sábado, 16 de noviembre de 2019

HIRAM BARRIOS. APÓCRIFO (AFORISMOS)

Apócrifo
Hiram Barrios
Prólogo
de
José Luis Morante
Editorial Naveluz
Colección La Hormiga
México D. F, 2018 



PRÓLOGO

Quien calla nunca es trivial;
quien habla lo es casi siempre.

HIRAM  BARRIOS


   Entre las incertidumbres del siglo XXI las formas literarias breves han conseguido reconocimiento inesperado y una resonancia especial que acrecienta su práctica. Son un signo de época. Conceden una percepción súbita de la realidad cuyo carácter, temporalista y mudable, tiene consecuencias inmediatas en los quehaceres del lenguaje. Sucede con el haiku, esa japonería aclimatada al castellano cuyo mensaje da cauce a la impresión instantánea, el microcuento, ficción de argumento resolutivo; y el aforismo, una miniatura reflexiva repleta de connotaciones.
   Hiram Barrios (México, D. F., 1963) creador plural, traductor y docente en ejercicio en las aulas del Instituto Tecnológico de Monterrey se adentró en la tradición literaria paremiológica en Lapidario. Antología del aforismo mexicano (1869-2014). Era un balance de la aportación cultural de autores foráneos, con algunas voces del exilio español asentadas tras la guerra civil, y firmas de otra geografías. El escritor definía el proyecto con tono humilde, “como un trabajo liminar, exploratorio y en construcción” y lograba un libro riguroso, de didáctica unitaria que sondeaba vínculos entre escuelas y autores en un paréntesis temporal de siglo y medio. Una obra excelente para un momento donde el ciberespacio está cambiando las reglas del género y las posibilidades de recepción.
  Con Apócrifo Hiram Barrios se integra en la práctica aforística aportando su versión particular de la economía verbal. La decodificación lectora concede al título, como elemento paratextual,  una tripe función: identificadora, referencial y distintiva. Así que antes de adentrarnos en el cuerpo de la obra conviene recordar las dos connotaciones básicas del término. En su acepción académica, alude a un adjetivo que califica lo simulado, inexistente o fingido; la etimología popular emplea el término para encuadrar comentarios u opiniones subjetivas que carecen de fundamento, que siembran rumores que no se pueden constatar. Así pues, Hiram Barrios pone bajo sospecha la práctica de este género de intensidad, que busca ahorrar pasos entre la niebla de lo digresivo.
  La observación estimulada por el rótulo no desdice la naturaleza singular del género. El aforismo preserva la autonomía de cada fragmento y la pluralidad de inquietudes semánticas. El escritor establece para los rasgos temáticos y formales del corpus una ruta de lectura de quince secciones. Su primer tramo es “Diario o culto” tiene una base testimonial, como si el yo biográfico personificara al protagonista en sus interacciones cotidianas con un entorno que difunde estrategias cognitivas: “Los mejores aforismos los escupo en la calle. En el asfalto está mi aforística”. Los breves nacen de circunstancias concretas y dejan constancia de una subjetividad que respira a pie de calle. Pero el cauce natural del aforismo es la contradicción;  si el sujeto busca a ras de suelo la huella firme de algunas certezas, esta actitud es compatible con “las videncias del oráculo”. La intuición predice. Esta clarividencia desconfía del logos: “Un hombre, a solas con su pensamiento mucho tiempo suele ser peligroso”, “No pensar como medida preventiva”, “Los mensajes más oscuros son los que alumbran más”. La construcción de los aforismos integrados en “microhistorias” dibuja un perfil de cercanía con el relato ultracorto, no solo por la precisión extrema del lenguaje sino por el carácter ambiguo y la capacidad de sorprender mediante una visión no convencional del hilo argumental. Así lo constatan estos ejemplos textuales: “Cordura. Antes escuchaba voces. El psiquiatra me recetó pastillas: ahora son las voces las que me escuchan”; “Irresistible. Mi esposa es atenta y complaciente: una delicia de mujer. Por eso busco amantes.”; “El legado. Pelearán hasta matarse por los bienes del difunto. Los males se heredan por igual.”
  Otra modalidad de frontera con el aforismo es el epitafio. Entre ambos abundan los motivos conectores e igualatorios: egocentrismo, solemnidad lapidaria, posicionamiento temporal. Queda recalcado en abundantes aciertos expresivos: “El genio. Lo enterraron vivo, siempre adelantado a su tiempo”, “El librepensador. Luchaba por la verdad. Su obra lo desmintió”.
   Escribir aforismos es alzar un entorno de habitaciones soleadas con una buena orientación que propicie borrar sombras y convoque al desaprendizaje para que el trazo sutil de la existencia avance con nutrientes nuevos, inmediatos, volátiles y el activo destello del relámpago.
   En el remanso de Apócrifo siempre hay sitio para la gota de claridad inesperada en la que se despliega la capacidad oratoria de la inteligencia y el necesario silencio: “Callemos mejor para entendernos”. Así afloran las aristas de un tiempo fermentado que el aforismo se empeña en moldear para lijar sus distorsiones. Es un quehacer continuo y atomizado, con voluntad, con fe, sabiendo mientras camina que “el aforismo es un atajo”.

José Luis Morante





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