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miércoles, 17 de enero de 2018

YOLANDA PANTIN. LO QUE HACE EL TIEMPO

Lo que hace el tiempo
Yolanda Pantin
XVII Premio Casa de América de Poesía Americana
Visor, Madrid, 2017 


SOPORTAR  LA PÉRDIDA 


   El camino de madurez literaria de Yolanda Pantin (Caracas, 1954) se desliza entre la edición crítica, el ensayo y la poesía, género esencial cristalizado en más de una docena de entregas dentro de un paréntesis temporal que arranca en 1981 con la obra Casa o lobo. La propuesta lírica de Yolanda Pantin recibió en 1989 el Premio Fundarte de Poesía, más tarde, en 2004, la Beca Guggenheim, para seguir con nuevos reconocimientos en 2015, cuando logró el Premio Poetas del Mundo Latino Víctor Sandoval, y solo hace unos meses el XVII Premio Casa de América de Poesía con su libro Lo que hace el tiempo.
   Desde el título, el tiempo se hace hilazón del poema. Más allá de la desolación opresiva que genera nuestra condición transitoria, fermenta la angustia existencial. La precariedad de vivir alumbra un pensamiento cuajado de viajes interiores, percepciones y carencias. Los poemas dejan sitio a un sujeto verbal que testifica; los sentidos dialogan con los elementos del entorno, acumulan estampas, dan a las secuencias del discurrir un cúmulo de mutaciones.
  La mirada lírica indaga las cicatrices del sujeto. En ellas germina un estar a la espera como si en cualquier instante se abriera paso una revelación de sentidos. La realidad exterior muestra con frecuencia un relieve desajustado y caótico, como si en ella se hubiese instalado un magma sedentario de oquedades y aristas, también la identidad del yo se muestra fragmentada, inconformista y reivindicativa, en esa actitud del medio cuerpo que no reconoce la otra mitad.  
  Lo cotidiano descubre un espacio inhóspito y desapacible. Las antiguas estampas de placidez han mudado su amarillo de mediodía por la grisura. Son sitios umbríos sobre los que sobrevuelan los carroñeros. Otra atinada imagen de ese estar a la intemperie es el poema “Cura” donde el propio ángel de la guardia, inocente símbolo de esperanza y desvelo, necesita refugio en su orfandad para curar sus heridas. Quien vuelve a casa no encuentra la calidez de lo diáfano sino un atardecer crepuscular, la senda tortuosa que ingresa en la penumbra. Es el tiempo de las pérdidas y del despojamiento hasta que la existencia parece puro hueso.
  El paso íntimo y meditativo de Lo que hace el tiempo es permeable al ruido de la calle. Toma el pulso a las noticias de lo cotidiano y hace de la memoria inventario y balance capaz de unificar sustratos, esos sedimentos que se apilan en el magma informe del ahora. En este relato del discurrir se definen también las sombras más oscuras del existir; en cada sujeto hay un lugar sin contornos en el que se agitan el dolor y la extrañeza. Es el hilo argumental del poema “Brutal”: “Una parte nuestra / consanguínea / es brutal. / La que agarra / el machete por el mango / para cortar las hojas…”
  Yolanda Pantin desdeña el punto de fuga del ensimismamiento para ser testigo del trasfondo colectivo y para poner sus ojos en la realidad desapacible de su país. Los registros explícitos de este compromiso con los otros se muestran en composiciones como “Mensajes”, donde con escueto laconismo no duda en denunciar la demencia del poder y su empeño por doblegar la libertad individual.
  Sirve de coda “El Corneto”, un relato sobre un caballo que huye de la casa familiar y protagoniza una última estampida. El cuento tiene la delicadeza y nitidez de una ensoñación lírica y se basa en una narración materna, como si la voz poética ejerciera de intermediaria para idealizar las asperezas y diera cauce a alguno de los cuentos que tanta luz aportaban en los días lejanos de la infancia.
  Lo que hace el tiempo es un poemario de textura sutil que busca desnudez en su desarrollo argumental, como si el proceso de escritura practicase una poda de lo superfluo. En cada poema es perceptible el entrelazado entre lo personal y el laberinto social, la conciencia de quien se siente “perdido en la emboscada histórica”. Esa saturación que engulle el tiempo impulsa la escritura, trazos de incertidumbre habitando en la punta de la lengua.


jueves, 30 de marzo de 2017

POESÍA JOVEN DE VENEZUELA

 Concurso Nacional de poesía joven Rafael Cadenas
                                          2016
                              Prólogo de Yolanda Pantin
                     Team Poetero, Autores Venezolanos
Caracas, Venezuela, 2016

POETAS EN EL DESCAMPADO

   El desajuste político de Venezuela y la angustiosa situación económica han dejado casi en la sombra el vitalismo cultural del presente o las bifurcaciones literarias de las promociones emergentes. Iniciativas como el I Premio Nacional de Poesía joven Rafael Cadenas permiten percibir un mosaico colorista; estilos y tendencias que pugnan por definirse. Su edición dibuja los ángulos del entrelazado lírico actual y los nexos entre tradición y modernidad a partir de la  muestra de veintisiete participantes, escogida entre los casi seiscientos textos que optaban al premio, junto a las poesías del trío ganador.
  La presentación de Yolanda Pantin, jurado en las valoraciones de la convocatoria, concede una perspectiva cultural humanística a esta antología parcial impulsada por el colectivo  Team Poetero; la verdadera poesía siempre tiene la fuerza persuasiva de un litoral  frente a las tormentas: “No hay papel, no hay dinero, no hay nada, pero hay mucho que pensar y que decir”.
   Fruto de esta interpretación de la escritura como diálogo con los elementos de la realidad y de homenaje al magisterio de Rafael Cadenas, es un conjunto diverso, un volumen heterogéneo que descubre la red plural de la poética venezolana a partir de sus últimas filas, con novedosas formas expresivas y motivaciones profundas.
   Las creaciones líricas arrancan con las tres composiciones ganadoras. La primera, escrita por Willy Mckey se titula “Canto 14” y es un poema largo fragmentado en cuatro cuerpos cuyo argumento se inspira en la filosa punta de la realidad. Horada la carne del poema la tragedia de Amuay, aquel infierno que causó la explosión de la refinería de Amuay el 25 de agosto de 2012 y cuyas causas siguen siendo un opaco misterio. La palabra desvela las secretas relaciones del dolor colectivo y evoca el cielo angustioso del sinsentido, ese fatum que discurre por secretas galerías. Quedan espirales de quejas y dolor; la precaria inmersión del pensamiento para encontrar en la umbría la efímera verdad.
   La composición “Angustia”, texto de José Soledad, logró el segundo premio. Vehemente y aleatorio en su discurrir, el poema despliega un largo soliloquio en un escenario nocturnal. El entorno es colapso y laberinto, un caos que obtura salidas a la esperanza y se convierte en lectura de la precariedad más absoluta; existir no es más que dar latido a la condición de náufrago.
  El último poema premiado es  “Sueños de papel”. Los versos de Luis Barraza Q. hablan de lo cotidiano como hábito de la incertidumbre. Lo hacen con voz directa y comunicativa, como si fuese un testimonio del sujeto verbal que sale al día para dejar testimonio de su tedio y de su grisura existencial. La disposición formal del poema recurre a grandes cesuras visuales para acentuar la ruptura y el sinsentido, esa respiración cansada del tiempo que simula al desplazarse la arrumbada mole de un viejo paquidermo.
  Dada la procedencia dispar de las composiciones recogidas y los enfoques que muestran los inéditos, está vedado en el libro cualquier enfoque sistemático; los caracteres muestran un paisaje plural. Las secuencias verbales dejan tramos claros y sendas sombrías que deben concretar todavía sus lindes expresivas. Aún así, sobrevuela en esta amanecida colectiva del verso un rumor común: las manos incapaces de la realidad para dar cumplimiento a sueños y esperanzas, la fuerza de una verdad terca y abrumadora que hace de la poesía expresión natural de la intemperie. Las palabras son testimonio del drama vital; muestran su vocación de vida, su lugar en el mundo también en el frío perdurable de los descampados.