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Piel
Pedro Ojeda Escudero
Lf Ediciones
Béjar, Salamanca, 2015 |
ENTRE DOS CUERPOS
Frente a quienes prefieren el
pulso juvenil como momento aconsejable para la práctica versal, la voz de Pedro
Ojeda Escudero (Valladolid, 1963), poeta, ensayista y profesor universitario,
fecha su amanecida en 2013 con el poemario Esguevas. Era un libro sensorial, con poemas que hacen del diálogo cordial con el
entorno natural razón de escritura; cada paisaje es siempre geografía humana, ánimo que enuncia estar otoñecido y primavera. El escritor prosigue viaje con Echo al fuego los restos del naufragio, un volumen más intimista, y
con el libro que ahora comento, Piel,
dos ediciones del incansable poeta bejarano Luis Felipe Comendador.
No viene mal para adentrarse en
la espesura lírica de Pedro Ojeda Escudero visitar el blog “La acequia”, una
iniciativa digital miscelánea que aglutina textos, reseñas e incidencias
reflexivas sobre la rutina diaria y que sirve de guía lectora de El Quijote. Con todo, Piel es un mural que invita a la
contemplación sin intermediarios, porque tiene el tono de voz de la confidencia
y la cadencia cercana del intimismo compartido. Así nace una lírica despojada
que expone el río secuencial de lo vivido. En ese estar diario a la intemperie,
los sentimientos se convierten en raíz sustentadora, en soporte que aguanta la
condición transitoria de la identidad. El yo se hace otro cuando tiende sus
puentes y escribe una estela en el agua que no se borra, sea cual sea la
fisonomía del cambiante escenario en el que sembremos nuestros pasos.
El ámbito interior se va
enriqueciendo con las percepciones acumuladas en el trayecto temporal que
siempre nos advierten de la fragilidad de la belleza. Casi paradójica resulta
en el poema “Abrazarte con fuerza” la estampa veneciana. El laberinto urbano
multiplica un irrepetible patrimonio arquitectónico que registra la sobria
belleza de la piedra; pero la marea
sube y la inundación de los canales advierte al paseante que la erosión
prosigue y que el desgaste pone entre las piedras un tacto crepuscular; también
el arte tiene fecha de caducidad. Esa tenacidad del tiempo y su persistente
vocación de derrumbe es asunto argumental que se reitera en distintos textos de
Piel. La memoria del ahora conexiona, mediante la evocación, con el pasado y el regreso de lo vivido ahora difunde un
rostro fragmentario, cubierto a veces por la silueta gris de la incertidumbre. Eso concede al amor, a la piel cálida y habitable de la compañía una condición
de refugio y una textura de esperanza, un conocimiento de que la muerte solo se
hará presencia cuando los hilos de luz olviden los sueños, o cuando
la rutina sea incapaz de descifrar los caminos que marcan las huellas de la
piel que son indicios claros de viva realidad: “Extensión del misterio: / campo de dientes, labios / y torpeza de
dedos, / tímida exploración de los secretos. / Cotidiana dulzura de la piel /
recorrida, mordida y arañada: / comunión de sentidos. / Abrazarte, fragancias,
besos, vida “.
Se hace tangible el afán
celebratorio de quien busca desprenderse del traje de invierno bajo
la luz de abril. En Piel los versos
olvidan la retórica del hermetismo para salir al día con un lenguaje necesario, nítido,
consistente. Con él, se expone a todos que, en medio de la lluvia, la vida entera cabe
en un abrazo: “El agua te llegaba hasta el tobillo. / Habitabas las hoces / con
la serenidad de quien se sabe / a salvo entre los chopos “. Eje de simetría que pone en la piel la distancia más corta entre dos cuerpos.