martes, 8 de noviembre de 2022

CAUSAS Y EFECTOS

Paisajes interiores
Fotografía
de
Javier Cabañero Valencia


CAUSAS Y EFECTOS

El centro del silencio me ha enseñado
a aceptar como un juego que la vida
es una sucesión aleatoria de causas y efectos
sobre las dunas de la realidad.
Aparecen las causas simultáneas,
inflexibles, anónimas,
y los efectos manan disueltos en los días,
con cauce renovado y variable,
cuya fuerza no doma ninguna voluntad.

Cada mañana tiene leyes propias.
Es el azar la fórmula cifrada
que descubre sus vínculos.
Un extraño rumor nos configura,
encubre lo que somos y seremos.

Causas y efectos pasan, se suceden.
Articulan el tiempo. Y eso es todo.

    (De Causas y efectos, 1997)



domingo, 6 de noviembre de 2022

FILOSOFÍA, NATURALEZA Y POESÍA

El Temblar
(Otoño en el Valle del Ambroz, Cáceres)
Poetas en los pueblos de España

 

LA MIRADA OCASIONAL
 
(Naturaleza y poesía)
 
No toda mirada es capaz de engendrar visiones
MARÍA ZAMBRANO
 
   Para establecer un punto de partida conjetural sobre el diálogo entre filosofía y poesía en el que se integra la indagación sobre la naturaleza en el tiempo, podríamos decir que la mirada filosófica es aquella que contempla en el mismo plano el sentir y el pensar. Ambos conforman un espacio de meditación sin rupturas, un recorrido que busca entender y propicia una liberación personal y colectiva, espigando prejuicios y dudas, ataduras y sombras.
   Esta concepción del quehacer poemático requiere un espíritu de fe en las posibilidades del lenguaje como manifestación y reflejo del ser, como razón extrañada entre pensamiento y sentir, capaz de sistematizar y definir, de alentar un espacio de comprensión y estimular la eclosión abierta de los sentidos.
  La poesía filosófica enciende una reflexión plural que diserta sobre las razones de su escritura, repasa el legado de la tradición y deja constancia de una cala en profundidad sobre el sujeto concreto y el contexto social donde se mueve. De este modo, establece un perfil íntegro y total, una concepción ontológica completa que siembra indicios sobre el dinamismo de lo vital.
   Asunto central del acto de escribir es construir una interpretación de lo real, en la que cada elemento adquiera su sentido y se ubique en el laberinto relacional que le corresponde. Este enraizamiento cognitivo alza en el tiempo una arquitectura mudable, donde queda inmersa nuestra experiencia vital.
   El poeta tiene en la infancia un despertar privilegiado, una amanecida en la que el entorno se muestra con sencillez, sinceridad y autenticidad. Estas cualidades aluden a una perspectiva de la naturaleza conocida por intuiciones vitales directas. El paisaje se presenta conectado al asombro, entendiendo el asombro como pujanza energética para preguntarse por el cuerpo ontológico de las cosas. La realidad se interioriza en el sustrato emocional del yo como una topografía viva, resistente, tenaz. En ella se vislumbra lo insólito, un trasfondo que enriquece y muestra sus espasmos más íntimos. Con los años, aquel horizonte moldea una dimensión irrenunciable. Pero es un lugar insular, perdido, que ha de revelarse poco a poco mediante la evocación y la elegía y que se habita desde la memoria, adaptándose a las distintas etapas vivenciales del hombre.
    En los años juveniles, con el comienzo de la formación universitaria, la naturaleza se desvanece en el itinerario biográfico. Personifica un sueño que oculta su tamaño en otra realidad en la que el hablante poético toca fondo y debe hacerse hueco. La ciudad mineraliza su espacio, vinculado a la contingencia temporal y cercanía del yo colectivo. En la urbe se construye un nuevo escenario reflexivo protagonizado por otros figurantes del pensamiento; el yo se transforma en un sujeto pensante, menos intuitivo, empeñado en ordenar y reubicar lo que sucede en la ciudad como silueta poligonal de encuentros.
   El paisaje entonces se deja oír en estilo indirecto, tiene los trazos de una ausencia concreta y mantiene con la situación vivencial del yo una metamorfosis de rasgos que conlleva una clara idealización. Muchas veces el pensamiento se hace grito ensimismado, caligrafía abierta de poemas escritos para cauterizar el dolor, para dejar constancia de que la existencia es sólo un hilo frágil. Cada vez es mayor la conciencia del tiempo. El paisaje queda al margen, se recuerda como un acto de fe, cuya belleza se muestra como una razón persuasiva, una creencia que ensancha el ser del hombre.
   La ciudad moderna contempla la naturaleza desde la carencia, lejos de sus procesos naturales y con un escaso tacto ecológico. La arquitectura habitual desnaturaliza y relega los espacios verdes a la periferia, condicionados por las construcciones y la movilidad. Perece la singularidad de los paisajes y nace un tablero visual de elementos uniformes seriados, que crean la sensación de ser parques temáticos, copias miméticas o extravagantes. La naturaleza urbana se torna insulsa o neutra y con poco peso específico en lo literario.
   A veces, sin embargo, la naturaleza se reafirma de nuevo desde la elegía. Mediante la contención expresiva, la hondura y la vibración anímica, se da una nueva temporalización a lo perdido, se recorre al paso la geografía familiar y el pretérito encuentra expresión emocionada y temblor humano en el material poético. La naturaleza retorna cargada de fuerza, con plena densidad significativa, como un ámbito humanizado en el que la intimidad del poeta germina en su lugar preciso.
   La voz poemática ya no es la de un yo desubicado y desvalido, en la intemperie, sino la de un sujeto activo que abre la claridad a sus recuerdos, a esa estela vital de lo vivido. El gesto de reconstruir puebla el poema de símbolos, renacen los ciclos estacionales y se alzan puentes que unen las riberas del pretérito con el latido indagatorio del ahora. Las palabras se arropan en una sensibilidad meditativa que haya en el pensamiento un refugio protector, un rastro de intimidad y meditación donde se escuchan las señales del tiempo.
  La escritura personal suma en su discurrir anotaciones e incertidumbres, pasos que conforman en cada entrega una manera de andar y de sentir. Los poemas esclarecen una concepción poética en tránsito, que parte del confesionalismo cotidiano y despliega en su madurez un entrelazado espiritual, en el que resulta eje central la esencia del entorno. Su coherencia modula una cosmovisión más racional que expositiva; la poesía concede a la conciencia del ser un carácter trascendente y revelador, pasado por el filtro de la conciencia. Es el abrazo pleno del yo con el velado horizonte de lo esencial; la certeza de que cada hoja caída busca de nuevo rama y reverdece.   
   El material lírico aspira el olor de la tierra, la carga sinestésica de un no lugar que transciende cualquier alabanza de aldea para sumirse en un estado de contemplación ascética que propicia un estar ensimismado. La percepción se consolida. Culmina caligrafías sensoriales; invita a tender las manos del pensamiento para retener lo que ofrece el transcurso del tiempo para incidir en la condición de ser en medio de los ciclos naturales.
  La naturaleza propicia una sensación de estatismo, un devenir que alienta la quietud y el despojamiento y que halla en la imagen de  cualquier elemento natural el reflejo de la propia esencia de vivir; se van agotando los afanes y las pretensiones, los elementos del paisaje muestran una común actitud de calma  que acrecienta la soledad del que contempla o ese desamparo que lleva a buscar el abrazo del otro para librarse del escalofrío.
   La poesía adquiere el tono justo de la confidencia; no levanta una voz que apenas cambia con el tiempo, otea el horizonte y se encoge de hombros, convencido de que la naturaleza tiene un destino marcado, una cadencia que invita a reflexionar sobre los signos de lo  mudable y a guarecerse  a cielo abierto, detrás del pensamiento.
 

JOSÉ LUIS MORANTE





sábado, 5 de noviembre de 2022

VELADA POÉTICA EN ALDEANUEVA DEL CAMINO

Poetas en los pueblos de España
II Convocatoria
Aldeanueva del Camino (Cáceres)

 

ACERCA DEL SUEÑO
 
                               a mi hija Irene
 
I     
 
Qué es el sueño, preguntas,
con la abrumadora ingenuidad
de quien me presupone una respuesta.
Y yo salvo el escollo
modulando una frase convulsa
en la retórica de los desconciertos.
Te digo: el generoso don
que la fatiga obtiene de la noche,
una brizna de luz escalando la sombra,
el envés de una historia
cotidiana y absurda;
tú misma, hija mía,
cada palabra tuya, cada gesto.
No sé si el sueño
es potestad del hombre
o comparten los sueños animales y cosas.
Ignoro de igual modo qué hilo teje
su textura de seda,
qué alzada confabula
su hermética apariencia
o qué brújula guía
la estela de sus viajes.
Sé que hay sueños tristes y gozosos,
oscuros y diáfanos,
ocasionales y obsesivos;
sé también que hay sueños tan hermosos
que el tiempo los indulta y perseveran,
y no envejecen nunca.
 
II
 
                    Para Ana

Hay sueños que una noche
consumen su existencia
y otros que se prolongan con los días.
Simulan los primeros
una especie común de lepidópteros
y acaban siendo pasto
del trastero y del polvo,
como un experimento vanguardista.
Levísimos planetas alumbran los segundos,
como estrellas fugaces que convocan
múltiples y azarosas travesías.
Ante nuestra mirada sus figuras componen
un paisaje celeste,
intangible materia en sereno reposo,
donde habita la luna del deseo.

                     (De la antología Ahora que es tarde, 2021)

 
 

viernes, 4 de noviembre de 2022

EXÉGESIS/CUADRIVIUM. Monográfico en homenaje a MARÍA ZAMBRANO


 

MARÍA ZAMBRANO. MEMORIA DEL TIEMPO 

 
EXÉGESIS / CUADRIVIUM
(Exégesis, revista de la Universidad de Puerto Rico en Humacao)
(Cuadrivium, revista del Departamento de Español de la UPR en Humacao)
MONOGRÁFICO EN HOMENAJE A MARÍA ZAMBRANO
Segunda Época, Nº 4, Año 34, Otoño 2020-Primavera 2021
Número 15, Año 22, Otoño 2020-Primavera 2021
 
 
  Sobre la imagen de María Zambrano (1904-1991) sobrevuela el compromiso humano y estético de su filosofía. Esta realidad, ya consolidada en el discurrir temporal, ha moldeado la recepción de núcleos básicos de su aporte intelectual. La identidad de la escritora sustenta una creación plural, de la que el discurrir del tiempo hace memoria.
   Desde los años veinte, la poesía estuvo muy presente en los desvelos de su imaginación. La leña del verso es fuego y rescoldo, expresión inspiradora y ámbito para sondear el sentido existencial. Alzó, desde sus imágenes aurorales una pared sustentadora, capaz de unir poesía y pensamiento en el espacio insondable de la cosmovisión estética. 
   Como es sabido, el empeño de reunir el legado al completo comienza en 2011, coordinado por el filósofo, investigador y poeta Jesús Moreno Sanz, para la editorial Galaxia Gutenberg. Aquel año se publica el volumen III, que servirá de apertura a otras entregas de Obras completas, como el volumen VI, aparecido en 2014. En esta entrega se integran Poemas (1928-1990). La recuperación del material lírico la realiza, con excelente pórtico, Javier Sánchez Menéndez, en 2018 para La Isla de Siltolá. El editor contextualiza con certera incisión la masa gravitatoria que la lírica adquiere por su capacidad para fijar y dar savia al núcleo vivo del pensar filosófico. La poesía se entiende como potencia reveladora que expande el espacio acotado por la razón. Las consideraciones conforman una inmersión profunda que recorre una travesía donde resulta esencial la relación entre filosofía y poesía. El itinerario es un estar desvelado entre el pensamiento que pregunta y el magma poético que, en su “impasibilidad inoperante”, busca dentro y responde. Surge un ideario que tiene como impulso germinal la mística y sirve para adentrarse en la musicalidad del pensamiento, más allá del logos. Junto a la mística, es palpable la admiración por San Juan de la Cruz, Spinoza, Rilke y Lezama Lima, aunque la pensadora mantiene los inspiradores pilares filosóficos de Platón, Aristóteles, Kant, Spinoza, Nietzsche y la razón vital de Ortega y Gasset.
   María Zambrano halla en la aurora el símbolo esencial de la recreación; la fusión de la vida, más allá de la voluntad irruptora del poder humano. La revelación poética se hace epicentro de todo su sistema reflexivo que, a partir de 1954, toma una palpable impronta ética y una mayor poetización. Tal giro se percibe en los logrados frutos de los poemas líricos y delirios, que apelan a la subconsciencia y al sentir.
 La correspondencia de María Zambrano con escritores contemporáneos permite establecer una cartografía de afinidades e influencias. Aglutina nombres como Emilio Prados, Antonio Machado, León Felipe, Juan Ramón Jiménez o Miguel Hernández. A ellos se suman amistades tardías, pero esenciales, con José Ángel Valente y José Miguel Ullán; y dos relaciones básicas para su imaginación creadora: Louis Massignon y Henry Corbin.
  La presencia de María Zambrano en el pensamiento contemporáneo ha impulsado investigaciones biográficas, incontables ediciones y complejas aproximaciones críticas para discernir claves. Es difícil, por tanto, sacar materiales nuevos que clarifiquen con nitidez la permanencia en el tiempo de su obra. Sobre este empeño se conforma el volumen extraordinario en el que se dan la mano las dos publicaciones de más larga existencia en el ámbito académico caribeño: Exégesis y Cuatrivium. Juntas dan voz a una compilación de trabajos que propicia un diálogo renacido y personal con la obra total. De ese diálogo se nutre el sumario, con un primer apartado de creación, en el que colaboran con poemas Inés María Guzmán, Mario Pérez Antolín, Pedro Sánchez Sanz, Roger Swanzy, que elige como estrategia expresiva una decena de aforismos encadenados, Gloria Díez y Soledad Álvarez, quien aporta una composición enunciativa que recupera secuencias biográficas de la pensadora en la Habana.
   El dossier central de Exégesis suma trabajos en prosa de Ángeles Rivas, Rosa Mascarell Dauder, Isabel María Jimeno Benítez, quien ha resultado fundamental como editora invitada para la realización del monográfico y la gestión de los principales invitados del volumen, como experta en la pensadora, a quien ha dedicado una tesis doctoral sobre el pensamiento místico de la filósofa. La poeta, profesora e investigadora aporta también un escrito de celebración incluido en "Palabra inicial" y el ensayo "Como murmullo de paloma: La palabra que redime en María Zambrano". Corresponde, por tanto,  hacer pública la enhorabuena por su papel protagonista esencial, elemento básico de esta entrega y un horizonte abierto para despejar dudas en los distintos hilvanes del pensamiento zambraniano. Otras colaboradoras son Alba Silva Cuesta, Mercedes Gómez Blesa –sin duda, una de las más atinadas especialistas en el legado de la pensadora-, Andreu Navarra, Rogelio Blanco, otro estudioso con magníficos sondeos críticos que inciden en la experiencia escritural del personaje, Igor Goienetxea, Basilio Belliard, Antolín Sánchez Cuervo, Mónica Manrique de Lara, quien recurre al género epistolar para establecer una senda apelativa, de complicidad afectiva y filosófica, con el humanismo heterodoxo integrado en el libro Claros del bosque. También diserta sobre la misma publicación Alinaluz Santiago Torres. Completan las colaboraciones María José Iglesias Suárez, Simona Langella, Olga Amarís Duarte, Rocío González Naranjo y Sonia Petisco, entre otros. Quiero destacar el hermoso cierre poético del magister invitado José Mármol. El excelente poeta integra en la coda del monográfico un conjunto de composiciones de amplio calado lírico.
 Para María Zambrano “escribir es defender la soledad en la que se está” y “descubrir el secreto y comunicarlo”. Como escribiera  Antonio Colinas, “el viaje hacia la soledad no es, en el fondo, sino un viaje hacia uno mismo, hacia una interiorización muy profunda”. Con ánimo fuerte, la escritora consigue una abstracción cristalina de su pensamiento, un entrelazado entre conocimiento filosófico y cauce poético; ambos son frutos de una sensibilidad luminosa, precisa, capaz de trascender la realidad para indagar en los aspectos esenciales de la existencia. 
  Los miradores del monográfico exploran la compleja personalidad a contracorriente y los ejes más importantes de su pensamiento que así adquiere unidad y un correcto perfil intelectual. Son las modulaciones de una voluntad fuerte, capaz de crear una sensibilidad hacia dentro, un refugio interior para preservar su misterio encendido, universal. Orillas entre la sincera voz de la escritura y el cauce  del sentir existencial.
 

JOSÉ LUIS MORANTE    






jueves, 3 de noviembre de 2022

CONVIVENCIA

Espera

  

CONVIVENCIA
 
   Nunca tuve conmigo una convivencia fraternal. Solo la compañía contingente de quien se desplaza con los mismos pies. Juntos aprendemos a no huir de nosotros mismos y a cubrir a diario necesidades básicas. No me doy tregua. Habito en el perfil de mi costado. Tallado por la lógica, el tiempo nos iguala con un argumento funcional: sin mí estaría más solo.

(De  Cuentos diminutos)
 

miércoles, 2 de noviembre de 2022

IOANA GRUIA. TOCAR LA PIEL DEL TIEMPO

Tocar la piel del tiempo
La poesía de Luis García Montero
Ioana Gruia
Editorial Renacimiento
Colección Iluminaciones
Sevilla, 2022

 

POÉTICA DE LA PIEL

  

    Asumiendo un fuerte vitalismo creador, Ioana Gruia (Bucarest, 1978), profesora titular de la Universidad de Granada, ciudad donde vive desde 1997, impulsa una escritura plural, que traza itinerarios por la novela, el relato breve, la crítica, la poesía y el ensayo. Retorna a esta última estrategia con el libro Tocar la piel del tiempo, una cala crítica en torno a la escritura de Luis García Montero, autor de contacto sobre el que la escritora ha reflexionado con frecuencia.
   Las coordenadas poéticas de Luis García Montero le conceden en la poesía contemporánea en lengua española una ubicación sólida e incontestable. Sus entregas han propiciado abundantes antologías y compilaciones completas y se han traducido a más de una decena de idiomas. Muchos poemas se han musicalizado y son letras celebradas de conocidos músicos o cantautores, y su obra es generadora de una incontenible bibliografía, como recuerda Ioana Gruia en la selección final que sirve de coda al libro.
   De inmediato se siente la sensación de cercanía con el autor; como intuyera Joan Margarit, la poesía de Luis García Montero es una casa de cimientos profundos, un espacio abierto, hospitalario e instalado en la lucidez. Las palabras de Ioana Gruia conceden a la poesía del granadino una propuesta de claridad y diálogo, de confidencialidad con el transitar del tiempo. Sin duda, el poeta es el mejor referente generacional y entrelaza señas identitarias de varias promociones en activo, desde los maestros del medio siglo hasta la poesía pandémica y digital.
   La escritora explica el título con una sugerente intuición que asocia la existencia como una cronología sensorial que invita a “tocar la piel del tiempo” desde las relaciones personales y el mundo afectivo, pero también desde la práctica literaria y el arte como forma de buscar lo permanente en lo transitorio. Y establece un ritmo pausado en el discurrir de su ensayo que se articula con los siguientes núcleos abiertos: una perspectiva general en la introducción, análisis de la poética y tres enclaves temáticos: “Los párpados del tiempo”, “Bestiario íntimo" y, por último, “El ritmo del mar y los barcos de papel”.
   El apartado “Una poética de la piel” recorre los pliegues del ideario personal a través del sustantivo piel, empleado con frecuencia en diferentes momentos del itinerario lírico, hasta ser resaltado por estudiosos como Marcela Romano y Laura Scarano. La cualidad matérica de la superficie  invita a un largo viaje interpretativo que permite emerger, tras los pliegues de la epidermis, el sentido íntimo de la escritura. Al cabo, como escribiera Luis García Montero en Confesiones poéticas, al hablar del libro Diario Cómplice, “la poesía es una operación interpretativa de las superficies, un texto con conciencia exacerbada”. De este modo, la piel, según Ioana Gruia, se convierte en núcleo de significado y de irradiación fundamental que se ramifica en claves como el erotismo, el deseo, la meditación sobre la intrahistoria colectiva, el papel de los sentimientos y el temporalismo del discurrir existencial. El análisis concluye que, en la poesía de Luis García Montero, la piel aglutina la intimidad del pensamiento y su relación con el entorno, junto al diálogo continuo y confidencial entre razón y sentimientos.
   El capítulo “Los párpados del tiempo” percibe el verbo confidencial de la temporalidad. En él se hace corpóreo el tiempo, como si fuera un protagonista vivo del texto, donde aloja y desaloja una larga sucesión de vivencias y recuerdos, prodigada por los momentos existenciales. La memoria es lumbre encendida; inventa calidez y belleza y consigue articular el enlace entre el pasado imaginario y el presente que postula la evocación. Esta superposición temporal materializa la fuerza interna de la intimidad para fijar el deseo, el resplandor callado de la evocación o la voz común de lo colectivo; pero también la herida de existir.
   La compilación final “El ritmo del mar y los barcos de papel” explora los poemas marítimos. Son textos que mantienen vías abiertas con las obras de Rafael Alberti y Federico García Lorca. En las composiciones que tienen el mar como eje argumental hay una luminosa sensorialidad, y ubicaciones semánticas que emanan de términos como faro, deriva, naufragio, bruma acantilado o litoral; palabras que mantienen puentes tendidos entre lo cotidiano y lo fantástico y originan sorprendentes metáforas. En ellas se forja el devenir existencial, los faros mudables de un tiempo que ilumina el lenguaje.
   La estela lúcida de Ioana Gruia en las páginas de Tocar el tiempo explora con vocación de luz los enclaves más definitorios del discurrir poético; la cuidada simetría entre apuesta ética y razón estética. Queda, de este modo, el legado lírico de Luis García Montero en el centro del ahora, con una obra plena que es testimonio de incertidumbre y asombro. Lluvia, que difunde transparencia y fecunda el surco abierto del tiempo.
 
JOSÉ LUIS MORANTE




martes, 1 de noviembre de 2022

DÍA DE DIFUNTOS

Conversación
(Cementerio de la Almudena, Madrid)

 

DÍA DE DIFUNTOS

Con pulso firme el hombre
decide abrir la puerta de su tiempo.
Desde el umbral contempla,
con dolor y nostalgia, la niñez:
paredes transparentes
que un lamentable olvido acumulado
dejó casi vacías.
Hoy sostienen acaso un traje rojo,
sombra y polen de los huertos cercanos,
una esfera, tebeos...
Mira su adolescencia: dogmas rotos,
esperanzas estériles,
ventanas obturadas de verde y denso musgo.
Vislumbra las entrañas
de otras habitaciones que ilumina
una vela gastada en días grises.

Se da cuenta -lo atestigua su rostro
enarbolando una sonrisa triste-
que su tiempo le cabe
en el cuenco cerrado de la mano.
Y aceptando su sino,
declinó en los los postigos la falleba,
basculó en el dintel la puerta carcomida,
encadenó la verja despintada
y penetró con gozo en el jardín umbrío
a conversar sin tregua
entre la espesa fronda con la muerte.

      (Del libro Rotonda con estatuas, 1990)