jueves, 27 de septiembre de 2012

ANTONIO RIVERO TARAVILLO. REGRESOS.

Macedonia de rutas
Antonio Rivero Taravillo
Paréntesis, Sevilla, 2010

   Fue en el ecuador de los años noventa cuando descubrí por vez primera las prosas de viaje de Antonio Rivero Taravillo (Melilla, 1963). Compartíamos páginas en el suplemento cultural La Mirada de El Correo de Andalucía, un semanal sevillano, coordinado con tino por José Luna Borge, en el que se daban cita colaboradores de innegable talento, y recién llegados a la literatura, como Martín López-Vega o Javier Rodríguez Marcos.
   En esa década el escritor, afincado en Sevilla desde sus primeros días infantiles,  daba comienzo a una labor miscelánea que aglutina poesía, ensayo, crítica, traducción y libros de viaje, género al que pertenece la edición de Paréntesis, Macedonia de rutas, precedida en el tiempo por dos volúmenes similares, Las ciudades del hombre y Viaje por Inglaterra.
   El mapa geográfico ofrece un amplio listado de puntos de fuga y corresponde al viajero sumar pasos hasta el fin de trayecto. Es verdad que el itinerario sólo concluye cuando el paseante regresa al umbral de partida que para Antonio Rivero Taravillo siempre tiene el exacto formato de un folio en blanco donde narrar la crónica de sus vivencias. Allí se plasma en mapas de tinta el variado aporte del deambular, la completa jornada de ida y vuelta.
   La globalización ha castigado a muchos destinos con un turismo gregario, anodino y vulgar que mira distanciado y convierte a los lugares de interés en apresuradas fotografías digitales o en postales repetidas. Antonio Rivero Taravillo acierta a personificar cada parada; el marco geográfico es un interlocutor vivo que relata su pasado, sus encuentros con otros viajeros o los detalles que convierten su apariencia en un subrayado de los sentidos. Como no podía ser de otro modo, están las ciudades atlánticas que acogieron en sus aulas y bibliotecas al joven estudiante, al investigador filológico y al traductor;  los muchos sitios de la Bética, con Sevilla como plaza porticada del recuerdo;  la Europa nórdica; la arqueología de Roma y las arterias grises de Venecia. También destinos de largo alcance, al otro lado del océano, en los que las ruinas de los pueblos precolombinos conviven con el ajedrez urbano de Nueva York, arquetipo de la metrópolis contemporánea que tanta huella ha dejado en la literatura en castellano.
   El viaje como metáfora de la propia existencia ha sido un tema recurrente en la literatura. Andar el camino no es más que abrir una perspectiva nueva al tránsito interior y una toma de conciencia del carácter transitorio de cualquier destino.
   Macedonia de rutas convierte cada periplo en un relato protagonizado por el yo que deja sitio a un decorado convertido en un agente activo. En él los detalles de la descripción, los elementos ambientales, conviven con las relaciones que establecen los individuos que  entrecruzan sus coordenadas. Cada lugar es un refugio y un punto de encuentro, un espacio sencillo y complejo que desdice la soledad del paseante solitario y nos habla de buena vecindad entre pasado y presente, entre libros y geografía.

 

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