miércoles, 26 de enero de 2022

LUIS CORREA-DÍAZ. HAIKUS NADA MÁS

Haikus nada más
Luis Correa-Díaz
Prólogo de José Luis Morante
Ediciones El Ángel
Colección Entre Nubes
Chile, 2021
  

IMPLOSIÓN DE HAIKUS

 

   El formato tradicional del haiku encierra una percepción introspectiva. Desde el hacendoso oficio de la contemplación, la estrofa japonesa dibuja una ventana abierta, atenta a las pulsaciones cercanas del entorno y los matices sensoriales depositados en el pensamiento. La caligrafía remansada de esta práctica versal da cauce al discurrir de las estaciones a partir de destellos inmediatos con un diálogo cordial entre naturaleza y testigo. Fue Matsuo Bashoo (1644-1694) quien codificó el sentido y la arquitectura del haiku como camino de perfección y serenidad espiritual. El monje ha ejercido un sólido magisterio, compartido con Onitsura, Shiki, Moritake, Issa Kobayashi, Santôka y Tietoku, entre otros. Aportan estratos argumentales e idearios estéticos renovadores, como Sookan, quien introdujo en la terna versal los más humildes rincones de lo cotidiano y el tono humorístico.
  A primeros del pasado siglo, el haiku viaja hasta occidente gracias a José Juan Tablada. Los nuevos cultivadores trastocan el mensaje literario autóctono y añaden a su clasicismo genérico espesuras y condensaciones expresivas mudables. Con el tiempo, la brevedad es un mural, una colección de teselas que tiene el tono de lo conversacional y la cadencia cercana del intimismo compartido. De la persistente contracción nace una lírica despojada de transcendencia que expone el río secuencial de lo vivido. La palabra ratifica el estar a la intemperie, mientras los sentimientos se convierten en raíz sustentadora, en soportes que aguantan la condición transitoria de la identidad. El yo se hace otro. Escribe una estela en el agua que no se borra, sea cual sea la fisonomía del cambiante escenario donde sembramos nuestros pasos.
  Frente al poema de sensaciones sublimadas, el ámbito interior del haiku admite el carácter subjetivo del yo lírico y su presencia explícita. La sobria belleza de la estrofa adquiere en Luis Correa-Díaz un tacto distinto. El profesor, poeta y ensayista entiende la literatura como experimentación; es un tanteo transformador, una búsqueda alternativa que se hace desde una implosión especulativa y proteica. Sus poemas no retoñecen en los previsibles surcos de la ortodoxia sino en las hendiduras de la roca, en el desmonte, en las grietas, en el suelo asimétrico del reseteo. Interpretan otra manera de entender  la cadencia versal sin la ecuación silábica del esquema 5 / 7 / 5 que calculaba la distancia exacta del poema. La memoria léxica conexiona versos para entrelazar un cordel fuerte, en el que cada estrofa tiende la mano a la siguiente, anula su autonomía significativa y se integra en una unidad mayor. Así se logra la evocación del pasado y el regreso de lo vivido, que ahora difunde un rostro fragmentario, cubierto a veces por la silueta gris de la incertidumbre.
  La textura expresiva de Haikus nada más se manifiesta desde la apertura. En “Haiku de la visitación” inaugura su voz un protagonista lírico que evoca secuencias biográficas con el aguijón de la ironía y una polifonía léxica que integra expresiones en inglés e italiano, junto al cauce habitual del castellano. Los poemas descifran los caminos de la convivencia. Son indicios de una realidad paradójica y proclive a la contradicción porque en los caminos del lenguaje conviven el estar común y la soledad evocadora, el recuerdo de lo vivido y las lindes de una senda seca y áspera que viaja hacia la ceniza. El paisaje cobra un rumor fuerte en poemas como “Haiku de allá del campo” donde el sentido estrófico adquiere un trazo constructivo, cuajado de belleza.
   A veces, Luis Correa-Díaz da nueva vida a la mirada infantil. Los versos se conviertan en crónicas de leves itinerarios, donde persiste la ingenuidad del niño nunca perdido en la profundidad del tiempo. El verso se rodea de un bosque de símbolos que renacen en la introspección para ser ahora y presente. Las piezas adaptables del lego, los lápices para dibujar tebeos o las manos firmes de los superhéroes construyen cerca un mundo sencillo, que soporta las mudanzas del tiempo.
   En la amalgama de estratos, otro vértice temático es la continua presencia del yo femenino. Convoca imágenes de plenitud, cercanía y ausencia expuestas con la sencillez del ideario amoroso y su caminar con paso firme.
   Recordando la onomatopeya sonoro de la rana de Bashoo, aquel “plof” al caer sobre la silenciosa superficie del agua,  Luis Correa-Díaz añade con frecuencia a sus poemas una coda final, un monoverso que sirve de broche a la cadena y funciona como aserto conclusivo. Con él intensifica la reflexión y condensa los referentes mediante una introspección final. Otras veces, para añadir otras secuencias formales, sitúa el verso suelto entre las estrofas, fijando así una cadencia remansada, un ritmo, una nube verbal en el aire.
   Vigilantes y activos, los pasos de Haikus nada más promueven un sostenido ritual del desorden, hecho de impresiones visuales cambiantes y de una combinatoria de asuntos temáticos. Entre ellos resalta la presencia de una perseverante zoología que encuentra en el poema memoria, expresión precisa y vuelo renacido. Los versos albergan tortugas, pumas, gatos, ardillas, pingüinos y medusas; vivas siluetas de cambiante morfología que soportan asombrosas mutaciones oníricas. Se muestra una fauna palpitante que da razón a la mínima caligrafía del bestiario o establece un íntimo coloquio con Pablo Neruda cuando criticaba la soberbia antropocéntrica del yo, frente a los organismos naturales. La sensibilidad de Luis Correa-Díaz nunca es ajena a los estímulos sensibles, esos elementos de la fauna y la flora que sostienen las formas de la materia y abren caminos a reflexiones mayores.
   Entrevera el desarrollo del libro un contexto histórico marcado por los sustantivos virus, pandemia y encierro. Son términos que han generado un viscoso campo semántico, tendente al derrumbe anímico. De su percepción nace la queja y el resentimiento, tan nítidos en el poema “Haikus del virus cabrón”. La composición recorre una dura realidad social, convertida en un registro de inquietudes y cambios que han logrado otra perspectiva relacional. En las calles falta lo habitual, la piel cálida y el abrazo, ese puente hacia el otro que si no se recorre sobreviene un fuerte agotamiento emocional.    
   Se hace tangible en la visión estética de Luis Correa-Díaz el afán celebratorio del inconformismo y el zarandeo de la asepsia expresiva. En Haikus nada más las redes de haikus olvidan el hermetismo para salir al día con un plano lexical ausente de artificio retórico. Crean un clima de cercanía conversacional, de irónica aceptación de la realidad como un espacio frío, exasperante; abren una pantalla proclive a la visión crítica por su depuración de ideales. Las palabras del poeta se miran en el espejo para mostrarnos un hacedor de versos sin literatura. Sumido en la experiencia singular de dar voz a lo diario, sale a escena un magma caótico, repleto de viejas preguntas que corren lejos y conjugan sus novissima verba en el umbral lejano del futuro.
 
JOSÉ LUIS MORANTE
 

(Madrid, junio de 2021)    

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