jueves, 11 de junio de 2015

HERME G. DONIS. HAIKUS

Lo sguardo effimero
(La mirada efímera)
Herme G. Donis
Edición bilingüe de Emilio Coco
Levante editori, Bari
VOCES AMIGAS
 
   Uno de los aciertos  más reconocidos del haiku es la combinatoria natural que propicia entre poesía y pensamiento. La estrofa, despojada de cualquier exotismo geográfico, ha conseguido  aclimatarse al devenir literario del nuevo siglo y son muchos los poetas contemporáneos que utilizan las diecisiete sílabas de su esquema versal. Es el caso de Herme G. Donis (Villalón de Campos, Valladolid, 1951) que nos deja entre las manos Lo sguardo effimero (La mirada efímera), una hermosa colección, en italiano y español, al cuidado del hispanista Emilio Coco.
   Los concisos textos  “nacen de la naturaleza constante de las cosas efímeras” y buscan la repetida transparencia que impone el trayecto de la luz abierta. En la disposición  argumental encontramos tres secciones. En la primera, “El agua repetida”, predomina el haiku perceptivo, aquel que busca las huellas de una impresión sensorial en la que el agua actúa como semilla germinativa. El elemento  genera imágenes que emiten componentes plásticos; pero además el agua está enriquecido por una simbología añadida. Es difícil olvidar que el legado de tópicos literarios ha convertido la vida en río que halla su desembocadura en la muerte; esa idea manriqueña encuentra una nueva formulación: “Eterna el agua/ conduciendo la vida/ hacia la muerte”. Voces de agua son sinónimos de despertar de la memoria, de itinerario de regreso hacia una arcadia infantil: “Llega la nieve/  un invierno de niños/ se mece en ella”;  asimismo  resulta sugerente como la autora entrelaza  el eco de la lluvia y el deseo.
   El siguiente grupo se denomina “Jaikús occidentales” y está fechado en la localidad asturiana de Pola de Somiedo en el verano de 2006. El aserto empleado parece argumentar la peculiaridad autóctona de la forma y por tanto dirimir también que existe un único molde en Oriente. El amplio recorrido de uso ha modificado la esencia original y se han multiplicado singularidades y escuelas. Podría entenderse también que la autora agrupa aquí a textos con características formales homogéneas. No es el caso; se respeta el discurrir continuo y hay una cadencia natural que reporta el mismo clima emotivo. No se abandona el tono introspectivo y la mirada de una imaginación realista: “Luna aterida,/ acompaña mis sueños/ tu aliento helado”.
   El apartado final, “La vida en vilo” alude a ese punto de azar que galvaniza la cotidiana suma de instantes existenciales. El trecho temporal que vamos agostando nos encamina hacia la última estación. Es el tiempo de la meditación; la mirada se vuelve crepuscular y reviste las formas con los desvaídos colores del otoño. Cada vez es más fuerte la sensación de conciencia finita y transitoria; en el horizonte se recorta la alargada sombra del olvido y se acrecienta la melancolía. Se percibe el vacío como punto de destino.
   Lo sguardo effimero  se integra en una línea de poesía existencial y meditativa que sondea los sustratos más profundos del ser para descubrir un yo precario, marcado por la temporalidad. La scritura adquiera entonces su sentido más pleno: es un ejercicio de resistencia que tiene la virtud tranquilizadora de dar fe de vida; erso a verso se construye el andén que cobija y ampara, que permite transformar lo efímero en perdurable.                                                                           
 

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