![]() |
| Constancia de lo idéntico Javier Olalde Huerga & Fierro editores / Poesía Madrid, 2025 |
AFÁN DE VIDA
El temprano despertar poético de Javier Olalde (Cangas de Narcea,
Asturias, 1944) en los años sesenta, cuando apenas sobrepasaba los veinte años,
fragmenta su discurrir lírico en dos tramos claramente diferenciados. Una
primera etapa de iniciación y
aprendizaje, en la que se publican los poemas aurorales recogidos en Ensueños
y agonías (1965) y Leído en el gris ((1968), y el libro de transición Alguno
habló de soledad (1970), donde se guarda la luz diáfana de la propia voz,
sin titubeos. Aquella entrega inauguraba un callar espacioso que no se rompería
hasta 2017, cuando la poesía retorna con la salida Toda la tarde andada (2017),
que asienta el suelo firme de una segunda etapa de persistente madurez. El
volumen Escalando el muro. Poesía Reunida 1970-2023 reagrupa los títulos
de este intervalo creador y testifica el sustrato común. Desde una palabra
intimista y figurativa, de línea clara, la voz poemática explora el pensamiento
y desgrana las preocupaciones de una sensibilidad existencial. Con pupila
filosófica se rememoran los interrogantes que percibe un observador que acoge
las evidencias del discurrir. Que sabe que, tras la aparente dispersión de las
palabras, habitan las ecuaciones a despejar en la íntima morada del yo.
En las composiciones de Constancia de lo idéntico el transcurrir se define como núcleo germinativo. Parece natural que la monotonía de los ciclos regule la eternidad en curso del ahora. La naturaleza abre sus páginas de vida para mostrar paisajes en lenta navegación por los sentidos. Son muestras transitorias; pruebas que convierten lo vivido en rendijas de luz, en recuerdos gastados que cimentan el cálido universo del asombro.
En el continuo estado de mudanza de lo cotidiano, refrendando que somos materiales transitorios, el sentimiento de finitud hace un guiño a la tradición; el poeta recuerda y recupera ecos del soneto de Cervantes. El estar y sus derivas encuentran siempre la estación final, e inspira el hermoso poema “Y no hubo nada”. Reproduzco sus versos finales: “Llegado aquí, tuvo memoria de algo, / consultó la hora, acicaló el semblante/ se levantó y se fue.”
El horizonte se convierte en sosegada presencia, en refugio para la introspección y coartada para recuperar vivencias que dan continuidad a la esperanza y a la pulsión constante de seguir, como si el yo poético fuese capaz de inspirar un sentimiento de eternidad. Todo perdura entre la cálida memoria del ocaso.
En “Reincidencia” el ámbito insular del protagonista verbal no se cierra en una intimidad solipsista; la indagación existencial comparte rasgos generacionales: el pasado perdura y se hace presente: “Habremos sido como los que fueron / y serán los que lleguen”. Como escribe el poeta: somos figurantes, siluetas transparentes, casi figuraciones que reinciden en similares conflictos, en trampantojos y espejismos que recuerdan hábitos y ritos. La voz del poema resguarda obstinados sujetos sucesivos, empeñados en ser nuevas presencias, logradas ilusiones de futuro. Con limpia precisión lo corrobora el poema “Ruta”: “Todo está al caer, / cayendo, se diría, / lo más crecido incluso / desde el albor primero. / Del ser hasta el no ser / y viceversa: / La ruta imperturbable”.
En el desarrollo de “Compañeros de viaje”, que aglutina los poemas de la segunda sección, se hacen habituales algunos recursos expresivos: poemas breves, en verso libre, donde el sujeto lírico vislumbra la cadencia continua de los días; la claridad del hábito como razón del paso cotidiano. El periplo personal de ser uno mismo adquiere un pautado desarrollo narrativo. La soledad se desplaza con cada sujeto, sumido en el desconcierto de entender la condición del otro, de conocer sus razones y sentimientos sin demasiada convicción y de convivir con instantáneas y recuerdos de la memoria.
Moradas íntimas” permite conocer la lógica interior de la evocación. Ese recorrido de voces que crea la nostalgia, donde se afirma un sujeto asido al tiempo que verbaliza experiencias y dibuja la topografía paradójica del pasado.
En el paisaje del pasado, ella configura el legado sentimental. Está ahí. Dibujando un tiempo común hecho de emociones y sentimientos, creando en el recordar un tiempo de rosas, destinado también a diluir sus trazos.
La sección final “En los confines” habla de evocación y cumplimiento; el viaje llega a su recorrido crepuscular. Los pasos asientan un periplo de plenitud y conocimiento, son el territorio final de la esperanza. Queda en el aire la sensación de que lo vivido anticipa su desmoronamiento. El tiempo se convierte en presente continuo, en un ahora en curso que busca su consumación, la levedad volátil del humo; la áspera melancolía de quien fue, de quien es ahora extravío: “Tanto se internó en sí mismo / que acabó perdiéndose de vista / y no supo cómo regresar”.
Solo queda la coda, el colofón, la esquiva plenitud de haber vivido.
En las composiciones de Constancia de lo idéntico el transcurrir se define como núcleo germinativo. Parece natural que la monotonía de los ciclos regule la eternidad en curso del ahora. La naturaleza abre sus páginas de vida para mostrar paisajes en lenta navegación por los sentidos. Son muestras transitorias; pruebas que convierten lo vivido en rendijas de luz, en recuerdos gastados que cimentan el cálido universo del asombro.
En el continuo estado de mudanza de lo cotidiano, refrendando que somos materiales transitorios, el sentimiento de finitud hace un guiño a la tradición; el poeta recuerda y recupera ecos del soneto de Cervantes. El estar y sus derivas encuentran siempre la estación final, e inspira el hermoso poema “Y no hubo nada”. Reproduzco sus versos finales: “Llegado aquí, tuvo memoria de algo, / consultó la hora, acicaló el semblante/ se levantó y se fue.”
El horizonte se convierte en sosegada presencia, en refugio para la introspección y coartada para recuperar vivencias que dan continuidad a la esperanza y a la pulsión constante de seguir, como si el yo poético fuese capaz de inspirar un sentimiento de eternidad. Todo perdura entre la cálida memoria del ocaso.
En “Reincidencia” el ámbito insular del protagonista verbal no se cierra en una intimidad solipsista; la indagación existencial comparte rasgos generacionales: el pasado perdura y se hace presente: “Habremos sido como los que fueron / y serán los que lleguen”. Como escribe el poeta: somos figurantes, siluetas transparentes, casi figuraciones que reinciden en similares conflictos, en trampantojos y espejismos que recuerdan hábitos y ritos. La voz del poema resguarda obstinados sujetos sucesivos, empeñados en ser nuevas presencias, logradas ilusiones de futuro. Con limpia precisión lo corrobora el poema “Ruta”: “Todo está al caer, / cayendo, se diría, / lo más crecido incluso / desde el albor primero. / Del ser hasta el no ser / y viceversa: / La ruta imperturbable”.
En el desarrollo de “Compañeros de viaje”, que aglutina los poemas de la segunda sección, se hacen habituales algunos recursos expresivos: poemas breves, en verso libre, donde el sujeto lírico vislumbra la cadencia continua de los días; la claridad del hábito como razón del paso cotidiano. El periplo personal de ser uno mismo adquiere un pautado desarrollo narrativo. La soledad se desplaza con cada sujeto, sumido en el desconcierto de entender la condición del otro, de conocer sus razones y sentimientos sin demasiada convicción y de convivir con instantáneas y recuerdos de la memoria.
Moradas íntimas” permite conocer la lógica interior de la evocación. Ese recorrido de voces que crea la nostalgia, donde se afirma un sujeto asido al tiempo que verbaliza experiencias y dibuja la topografía paradójica del pasado.
En el paisaje del pasado, ella configura el legado sentimental. Está ahí. Dibujando un tiempo común hecho de emociones y sentimientos, creando en el recordar un tiempo de rosas, destinado también a diluir sus trazos.
La sección final “En los confines” habla de evocación y cumplimiento; el viaje llega a su recorrido crepuscular. Los pasos asientan un periplo de plenitud y conocimiento, son el territorio final de la esperanza. Queda en el aire la sensación de que lo vivido anticipa su desmoronamiento. El tiempo se convierte en presente continuo, en un ahora en curso que busca su consumación, la levedad volátil del humo; la áspera melancolía de quien fue, de quien es ahora extravío: “Tanto se internó en sí mismo / que acabó perdiéndose de vista / y no supo cómo regresar”.
Solo queda la coda, el colofón, la esquiva plenitud de haber vivido.
JOSÉ LUIS MORANTE

No hay comentarios:
Publicar un comentario
Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.