Mostrando entradas con la etiqueta Julia Bellido. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Julia Bellido. Mostrar todas las entradas

jueves, 23 de octubre de 2025

JULIA BELLIDO. FLOR DE CALABAZA

Flor de calabaza
Julia Bellido
Editorial La Garúa
Colección Haiku
Barcelona, 2025

 

REFLEJOS 

 
 
   Cada escritura comienza a andar con un tiempo distinto entre precocidad y madurez. De este modo, la travesía creadora se va definiendo con voluntad propia. Julia Bellido (Jerez de la Frontera, Cádiz, 1969), humanista, traductora, estudiosa del feminismo y poeta, ha ido dejando a lo largo de estos años las entregas La decisión de Penélope (2009), Mujer bajo la lluvia (2014), Las voces del mirlo (2018), Hojas de Ginkgo (2020), Desobediente (2023) y Lucernario (2024). A ellas ahora se suma Flor de calabaza (2025), un conjunto de poemas que elige la brevedad expresiva de la tradición japonesa. Son estaciones de una propuesta poética que hace de la introspección y el aporte indagatorio de la identidad espacios de reflexión. Allí se entrelazan los veneros existenciales, la dicción natural y comunicativa y las contingencias argumentales del trayecto biográfico. En suma, Julia Bellido alumbra un ideario que entiende la poesía como una forma de exploración de la condición humana, siempre asociada a la temporalidad y el estar frágil de lo cotidiano. Los textos abren un camino de búsqueda, son estrategias de conocimiento que conectan con el otro y reubican las coordenadas contextuales de espacio y tiempo.
  En la voz lírica de Julia Bellido la naturaleza es piedra angular. Regula el percibir de una observación subjetiva. Describe los quehaceres de un testigo en vela que acomoda en su sensibilidad secuencias emotivas e instantáneas al paso. El vuelo de una cigüeña blanca, desgarrando la noche; la soledad del pájaro en la jaula, la calabaza, como un sol arrugado y amarillo, o el canto de un petirrojo en el pinsapo son ámbitos del canto en el poema. Destellos libres, ratificando la actividad emocional de un yo verbal, abierto a la cambiante presencia de la realidad. Haikus y tankas acumulan en su deambular las hendiduras sensoriales del entorno. Los sentidos aportan una manera de conocer el paisaje. Colores y formas imponen sus sedimentos. Constatan espejismos y mutaciones de un mundo aparente que pone asombro en la retina y en el pensamiento: “Llegó el otoño: / tamborilea la lluvia. / Caen diamantes / donde fluye el arroyo / y se entristece el chopo”.
   El discurrir incardina ciclos estacionales: “Ya está la luz / entre las hojas pardas. / En el estanque / se deshace la sombra / en pequeñas tinieblas”.  El renovado fluir de la conciencia vislumbra, en la cercanía, la mansa convivencia entre lo que se inicia y lo que apaga sus destellos. De esa condición en tránsito no están exentos los objetos cercanos que muestran la belleza de su aspecto: “Flor del magnolio: / perfumada y flexible / renueva el aire”.
  Todo el libro es un homenaje al patrimonio lírico de la filosofía zen. Haikus y tankas son formas de iluminación que penetran en las cosas e interiorizan su esencia con un esquema métrico establecido y canónico: la estructura versal 5/7/5 se repite en una docena de haikus, que se suman a los cinco versos del tanka clásico 5/7/5/7/7, que aporta más de una veintena de textos. En sintonía con el legado japonés, Julia Bellido deja en Flor de calabaza el desvelo de un testigo implicado que se empeña en cristalizar sensaciones; la atmósfera encendida de una realidad significativa, profunda, que, tras su aparente quietud elemental, impregna de aire limpio la conciencia de ser.


JOSÉ LUIS MORANTE




 

domingo, 27 de agosto de 2023

JULIA BELLIDO. DESOBEDIENTE

Desobediente
Julia Bellido
Editorial Garum
Huelva, 2023


 

  ITINERARIOS DEL YO  

                        

   Con un recorrido poético que ya cumple trece años de escritura y aglutina las entregas La decisión de Penélope (2009), Mujer bajo la lluvia (2014); Las voces del mirlo (2018) y Hojas del Ginkgo (2020), Julia Bellido (Jerez de la Frontera, 1969) ha moldeado una propuesta poética de innegable calidad literaria que aglutina matices en torno a la identidad femenina y conecta intimismo, naturalidad expresiva y trayecto biográfico. En suma, una poética siempre asociada al paso frágil de lo cotidiano.
  El tema central de Desobediente, entrega organizada en cuatro tramos que llevan por título “Un animal independiente”, “Sin una habitación propia”, ”Canción triste de Ariadna” y “Cosmic consciousness” es un sondeo ontológica del yo y su gestación en el tiempo. Cada devenir existencial no es sino un cúmulo de vivencias que aportan una manera de percibir el entorno y sus relaciones con el hablante lírico. El apagamiento de cualquier idealización es la verificación melancólica de la tristeza y es, al mismo tiempo, un ejercicio supervivencia entre lo que se inicia y lo crepuscular. De esa condición no están exentos los objetos cercanos, ni siquiera en la infancia, etapa que, entre sus líneas formales, va mostrando fisuras que, antes o después, acaban siendo morada de la decepción y la melancolía.
  Todo el primer apartado, “Desobediente” incardina esta sensación de aprendizaje y de vaciamiento de cualquier utopía. Con “palabras de familia tibiamente gastadas” Julia Bellido da al transitar del yo y a su aprendizaje vivencial una formulación intimista. Comparte sin concesiones el fluir de la conciencia.
   La fuerza confidencial de quien comparte el soliloquio sentimental impregna los versos del poema homónimo: “Mis padres me prohibieron ser feliz”. El marco doméstico despliega una realidad significativa donde cada rincón deviene experiencia del náufrago que ha perdido la luz y el aire fresco; apenas puede impregnar de aire limpio pulmones y sentidos. Y así nace, como fuerza central, la voluntad del ser por huir hacia sí mismo y hacia sus propias convicciones, sin esperar manos tendidas de nadie y rompiendo ataduras y ritos: ” … Y la niña, tan pequeña y pálida, / -mi yo más inocente-, se aleja de sí misma / hasta desvanecerse”. Poco a poco el mapa de recuerdos fortalece otra identidad más segura y más fuerte, esa mujer que se dilata y expande en su conciencia para reclamar sitio sin prejuicios y sumisiones, dispuesta a vivir con fuerza la historia personal, a “ser desde dónde”, a dejar atrás culpables y a superar también el picotazo de la culpa cuando las evocaciones manipulan y transforman la historia personal.
  El título “Sin una habitación propia”, eco literario de Virginia Woolf, alienta una poética de la escritura y su apuesta por retener lo transitorio y su diversidad, aunque sea con una visión autónoma y fragmentaria. La palabra es posesión, un patrimonio único que va guiando lo contingente hacia la costa abierta del poema. Impulsa una meditación sobre el transcurso y hace habitable un espacio de continuo devenir: “El verbo es un camino / y el principio de todos los caminos”. En él las palabras encauzan o se contradicen, marcan los pasos de una historia en el filo de la realidad y el sueño, que muestra la desnudez de un sujeto que se mira a sí mismo con los ojos cansados de quien adivina su disolución en las palabras de un presente continuo.
   El mito clásico de Ariadna, la hija del rey Minos, enamorada de Teseo, nos dejó en el canon literario un personaje de luminosa belleza e ingenio fuerte. El referente cultural sirve a Julia Bellido como pulsión poética del tercer apartado “Canción triste de Ariadna” donde la soledad y el abandono se convierten en hilos argumentales. Estar solo supone moldear de nuevo el espacio afectivo y salir del repliegue sin heridas ni huellas. Desde esa toma de conciencia nace una indagación profunda, no exenta de melancolía, que exige aceptar las mutaciones de lo real y percibir un lugar propio al margen o a trasmano. La enfermedad y el dolor se hacen compañeros de viaje y se alojan en cuerpos cercanos que ponen el foco en la propia impotencia y en la necesidad de hallar refugio en una manera de estar que dictan las palabras, los libros y el recuerdo.
   El conjunto final “Cosmic consciousness” (Conciencia cósmica) alude a la superación de los límites del sujeto y la transcendencia del ser que despierta a otra forma de conocimiento y percepción. Pero el personaje verbal acepta plenamente sus limitaciones y huye de cualquier búsqueda de lo que no existe; sencillamente se apega al hecho de vivir, a la hermosa cercanía de lo minúsculo y su insignificante apariencia; es en ese entorno donde mejor se encuentra, donde percibe los trazos del perfil más ajustado. Las preguntas existenciales requieren sensatez, buscar las coordenadas naturales que ubican el origen y nos acercan a un paisaje cercano, a ras de tierra.
   Desobediente ahonda en la naturaleza temporal y meditativa del hablante lírico. Explora la forma primigenia de los sentimientos y sus pasos oscilantes, mientras la realidad dispersa instantáneas e interrogantes. Poesía cercana, confidencial, de epitelio transparente, escrita con una impecable cadencia musical. Poesía que convoca entre las sombras la luz en claro.


JOSÉ LUIS MORANTE



sábado, 29 de diciembre de 2018

JULIA BELLIDO. LAS VOCES DEL MIRLO

las voces del mirlo
Julia Bellido
Editorial Eenacimiento
Sevilla, 2018


SIN ALZAR LA VOZ


  Cuando leo poesía de interiores, esa perspectiva que busca dentro del sujeto verbal los posos de luz y deambula por los laberintos sentimentales del yo, pienso en unas líneas básicas del ideario estético formulado por José Manuel Caballero Bonald, tras recibir el Premio Cervantes: “El acto de escribir supone para mí un trabajo de aproximación crítica al conocimiento de la realidad y también una forma de resistencia frente al medio que me condiciona”. Es una afirmación que parece definir esa literatura centrada en el sujeto que pone sobre la mesa, con fecundidad imaginativa, Las voces del mirlo, segunda entrega de Julia Bellido (Jerez de la Frontera, Cádiz, 1969). La poeta y antóloga dejó su carta de presentación Mujer bajo la lluvia en 2013, aunque sus poemas más tempranos aparecieron en el cuaderno La decisión de Penélope en 2009.
  Los vínculos del título con Luis Cernuda se aclaran de inmediato en la cita prologal, un párrafo extraído de Ocnos, aunque para quien esto escribe el título también guarda sitio al recuerdo intacto del gran poeta elegíaco contemporáneo Eloy Sánchez Rosillo, cuya poesía siempre muestra una profunda sensibilidad en la contemplación.    
   Esta compilación integra casi cuarenta poemas breves distribuidos en un discurrir orgánico dictado por el ciclo estacional. Está exenta de cualquier quiebro argumental en pos de un sentido pactado y unitario en el que la temporalidad funciona como escenario central y cambiante: “Poco a poco sucede: / yo regreso al comienzo, antes del mundo / y estalla la palabra / con que sorprendo al día”. El discurrir ontológico vislumbra la claridad estival como un espacio de plenitud y cosecha. El verso rescata el callado misterio del crecimiento, como si el orden íntimo del yo fuese un espacio donde cumple la posibilidad. Las palabras expresan ese testimonio sensorial que ahonda en la percepción de los elementos más cercanos; configuran un ámbito donde el ser individual se siente dentro de las cosas.  
   Sinónimo de ensimismamiento y refugio es el periodo otoñal, cuando la fronda renueva su plástica, “con un barniz dorado y transparente", en pos de ese prodigio de desnudez y escucha que exilia el canto de los pájaros. Las palabras callan: “Hoy quiero detenerme / en el silencio amable de las cosas, / escucharlas, sabiendo de antemano, / que tendrá que callar tanta belleza / para no despertarlas.    Para no despertarme”. Tras el lento dictado del otoño, el ciclo pasajero continúa su tránsito y acoge en su rutina el andar espacioso del invierno. Noche y frío. El cristal empañado, como si necesitase limitar la tibieza de estar dentro, observando a lo lejos la desplegada interrogación del horizonte. Solo la lluvia dócil teclea en los tejados, se hace compañera en el largo estar de la vigilia, es humilde cadencia que abrazara el silencio.
   Ninguna estación contiene en su voz el don celebratorio de la primavera. de su renacida belleza se surten los poemas finales donde la presencia de la luz se impone limpia y transparente frente a cualquier contraluz crepuscular: “Todo florece y fructifica / delante de mis ojos. / Todo es fecundidad. / Todo es preludio”.
  La autora cumple de continuo las convenciones métricas en los diversos registros: memoria personal, impresiones al paso, los claroscuros del tiempo, el acercamiento a la naturaleza y las preocupaciones por ese áspero cansancio de los días al paso… Una nutrida reflexión que constata madurez expresiva y hace de su voz un eco vivencial, un diálogo fresco y meditativo, un rumor de palabras acodado en la baranda del tiempo, con el estar tranquilo de quien hace del canto una caricia. El gesto celebratorio de quien no necesita alzar la voz.