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sábado, 7 de mayo de 2022

GABRIELA ROSAS. DESCARRILADA

Descarrilada
Gabriela Rosas
Editorial Petalurgia.com
Colección Arcania, edición digital
Madrid, 2022

POÉTICA DEL CUERPO

    La colección Arcania que impulsa la poeta y editora María Gabriela Lovera Montero, en el catálogo digital de Petalurgia.com, acoge Descarrilada, un nutrido equipaje de aforismos de Gabriela Rosas (Caracas, 1976). La venezolana desempeña un quehacer plural en el que son facetas complementarias la poesía –verdadero hilo conductor de su estética-, la narración breve, el quehacer editorial y la docencia en talleres de creación. A lo largo de su recorrido, el horizonte de publicaciones integra las entregas La mudanza (1999), Agosto interminable (2008). Blandos (2013), Antología de Cuentos Postmodernistas (2014), Quebrantos (2015), y Con Truman y sin ti (2021). Su obra poética, parcialmente traducida al inglés, italiano y otros ámbitos idiomáticos, está ampliamente representada en revistas y antologías y ha conseguido reconocimientos como el Primer Premio Nacional de Poesía para Jóvenes Juan Antonio Pérez Bonalde (1995) y el Primer Premio en la Bienal Nacional de Literatura Lydda Franco Farías (2014).
  Por primera vez, de forma monográfica, Gabriela Rosas añade a su trayecto el minimalismo y la voluntad lacónica del aforismo. Desde la síntesis expresiva, amanece la entrega digital Descarrilada, cuyo título, según comenta la poeta y editora María Gabriela Lovera, proclama un expresivo gesto de rebeldía. La obra de Rosas se integra en un proyecto editorial colectivo personificando el naipe de El Carro, séptima carta del Tarot. En las veintidós imágenes que componen la baraja, la elegida representa el control de la mente sobre las pasiones. Cobra así un sentido pleno el estar “descarrilado”; es decir, el no seguir los trazos del camino y avanzar por fuera, en la periferia de lo establecido, rompiendo las normas del estar diario. Sirven de umbral al libro dos incisiones mínimas seleccionadas del aporte textual de Eugenio Montejo –“Ama que se va el día”- y de José Luis Morante –“Con letras de lluvia escribía otro sueño”-. Las dos se integran en la estela del aforismo lírico, cultivado por escritores referenciales como Juan Ramón Jiménez o Rafael Cadenas.
   El decir breve de Gabriela Rosas constata una fértil veta existencial que emana directamente de su mundo poético. Conviene recordar que la escritora cultiva un intimismo humanista, claro espejo del yo interior, en el que se vislumbran obsesiones básicas como el amor y el desamor, un territorio pasional siempre convulsionado por el deseo y el oscuro vuelo de la pérdida, la disgregación en el tiempo o la zozobra de encontrar sentido a la propia existencia. Las hebras lacónicas alientan un trayecto reflexivo donde los estados vivenciales resuenan con fuerza: “Para amarte me inicié en el fuego”, “Ser el poema o el rayo, la misma intensidad, la misma quemadura”, “Cada uno con su derecho al incendio”, “Para decir amor, primero digo cuerpo”, “Que tu boca sea el lugar donde nos encontramos”, “Llueve y es contigo”, “Pensar en la llama me consumió”. Son textos que se desmarcan de una contemplación distante y objetiva del trasiego afectivo y se nutren de un activismo cercano que apenas encuentra calma.
   También la palabra es cuerpo que renace en cada amanecida con músculos y huesos, abrazo y calidez. Los interrogantes del quehacer poético desvelan, como si recorrieran la oscuridad tanteante de un espacio interior, dilatados enigmas. Abren ventanas de comprensión, enlazan el legado de la experiencia biográfica y los trazos del quehacer escritural: “La poesía nos hace mejores amantes”, ”Escribo para que el cuerpo sea poema”, “Sin dolor no hay placer”, “La poesía es como el amor, te pasa o no te pasa”. El personaje definido en los textos de Gabriela Rosas mantiene un compromiso con la lucidez; postula en su mirada una realidad insuficiente, alejada del temblor estival y la calidez celebratoria de los cuerpos al sol. Quien habla es una incisión vulnerable de nostalgia. Desde la evocación, la ausencia encuentra sentido y permanencia.
  Resalta en esta levedad la perfección semántica de algunos aforismos, cuajados de belleza: “Desamparo es no tener quien te desnude”; o la excelente reflexión paradójica: “Yo estaré de pie cada vez que me olvides”.
  El recorrido argumental de Descarrilada nos deja entre las manos una actitud en guardia, donde el repliegue en los laberintos interiores es el camino franco para la memoria. La experiencia vital se erosiona por el discurrir del tiempo, ha perdido certezas para agostarse en los espejismos de un estar carente de ideales. Es el tiempo de negociar coherencia y dejar sitio a las sensaciones que testimonian la derrota.
   En esa intemperie, las presencias familiares se convierten en refugio donde germina lo vivido; nace así la brisa del retorno, la necesidad de convertir en permanente patrimonio la fuerza terapéutica del aforismo. Los recuerdos se hacen voz contra el estar a solas. Con dicción despojada, en la mirada fragmentaria de Descarrilada Gabriela Rosas armoniza pensamiento y lirismo existencial. En los dardos conviven la voz sosegada de lo coloquial y una percepción que guarda el misterio de la intensidad y el tanteo fecundo de lo  imaginativo. La voz expande nervaduras con sinceridad emotiva, con esa austeridad de ojos abiertos que escribe un desenlace a la esperanza.
 
JOSÉ LUIS MORANTE




 
 
 
 
 

 

martes, 4 de septiembre de 2018

GABRIELA ROSAS. AGOSTO INTERMINABLE

Agosto interminable
Gabriela Rosas
Editorial Eclepsidra,
Colección Vitrales de Alejandría
Caracas, Venezuela, 2008

DESDE LA PÉRDIDA



   En el umbral del verano. Cielo limpio, azul, sin nubes y un sol impulsivo que invita a buscar la indolente quietud de las sombrillas frente al mar. Viaja conmigo un nutrido equipaje de libros de poesía, para volver a sus páginas con el tiempo necesario. Entre ellos, Agosto interminable, breve propuesta poética de Gabriela Rosas.
   Desde hace algún tiempo su amistad y su quehacer literario integran la textura de mi trabajo crítico. La escritora personifica una presencia nítida que ha servido de pórtico para un fértil contacto con poetas y editores de Venezuela, un país hermano, maltratado hasta extremos insostenibles por el chavismo y su epigonía ideológica, lo que está provocando una crisis económica muy compleja y un exilio sangrante, que rompe familias y disgrega esperanzas sin futuro.
  El poemario es un diálogo que me acerca a la sensibilidad de Gabriela Rosas. Vuelvo a las páginas de Agosto interminable, cuyo título, sentencioso y explícito, proclama un gesto de rebeldía contra el discurrir y habla de carencia y hartazgo, como si el largo estar en la epidermis roja del verano rompiese las cualidades singulares del respirar diario.
 El personaje definido en los versos de Gabriela Rosas postula en su mirada una realidad insuficiente, alejada del esplendor estival y de la calidez celebratoria de los cuerpos al sol. Quien habla es una estela vulnerable a nostalgias y evocaciones. Nos deja entre las manos un código íntimo donde el decir confesional es tono poético característico. El sujeto verbal ha perdido rutas de plenitud para deambular en los meandros de un manso conformismo que precede al retorno. Es el tiempo de negociar tristeza y de dejar sitio a las sensaciones que testimonian los puentes rotos: “Con o sin heridas de muerte / Necesitas saber que queda tiempo/ Siempre hay un lugar / Una mancha de carmín en el cuello / Un sobrenombre / Una enamorada / Y buenos momentos / la vida es un soplo / Te lo he dicho / Es frágil y recta como las autopistas”.
   Cuando nada perdura, la geografía del pasado se convierte en lugar donde germina lo vivido; nace así la evocación, la necesidad de convertir lo transitorio en permanente, desde la escritura. Así renace la entrega amorosa, esos minutos interminables donde se trenzan brazos, labios y cuerpos, como un material gastado y prescindible que se agarra a sí mismo en la memoria: “Un hombre al final de la calle / Grita que mis ojos son túneles / Para ejercitar la soledad / Agosto se hace interminable “. Las palabras pronuncian lo perdido, se hacen huella y postal, dibujan las certezas de quien estuvo en ese espacio acotado de la felicidad.
   En los poemas finales, integrados en el apartado “Maromas”, el clamor de la soledad crece para dar fe de vida. Con tono imperativo, se busca vencer el aislamiento creando espejismos de cercanía o renaciendo al sueño, como un abrazo maternal, donde fue posible siempre aquel espacio habitable de la infancia; por eso la madre merece la calidez de la elegía o el canto fuerte que no requiere palabras.
   El horizonte temático expande su razón de escritura para integrar el recuerdo de los que se fueron –tan presente en el poema “Cafetal”-, el sencillo homenaje al magisterio de Santos López, o el asentimiento por una identidad marcada por las pérdidas. Cierra el libro el poema en prosa “Declaración”, que disuena en su molde formal pero cuyo hilo argumental sirve como coda afirmativa del sentir, ascua viva, herida de pulsión y belleza.
  Gabriela Rosas hace de Agosto interminable una estela que convierte el amor en principio existencial. En sus poemas conviven la dicción coloquial y la imagen que guarda el misterio de la intensidad y el tanteo imaginativo. Los sentimientos expanden sus nervaduras con sinceridad emotiva, con esa sabia conjunción de elegía y regreso. Volver es encontrarse, aunque no estés.



viernes, 10 de agosto de 2018

EN EL PUENTE DE PIEDRA DEL VERANO (Entrevista)

Son los ríos...
(Paisaje escocés)
Fotografía de
Javier Cabañero Valencia

EN EL PUENTE DE PIEDRA DEL VERANO

(Entrevista a José Luis Morante)

María  Eugenia B.
Oropesa del Mar, Castellón, agosto  2018

¿El mar es un bolero?

Cualquiera que se acerque al mar en las primeras horas de la amanecida y recorra el suelo húmedo y arenoso, escucha de inmediato un chorro de voz repleto de emociones y el teclado azul del pianista…

¿Es posible la lectura bajo la sombrilla?

Los sentidos están sometidos a una intensa terapia visual; la lectura se disgrega, se ralentiza, se fragmenta y cuando retorna prefiere las formas breves: aforismos, microrrelatos y naturalmente los poemas.

¿Qué títulos en su mochila de verano?

Traje un par de bolsos porque desconozco todavía cuando regresamos a la rutina, y entre ellos está la poesía completa de Karmelo C. Iribarren, que es una esquirla contra cualquier aburrimiento y contra el spleen del verano; también la obra poética de Bruno Montané Krebs, muy bien editada por Candaya, y algunas revistas literarias en papel… Además, mis hijas vienen a vernos el fin de semana y nos dejan en las manos los libros que dormían en el buzón de casa…Aquí también hay que comprar nuevas estanterías.

¿Sigue conectado a la actualidad literaria?

Sí, no soy capaz de vivir la literatura a tiempo parcial; como le comentaba hace unos días a mi amiga, la poeta Gabriela Rosas: para mí la literatura es media vida, la otra media también. Por tanto, dedico algunas horas de la mañana a trabajar en proyectos acordados y con fecha de entrega, respondo el correo y de cuando en cuando escribo algunos aforismos y reseñas…

¿Cómo va discurriendo la marea poética?

Como el monstruo del lago Ness, el nombramiento de Luis García Montero como Director del Cervantes ha prodigado posicionamientos, más personales que literarios, y he seguido desde aquí algunos encuentros poéticos que son siempre vías de promoción para iniciativas independientes a las que me siento muy vinculado… También procuro borrar distancias con las voces de Venezuela, cuya realidad política y social es ominosa, y con los espacios creativos de México y Puerto Rico, donde tengo muy buenos amigos.

¿Sigue su trabajo crítico sobre  el puente de piedra del verano?

No tengo más remedio; debo entregar dos ediciones en octubre y aunque su formato final estará listo en septiembre, no descuido los afanes correctores ni las notas. Así que mi voluntad literaria prosigue los senderos habituales… Camina a solas y despacio. 

      


miércoles, 18 de julio de 2018

SAL EN LOS OJOS

Mediterráneo
(Oropesa del Mar, Castellón)
Fotografía de
Adela Sánchez Santana
SAL EN LOS OJOS

                                                       Para Gabriela Rosas, por su amistad


Sal en los ojos;
piso con levedad 
la tierra firme.




martes, 13 de febrero de 2018

RAFAEL CADENAS. POEMAS SELECTOS

Poemas selectos
Rafael Cadenas
bid & co. editor
Editorial Latina, Venezuela, 2009

TRAYECTO 

                                                                                   Para Gabriela Rosas,
                                                                                por su generosa amistad

   En la década de los noventa, casi en el cierre de siglo, cuando yo coordinaba la revista literaria Prima Littera, solía visitar algunas veces en su domicilio madrileño de Plaza de Castilla al crítico José Olivio Jiménez. El entrañable profesor era una enciclopedia viva sobre el significativo devenir de la lírica en castellano. Había preparado en 1971 un antología de poesía hispanamericana del siglo XX para Aliaza Editorial y el libro se había convertido en un referente imprescindible para estudiantes y docentes. Era un muestrario en el que se apreciaban las voces y movimientos esenciales, tras la finiquitada estela del modernismo. De aquella lucidez intelectiva de José Olivio Jiménez proviene una curiosidad mantenida en el tiempo sobre las fuerzas poéticas del otro lado del océano, más allá de los dos itinerarios mayores abiertos por César Vallejo y Pablo Neruda.
   Así llegó hasta mí el nombre de Rafael Cadenas (Barquisimeto, Estado de Lara, 1930) y del acuerdo unánime de considerarlo entre los baluartes centrales de Venezuela, un clásico vivo, si el tópico se me permite. Por fortuna, el acceso al legado literario de Cadenas en la geografía peninsular no ha sido difícil; incluso se ha incrementado en el tiempo. En 2007 la editorial Pre-Textos publicó Obra entera. Poesía y Prosa (1958-1995), con introducción de Darío Jaramillo Agudelo, que antes había poblado las librerías de México en el catálogo de Fondo de Cultura Económica, y en 2013 fue Visor quien, con selección y prólogo de Ana Nuño difundía Antología. Además, con motivo de la concesión del duodécimo Premio Internacional de Poesía Ciudad de Granada Federico García Lorca en 2016 la prensa dedicó un amplio espacio a encuadrar el quehacer del poeta y la tensión intelectiva de su escritura.
   Poemas selectos es una comedida síntesis de trayecto. Salió a la luz por primera vez en abril de 2004, se reeditó al año siguiente y con muy hermoso formato editorial avanza por segunda vez en Caracas, gracias al impulso de bid & co. El plan orgánico del quehacer contiene representativas piezas líricas de todos sus libros y añade una addenda que permite sondear el ideario estético del poeta o sus formulaciones teóricas publicadas en varias entrevistas, que exponen el pensamiento del autor sobre aspectos del taller literario.
   La edición conforma un surco prolongado en el tiempo que no pierde pujanza, que hace de la búsqueda formal y semántica un hábito orgánico. Si en la raíz temprana de Una isla i-que permanecío inédito mucho tiempo- amanecía un decir lírico despojado y reflexivo, atento a la maleable condición del sujeto y a su estar en la incertidumbre, abriendo fronteras con el vacío, pronto explora sin escisiones la cadencia enunciativa del poema en prosa en Los cuadernos del destierro. Los contornos del formato en prosa y el onirismo desbocado de este libro enlazan la poesía de Cadenas con el magisterio de José Antonio Ramos Sucre. Los textos condensan visiones e imágenes en un magma incierto cuyo sentido se vela en signos inscritos en la sombra. La palabra se hace revelación y viaje hacia un lugar indeciso, hecho de perplejidad e incoherencia. Es un decir que se mantiene también en Falsas maniobras cuyo tema clave es la identidad del sujeto. El yo sondea en su pensamiento el equívoco, como si habitaran en su conciencia sujetos desdoblados que hacen de la conducta una línea discontinua. La razón dibuja coordenadas situacionales, como estrategias para burlar laberintos que encierran una identidad  en conflicto, enredada en la inmovilidad o en la prisa.
  Pero si hay un libro que constituye un hito en la travesía escritural de Rafael Cadenas es Derrota. Contiene el poema homónimo que ha dado al autor un lugar de privilegio y un aprecio general. “Derrota” es el poema del hombre común, de quien no tiene en sí ninguna épica salvo sobrevivir en la intemperie, a resguardo de su propia compasión. El poeta ha comentado el fondo contextual de la composición; nace en un momento de depresión y en un estado de soledad y aislamiento. Ese contexto sirve para un intenso enfoque introspectivo que busca el ser comprendido y aceptado en su finitud y en sus carencias.
  La breve muestra de Intemperie traslada el poema a un espacio reflexivo en torno a la existencia. Caminar paso a paso es acumular indicios sobre la memoria y hacer un recorrido marcado por lo aleatorio. No hay señales ni mapas. Solo un destino por cumplir día tras día mientras el pensamiento escarba y busca sitio a la posibilidad y la esperanza.  También los poemas de Memorial, editado el mismo año, 1977, postulan un sesgo autorreflexivo. Más despojados y directos, con evidentes sustratos simbólicos, buscan en la presencia ensimismada una razón de vida, esos acordes que hacen de lo transitorio una senda cognitiva.   
   El fértil cauce sigue sumando andenes en el tiempo, aunque las salidas se ralentizan. De 1983 es el libro Amante, y casi una década después vuelve a la poesía con la entrega Gestiones, último libro exento integrado en la antología. Pero los inéditos dan fe de la vocación preservada del poeta que ya en el nuevo siglo dejará entregas como Sobre abierto y En torno a Basho y otros asuntos, un paso más hacia una poda retórica extrema a través del haiku para captar una realidad límpida que muestra el fulgor de lo inexpresable.
   Poemas selectos incorpora una coda adicional formada por apuntes estéticos, aforismos y respuestas del escritor a entrevistas de prensa. Los apuntes en prosa están nucleados a las posibilidades reflexivas del lenguaje y a convicciones estéticas subjetivas sobre el hecho poético. Claras y precisas, como es norma en la paremia aforística, las visiones fragmentarias de Cadenas animan a que la poesía, que siempre habla desde la inseguridad, “haga más vivo el vivir”. Desdeña que el ropaje de la lengua se convierta en un viaje hermético para iniciados. Aborda la poesía como una búsqueda entre contrastes; una iluminación de la conciencia sobre esas zonas esenciales del yo que no aportan certezas ni dogmatismos, pero que formulan una densa mirada al ser interior que se reconoce en la palabra.




      

domingo, 31 de diciembre de 2017

PREDICCIONES

Futuro
(Autor desconocido)


PREDICCIONES

Para Gabriela Rosas

  Con ganas de conocer indicios de esa realidad, ajena todavía, que poco a poco se integrará en mis días, acudo al consultorio de un vidente. Un cartel singulariza la puerta:“Cartomancia. Tarot. Oniromancia. Bola de cristal. Quiromancia”.
  Tanta aplicación en artes adivinatorias borra cualquier reparo. Llamo al timbre. Nadie acude y soy yo quien, aprensivo, recorre un pasillo con olor a sándalo; conduce a un cuarto iluminado por velas. Allí está el experto en vaticinios. Es muy bajo y no sabría calcular sus años.
  Sobre la mesa dormita una baraja de cartas. Siempre en silencio tomo asiento y tras un largo gesto de concentración recluye sus ojos en mis manos. Con voz calma me dice:”El futuro es el bosque que anticipa el incendio. Tiempo que resquebraja la madera. En ti, todo será distinto pero igual”.
  Luego nada. Regreso sin percibir ningún alivio. Comienzo a caminar de otra manera, sobre una acera igual pero distinta.

(De Cuentos diminutos


  


martes, 24 de enero de 2017

GABRIELA ROSAS: LA PIEL DEL TIEMPO

Gabriela Rosas

GABRIELA ROSAS: LA PIEL DEL TIEMPO


   La poesía solo aspira a establecer un diálogo entre voces que se contemplan en las variaciones tipográficas del libro. Desde hace un tiempo yo suelo conversar con las palabras de Gabriela Rosas, poeta y narradora venezolana que llegó a mi casa desde el rumoroso vacío de internet y que ya forma parte de mi biblioteca personal de afectos. Cada identidad ejercita la atención y se manifiesta a través de unos cuantos datos biográficos que acotan el paréntesis existencial. Gabriela Rosas se formó en la Universidad Pedagógica Experimental Libertador donde concluyó estudios de educación integral. Desde muy joven busca lugar en la escritura; su quehacer literario consigue un temprano reconocimiento al ganar en 1995 el Primer Premio Nacional de Poesía para Jóvenes Liceístas, otorgado por la Casa de la Poesía Juan Antonio Pérez Bonalde.
   Era un oportuno refrendo que impulsaba el discurrir lírico formado hasta la fecha por La mudanza (Eclepsidra, 1999),  Agosto interminable (Eclepsidra, 2008), Blandos (Taller Editorial El Pez Soluble, 2013) y Quebrantos (Ediciones del Movimiento, 2015). Son libros que se suceden sin cambios bruscos en el ideario estético. Para Gabriela Rosas “La poesía es mi lugar sin lobos. Es mi plegaria. La sintaxis de la poesía me exige la memoria de lo preciso, de lo cierto. Le hace justicia a mis lecturas y a todo lo que siento, también escribo prosa, cuentos y llevo un diario. Es difícil de explicar, la poesía me tomó por asalto un día, me mostró un paisaje del que me es imposible volver. No fui por ella, insisto en ella, sí, en su misterio y embrujo, como el amante en el cuerpo amado”.
  Su carta de presentación, La mudanza es un poemario cuya textura verbal acoge una palabra libre y viva, que busca en la evocación un registro activo de lo transitorio a través de poemas breves, con sintaxis comunicativa en la que resalta la tonalidad emotiva. Esta ruta expresiva perdura en su segundo paso Agosto interminable, que incorpora nuevos registros temáticos como lo metaliterario y un entorno más descriptivo; pero la veta central de la voz poética de Gabriela Rosas es el amor y su onda expansiva, un halo consistente que celebra el cuerpo y pone tacto al deseo; que es capaz de transformar el carácter sombrío y adusto de  lo cotidiano y dar a la palabra ese clima que adormece al invierno. Blandos enaltece el afán meditativo; los poemas contemplan el deambular de un protagonista verbal que hace de la introspección un largo viaje interior y una constante exigencia de sinceridad.
  El quehacer versal de Gabriela Rosas se reanuda en Quebrantos. En el libro las composiciones despliegan una realidad existencial donde los sentimientos se empeñan en persistir incluso en el desamor y en el derrumbe y adquieren una realidad corporal. Al cabo, en el amor nunca hay quietud porque la poesía aspira a recorrer con azarosa brújula un territorio de pieles y cuerpos. El poema hace de la boca que besa un entorno habitable donde cabe el tiempo remansado, una amanecida en la que suena la lluvia del deseo con la reiteración del viaje circular.
   Más allá de la línea de campo que traza la poesía, en la que siempre afloran como tempranos brotes vitales la sensualidad y el erotismo, Gabriela Rosas, la poeta que tiene “ojos de avellana, larga cabellera y voz dulce”  ha realizado talleres de poesía y narrativa con Santos López, Carmen Verde  y Fedosy Santaella, entre otros. Poemas suyos figuran en las antologías Las voces de la hidra (Miguel Marcotrigiano, Mucuglifo, Mérida, 2002) y El coro de las voces solitarias (Rafael Arráiz Lucca, Eclepsidra, 2003), y en reconocidos medios de Venezuela y otros países, y han sido traducidos al catalán y al italiano. Participó en varias ediciones de la Semana Internacional de la Poesía de Venezuela, en el III Salón Pirelli de Jóvenes Artistas y en la Feria Internacional del Libro de Lima (2011). Son espacios que certifican la contextura poética de Gabriela Rosas y su propuesta de una voz amiga que busca la sedentaria madurez del pensamiento.
  Sus versos hacen brotar un empeño diario contra el encierro del yo para saberse humano, para hacer del lenguaje una semilla que en el surco del tiempo fertiliza.