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miércoles, 15 de abril de 2026

MÓNICA PICOREL. FUI UN ÁRBOL EN UN BALCÓN MINÚSCULO

Fui un árbol en un balcón minúsculo
Mónica Picorel
Ediciones Baile del Sol, Colección Poesía
Tenerife, Islas Canarias, 2026

  

EL PESO DEL AIRE


   La poética de Mónica Picorel (Bilbao, 1970), cercana todavía a su amanecida, ha publicado en poco más de un lustro las entregas Las otras geografías (2020), Vida secreta de otros animales (2023) y, en colaboración con el poeta Misael Ruiz, Interacciones (2025). Asentada con fuerza en Baile del Sol, estrena la reciente compilación de poemas, Fui un árbol en un balcón minúsculo, con prólogo del poeta Diego Roel. La introducción recurre a San Juan de la Cruz para adentrarse en un reflejo verbal impresionista y cómplice. En las breves líneas de “dar a la caza alcance” el excelente poeta Diego Roel, autor también de la síntesis de contracubierta, no adelanta juicios críticos sino sensaciones lectoras; no testifica las líneas coherentes de un discurrir que exhibe la prudencia verbal de lo teórico, sino que se deja mecer por los efectos de la imagen y por el aliento onírico de la evocación surrealista. Roel vuelve al magisterio del místico abulense para recordar que el hablante lírico expresa la pulsión del alma hacia la verdad. Se ama el poema leído. No se acotan parámetros creativos; a lo sumo, el material lírico se asoma al brocal que muestra la hondura y el asombro del lenguaje.
   También  la cita de portada de Misael Ruiz elude la placidez del dogma para insistir en el nomadismo existencial de quien no dispone de caminos hechos sino que afronta un estar de búsqueda e inquietud, una dubitación de raíz metafísica, plasmada después en el poema: “Vivimos entre escombros / una belleza esquiva / nos acompaña hasta el final”.   
   Mónica Picorel organiza el libro en tres tramos lectores, de los cuales, el primero es el más extenso. Emprende ruta con una dicción cálida, empeñada en evocar un tiempo áureo, que muestra un interlocutor cercano, dispuesto a compartir un jugoso patrimonio de metáforas plásticas: “Volvías a casa / entre tus manos un majal / la plata del mundo palpitante / abrías la puerta y caían plumas / volvías al hogar como el buen padre / que aprende la hiel del animal sorprendido”. La textura intimista de los versos transporta a otras coordenadas espaciales, donde el decir se desprende de vivencias intactas del imaginario, captadas en escenarios atemporales, como la infancia. El poema sugiere acciones. Alguien está. Alguien, también, convierte la contemplación en una forma especial de ruptura de la normalidad. Estar transforma el hábito en plenitud: “Mi don es ser /aunque no sea la misma y sea todas y ninguna / aunque huela como huelen algunas casas que se vacían a escondidas”.
  La realidad se transforma en un ámbito de levitación. Los elementos se abandonan en un vuelo onírico, capaz de medir el peso del aire. El yo pierde la precisión de la forma para diluir rasgos y adentrarse en un paisaje de plenitud y ensimismamiento, ajeno, volátil, que mira hacia adentro. La voz figurativa del poema se viste de emociones y sentimientos para fortalecer su resonancia con asociaciones de impacto y de una fuerte carga sensorial.
   El poema breve busca lo esencial, a veces suena con la contundencia del aforismo: “Te he llamado hasta que la noche / ha dejado a mis pies / la mortaja de tu nombre”. Pero no pretende propagar certezas sino vaciar un espacio, contraer la existencia en unos pocos trazos indefinidos que se imponen al silencio de los otros. Otras veces, la semántica del poema adquiere una intensa fuerza absorta en el deseo, mostrando un cálido erotismo: “Aquí dos cuerpos con ambición de piedra angular / y acude el deseo con su traje oceánico / es la voluntad de la carne ser solo carne”.
   Un adjetivo exótico “Marcescente”, que procede del vocabulario botánico, sirve de título a los textos agrupados en la segunda sección. El significado se refiere a fragmentos agostados que, tras secarse, permanecen estáticos, formando parte del vegetal. También la cita de la Premio Nobel Louise Glück plantea esa relación cómplice de sujeto y mudez floral. Mónica Picorel asienta en el poema una genealogía personal que muestra su andar de puntillas por lo permanente. Todo es perecedero, ajeno a cualquier verdad absoluta, leve y callado como el vuelo de un pájaro. Alrededor se acumulan estampas de una realidad evanescente, que no tienen un enunciado argumental. Son mínimas intuiciones. Muestras de vida, pálpitos que se hacen ocaso o renacen, sin mostrar su verdadera naturaleza.
  También el amor y el deseo se funden para habitar la caligrafía versal con una presencia fuerte, ajena al verbo enunciativo, como si la idea se resistiera a ser causa directa del lenguaje que explica el mundo desde la lógica.
   No hay un hilo conductor que avance y se retraiga hasta una conclusión final. El poema se expande sin rutas lógicas. Busca formulaciones ajenas al periplo del sujeto. Simplemente habla o se calla. Está, respira, duerme. Se renueva o escucha al silencio y su fuerza de convicción y pone en el mantel una voz audible, un poco de extrañeza.
   “El falso fruto” compone un apartado final en el que persiste la composición breve, tras una cita de Mark Strand sobre la identidad. No somos quien pensamos. La existencia es molde en construcción, la azarosa impostura de hacer habitaciones al paso. Alguien cerca respira un estar triste, que dibuja hormigas en los dedos y la nada hace del frío un corazón de invierno. De igual modo, el yo lírico recrea una convivencia que ofrece y pone arder, que guarda lo vivido en la memoria como si fuera un sueño eventual, que alguien dejó un día entre los oscuros posos del café.
  Lo metaliterario toma asiento en los versos, no para esbozar teóricas solemnes, sino para que el lenguaje orbite en torno a la extrañeza. El poema se hace contraluz del cuerpo, fragmenta el frío, busca fallas donde ocultar el sentido: “Que la palabra que callo me defienda / que sea en la pérdida / que dignifique esta casa / este cajón para los días sin manzanas / este vórtice para tanto peaje / que sea hebra que me ate al ausente…”. De nuevo las imágenes cristalizan en los pliegues del poema, buscan un espacio expresivo que oculta su sentido, que indaga dónde radica la belleza y qué mantiene su arquitectura efímera, la justa medida del silencio que emboza las palabras. Lejos del enunciado autobiográfico y con un aditamento retórico pleno de imágenes, la poesía de Mónica Picorel explora registros meditativos y fragmentarios; pregunta dónde hay nieve y gelidez y frío que se hace calor entre las manos, exacta dimensión de la palabra que no se dice.

JOSÉ LUIS MORANTE




 

sábado, 3 de diciembre de 2016

MARK STRAND. LOS VERSOS NECESARIOS

 Mark Strand (1934-2014)


                POESÍA NECESARIA


   Dos compilaciones de Mark Strand (Summerside, Prince Edward Island, Canadá, 1934, New York, 2014) me han acompañado estos años con la eficacia cálida de la buena poesía. La primera, Aliento es una muestra con traducción y prólogo de Julián Jiménez Effernan, editada con gusto de coleccionista en el sello Cuatro estaciones, al cuidado de Manuel Lara Cantizani y Juan Carlos Reche; la segunda, Sólo una canción  fue preparada por Eduardo Chirinos, responsable de la selección, traducción y prólogo, y se integró en el catálogo de Pre-Textos. Las dos son arcos representativos y se adentran con acierto en las complejidades del quehacer lírico de Mark Strand, poeta laureado, docente universitario, viajero continuo, lector de Alberti y Borges, traductor de Carlos Drummond de Andrade y amigo de poetas como Octavio Paz,
  La poesía de Mark Strand se reconoce de inmediato y sumerge al lector en un estado de ánimo indeciso, entre la angustia y el desconcierto, no tanto por su carga autobiográfica –al cabo, el transcurso existencial  es un incansable venero temático para cualquier creador- sino por el extravío que suscitan en el lector esas mínimas crónicas de soledad que narran sus poemas. Lo cotidiano esconde un lado fantasmal, una sombra nebulosa que incide en mostrar itinerarios nuevos en el espectador, a pesar de reiterar de modo obsesivo conocidas preocupaciones: la identidad del yo, el discurrir temporal, la fragilidad de la existencia, los retratos de seres cercanos, o la extraña correspondencia entre sujeto y entorno.
  Como en la literatura de Kafka, en los poemas de Mark Strand la realidad es siempre imprevisible; no cuestiona sus hábitos rutinarios pero en cualquier momento una estela vacía se llenará: “El tiempo me dice lo que soy. Cambio y soy el mismo. / Me vacío de mi vida y mi vida permanece”. De esa aparente contradicción manan los argumentos: quien mira desde la casa a un hombre parado en el jardín, es el mismo hombre que se siente espiado desde algún sitio; el paseante a la luz del mediodía es invisible; solo en la sombra se revela precisa la silueta del yo desdoblado.


                                         

sábado, 20 de junio de 2015

LOS DISTANTES

 
LOS DISTANTES
 
                                                  Buscaron un pretexto para irse
pero se quedaron dentro
"dispuestos a decir las palabras que nunca dijeron "*
 
                                  * Verso de MARK STRAND

   Amanecieron un día en el jardín pequeño de lo personal. Compartimos con ellos contingencias que parecieron diluir el valor transitorio del tiempo. Fueron lluvia. Prodigaron palabras y sonrisas, como si tuviesen sitio propio en la vieja rutina que acoge la existencia. Y aceptamos su estar, como se acepta el canto de los pájaros o un entorno poblado de colores y formas.
   Después se recubrieron de extrañeza y emprendieron un viaje sin regreso. Hoy nos hacen sentir su presencia precaria, introspectiva; son aristas de vagos espejismos.

domingo, 30 de noviembre de 2014

DESPEDIDAS SIN VOZ

 
DESPEDIDAS SIN VOZ
 
              Jamás he sentido un lugar como mío
                                          MARK STRAND
 
Se va noviembre
y somos invisibles.
Mido distancias.

viernes, 11 de enero de 2013

MARK STRAND.



MARK STRAND

    Dos compilaciones de Mark Strand (Summerside, Prince Edward Island, Canadá, 1934) me han acompañado en estos años de lectura, con la eficacia cálida de la buena poesía. La primera, Aliento es una muestra con traducción y prólogo de Julián Jiménez Effernan, editada a gusto de coleccionista en el sello Cuatro estaciones, al cuidado de Manuel Lara Cantizani y Juan Carlos Reche; la segunda, Sólo una canción  fue preparada por Eduardo Chirinos, responsable de la selección, traducción y prólogo y se integró en el catálogo de Pre-Textos. Las dos son arcos representativos del quehacer lírico de Mark Strand, poeta laureado, docente universitario, viajero continuo, lector de Alberti y Borges, traductor de Carlos Drummond de Andrade y amigo de poetas como Octavio Paz.
   Como en la literatura de Kafka, en los poemas de Strand la realidad es siempre imprevisible; no cuestiona sus hábitos rutinarios pero en cualquier momento una estela vacía se llenará: “El tiempo me dice lo que soy. Cambio y soy el mismo. / Me vacío de mi vida y mi vida permanece”. De una aparente contradicción emanan muchos argumentos de Strand: quien mira desde la casa a un hombre parado en el jardín, es el mismo hombre que se siente espiado desde algún sitio; el paseante a la luz del mediodía es invisible; lo visible está cercado por la sombra, del mismo modo que es en la noche cuando se encuentran todas las respuestas. Somos las paradojas que se despliegan ante el muro frágil de cada conciencia.
   La poesía de Mark Strand se reconoce de inmediato y suscita en el lector un estado indeciso, entre la angustia y el desconcierto, no tanto por su carga autobiográfica, sino por el extravío del lector ante esas mínimas crónicas de soledad que narran sus poemas. Lo cotidiano esconde un lado fantasmal, una sombra nebulosa que incide en mostrar itinerarios nuevos en el espectador, a pesar de reiterar de modo obsesivo conocidas preocupaciones: la identidad, el discurrir temporal, la fragilidad de la existencia, los retratos de seres cercanos, la correspondencia entre el sujeto y el entorno…
   Este fin de semana vuelvo a la poesía de Mark Strand; han sido días llenos de bancos de niebla y no me vendrá mal un poco de luz.