![]() |
| Un invierno en otoño Antonio Rivero Taravillo BajAmar Editores, Fundación Valparaíso XXV Premio de Poesía "Paul Beckett Gijón, 2025 |
ATARDECIDA
El temperamento humanista de Antonio Rivero Taravillo (Melilla, 1963- Sevilla, 2025)) explora firme el mar abierto de la escritura con un despliegue plural. Su largo recorrido entre libros eligió como estrategia inaugural la poesía, dándose a conocer en 1989, con el cuaderno Bajo otra luz. Hasta su temprana ausencia, todavía tan reciente y sentida, ha escrito novelas, biografías, relatos y aforismos. Ha prologado ediciones y vertido al castellano autores universales como Shakespeare, Yeats, Milton o Pound. Desde su fundación hasta el cierre, dirigió la revista Estación Poesía. Esta incansable voluntad, reconocida con abundantes premios, firmó casi una veintena de poemarios. Sus últimos títulos son Svarabhakti (2019), Luna sin rostro (2024) y Un invierno en otoño, editado en marzo de 2025, que consiguió el XXV Premio de Poesía “Paul Beckett”.
De inmediato, se percibe en las composiciones de Un invierno en otoño un entrelazado fuerte entre el yo biográfico y la sensibilidad poética. El sujeto reflexiona sobre la combustión de los días; el transcurso temporal de la atardecida marcado por las erosiones incontenibles de la enfermedad. La conciencia serena su transitar, empujada por los brazos ásperos de la contingencia. Busca la palabra testimonial del testigo implicado para compartir el diálogo abierto entre los poemas y el acontecer biográfico. El internamiento hospitalario convierte el marco de representación de lo cotidiano en un escenario desapacible, pero necesario por la llama encendida de la esperanza médica. En las diferentes dependencias del centro (el quirófano, la capilla, la habitación del enfermo, los sombríos pasillos…) el pensamiento deambula entre la evocación y el presente, entre los reconocimientos y análisis y la esencia trágica del yo vulnerable.
Los versos desnudan la íntima verdad del protagonista lírico con una voz intimista, ajena a destellos verbales innecesarios, con un verso libre meditativo que se sobrepone a la queja, pero que no oculta la herida abierta del diagnóstico. Lo cotidiano escribe renglones de incertidumbre, aglutina mediodías y contraluces, deja la sensación de que el cuerpo se ha convertido en un extraño, cuyos elementos componen una trama sombría, un imprevisible nudo de sorpresas, un barco azotado por la tormenta que no encuentra refugio.
Para sobrevivir se requiere el árbol fuerte de los afectos, esa mano tendida de los que quieren y están para que la voluntad de seguir recorra el camino interior de la recuperación en compañía. Los poemas conforman el diminuto cosmos de un diario personal. Desde la introspección, el sujeto se busca para componer un presente de crisis que en cada despertar busca la luz. La identidad debe adaptarse a las mutaciones y acostumbrarse a una nueva teoría del ser. En ella, los diagnósticos se imponen con una abrumadora exigencia y condicionan cada instante. Quien percibe su cuerpo, lo hace desde el desamparo y la extrañeza. Es necesario crecerse en el dolor y mantener la lumbre encendida frente a la adversidad; que la conciencia sea vigilia que no teme la noche: “Solo aquello que se degrada puede / recuperar su gloria. / Estar postrado es la condición / para elevarse.”
En el discurrir del libro, el intimismo reflexivo es una constante. El poema se hace un refugio de calma, aunque contenga vivo esa semillla que aspira a renacer. Para librarse del mal, el yo se acoge a esas estrategias que impone el corazón, como las creencias religiosas y esos consuelos que el ser humano necesita cuando la soledad se impone y la razón requiere la necesidad de comprender. La vida es un tesoro donde se cobijan esperanzan, sueños y quimeras, donde el futuro aspira a ser. El convaleciente, ante la contrariedad, necesita paciencia y aceptar que es una arquitectura cuyos cimientos amenazan ruina. Es preciso construir edificios habitables y resistentes.
Un referente vertebrador del libro es el amor. En el tiempo más amargo, el tacto firme de la amada, su abrazo y su plenitud sentimental, son fuerza y energía. Razón de ser, capaz de sacar el tiempo de la sombra y enseñar que el despojamiento solo requiere la plenitud de lo necesario: Después de tantos yerros y extravíos, / esta paz del instante trae la dicha / de compartir el mundo como es, / sin florituras ni desgarros, / donde la calma es el puerto deseado / y tus brazos los muelles en los que atraca el alma”:
El camino interior del yo está marcado por el avance de la enfermedad; cada vez se percibe más cerca la atardecida. Y la poesía recobra su función terapética. Sirve de sosiego al torrente emocional del sujeto. Le concede calma y armonía para recuperar en silencio los espacios en sombra. La conciencia meditativa acepta las disonancias del estado físico. El recuerdo muestra sus dimensiones habitables, a veces sumidas en pequeños estratos de niebla, como si pertenecieran a un tiempo de extrañeza que asume en el ahora la erosión desapacible. En cada identidad convergen temores y dudas. Un invierno en otoño, emotivo y hondo en su tristeza crepuscular por nuestra condición transitoria y nuestro desplome corporal, une escritura y autobiografía. Ese dolor que queda dentro del pecho, con aire de despedida, cuando la luz se apaga.
JOSÉ LUIS MORANTE

No hay comentarios:
Publicar un comentario
Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.