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sábado, 10 de enero de 2026

MARINA CASADO. EL MAR QUE NADIE MIRA

Un mar que nadie mira
Marina Casado
46 Premio Literario Kutxa Fundazioa
de Poesía en Castellano
Editorial reino de Cordelia
Colección Los Versos de Cordelia
Madrid, 2025


MAREA ALTA

   La propuesta literaria de Marina Casado (Madrid, 1989), profesora de Lengua Castellana y Literatura en un instituto público madrileño, Licenciada en Periodismo y Doctora en Literatura Española, conforma una inquietud creadora en mutación constante. El taller aglutina, con sosegada convivencia, poesía, narrativa, artículos de prensa, ensayo y crítica. Son puntos de horizonte que establecen un amplio campo de conocimiento al explorar las posibilidades objetivas del lenguaje.
   Su nuevo trabajo, El Mar que Nadie Mira, reconocido con el 46 Premio Literario Kutxa Fundazioa de Poesía en castellano, reproduce en su hermosa cubierta un fragmento de un cuadro de Edvard Munch, de quien son también algunas ilustraciones interiores, y muestra en el título un elemento de amplia fuerza simbólica: el mar, siempre dispuesto a la percepción del hablante lírico por su trascendida dimensión espiritual.
   Organizado en cuatro apartados, la primera parte, titulada con expresiva contundencia “El mar“, compila dieciséis composiciones, precedidas de una dedicatoria con emotivo epitelio sentimental: “A Fran, faro en la tormenta”, y de citas sensitivas de Rafael Alberti, Francisco Brines y María Victoria Atencia, que conectan entre sí porque hacen del vaivén azul de la marea clave argumental.
   Quienes hayan disfrutado de la poesía de Marina Casado, desde su etapa auroral, recordarán que sus textos despliegan una sensibilidad confidencial, una voz elegíaca, que hace del fluir temporal un vértice continuo de reflexión por su condición transitoria. La poeta retorna en Un Mar que Mira a percibir la existencia como una forma de enfrentarse a un tiempo escurridizo y cambiante, donde la escritura es lo que queda cuando desaparecen las vivencias. En esa caligrafía el sujeto percibe la vulnerable identidad y el carácter paródico de la realidad descubierta: “Mi historia es diminuta como un mundo. / En un instante descubrí / la hermosura y la muerte / dormidas sobre aquellas flores blancas.”.
   Los versos tienden al despojamiento para profundizar en la contemplación reflexiva y preservar un espacio interno marcado por el sueño y la idealización. Quien viaja por dentro cuida a resguardo un mundo propio de cristal, un territorio de asombro en el que sobreviven verdad y belleza. El cuerpo aspira a reconocerse en lo ideal, por más que marquen el territorio de lo cotidiano los límites de la memoria, los materiales de una evocación hecha de secuencias discontinuas. La luz encendida del recuerdo reconcentra el pensamiento; pero deja también pétalos de sombra, la inexistencia y la pérdida, como afirman los versos de “Un mar que nadie mira”: “La noche se ha despertado. / Imágenes sin nombre / dentro de la memoria, / mimetizan la luz / de todo cuanto amaba; / a hurtadillas, defienden / la persistencia inútil del recuerdo”.
  En el avance lector se impone la melancolía. Marca lo vivido como un jardín que se fue despojando hasta convertirse en un albergue lejano: “Otros sabrán de mí, porque me pierdo”. Cobra fuerza la figura del padre que impulsa la escritura de composiciones como “Vacas”, donde el asombro infantil es compartido con el lógico escepticismo paterno ante lo mágico. También “la muerte” habla de una ausencia que trasmite dolor y orfandad, esa escarcha invernal de quien no entiende el frío de estar solo. Convulsionado por la ausencia, el registro evocativo se hace meditación y nostalgia.
   La segunda parte del libro, “Escondites” dispone como entrada una cita de Ida Vitale: “Quedar sola, gritando como un árbol”. La cercanía del paisaje suma al periplo biográfico los reflejos de la pupila indagatoria. Los poemas describen con minuciosa insistencia los lugares de paso del pretérito, esos espacios que marcaron senda a la evocación. Las palabras del poema reconocen la fuerza introspectiva de otros días, como si volver los ojos permitiera recuperar el legado de luces y sombras del patrimonio sentimental.
   “Escondites” se cierra con tres poemas que nacen de referentes culturales: “Jim Morrison contempla El jardín de las delicias”, el poema “Edfu”, inspirado en el templo egipcio construido en la ribera del Nilo, y “Thot”, también dictado por la escenografía histórica egipcia.
   En el tercer tramo, “Los que duermen”, el afán del poema siembra certezas sobre nuestra condición temporal y transitoria. Dos sueños nos habitan: la finitud y el lenguaje que explica y da sentido. Los sedimentos vividos conforman los estratos del insomnio. Sus dibujos gastados habitan la sombra, ponen andamios a la melancolía y dejan en el pensamiento una noche enquistada.
  Desde la voz intimista de Pedro Salinas, abre su voz el apartado “Certeza”. El amor despliega su terapia y se hace amanecida. Es mano tendida que sostiene también en el derrumbe. Con un fondo de música, la calidez retorna, se hace fuego y temblor, latido solidario: “Nosotros solo poseemos el amor / y una paciencia demasiado frágil / para multiplicar los pájaros. / y conseguir que un día / este piso tan blanco, tan ajeno, / pueda llamarse hogar”.
   El poema “Génesis doméstico” es una hermosa evocación del comienzo. En la epifanía del amor, ya convertido en presencia fuerte, está todo por hacer. Poco a poco se pulen desniveles y sombras, se va amueblando el salón vacío de la soledad y se hace de las voces del corazón un anclaje que busca la calidez del mito, las mejores historias de amores y de amantes, capaces de dar lumbre al círculo polar.
   Entre la evocación y la elegía, Un Mar que Nadie Mira marca el discurrir de una emotiva biografía sentimental. Evoca las huellas paradójicas del existir, entre la pérdida y el comienzo, entre la fugacidad y esa pulsión de golondrina en vuelo que llamamos amor.

JOSÉ LUIS MORANTE



sábado, 20 de diciembre de 2025

FERNANDO DEL VAL. LA DUERMEVELA ES UNA LEJANÍA

La Duermevela es una Lejanía
Fernando del Val
Editorial Reino de Cordelia
Madrid, 2025

 

ENTRE LA SED Y EL AGUA

 
   El éxito cosechado por las entrevistas de Fernando del Val (Valladolid, 1978), periodista y escritor, aconsejó en 2017 la publicación del volumen Si te acercas más, disparo por la editorial Difácil. Allí se reunían más de una veintena de conversaciones que transpiraban complicidad con los elegidos y dejaban un ajustado retrato humanista del personaje. Pero Fernando del Val, con un voluminoso expediente laboral en medios generalistas y en publicaciones especializadas es, sobre cualquier otra condición, poeta. Autor de las entregas Orfeo en Nueva York (2011), Lenguas de hielo (2012), Regreso al Metropolitan (2013), Los años aurorales (2017), que consiguió el Premio Ojo Crítico, y Ahogados en mercurio (2023). Son títulos que se ajustan a un decir poético ajeno al gregarismo de etiquetas y modas, que explora territorios apenas transitados y que revela originalidad, dicción rica en imágenes y una cadencia versal de honda musicalidad.  
   La nueva entrega La Duermevela es una Lejanía (Reino de Cordelia, 2025) sugiere a Luis Alberto de Cuenca este preciso apunte crítico: “Un sugestivo y sensible paseo por el amor y la muerte a través de una duemevela dotada de gran significación simbólica”. Son pautas que se ajustan bien a un poemario de innegable halo romántico, con cubierta e ilustraciones interiores de Henri Gervex, que incorpora un paratexto de gran densidad reflexiva. Las citas incluyen a Spinoza, León Hebreo, Tomás Guillén y Chantal Maillard.
   El conjunto de apertura “Cadencias del amanecer” dibuja una atmósfera onírica, donde lo metaliterario convierte la palabra en un acorde de sensaciones y en un despertar a la amanecida del amor. La amada es plenitud e indefinición, mientras el yo poético es un desvelo que cobija tristeza, que se hace escenario de lo umbrío, para convertir el deseo en oquedad insatisfecha. El recuerdo pone distancia, abre camino entre el agua y la sed. Guardada en la memoria, la belleza abre una hendidura que impide el olvido e impide cauterizar heridas invisibles. Ese estado anímico del hablante lírico impulsa meditaciones que encuentran en la prosa poética su molde más ajustado. También en el ajuste verbal del aforismo, con poemas de mínimo desarrollo argumental: “La línea recta todo lo pretende. / Su zurrón cargado de amianto / protege o que nadie escucha / de la intemperie de las certezas”.
   Soledad y tristeza definen la presencia del yo. Estar es intemperie. La despierta vocación de hallar sentido a la involuntaria aspereza de la lejanía.
   El segundo apartado “Con tu manera de mirar al viento” recalca el tacto manso de la incertidumbre cuyo epitelio envuelve el transitar diario y su abrazo de contradicciones. Si el amor es amanecida, la ausencia maltrata y contagia al porvenir de sombras. La intangible silueta del cuerpo amado se recorta de continuo. Genera un fértil surco de imágenes, cuajadas de belleza, pero su consumación es una utopía, un sueño que hace nidos en el aire. Un plano interior en el que cuesta regresar a lo real: “El amor es un elemento químico / que afecta a la conciencia. / El amor está hecho / a contramedida del hombre / para explicar mejor su finitud”.
   “De los siglos” reúne dos poemas de cierre. Ambos conjugan una reflexión existencial  en torno al misterio de ser. Respirar concede la callada fragilidad de lo perdurable y la condición transitoria del yo: lo pasado es recuerdo, la respiración de una hendidura en donde se contienen los indicios del sueño.
   Una nota final reflexiona sobre el paratexto de apertura y la ambigüedad de su sentido, mostrando un erudito repaso de autores. La lista apuesta por la diversidad y la indagación especulativa. Al cabo, como escribiera José Manuel Caballero Bonald: “Nunca se ha vivido lo suficiente si no se ha naufragado un poco”.   

José Luis Morante



miércoles, 26 de febrero de 2025

LUIS FELIPE COMENDADOR. NO ESTAR COMPLICA EL IRSE

No estar complica el irse
Luis Felipe Comendador
IV Premio Nacional de Poesía Ciudad de Lucena Lara Cantizani
Editorial Reino de Cordelia
Madrid, 2025

 

PARNASILLO PARTICULAR

 
 
  Un título en apariencia henchido de humorismo paradójico No estar complica el irse compila los poemas más recientes de Luis Felipe Comendador (Béjar, Salamanca, 1957), reconocidos el 10 de enero de 2025 con el IV Premio Nacional de Poesía Ciudad de Lucena Lara Cantizani. El poeta bejarano conseguía un certamen muy joven, convocado por la Concejalía de Cultura del ayuntamiento cordobés, que sirve de homenaje y recuerdo al desaparecido profesor, poeta y gestor cultural Manuel Lara Cantizani.
  La insistente voluntad creadora de Luis Felipe Comendador impulsa un taller literario polivalente, cuya trashumancia expresiva aglutina literatura breve, artículos de prensa, quehacer narrativo y un intenso recorrido poético que se ha hecho acreedor de abundantes premios, con títulos conocidos como Paraísos del suicida (2001), Con la muerte en los talones (2004), Mañana no será nunca (2017), o La alfombra vejada del gran Lebowski (2024). Son obras que ratifican una estética habitual, un credo lírico que entrelaza reflexión existencial, dicción introspectiva y un fuerte sentido crítico de la peripecia vital y las relaciones sociales hechas de corrección política y gregarismo, de conformidad y asimetrías. De ese mapa de signos personales también participa la salida No estar complica el irse, un logro poético que conforma una relevante nómina del parnasillo particular del poeta. Comendador habla con verbo apasionado y luz inteligente con la esencia central de la poesía.
   Con la primera luz de la mañana, el sujeto poético moldea la singularidad estética de presencias centrales de la biblioteca para construir  soliloquios y monólogos dramáticos que trascienden el perfil literario de cada protagonista y desnuda su sensibilidad humanista y los claroscuros interiores. De este modo, en el primer poema ”Pere Gimferrer se confiesa con el agente provocador en Barcelona”, Luis Felipe Comendador dibuja al poeta novísimo como un ser frágil y cansado, invadido por el habitual lastre de decepciones y grietas que aloja el discurrir existencial; un cuerpo desmadejado y roto, como un cristal opaco, invadido por gotas de sombra y emboscado entre la incontinente fauna humana de la ciudad que recorre las calles hacia no sé dónde. Otro novísimo, Antonio Martínez Sarrión confabula en su diario íntimo el hartazgo de la etiqueta y la decisión de buscar a solas en la hondura de un bar deshabitado de Albacete esa conversación a solas con la finitud. Más allá del centro inaccesible del ego personal, lo vivido es un patrimonio gravoso. Hay que buscar la callada concordia del silencio en la experiencia biográfica, las sencillas respuestas del silencio final.
   Comendador anima la ruptura de la monotonía argumental dando sitio también al poema apelativo, al que busca en el tú un interlocutor que escuche los deseos más sensuales. Así sucede con el estimulante estar de Ana Rossetti, cuyo libro Indicios vehementes es infusión de fiebre para la química del deseo. El murmullo de lo pasional fragua turbación y cercanía; zarandea el pensamiento desvelado de quien duerme despierto por las voces de la inconsciencia.
  Las presencias convocadas tienen un incansable tensión del legado de la tradición cultural. Se dan cita en las composiciones, lejos de los ángulos intimistas de poetas amigos y compañeros generacionales, los habitantes de un prestigioso municipio literario en el que son vecinos Julio Cortázar, Severo Sarduy, Oliverio Girondo, Norah Lange, Paul Verlaine, Juan Gelman, Octavio Paz, César Vallejo o el mismo Luis Alberto de Cuenca… Un entorno literario germinal donde cada poema busca adaptarse a las peculiaridades literarias de cada protagonista y aprenden las costumbres de ser sombras ausentes: casi todos los convocados al plano inclinado del pensaminto ya no están. Y en ese hueco de su cuerpo solo las palabras se hacen permanencia, ponen un farol débil al fondo de la noche.
   En este catálogo de nombres propios tan significativos, la mirada poética de Luis Felipe Comendador se hace espejo. Recupera secuencias de instantes significativos de la vida diaria para no claudicar en la áspera lucha contra el tiempo. Desde esa distancia inacabable retorna al trasluz del presente la poesía con rostro humano, el inspirado aliento de caminos antiguos que ponen en su seno los pasos conocidos; las voces y los ecos. Como escribe el poeta, las composiciones son sentidos en alerta: “pupilas” que utilizan las mías para verme y hacerme ver en ellas, para abrir en la densa espesura del bosque el necesario claro.
  Aunque predomina el poema en verso libre, el escritor explora otros moldes expresivos como el haiku, sin duda, un hermoso guiño al quehacer afectivo de Manuel Lara Cantizani. El desaparecido poeta y amigo contribuyó, como pocos, a la aclimatación de la estrofa en el discurrir literario del presente, mediante talleres, ediciones de libros de gran belleza plástica y aciertos expresivos de primer nivel como la introducción en las aulas de Educación Secundaria del formato japonés. Otro poema que nos parece de gran interés es “Gabriel Ferrater se empeña en perecer”, donde se percibe una precisa poética personal: “Busco el desahogo de la discrepancia / la batalla hueca de la suficiencia, la precavida virtud de la edad,  / el usufructo de mis hipotecas, / la arbitrariedad de equivocarme…” . Son enumeraciones yuxtapuestas que parecen dibujar al escritor frente a sí mismo, en el confinamiento claustral de su taller en vela.
   Los lectores de la entrega anterior de Luis Felipe Comendador, La alfombra vejada del gran Lebowski percibirán entre ambos libros una clara continuidad, ese empeño de transcender la propia identidad y su geografía de emociones y sentimientos para habitar otra conciencia, para rescatar en el silencio la palabra del otro. Pero el acierto literario de Luis Felipe Comendador es excelente. Fragua un manojo de poemas que busca equilibrio entre el homenaje y la erudición de quien construye puentes con otras identidades. Son presencias convocadas con coordenadas de regreso en el paisaje interior de cada poema. Versos que despliegan su mapa comunicativo y convierten la tradición en sustrato germinal para dar solidez a un "muro de incontinencia y suelo mismo".
   No estar complica el irse llega desde la madurez expresiva del autor, desde una mirada que contiene una intensa voluntad de lectura; sus composiciones proyectan un árbol de luz que intercala recuerdos y olvidos, que tiende amarras al pasado para escuchar su voz. Poesía que busca la claridad gozosa del encuentro con quien aprende a ser sombra, sin la materia frágil de algún cuerpo.



JOSÉ LUIS  MORANTE