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domingo, 27 de julio de 2025

ANTONIO MACHADO. SIEMPRE.

ANTONIO MACHADO
(SEVILLA,26 DE JULIO DE 1875-COLLIURE, 22 DE FEBRERO DE 1939 

 

ANTONIO MACHADO. SIEMPRE

  

   Antonio Machado es uno de los poetas más significativos y transcendentes de la lengua castellana. Su obra lírica no solo se contiene en el intervalo temporal que vivió el escritor, sino que enlaza con los magisterios germinales que cimentaron el milagro de su voz y con la incontinente estela de discípulos que consideran su quehacer literario un monumento lírico, pleno de relevante solidez. La esencia de su escritura muestra una lúcida conciencia de lo humano. Conocer su biografía es descubrir al yo biográfico en el sujeto poético. Las composiciones están habitadas; en ellas se perfilan las distintas etapas vitales y los devaneos existenciales gestados en su periplo vital. Como escribiera Rafael Alberti: “el poeta lírico va diciendo su autobiografía en sus versos”.  Así se define la identidad en el tiempo en los recordados versos del poema "Retrato". El poema había aparecido anteriormente suelto en el periódico El Liberal el 1 de febrero de 1908. Y Heliodoro Carpintero, uno de los mayores estudiosos del poeta, estimó que el texto fue escrito en 1906 (véase Ínsula, n.º 344-345 [1975]).

 

 RETRATO

 Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla,
y un huerto claro donde madura el limonero;
mi juventud, veinte años en tierras de Castilla;
mi historia, algunos casos que recordar no quiero. 
Ni un seductor Mañara, ni un Bradomín he sido
—ya conocéis mi torpe aliño indumentario—,
mas recibí la flecha que me asignó Cupido,
y amé cuanto ellas puedan tener de hospitalario.
 

Hay en mis venas gotas de sangre jacobina,
pero mi verso brota de manantial sereno;
y, más que un hombre al uso que sabe su doctrina,
soy, en el buen sentido de la palabra, bueno.
 
Adoro la hermosura, y en la moderna estética
corté las viejas rosas del huerto de Ronsard;
mas no amo los afeites de la actual cosmética,
ni soy un ave de esas del nuevo gay-trinar.
 

Desdeño las romanzas de los tenores huecos
Y el coro de los grillos que cantan a la luna.
A distinguir me paro las voces de los ecos,
y escucho solamente, entre las voces, una.
 
¿Soy clásico o romántico? No sé. Dejar quisiera
mi verso, como deja el capitán su espada:
famosa por la mano viril que la blandiera,
no por el docto oficio del forjador preciada.
 
Converso con el hombre que siempre va conmigo
—quien habla solo espera hablar a Dios un día—;
mi soliloquio es plática con ese buen amigo
que me enseñó el secreto de la filantropía.
 
Y al cabo, nada os debo; debéisme cuanto he escrito.
A mi trabajo acudo, con mi dinero pago
el traje que me cubre y la mansión que habito,

el pan que me alimenta y el lecho en donde yago.

 
Y cuando llegue el día del último vïaje,
y esté al partir la nave que nunca ha de tornar,
me encontraréis a bordo ligero de equipaje,
casi desnudo, como los hijos de la mar.

 

   En Sevilla, la hermosa ciudad del sur nació un 26 de julio de 1875 en una extensa familia entre los ocho hijos que tuvieron Ana Ruiz y Antonio Machado Álvarez y que incorporaba también a los abuelos paternos. Gracias a su abuelo, eminente zoólogo, se trasladan a Madrid y entran en contacto con la Institución Libre de Enseñanza. Poco a poco la situación económica de la familia va empeorando hasta hacerse crítica cuando mueren el padre y el abuelo de Antonio Machado. 
   Antonio Machado y su hermano Manuel son jóvenes, casi pueden vivir del aire, y lo que les interesa de verdad es la vida nocturna y bohemia de la capital. Se entregan a ella, con preferencia por el mundo del teatro, pero enseguida les sabe a poco. Marchan los hermanos Machado a París, primero Manuel y luego Antonio donde profundizan en el conocimiento del modernismo.
   En 1902 aparece su primer libro de poesía Soledades, que luego ampliará con Soledades, Galerías y otros poemas. Es el año 1907, importante para Machado porque en él se traslada a Soria. Hay una razón de peso: ha aprobado unas oposiciones a profesor de francés en un instituto. En Soria conocerá el amor. Pronto se enamora de una mujer que es una niña aún, de hecho tiene que esperar para casarse con Leonor, a quien lleva más de quince años. También descubre la tierra, la textura de sus paisajes, del carácter… Poco a poco todo aquello va cristalizando en poemas que compondrán Campos de Castilla.
   En 1910 el matrimonio parte a París con una beca para la ampliación de estudios de Antonio Machado. En la capital estudia junto a Bergson y frecuenta a Rubén Darío. La experiencia no pudo ser más desastrosa para los recién casados. Leonor cae enferma ;y morirá a la vuelta a Soria, en 1912.
   La tristeza y el mundo se le hace insoportable al poeta que busca escapar y cambiar si no de vida, sí de escenario. Llega a Baeza donde vivirá los siguientes siete años. En esa época se concentra en el estudio de la filosofía y tiene algunos contactos muy provechosos como Federico García Lorca. Reviven, quizás gracias a esa amistad, el gusto familiar por el folclores y la música popular. 
   Su producción se renueva con el libro Nuevas canciones. Destinado como profesor de francés, Antonio Machado llega a Segovia el 25 de noviembre de 1919. Se aloja en una modesta pensión de la calle de los Desamparados, ahora convertida en Casa-Museo.  Sus habitaciones siguen preservando un aliento de época. Antes de adentrarme en la casa, he realizado fotos del busto del poeta esculpido por  Emiliano barral y he conversado largamente con César, quien regenta la pequeña librería de viejo del patio, donde he comprado algunos ejemplares. Dos o tres veces he realizado la visita guiada. Se inicia en el pasillo, donde están las fotos de la patrona, quien mira a la cámara con el orgullo de cumplir las normas de la hospitalidad ante un huésped tan ilustre. Cerca de allí, la cocina despliega un inventario de cachivaches domésticos que se completan con la inefable máquina Singer, donde las amas de casa consumían su tiempo entre labores. En la alacena, de suelos rojizos, la aceitera, los cántaros, la caja metálica para cobijar las galletas… Detalles que hablan de un ambiente muy similar en casi todas las casas castellanas. En el salón, con amplia mesa y ventana despejada se celebraban las tertulias o se esperaba con resignación el escueto refrigerio; no eran días para el agasajo.
  En las paredes fotos de la hermosa Leonor y del poeta, la partida de matrimonio, portadas de periódicos de la época donde colaboraba Machado e imágenes de los acontecimientos que saludaron la llegada de la segunda república. También primeras ediciones y algunas estanterías con los libros del poeta. La más entrañable pieza del museo es la habitación de Don Antonio: amplia cama de cabezal metálico, mesa camilla, alacena y espejo donde todavía se contempla la sombra del poeta. Empieza a anochecer cuando abandono la casa del poeta. En mis manos los nuevos libros. Abro Proverbios y cantares. Cierro los ojos y ahora estoy en el mar con el vaivén azul en la pupila y la alegría del recuerdo intacto. La casa segoviana del poeta sigue en mí, austera y en penumbra. Como siempre.

JOSÉ LUIS MORANTE




  

domingo, 26 de diciembre de 2021

MARÍA TERESA MACHADO. DUELO Y UTOPÍA

 Duelo y utopía
Poemas para Federico
María Teresa Machado
Editorial Isla Negra
Colección Filo de Fuego
San Juan, Puerto Rico, 2021

 

MEMORIA Y SUEÑO
 

 
   El discurso lírico de María Teresa Machado, Doctora en Literatura Hispanoamericana y catedrática auxiliar en el Departamento de Estudios Hispánicos de la Universidad de Puerto Rico en Cayey, tiene como fecha de amanecida 2017, cuando se publicó en el catálogo de Isla Negra su carta de presentación Gruta de sal. Esta segunda salida, Duelo y utopía, muestra de inmediato su fluir agradecido en la incuestionable claridad del subtítulo “Poemas para Federico” y en la sentida dedicatoria del poemario: “A Federico García Lorca, el poeta. A Federico (Fede), el músico. Sin ellos, estos poemas no existirían”. Se añade, además como umbral de Duelo y utopía, un estremecido soneto del poeta de Granada. 
   Generosas y próximas al legado vivo del poema, las palabras dejan sus frutos al sol, su nube en vuelo de memoria y sueño. Así nos llega el contenido homenaje de Duelo y utopía en el que María Teresa Machado recorre el espejo sosegado de la identidad literaria de Lorca para ofrecer un emotivo retrato atemporal. La evocación recorre un espacio intimista, donde se recupera la inquietud del silencio y la ausencia para rescatar la pervivencia intacta de lo que nunca se ha perdido. Desde el primer poema “La inquietud, el duelo y las palabras”, retorna con claridad diáfana la memoria truncada por la finitud: “Es primavera / y la puta muerte se pasea hambrienta por las calles / estirándose, prolongándose, difuminándose, / silenciando el ruido que brota / de todas y de ninguna parte como un oxímoron…”.
 La copiosa lluvia del dolor refuerza la semántica emotiva del poemario y ese desdoblamiento personal entre el recuerdo del poeta y la presencia afectiva del homónimo, Fede,  el músico. Las composiciones resaltan el nítido periplo de las escalas musicales y su manera natural de conformar armonía y belleza en el discurrir de lo cotidiano, conformando un entrelazado de sentimientos  y emociones. Funciona como antídoto contra los sueños erosionados y la incertidumbre: “Tu música sostiene mis hilos de cordura. / Iluminas cada cuarto y cada esquina desde la cual sobrevivo”. Esos vínculos tendidos construyen un refugio sentimental fuerte, capaz de soportar la intemperie: “Eres un latido que rompe la noche en sus cimientos. / Eres el rezo a una deidad recuperada. / Con ella pactamos la inexistencia del olvido”.
   El contenido argumental caligrafía en el homenaje la condición temporalista de la existencia. Todavía queda mucho por decir y a ello se aplica el yo poético en medio de un entorno distópico, de calles vaciadas y restos de ceniza bajo los párpados. Se enlaza el recuerdo del pasado con la geografía sentimental de ahora; si el poeta ya no está, sí resulta presencia singular el músico -Fede- como destinatario del deseo. La relación con el yo poético muestra la importancia esencial de la música, generadora de sentimientos y amparo. Las partituras son capaces de construir un refugio vital que es continuo soporte en el tránsito existencial de luces y sombras. Los acordes abren el corazón y dejan la mirada limpia y luminosa para que sea el amor un un latido coral que manifiesta el sentir de la conciencia: “Tu partitura recuerda a mi corazón / que las combinaciones musicales son infinitas. / En medio de este caos de urnas vacías y ataúdes sin despedidas / mi mirada quiere abrazarte en un adagio. / Y mi cuerpo es una sinfonía total para quererte. “
  La escritura de  “Nacer de nuevo” y “Ni brújulas ni almanaques” hace del verso una celebración de erotismo y deseo. Del estar compartido germina una nueva mirada ante la realidad vivida, que siempre se conforma efímera y transitoria: “Mi sed de ti se empeña en la búsqueda / de un poema musical que te exprese. / Insisto en encontrarte en las palabras / pero te me escapas en todos los bemoles”
  Pero también la ausencia habita entre los pliegues de la memoria y queda la sospecha de que todo fuera un sueño, una utopía desvelada en el insomnio que se apagara en solo un instante. La presencia del ser amado acrecienta sensaciones de incertidumbre y enigma. De nuevo el recuerdo de Federico y su temprana muerte dicta los latidos del poema final que busca en sus versos la caligrafía tanteante del regreso y la quemazón del deseo cumplido.
   María Teresa Machado establece en Duelo y utopía  un cálido homenaje al poeta de Granada. Más que la rememoración del entorno biográfico, nos deja la cadencia de una complicidad lectora en la que la música se convierte en territorio compartido. Esta visión de la poesía nos muestra el diario íntimo de amor, cuyas anotaciones componen un pentagrama de sensaciones y vivencias, de imágenes que simbolizan el discurso  vibrante de la vida que fluye, que abre camino al núcleo sentimental del ser humano en su viaje por la intimidad.

JOSÉ LUIS MORANTE