sábado, 16 de marzo de 2024

JOAN MARGARIT. UN ASOMBROSO INVIERNO

Joan Margarit
(1938-2021)
Librería Alberti, Madrid, 2018
Fotografía
de
Javier Cabañero Valencia

 

 
A DOS VOCES
 
(Joan Margarit y Luis García Montero)
 
JOSÉ LUIS MORANTE
 
El arte no es distinto de la vida
 
JOAN MARGARTI
 
Se trata de sentirse conmovido,
de vivir fatigado
 
LUIS GARCÍA MONTERO
 
 
  Once de enero de 2018. Mientras el atardecer madrileño diluye su cronología entre hilachas de sombra, la librería Rafael Alberti persiste en su calendario cultural. Convoca a la presentación conjunta de dos novedades de poesía: Un asombroso invierno, de Joan Margarit, y A puerta cerrada, de Luis García Montero. Ambos escritores son puntuales. Cuando llego al evento ya están en el cordial refugio habitable, abierto por Lola Larumbe hace más de cuatro décadas en la calle Tutor. Percibo que son muchos los oyentes que antes de ocupar sitio en el semisótano, espacio habitual para quehaceres lectores, se acercan a los protagonistas; intercambian impresiones, desenredan monólogos afectivos o consiguen una dedicatoria personal. Los caracteres manuscritos en la hoja de cortesía del libro añaden un valor sentimental, un soplo de cercanía. Lo intuyo; hago lo mismo desde hace años. Guardo turno hasta que Joan Margarit descubre mi presencia. Me saluda efusivo y busca de inmediato un rincón tranquilo para evocar secuencias comunes, ahora reverdecidas por la nostalgia. Percibo intacto en sus palabras el aprecio generado por mi edición crítica Arquitecturas de la memoria (Letras Hispánicas, 2006). Rememora con calidez algunos viajes juntos a Rivas-Vaciamadrid, el cercano municipio de la periferia donde resido y ejercí la docencia. Allí visitamos varios centros educativos y promovió una entrañable acogida estudiantil en la biblioteca, tras su descarnada lectura de Joana. Recuerdo que algunos bachilleres lloraron por la fuerte seducción  argumental; Margarit descubrió una costa descarnada y terrible para evocar los últimos días de la enfermedad terminal de su hija que convirtió la muerte en un cuarto sin nadie.
  Cuando resuelve sus compromisos, también se acerca Luis García Montero, quien deja entre mis manos un ejemplar dedicado de A puerta cerrada. Me agradece cómplice la salida de Ropa de calle, cuya tercera edición amplía la muestra de poemas y analiza el tramo escritural desde 2008 hasta 2017, etapa fecunda que añade al perfil lírico una sólida voz narrativa con tres ficciones, Mañana no será lo que dios quiera, No me cuentes tu vida y Alguien dice tu nombre.
  Así que mi predisposición ante el encuentro en Moncloa está lejos de la objetividad. La memoria íntima germina marcada por la cercanía reflexiva hacia itinerarios cuyas bifurcaciones preservan un interés enaltecido. El arte no es distinto que la vida; sale al paso como una senda transitable. Los poemas que escucho son mis poemas. Forman parte de un tejido sentimental y de una vocación crítica implicada que convierte a los textos en calladas aseveraciones de una espera metódica. Ambos escritores saben que el discurso poético se dirige a la esencia misma del sujeto como ser pensante; animan una actividad creadora que agita la conciencia e incide de forma directa en la sensibilidad posicionada frente a lo real. Los dos personifican –y empleo un acierto crítico de Juan Carlos Abril, extraído de Lecturas de oro- el empleo del lenguaje como “dispositivo vivo de representación, expresión y conocimiento que posee su propia autonomía, se crea y se destruye, se destruye y se crea para renovarse a sí mismo “.  
   La velada concita una alta motivación. Luis García Montero resalta el devenir biográfico del poeta catalán, inicios escriturales, dedicación a la docencia durante más de treinta años como catedrático de Cálculo de estructuras en la Escuela Superior de Barcelona, su profesión de arquitecto y esos vasos comunicantes que conceden al ideario estético una apariencia de orden y claridad. Después, el autor de Un asombroso invierno recita composiciones salteadas, siempre precedidas por una pincelada contextual, clarificadora del sustrato temático y de la circunstancia personal de cada una. La voz, rotunda, declamatoria, escueta, ensancha el silencio y abre los ojos; evoca en mí otros ámbitos compartidos que ahora se renuevan con lindes intactas.    
   Se percibe máxima sintonía cuando leen en castellano y en catalán versos de Joan Margarit, ya convertidos en himno de un estado de ánimo colectivo. Es el poema “La llibertat / La libertad”. Se integra en Aguafuertes, libro publicado en 1998 en Sevilla por la editorial Renacimiento. El poema indaga el significado semántico de un concepto esencial de la conciencia. Apaga brasas de incertidumbre y pesimismo. Compone una proclama de alcance, una obligación que presenta facturas al conformismo de los indiferentes. Sin atenuantes ni falsa compasión, las palabras se hacen palimpsesto de un estado básico del estar:
 
 
La llibertat
 
La llibertat és la raó de viure,
dèiem, somniadors, d’estudiants.
És la raó dels vells, matisem ara,
la seva única esperança escèptica.
     La llibertat és un estrany viatge.
Són les places de toros amb cadires
damunt la sorra en temps d’eleccions.
És el perill, de matinada, al metro,
són els diaris al final del dia.
     La llibertat és fer l’amor als parcs.
La llibertat és quan comença l’alba
en un dia de vaga general.
És morir lliure. Són les guerres mèdiques.
Les paraules República i Civil.
Un rei sortint en tren cap a l’exili.
La llibertat és una llibreria.
Anar indocumentat. Són les cançons
de la guerra civil.
Una forma d’amor, la llibertat.
 
   A dos voces escuchamos una formulación de convicciones y coraje ético. Por eso las palabras no envejecen, aunque hayan transcurrido veinte años desde la amanecida de Aguafuertes. Aquel libro contaba con una breve nota introductoria de Luis García Montero. Entrega una reflexión convertida en asentado diálogo con la dermis del poeta. Entiende el prologuista que peripecia biográfica y caligrafía lírica son escenarios cercanos e interconectados, geografías de conocimiento sobre las que germina con raíces profundas un magma inicial y embrionario; “la conciencia de una mirada propia con capacidad de interpretación” que adquiere el trazo descarnado e incisivo de un aguafuerte.
 
   Tras su lectura, Joan Margarit resalta la diferencia de edad, un asunto menor, casi anecdótico porque el desnivel cronológico no deja fuera el continuo aprendizaje y una voluntad profunda de amistad como recurso de equilibrio interior. Pertenecen a distintas generaciones. Joan Margarit nació en Sanaüja (La Segarra, Lleida) en 1938. Es, recuerdo la pincelada vital del presentador, Catedrático jubilado de Cálculo de Estructuras de la Escuela Superior de Arquitectura de Barcelona. Y ha protagonizado una implosiva estela profesional, tanto en la investigación como en la hechura de proyectos arquitectónicos y estructurales, de los cuales se hace una emotiva síntesis en el cuaderno Las luces de las obras. La publicación académica contiene su discurso de ingreso en la Real Academia de Ingeniería, leído el 25 de septiembre de 2003, y la contestación del otro miembro electo, D. Gabriel Ferraté, quien afirma: “Quisiera, junto a estas observaciones sobre lo poético en su arquitectura, constatar también el rastro de la arquitectura en la obra poética de Joan Margarit, éste aún más patente, y que revierte en beneficio, para mí evidente, de su calidad poética”, señalando así la interdependencia entre ambas actividades.
   Personifica una de las presencias nucleares de la poesía catalana. Su legado ha merecido los más prestigiosos premios del catalán; también en castellano ha obtenido reconocimientos como el Nacional de la Crítica, el Premio Nacional de Poesía o el Rosalía de Castro. Su voz ha trascendido la geografía peninsular; en 2013 recibió el Premio Poetas del Mundo Latino, un valor que enlaza con referentes culturales de su fondo verbal como Rubén Darío, César Vallejo o Pablo Neruda.
   En el volumen de artículos críticos Amor y tiempo (Córdoba, 2005), propuesta colectiva coordinada por el poeta y profesor universitario Antonio Jiménez Millán, se perfila con plena vigencia la tradición autóctona a la que se incorpora con pleno derecho. Es un enclave en la mejor  literatura europea que aglutina a Joan Salvat-Papasseit, Josep Carner, Carles Riba, Salvador Espriu, Joan Vinyoli o Gabriel Ferraté… El trazado fortalece la opción estética de Joan Margarit y le concede una configuración unitaria, perceptible con intensidad en cada entrega.
  La etapa de madurez consolida las líneas fundamentales. Dicho tramo arranca con el poemario Joana. La salida constituye, por su  objetivación del dolor, un hito central que es un eje de simetría para la sensibilidad lírica. Así lo reconoció en 2008 el Premio Nacional de Poesía que propagó el magisterio activo de Joan Margarit, con amplios efectos en las últimas hornadas.
  El ideario realista del escritor está marcado en el presente por la reflexión moral. Tras No era lluny ni difícil / (No estaba lejos, no era difícil) se presenta en 2015 Amar es dónde, cuyas claves se apuntan en el epílogo. La voz asume la visión crepuscular; vuelve los ojos hacia el páramo de los días idos.
  El discernir sobre el ser transitorio de la conciencia y la terquedad del tiempo no desgranan sensaciones frustrantes. El buen poema considera la queja una cuestión inútil porque viste el epitelio vital de gravedad y desasosiego. La experiencia depara aprendizaje cognitivo; que fortalece y redacta un didáctico manual de supervivencia, un ideario escrito con la tinta clara del resistente. En su arquitectura de la memoria, cada estar aprende a construir forjados, busca una protección segura que entibie frente al cielo raso: “Pero la vida son también andamios, / humildes esqueletos hacia arriba”.
   El acontecer define la razón de ser de la palabra poética: “la inspiración proviene de la propia vida”. Los trabajos y días del sujeto y sus caminos interiores son el fértil sustrato. La observación directa de lo contingente concede un significado testimonial, un aire limpio de certeza y verdad. Comprender es entender.
   Este perfil de la escritura da pie a una cuestión crítica sobre la que se vuelve con frecuencia: la identidad real del hablante lírico. Quien habita en los poemas tiene claras afinidades con el yo biográfico. En el seno del protagonista verbal respira un yo desdoblado. Es un certero reflejo especular. De ahí la fuerza expresiva y emocional que transmite, esa cadencia cómplice que origina un estado de recepción, libre de intemperie. Pasó el tiempo de las ilusiones para tomar asiento en las certidumbres, donde la soledad es un estado natural que apacigua carencias: “Ahora que sé que es seca y áspera, / la vida me resulta más amable. / La burla fue romántica: creer / que todo lo podía soportar / el entusiasmo de una convicción. / En lo alto de una roca queda un cielo poético / que mira de reojo. Nunca me ha protegido. / He sido un iluso, pero no soy un cobarde. / Soñar me ha obligado a aprender / a leer y escribir en las tinieblas. “
   Amar es dónde aglutina poemas escritos con el lenguaje notarial de la primera persona. El aserto que da nombre a esta entrega proviene de la composición de apertura. En este poema homónimo, el amor se hace geografía atemporal que unifica el ayer y el ahora. Así lo definen incisivos los versos de cierre: “Amar es un lugar. / Perdura en lo más hondo: es de dónde venimos. / Y también el lugar donde queda la vida. “
   El pasado aparece como calendario habitual de la puesta en escena. Desde el ahora se vislumbra una lejanía repleta de señales cuyo reflejo perdura y llena de luz el cuarto oscuro de la memoria. Aunque se desvanece, es una estela escrita en el agua empeñada en dar voz a una etapa de plenitud arcádica: a distancia nunca se distinguen grietas y desconchones; solo el patrimonio afectivo del ser concreto y del yo como parte de un legado comunitario que a todos exige defensa y compromiso.
   Para el poeta la lengua propia, la que hablaron los padres y los abuelos, es el símbolo máximo de una identidad colectiva. Eso propicia un tono crítico y defensivo frente a los que quisieron apagarla, como si ese gesto de mutilación cultural fuese un saqueo inadmisible que incluía la humillación de un país devastado.
   Esta recuperación de sensaciones e imágenes hace evidente la pérdida, ese rastro de ausencias que integra a los que no están y acoge en sus manos cambios y  mutaciones. El poema “Barcelona” deja una imagen del corazón urbano hecha banalidad y apariencia, como si el tejido histórico fuera un simple despojo que no merece la pena consignar. En el mapa de la memoria los espacios vividos ya no están en su sitio; han sufrido un doloroso desplazamiento tangencial: “Pero, en Montjuic, tengo dos hijas, / y ahora me ofende un gentío extraño / que se ciega en la fiesta innecesaria / de gélidos hoteles, de superfluos / escaparates. Suele, en los refugios, / hacer más frío que en ninguna parte, / desolada ciudad que haces de puta”.
   Joan Margarit ha tallado un  sujeto esclarecedor y sugerente, íntimo y confidencial que tiene confianza en la respiración pausada de las palabras y nos muestra las páginas escritas de una libreta abierta. Su aporte es directo y no precisa ninguna retórica ampulosa para ofrecernos visiones introspectivas de la temporalidad del ser y de la continua opacidad de lo cotidiano. Nada es aleatorio; no hay más que un largo viaje que lleva desde el niño a la vejez y este principio lógico sirve para amar el dudoso acontecer que nos arropa, esa verdad dura y sencilla.
   En la edificación verbal de Amar es dónde resuena perdurable la voz clara de un poeta central. Entre la sombra indescifrable que forja la realidad, vemos la luz de una ventana encendida.
   Son caracteres fijos, luces de situación que se mantienen en los poemas leídos de Un asombroso invierno (Visor, 2017). De nuevo suena fuerte el blanco y negro de la memoria sentimental, reconstruido con la misma austeridad plástica. Así define Luis García Montero la sobria perspectiva: “Cuando se vive el invierno de la vida, la mirada  del poeta contempla no sólo el paso del tiempo, sino también el paso de la historia. Los mundos desaparecidos nos obligan a buscar la identidad de la memoria, pero también a tomar conciencia del significado del presente. Un asombroso invierno nos habla de esa tensión lírica entre el ayer y el hoy cuando el futuro deja de tener peso en las preguntas más personales sobre el tiempo y la historia”.
 
   El diálogo literario entre ambos poetas trasmite una honda identificación. Cuando inicia su turno de lectura Luis García Montero en el silencio claustral de la librería Alberti no se percibe ninguna mutación. Todo prosigue bajo el flexo con el pautado desarrollo de una pieza musical. Los poemas de A puerta cerrada establecen una continuidad pactada por la amistad y por las coordenadas literarias compartidas. Los textos  se apropian de aquella reflexión que hiciera Joan Margarit en el prólogo de la compilación El primer frío: “Cantamos al propio misterio. Queda por decidir desde donde cantar, y esa es la búsqueda que cada poeta realiza a su manera”.   
 
 En sus registros, luminoso resulta el camino creador de Luis García Montero (Granada, 1958). Doctor y Catedrático de Filología Hispánica en la Universidad de Granada, dentro de su personalidad confluyen facetas complementarias y activas como la poesía -cuyos títulos más recientes son Balada en la muerte de la poesía y el ya citado A puerta cerrada-, la novela, el ensayo, el periodismo y la escritura de textos dramáticos. Definen su rigurosa vigilancia de la calidad literaria el Premio Adonais, El Premio Nacional de Poesía, El Premio de la Crítica o el reciente Premio Internacional de Poesía 2017 Ramón López Velarde, por ser, en palabras del Rector de la Universidad Central de Zacatecas, “poseedor de una obra de innegable calidad e influencia dentro de la moderna tradición poética”.
  Es innegable que ocupa un espacio central en la geografía literaria actual. Sobre la relevancia de su aporte lírico y su aclimatación en lo permanente como núcleo de tendencias y estéticas del discurrir lírico desde los años ochenta hasta 2015, se han reunido enfoques bien trabados en el volumen Palabra heredada en el tiempo (Madrid, 2016), coordinado por la profesora universitaria y ensayista Remedios Sánchez García.
  Los planteamientos agrupados allí apuestan por la pluralidad discursiva. Recuerdo algunos. Con pertinente originalidad, Juan Carlos Rodríguez, siempre recordado por su humanismo y su pensamiento comprometido, objetiva los aportes iniciales de La Otra Sentimentalidad y hace una inmersión en la memoria histórica y en la tradición ideológica. Así lo constataba Luis García Montero en un texto imprescindible, publicado en El País el 8 de enero de 1983, y luego recogido con aportaciones personales de Javier Egea y Álvaro Salvador en Los Pliegos de Barataria: “Cuando la poesía olvida el fantasma de los sentimientos propios se convierte en un instrumento objetivo para analizarlos (quiero decir, para empezar a conocerlos). Entonces es posible romper con los afectos, volver sobre los lugares sagrados como si fueran simples escenarios, utilizar sus símbolos hasta convertirlos en metáforas de nuestra historia. Pero no simplemente eso. Romper la identificación con la sensibilidad que hemos heredado significa también participar en el intento de construir una sentimentalidad distinta, libre de prejuicios, exterior a la disciplina burguesa de la vida”.
  También Pablo Aparicio Durán, en su andadura teórica, insiste en el que pronuncia el grupo poético de Granada como defensor del principio conceptual de que la literatura es producto del sujeto, quien a su vez hace del discurrir de su libertad subjetiva otro producto de la Historia.
   Otros análisis integrados en el volumen recalcan la determinante presencia en la pluralidad estética intersecular. Así, José Andújar Almansa indaga en la naturaleza del sujeto poético en el libro Vista cansada desde la distancia que establecen dos vértices, la ficción escritural y el autobiografismo. Remedios Sánchez García recorre el trazado que une el espacio periférico de la Otra Sentimentalidad a la poesía de la experiencia, línea dominante en los años noventa que desembocará en singular polifonía abierta a discursos divergentes. Otros especialistas abordan la convivencia de estéticas correlativas en una república literaria llena de asimetrías y con un perfil heterogéneo.
 Mi rincón crítico en el volumen muestra la vigencia del escritor de Granada en la poesía de los años noventa y en la primera década del siglo XXI, más allá de la mera coyuntura creando un paisaje de fondo en el que se dan cita propuestas emergentes – Carlos Pardo, Josep María Rodríguez, Raquel Lanseros, Fernando Valverde, Ioana Gruia, Víctor Peña Dacosta, Rosario Troncoso, Paula Bozalongo, Elvira Sastre…- que extraen de su magisterio temas y procedimientos con significativas variantes.  
 
  Luis García Montero inicia su lectura con el verbo cálido del profesor que entra en el aula para impartir la clase de costumbre. Sus gestos y sus gafas de cerca constatan ese magisterio laboral. La primera clave que desvela el sentido del nuevo poemario es el título: A puerta cerrada. Es una expresión enunciativa y programática. Parafrasea una actitud defensiva del sujeto frente al decurso de lo cotidiano; trasmite la opción de cerrar pasos hacia la intimidad, como si así se preservara mejor la fragilidad del yo. Según manifiesta el poeta, el título es un préstamo literario. Proviene de la obra dramática A puerta cerrada del escritor y filósofo Jean Paul Sartre. Aquel drama, Huis clos, estrenado en 1944, era una reflexión sobre las relaciones personales como creadoras de divergencias y conflictos. Promueve una visión negativa del otro que condiciona sustancialmente la convivencia social, fatalmente abocada al derrumbe.
   A puerta cerrada compila composiciones trabajadas entre 2011 y 2017. Importa constatar, para entender el carácter orgánico y unitario del avance lírico, que durante este periodo amanecieron los poemas en prosa de Balada en la muerte de la poesía (2016), editados asimismo en Visor con dibujos de Juan Vida. En ellos, el poeta hace del cauce versal un resguardo a través de actitudes éticas y estéticas. La idea del libro aparece durante unas jornadas poéticas celebradas en la isla italiana de Lampedusa, donde se cuestionaba el papel de la poesía en el ahora. El contexto social ha desplegado un clima de intemperie en el que apenas tiene lugar propio el incansable empeño de verdad y belleza que expande el verbo poético. Vivimos en la cuerda floja de la incertidumbre. Así lo atestigua el robusto pensamiento de Zygmunt Bauman al acuñar el concepto de modernidad líquida en base a una idea germinal: todo, incluso el individuo es flexible, susceptible de adoptar el molde político o social que lo contiene; valores y dogmas han perdido su solidez. Por tanto, nada es permanente. Todo se ha ido desvaneciendo empujado por el pragmatismo imparable del progreso que solo busca satisfacciones inmediatas. La realidad es solo realidad y ha perdido la esperanza de encontrar utopías.  
   Los poemas de A puerta cerrada constituyen una significativa reformulación del intimismo. Los versos se hacen vías de expresión de aquellos repliegues cobijados en la naturaleza del personaje escrito, por encima de las limitaciones que alberga la percepción sensorial y la mudable experiencia de lo contingente.
   Otra vez se dan la mano en el poema sensibilidad y pensamiento en una conjunción que hace balance de las horas tardías. Así abren la lectura los versos de “Entretiempo” con la memoria de haber sido, con el menguado patrimonio de ilusiones cumplidas y esa lluvia caída entre los años que es ahora dolencia evocadora.
   En la lectura selecta del libro, hay un poema, “Aparición del lobo” que recupera eslabones con Rubén Darío y, otra vez juntos, con Joan Margarit. Sus versos muestran la médula de una tradición activa y continuista. El nicaragüense, impulsor del modernismo, se apropia de un elemento natural, el lobo, arquetipo integrado en el folklore narrativo, para convertirlo en paradigma de crueldad. El tenebroso deambular lleva el temor a las aldeas y convierte el paisaje boscoso en una senda intransitable. Cuando Francisco de Asís pregunta las razones de su comportamiento, la bestia argumenta un amplio catálogo de cicatrices abiertas: el clima desapacible, la carencia de recursos vitales, el estar sin nadie, la violencia diaria del hombre diezmando la vida natural… Es necesario un pacto de paz que el discurrir del tiempo erosiona poco a poco.
  En los poemas de Joan Margarit acogidos en Los motivos del lobo es consustancial la objetivación de lo privado para mostrar una identidad personal rebelada contra la hipocresía moral; el hablante lírico se siente un lobo que desprecia las aristas de lo real con tono desafiante para mostrar, sin velos, su intemperie. De un enfoque semejante parte el poema de Luis García Montero. La mirada del lobo personifica la pulsión agresiva que tantas veces germina después en el sentimiento de culpa; quien percibe está al acecho en la construcción de sí mismo y del otro. Al definirse “huele a soledad y bosque interminable”, vigila entre las sombras, reconoce su guarida en mitad de la noche.
   Esa identidad oscura obliga al sujeto a recorrer caminos de ida y vuelta; itinerarios que hagan posible superar las preguntas de la angustia y el regreso a los sueños que devuelven la claridad.
  En varios poemas de A puerta cerrada se plasma una compleja singladura por el pesimismo. Pienso en “Desempleo” y en “Una tristeza sentada”. Los versos han germinado en un entorno histórico de crisis y degradación. Vivimos en la época de la posverdad, sufriendo los efectos de hechos objetivos que conmocionan al tejido social y afectan a la capacidad emocional del sujeto y a su entramado de valores y convicciones, lastrados por la trampa cenagosa del temporalismo.
   Llegan con fuerza los versos de “Vigilar un examen” un poema que se interpreta de inmediato desde el presupuesto autobiográfico. El avance combina elementos habituales de la práctica docente en las aulas universitarias de Granada. El cauce evocativo de la memoria retorna a un tiempo “de yugos y flechas”, como si la escritura dejase de ser una propuesta ficcional para conceder al sujeto existencial real: “Nada me cansa más / que corregir exámenes. Ver cómo pasa el tiempo, / envejecer, sentirse tachadura / sobre papeles amarillos, / víctima y responsable / de un amargo suspenso general “. Otra vez la palabra tiene la posibilidad de mirarse en los espejos del tiempo y reconocer los rasgos propios. 
   La madurez empuja a buscar acuerdos interiores con la identidad para poner sobre los rincones oscuros de la realidad su sostenida rebeldía intelectual. Así se reformulan nuevas preguntas, como las contenidas en “Poética”, donde la escritura se aplica en responder qué significa el tiempo y el compromiso del poema, una duda insistente que respira en las calles del poeta casi desde su amanecida, en los años ochenta. Así define Luis García Montero la paciencia vigilante de la escritura en Dedicación a la poesía: “El poeta medita sobre el mundo, sobre los resultados de la propia experiencia, sobre lo que ve y lo que oye, y elige una dirección llena de ecos, porque todo retiro está habitado por una multitud”. Por tanto, escribir es un ámbito donde las palabras adquieren una responsabilidad pactada. 
   El poemario es extenso y son muchos los contenidos integrados. Pero persiste en el libro un surco definidor: la extrañeza. En “Ante la selva fría”, reseña publicada en la revista Clarín, describe su textura Antonio Jiménez Millán: “Lo que domina en A puerta cerrada es la sensación de extrañeza: quien habla en los poemas se ve como un desconocido que se somete a un interrogatorio, como alguien que se aleja al mismo tiempo “de la obediencia y de la rebeldía” (“Oficio”), o como quien está ausente (“Camino de sombras”). Son los efectos de un aguacero negro que descarga su tormenta en el interior del sujeto.
   Luis García Montero cierra su lectura con dos poemas escritos desde la perspectiva emocional. El primero, titulado “Mónica Virtanen”, elige como marco escénico el panorama urbano de Buenos Aires para evocar el rumor transparente de una relación sentimental. Concluye con “Ensayo de mi propia despedida”, un título inspirado en Francisco Brines. El poema asume la confesión a verso descubierto. No se oculta el efecto abrasivo de los años. En ese balance existencial de ganancias y pérdidas, la voz enunciativa es consciente de consumir un viaje sin retorno, abocado a la grisura final de la nada. Todo, poco a poco, alcanza su finitud y se hace ajeno. Las palabras convalecen; solo queda formular el conciso epitafio de la despedida.    
       
  Las claves individuales nos sirven para interpretar espacios de confluencia e indicios compartidos. Frente al sentir crítico que explica la obra del escritor por sí misma y sin necesidad de conocer la experiencia biográfica, como si la  escritura fuese la única biografía, Joan Margarit y Luis García Montero comparten el impulso testimonial que hace del poema una experiencia vital trascendida. En sus obras se fusionan elementos históricos, culturales y activos personales. Constituyen movimientos de flujo y reflujo que buscan la objetividad de la palabra para dar permanencia a lo transitorio. El lenguaje es vehículo que evita la deshumanización al cristalizar en su seno la subjetividad del hablante.
  Los une también una ponderada serenidad expresiva. Ambos huyen del malabarismo retórico para impulsar un quehacer exigente y comprometido que da cabida a un despliegue de sensaciones y a una abierta perspectiva emocional. Ponen en práctica un discurso lírico enunciativo y clásico, evocativo, formulado en la voz de un sujeto poético que tiene entre sus manos unas pocas cartas marcadas, un pacto imposible entre ideales, sueños y realidad. Más allá del silencio deja su transparencia la poesía.
 
   Concluye el recital, casi en la hora de cierre. Joan Margarit y Luis García Montero permanecen callados mientras brotan contundentes los aplausos. Se miran y sonríen, como si hubiesen recorrido hombro con hombro un trayecto de fidelidad mutua. Reciben esa expresión natural de gratitud que concede otra nueva victoria al itinerario creador. Es tarde. Vuelvo a casa con la serenidad nivelada que pone orden en el pensamiento y deja entre verdades provisionales nuevas fuerzas para otra amanecida: la poesía. Es invierno y al paso de las estaciones florece una lámpara encendida, un camino receptivo que hace suya la exactitud concisa de Juan Ramón Jiménez, sin margen de dudas: “No se debe escribir en el idioma de las palabras sino en el de los sentimientos”.
 
JOSÉ LUIS MORANTE


 
 
 
 

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