lunes, 25 de noviembre de 2019

DANIEL ZAZO. LA PERIFERIA DEL DESEO

La periferia del deseo
Daniel Zazo
Editorial Páramo
Valladolid, 2019


LA HOGUERA Y LA CENIZA


   La poesía abulense más joven, llamada a renovar el poso generacional de escritores imprescindibles como José Jiménez Lozano, Jacinto Herrero Esteban o Gaspar Moisés Gómez,  se concreta en unos cuantos nombres entre los que sobresale Daniel Zazo (Ávila, 1985), cuya entrega de presentación Que ardan los fuegos amaneció en  2017.  Poeta, miembro del Consejo de redacción de la revista El Cobaya y profesor en ejercicio, Zazo compilaba en esa carta de presentación textos de casi una década de escritura que tenían como núcleo temático el fuego. El elemento matérico  aglutina germinación y encuentro, formas abiertas y sensaciones de intensidad o carencia en un libro de amanecida, donde resaltaba el carácter orgánico y unitario.
   Su segunda entrega, La periferia del deseo recuerda en su título, y lo refrenda la nota de contraportada, al poeta sevillano Luis Cernuda, quien hizo del concepto un espacio de espera confrontado con la realidad. La sombría existencia anula la dicha y hace del ideal una imagen desangelada de contornos borrosos. La cita de entrada clarifica la condición del sustantivo con unos versos del poeta y cantautor Luis Eduardo Aute: “Deseo es el surco que deja una estrella, / deseo es espejo, deseo es enigma, / deseo es el beso de signos contrarios”.
    Daniel Zazo, ante un paso argumental tan proclive al enfoque emotivo, ubica su discurrir poético en la media distancia y añade a la experiencia personal un amplio sustrato culturalista para trazar las coordenadas situacionales: “Es en los límites donde el deseo se origina, / donde se encuentra su unívoca razón de ser. / Atrás dejó páramos y jaulas de nieve, / la enigmática frialdad de las estatuas / que habitan las desiertas plazas de De Chirico / y las miradas ausentes, casi huidizas / de los desnudos sonámbulos de Delvaux…” Pero muda de perspectivas para abordar un enfoque apelativo frente al yo desdoblado que muestre la razón de la escritura: el poema es un espacio atemporal; abre su territorio a una extensa reflexión sobre imágenes y conceptos, sobre esos hilos de azar que convierten cada estar en la acera diaria en un carro de heno, una carga de vivencias  que deja contemplar al paso cómo el deseo muda con el tiempo, se hace desolación y ruinas.
  También la pintura, tras los pinceles de Bernini, corrobora la condición temporal de la carne y su rastro de nieve. Eso no anula la atracción de la belleza y su fuerza para despertar el tacto del delirio corporal convocado por el fogoso resplandor de la hoguera. Poco a poco el poemario va gestando una erótica cuajada de imágenes, desde ese afán implosivo y germinal de quien siente la llama hasta la atmósfera onírica de la representación pictórica, los poemas van estableciendo equivalencias. Así se fortalece un cuerpo verbal –terremoto, temblor, delirio… - de resplandor y estrépito que halla en la caligrafía del poema su razón de ser.
  En ese fluir de sensaciones, las palabras se convierten en refugio donde habita la claridad del amor. Cada lugar o cada paisaje escenifica una ´´intima representación de los cuerpos”. De igual forma que esas miradas plásticas que interpelan desde el muro de los museos, porque contienen una expresión del tiempo detenido, el cauce lírico propicia un nuevo principio en el que se definen las señales inequívocas del amor para colonizar con su fuego un extenso perímetro en el que se define la suprema identidad del deseo: “Eres todo aquello que arde y jamás se consume”. Daniel Zazo, como esas ondas que ponen relieves expandidos sobre la quietud del agua, hilvana un libro cuajado de estrategias discursivas, que aglutina un amplio campo de definiciones en las que también se evoca la cálida experiencia personal en torno a la consunción del deseo. Con él relaciona palabra y respuestas reflexivas a ese punto ciego que anula la razón, pero también a esa pulsión que aspira a poner calor en la frialdad de las estatuas, a caminar por el vértigo para que la rutina encuentre la luz que sobrevuela en la fugacidad de las cosas, que hace del ideal una razón de vida.




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