viernes, 5 de febrero de 2016

INTERROGATORIO



EN FAMILIA

   En casa no nos gusta incomodar a nadie, señor comisario. Las cosas son como son. No hay más indicios, pero todos buscábamos algo. Mi madre buscó siempre el sosiego en la farmacia; mi padre en la mudez de un cigarrillo, convencido de que el cansancio y el frío están en las palabras, pero son otra cosa; mi hermana, cuando niña, en el reclinatorio de la ermita y después en la esquina más rentable del polígono sur. Yo que no busqué nada, encontré un libro y en él sigo.
  Vivimos juntos el abuso feliz de sentirse en familia. Repare usted que en nuestra casa los sueños nunca dieron ningún paso. 


          (Del cuaderno Cuentos diminutos, Nueva York, 2015)




jueves, 4 de febrero de 2016

EL SUEÑO DE LA SECUOYA








EL SUEÑO DE LA SECUOYA

para Ana, siempre grande
como una secuoya



   Ya despierto, espera unos minutos para abrir los ojos. Esta noche en la minuciosa paciencia de su sueño ha crecido en el jardín una secuoya. Se despereza de inmediato. Sale alborozado a la terraza, donde parpadea con sorpresa y emoción. La enorme arquitectura vegetal está allí y su sombra recubre casi a toda la casa. Da un par de vueltas al imponente tronco, contempla la corteza… Poco después escucha  el ruido de un pensamiento práctico: acaso sea mejor que la próxima noche sueñe con arbustos aromáticos.        

  (Del cuaderno Cuentos diminutos)   



          

miércoles, 3 de febrero de 2016

AMANECIDA

A cielo abierto

AMANECIDA

La claridad de pronto,
al otro lado de la piel del día.
Permaneces
con los ojos abiertos
porque ignoras
si el sueño concluyó
o si la amanecida
es la imagen neutral de la costumbre,
una verdad creíble.

Estoy despierto.
Mientras discurre el día
me acompañas,
a salvo del reloj.

   (De Ninguna parte, La Isla de Siltolá)




lunes, 1 de febrero de 2016

PEDRO OJEDA ESCUDERO. PIEL

Piel
Pedro Ojeda Escudero
Lf  Ediciones
Béjar, Salamanca, 2015


ENTRE DOS CUERPOS

   Frente a quienes prefieren el pulso juvenil como momento aconsejable para la práctica versal, la voz de Pedro Ojeda Escudero (Valladolid, 1963), poeta, ensayista y profesor universitario, fecha su amanecida en 2013 con el poemario Esguevas. Era un libro sensorial, con poemas que hacen del diálogo cordial con el entorno natural razón de escritura; cada paisaje es siempre geografía humana, ánimo que enuncia estar otoñecido y primavera. El escritor prosigue viaje con Echo al fuego los restos del naufragio, un volumen más intimista, y con el libro que ahora comento, Piel, dos ediciones del incansable poeta bejarano Luis Felipe Comendador.
   No viene mal para adentrarse en la espesura lírica de Pedro Ojeda Escudero visitar el blog “La acequia”, una iniciativa digital miscelánea que aglutina textos, reseñas e incidencias reflexivas sobre la rutina diaria y que sirve de guía lectora de El Quijote. Con todo, Piel es un mural que invita a la contemplación sin intermediarios, porque tiene el tono de voz de la confidencia y la cadencia cercana del intimismo compartido. Así nace una lírica despojada que expone el río secuencial de lo vivido. En ese estar diario a la intemperie, los sentimientos se convierten en raíz sustentadora, en soporte que aguanta la condición transitoria de la identidad. El yo se hace otro cuando tiende sus puentes y escribe una estela en el agua que no se borra, sea cual sea la fisonomía del cambiante escenario en el que sembremos nuestros pasos.
  El ámbito interior se va enriqueciendo con las percepciones acumuladas en el trayecto temporal que siempre nos advierten de la fragilidad de la belleza. Casi paradójica resulta en el poema “Abrazarte con fuerza” la estampa veneciana. El laberinto urbano multiplica un irrepetible patrimonio arquitectónico que registra la sobria belleza de la piedra; pero la marea sube y la inundación de los canales advierte al paseante que la erosión prosigue y que el desgaste pone entre las piedras un tacto crepuscular; también el arte tiene fecha de caducidad. Esa tenacidad del tiempo y su persistente vocación de derrumbe es asunto argumental que se reitera en distintos textos de Piel. La memoria del ahora conexiona, mediante la evocación, con el pasado y el regreso de lo vivido ahora difunde un rostro fragmentario, cubierto a veces por la silueta gris de la incertidumbre. Eso concede al amor, a la piel cálida y habitable de la compañía una condición de refugio y una textura de esperanza, un conocimiento de que la muerte solo se hará presencia cuando los hilos de luz olviden los sueños, o cuando la rutina sea incapaz de descifrar los caminos que marcan las huellas de la piel que son indicios claros de viva realidad: “Extensión del misterio:  / campo de dientes, labios / y torpeza de dedos, / tímida exploración de los secretos. / Cotidiana dulzura de la piel / recorrida, mordida y arañada: / comunión de sentidos. / Abrazarte, fragancias, besos, vida “.
  Se hace tangible el afán celebratorio de quien busca desprenderse del traje de invierno bajo la luz de abril. En Piel los versos olvidan la retórica del hermetismo para salir al día con un lenguaje necesario, nítido, consistente. Con él, se expone a todos que, en medio de la lluvia, la vida entera cabe en un abrazo: “El agua te llegaba hasta el tobillo. / Habitabas las hoces / con la serenidad de quien se sabe / a salvo entre los chopos “. Eje de simetría que pone en la piel la distancia más corta entre dos cuerpos. 


      


domingo, 31 de enero de 2016

sábado, 30 de enero de 2016

RAFAEL SOLER. ÁCIDO ALMÍBAR.

Ácido almíbar
Rafael Soler
Ediciones Vitruvio
Madrid, 2014


ÁCIDO ALMÍBAR
  
La biografía entre líneas de Rafael Soler (Valencia, 1947), afán activo que integra en su trabajo novela, relato y ensayística breve, busca en la expresión poética su altura cimera. Lo saben bien los visitantes de las librerías que, en 2009, convirtieron en logro editorial el volumen de poesía Maneras de volver. La entrega más reciente del escritor valenciano emplea como título el oxímoron, Ácido almíbar, acaso para dejar constancia de que deambulamos a diario entre paradojas porque la existencia despliega su cronología entre solanas y umbrías, un acontecer pendular que nos nutre con la pulpa agraz de lo diario.
Este nuevo paso estructura su recorrido en seis tramos, a los que se añade, como callejón final, una postdata. El enfoque de la voz verbal no desdeña la ironía, ese mirador distanciado que quita la pajarita a lo solemne. Así nos lo recuerda el aserto del apartado inicial “Quédate a los títulos de crédito”, pero la implicación reflexiva de los versos es continua. Desde que la persiana filtra los hilos de la amanecida, el estar del sujeto deja su voluntad en los senderos de la incertidumbre, en la perspectiva de “esa epifanía de lo amargo por venir y lo nacido”, como dicta con tino certero el poema “Parto a término”. La intemperie aguarda para cubrir la piel con el relente, sea cual sea el ámbito existencial que ocupemos; niño, joven, sedentaria madurez o declinante tiempo de senectud oirán en el silencio una única respuesta: “ y siempre será el silencio la única respuesta / cuando proclames exigente / que el aire que respiras / las manos con que amas y el cielo que te cubre / son tu manera de estar alzado entre las cosas / que sólo para ti / futuro perdedor de cuanto tienes / fue trazada la dimensión del agua / y el espanto azul de las estrellas”
En todas las secciones de Ácido almíbar resaltan los códigos formales del autor. Nada es gratuito. Los títulos poemáticos sirven como destellos aclaratorios y adquieren el peso de un pensamiento conciso. Veamos algunas muestras: “Solo el viaje importa”, “Metabolismo basal de un edificio adolescente”, “Una derrota compartida es siempre la mitad de una victoria”, “Hábitos estables para alcanzar el día”, “Escorzo de anciano a la intemperie”. Desde ese umbral, las palabras trazan una estela expresiva que sustituye el intimismo coloquial por una dicción moldeada, densa, vestida de sugerencias que añade onirismo, rupturas de lugares comunes y comparaciones sorprendentes. El resultado es una invitación al asombro: “ Pides al Dios de Todos los Pucheros / un golpe de claxon en tu historia / que no tenga sabor a nicotina”; o versos como estos: “ pero tenía una mosca de fresa en el escote / y exacto el entresijo”, cuyo significado desconcierta. De esa falta de confesiones al decir prosaico nace una lírica nunca previsible. Poesía  donde conviven los trazos memorísticos de un yo diseminado en el tiempo y canto existencial, esos bocetos que buscan en  el lenguaje catarsis y expresividad emotiva, un espejo fiel en el que encuentre cobijo una conciencia en vela. 




viernes, 29 de enero de 2016

PASOS CANSADOS...



PASOS CANSADOS

                                  Sensación de estar solo


Pasos cansados
-oscura flor dormida-
hablan por mí.