Mostrando entradas con la etiqueta Enrique García Máiquez. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Enrique García Máiquez. Mostrar todas las entradas

miércoles, 7 de marzo de 2018

ANDER MAYORA. EL PÁRAMO

El páramo
Ander Mayora
Ediciones Trea, Aforismos
Gijón, Asturias, 2018


EL CAZADOR DE INSTANTES


   En las últimas generaciones literarias hay una profusa confianza en la sustancia mínima del aforismo. Con pasmosa facilidad, lo conciso va sumando nuevos practicantes que añaden al género una sensibilidad renacida y ecléctica, como si el molde admitiera en su cultivo enfoques polisémicos. Ander Mayora (Éibar, Guipúzcoa, 1978)  publicó en 2015 su primera entrega, La clemencia del tiempo, una miscelánea de fragmentos reflexivos prologada por Enrique García-Máiquez. Con similar textura presenta un segundo paso, El páramo.
  La nota biográfica del escritor es mínima, pero aporta un detalle que le concede una entidad nómada. Ander Mayora ha vivido en la India, Mozambique y Londres, aunque actualmente reside en San Sebastián. Así que parece natural el sentido orgánico de esta entrega; organiza los textos en doce jornadas, como si fuesen tramos de un itinerario cognitivo. Refrendando a Cavafis, Ítaca es siempre el camino y casi nunca la estación final.
  El páramo está exento de elementos paratextuales orientadores; no hay prólogo ni se han dispersado entre los blancos las consabidas citas denotativas de afinidades y lejanos magisterios. Nos adentramos en los contenidos sin más brújula que la autonomía de cada viruta de taller. En la sección de inicio es reseñable el carácter lírico de los primeros aforismos: “Aficionado al pastoreo, doy de comer a las ideas mediante la alfalfa de mis garabatos mentales. De cuando en cuando, las saco a pasear por el prado de las hojas en blanco”; “Al dotar de espíritu al mundo, izamos el puente vertical que nos salva del naufragio”. El despliegue de imágenes se apacigua en otros textos donde esa sensibilidad lírica recaba en la pincelada meditativa: “La ausencia de sistema es una buena excusa para la filosofía del improperio. Insultar no necesita de argumentos”.
  Hay aforismos que nacen desde la mirada interior; son frutos que encierran la pulpa del hablante con su dermis sensible y sus emociones; un puerto de llegada del pensar interno del sujeto es la dimensión espiritual del yo. Abundan los aforismos que aluden al sentido trascendente de la existencia; pero también los que argumentan respuestas en la mano abierta de la filosofía: “Habitamos el centro cuando damos con un sentido, lo asumimos y lo vivimos. Cuando nos abandone, no seremos sino triste y huérfana materia”; “Basta con descifrarnos para descifrar el mundo”. Otros prefieren percibir las aceras de lo cotidiano y el campo abierto de la realidad; en estos, el verbo paremiológico trasciende lo individual para adquirir un sentido ético que habla de la sociedad contemporánea, de los desajustes generacionales o de ese estado de posverdad en el que dogmas y creencias han adquirido una apariencia maleable y superficial. Veamos algunos ejemplos: “La costumbre reciente de abrir cuentas corrientes a los recién nacidos es el bautizo laico de nuestro tiempo, el acto propicio para los augurios de una existencia recién estrenada”.
  La palabra contenida del aforismo convierte al pensamiento en un espacio de conocimiento y búsqueda, aun sabiendo que “el fragmento es el lenguaje de aquel que escasamente puede hablar”. Los asuntos varían, implicados en un nomadismo continuo que deambula entre la intimidad y la experiencia para convertir al escritor, entre el silencio de las cosas, en un cazador de instantes, en alguien que mira la realidad para conocer un sentido apenas descifrable en el cansado discurrir de lo diario. Tal actitud confiere una identidad: “Ni apocalíptico ni integrado. Sino simple contemplativo”. Vivir es una invitación al silencio: “La edad, el discurrir de los años, es un arduo camino a la mudez”.
   Los aforismos de Ander Mayora semejan teselas de una construcción sólida en la que habitan dudas e incertidumbres  del estar, la cartografía de un inevitable desencanto.



martes, 20 de mayo de 2014

KARMELO C. IRIBARREN. DIARIO DE K.

Diario de K.
Karmelo C. Iribarren
Colección A la mínima
Renacimiento, Sevilla, 2014

LA PROSA DE LA VIDA
 
   En su versión más ortodoxa, el diario es un género solipsista que pone los ojos en la dinámica vital. Con tediosa paciencia recolecta pormenores y ajusta fechas que resumen la cronología de un recorrido personal. Diario de K, cuya llamativa cubierta reproduce un primer plano del autor, no cumple esta premisa, así que caben dos especulaciones; una, que Karmelo C. Iribarren haya escrito una autobiografía heterodoxa y diferente, dispuesta a poner brisa fresca en el cuarto cerrado de lo previsible; y dos, que el poeta donostiarra haya elegido este título sin pensar en acotaciones genéricas, solo atento a la incansable caligrafía de la buena literatura. De otras especulaciones ya se encargará el lector.
   La introducción de Enrique García Máiquez alude, con precisos argumentos a “la condición autobiográfica y vivida de estas prosas, que transmiten una indiscutible sensación de cercanía y coherencia”. Las páginas muestran una indagación que adquiere el ajustado formato del aforismo, razón por la que esta entrega se edita en la colección A la mínima, de Renacimiento. Ya he comentado otras veces esa insólita capacidad de abrir ventanas que tiene el aforismo y, de igual modo, es elogiable su disposición para cobijar agudeza y conocimiento, sin subirse al estrado de lo declamatorio. Los textos, en su diversidad, se encadenan con el sereno enlace de un viandante que mira dentro y fuera, para que el conjunto encaje como si fuese un puzle unitario.
  Los días laborables  viajan hacia el crepúsculo con una grisura pactada, pero sólo en apariencia; en su dermis subyace lo incógnito, eso que pugna por pasar inadvertido a los ojos de casi todos. De ese modo, el aforismo se define por su afán de búsqueda, por su quehacer para mirar resquicios. En Karmelo C. Iribarren existencia y escritura conforman una sociedad limitada, que no admite masa social y se distribuye las funciones mediante acuerdos tácitos. Por ello, la existencia es una veta natural que permite explorar las calles céntricas del yo, ese sitio monumental que cobija los sentimientos y las idas y regresos hacia los demás; se trata de pautar con el otro un acuerdo de mínimos frente al acontecer diario y que está hecho de argumentos sencillos para que el ruido de fondo de lo cotidiano amortigüe su incoherencia y fluya un discurrir apacible; cada sujeto define las propias estrategias de autodefensa frente al temporal de la calle. Y la otra veta nace de la escritura que es, al mismo tiempo, tradición lectora y práctica de una sensibilidad que glosa en distintos formatos las habituales obsesiones de la escritura.
   Diario de K es un espacio de acogida para la confidencia. Hace memoria de los días con voz dialogal, como suenan los soliloquios que comparten pensamientos y filosofías de bolsillo, que no necesitan el paratexto de la erudición. Karmelo C. Iribarren escribe con palabras que inspiran confianza y que trazan en el rastro fugaz de lo vivido algunas razones para el optimismo. Hay que saber mirar: “la prosa de la vida está llena de poesía”.