humanista. Poesía cuyo resplandor hace del símbolo una llama encendida, un despliegue de luz en el silencio que muestra un fondo habitable, a resguardo en la aubade del poema.
 
JOSÉ LUIS MORANTE
 
 
   
 

sábado, 12 de enero de 2019

JOSÉ LUIS ZERÓN HUGUET. ESPACIO TRANSITORIO

Espacio transitorio
José Luis Zerón HuguetPrólogo de Jordi Doce
Huerga & Fierro Editores, Poesía,
Madrid, 2018


TIERRA FIRME

   El excelente liminar del poeta y traductor Jordi Doce, que abre las páginas de Espacio transitorio,  permite recordar la visión literaria de José Luis Zerón Huguet (Orihuela, 1965), con quien cobró peso una de las aventuras literarias más duraderas de los años noventa: la revista literaria Empireuma. Sobre el afán poético escribe Doce: “La contemplación obsesiva de este mundo conlleva un grado de extrañeza –de extrañamiento- que nos permite tomar conciencia del tejido complejísimo y a la vez coherente de la realidad, con sus luces y sus sombras, su juego de contrarios, su infinito juego de espejos”.
  De este empeño de búsqueda y desciframiento nace la poesía de Espacio transitorio, denso poemario que integra tres secciones con una textura similar. El primer tramo, “La canción del tránsito” marca su epifanía con un referente cultural de la tradición judeocristiana: Lot. Es nombre que adquiere una notable carga simbólica; la identidad del sujeto contiene en su estar un afán de búsqueda y exploración, una tendencia existencial a borrar el sedentarismo para habitar otras geografías al paso, aunque es necesario no mirar atrás y hacer del tiempo un presente continuo, también en la carencia. De esta forma fluyen las composiciones con un claro enfoque narrativo. Los enunciados poéticos visualizan distintos protagonistas cuya contingencia siempre coincide en compartir las contradicciones de lo real, ese espacio inexplorado que codifican a menudo el miedo y la incertidumbre. Pero allí también está la tierra firme, un territorio de esperanza que alberga claridad y distancia.
  El tramo central del poemario “Extravíos” añade al hilo argumental el paso de los otros, esas presencias que dejan sombra en el imaginario social y que afirman en sus itinerarios sensaciones contradictorias que obligan al yo a aceptar lo gregario o a disentir en las sendas abiertas porque son con frecuencia distancias ilusorias, pasos que caminan hacia ninguna parte. Sobresale en este apartado el poema “La niña de Sebrenica” que sobrecoge por su mirada social y por ese enfoque del superviviente que quiere olvidar lo que ya forma parte irremediable de su identidad; aceptar la derrota es exigir a la conciencia la asunción de la culpa y el miedo, abrir los ojos al sinsentido de seguir a pesar del odio, la infamia y la muerte, con los ojos ateridos de frío. Ese desamparo por los sueños rotos, que siembra el tacto ártico de tantas geografías, está presente en otras composiciones como la inspirada por los niños asesinados en Hula (Siria). En ellas el miedo se convierte en cercanía y sombra, en ese monstruo que quiebra el sosiego y que provoca la disolución de cualquier esperanza, que hace de la memoria opresión y derrumbe.
  Esa palabra angustiada deja sitio en “Adhesiones” a una voz de amanecida que abre sus sentidos a la luz. Es el propósito de firmar una tregua con la memoria, de hacer de lo cotidiano casi un espejismo de salvación, aunque el muro siga en pie, opaco y clausurando la esperanza,  la voz sabe que solo es libre “aquel que rompe el espejo donde se mira exhausto”, que supera el feroz aprendizaje de la tristeza en pos de una estela más propicia para seguir en ruta.
  El poema “Réquiem” clausura esta entrega de José Zerón Huguet con una voz versicular que postula la visión de un paraíso perdido, que deja en lo diario una sensación de derrota y fracaso, de ocupar un espacio transitorio. Siente la palabra como una estrategia defensiva, como un refugio contra el tiempo. Al cabo: “El mundo mendiga conocimiento y un lenguaje para sobrevivir a la imperfecta belleza de la discordia”.