miércoles, 27 de febrero de 2019

LA NOCHE EN BLANCO. LECTURA PERSONAL

Lectura de "la noche en blanco"
Premio de Poesía Hermanos Argensola 2005
Fotografía de Diario de Ávila


La noche en blanco

 En la poesía realista es casi un hábito el uso de la primera persona, tan apropiado para el tono meditativo que tiende a confundir el ser poemático y el sujeto biográfico. Son entidades distintas, aunque emparentadas por evidentes conexiones: el primero se nutre del fondo de experiencias, vivido o imaginario, de quien escribe.
  En el poemario La noche en blanco el yo lírico se enfrenta a un estado temporal de vigilia. Fármacos y técnicas de relajación para conciliar el sueño han fracasado y anida en las papilas ese sabor acre de la noche, cuando los relojes laten con obstinada pereza. En ese lapso el pensamiento se aplica en la construcción de otra presencia. Crea un ser con quien accede a estratos emocionales. Asistimos al despliegue de los sentimientos hacia un ideal que hace suyo un aserto de Julio Cortázar: “creo que soy porque te invento”.
   La noche sirve de puente; transitan por ella vivencias y situaciones hilvanadas en el acontecer. Ese conocimiento se inicia junto al mar, siempre símbolo de plenitud y apertura. Los entornos naturales tienen algo de verdad inmutable que existe desde siempre frente a las formas cambiantes; en ellos percibimos un ritmo sosegado, vivificador, que se trasmite a nuestro espíritu. Esa plenitud que amplía los contornos del sujeto también aparece en ámbitos  como los esteros de Doñana, la sierra de Gredos o el bosque de La Tejera Negra que, sin nombrarse, está en el poema “Hayedo”. La palabra no se atiene a las exigencias de la descripción; busca intersecciones entre subjetividad y lugares evocados porque hay una identificación entre el paisaje físico y la receptora del deseo; sobre esta idea versa el poema “Hipérbole” Ella se convierte en centro y toma el paso calmo de las horas. Es una presencia necesaria que impregna los tejidos del yo y con la que conoce distintos planos del entorno. Alrededor están los objetos domésticos, el ámbito cercano que nos pertenece. También otras circunstancias que, en apariencia, no nos rozan pero que representan la cara más amarga de la ciudad. Están en poemas como “Autopista” o “Chabolas”, donde la mirada social incide en la desposesión y el vacío. Cada proyecto personal está condicionado por la creciente jerarquía social que condiciona el libre albedrío. A la tesis de Jean Paul Sastre “estamos condenados a ser libres” hay que añadir que tal condición no habla de condiciones sombrías.
   Una ironía próxima al sarcasmo está presente en “Resaca”, una pieza influida por el verbo nihilista de Fonollosa. El pacto de convivencia, casi de modo inadvertido, va perdiendo su capacidad de asombro y poco a poco el espejo refleja renovados rasgos de la soledad. Cuando la incomunicación se evidencia, el diálogo con el otro enmudece. Se descubre que la creación es una simple estrategia para superar ese estado de islas. Llega la amanecida; el pacto de convivencia se ha roto. Con el amanecer vuelve el ahora y el tedio y la rutina de lo laborable: el análisis superficial de la realidad. Hemos buceado en los interiores de un espejismo y corresponde el repliegue en lo individual. El final de la historia tiene el regusto de la melancolía por el sentido agónico del poema epílogo que se inspira en este haiku de Bashoo: “Habiendo enfermado en el camino,/ mis sueños/ merodean por páramos yermos”.
  Como en anteriores poemarios, hay una trama argumental y un motivo central reordenando el discurrir de los poemas. En este caso, el argumento es el aprendizaje de la decepción. Más que un desánimo amoroso individual, se habla de un estado vital; Joan Margarit ha definido este estado con una precisión demoledora: ”Llega el tiempo de no esperar a nadie”. La madurez conlleva un proceso de interiorización que da conocimiento, pero también impide la floración de sueños. La decepción no es un síntoma específico de la edad otoñal, hay en la juventud un momento que supone la ruptura de quimeras infantiles y esta circunstancia se reitera en la madurez, cuando la coraza personal se fortalece y hace añicos el vigor y la belleza de algunos ideales; eran circunstancias aparentes con fecha de caducidad. La decepción es un instante concreto del aprendizaje que exige continuar. 
 Las citas introductorias pertenecen a tres poetas por los que siento especial devoción: Raymond Carver alienta una escritura que es siempre consciente de la fragilidad de cualquier asidero; toda esperanza es ilusoria por lo que la búsqueda es una constante; los versos de Joan Margarit proponen que estamos abocados a una situación cotidiana carente de épica, en la que sin embargo es posible descubrir grietas que permiten respirar otra atmósfera; la cita de Gonzalo Rojas es una propuesta de acercamiento que sugiere la soledad superable. Otro préstamo de Gerardo Diego recuerda lo intangible, aquello que desafía el sentido de la memoria. Es escaso el sustrato cultural explícito; sólo una leve mención a La Odisea en el poema “Penélope” que rescata la conocida espera de los pretendientes. Más que la conducta grandilocuente de los héroes homéricos de La Iliada, me fascina la actitud de esa mujer que es modelo de fidelidad y firmeza; la serena espera de Penélope rebosa dignidad; obtiene la justa recompensa del regreso porque no aceptó nunca la separación y alzó con los recuerdos el andamiaje de la esperanza.
  Añado unas mínimas consideraciones sobre el enfoque formal del poemario. Si en mi libro anterior, Largo recorrido, el verso normativo era el endecasílabo, ahora es el heptasílabo la medida versal más frecuente. El arte menor acelera la cadencia lectora y da levedad al poema, una circunstancia que también potencia el despojamiento de adjetivos en los títulos, todos son sustantivos escuetos. Recurro al poema breve, que busca la intensidad en un mínimo desarrollo narrativo e incrementa el ritmo conversacional, fluido y comunicativo. Nunca he gastado energías en convertir una composición en un acertijo o en un enigma inútil.
  Esta visión no anula otras interpretaciones. Pertenezco a los que piensan que un poema no es una respuesta sino una pregunta.


                                                (Presentación del libro La noche en blanco)



No hay comentarios:

Publicar un comentario