martes, 8 de marzo de 2016

JOSÉ ANTONIO SAU. LA CHICA DE LOS OJOS MANGA

La chica de los ojos manga
José Antonio Sau
La Isla de Siltolá, Nouvelle
Sevilla, 2016

A SOLAS, CON ELLA 

  Un gesto de la educación sentimental del joven es la idealización, esa capacidad de contagiar la figura del otro con la vestimenta del mito para que no se desvanezca en el acontecer de los días. De esa evocación de la etapa juvenil se nutre el  primer argumento de La chica de los ojos manga, relato de arranque de la segunda entrega narrativa de José Antonio Sau, periodista, crítico literario y autor de otra compilación titulada Cuentos de la cara oscura.
  En "La chica de los ojos manga" las huellas del pretérito se marcan en la memoria veinte años después para dibujar la verdadera historia de Isabel, aquella muchacha a quien el narrador conoció siendo un niño y que nombró, influido por sus continuas lecturas de cómics japoneses, como “la chica de los ojos manga”. Nunca salió con ella, ni fue capaz de manifestar más actitud que el seguimiento continuo por lugares urbanos cuando ella tuvo pareja. Callado, pronosticó un destino cumplido, repleto de reconocimientos sociales. Pero las especulaciones raras veces aciertan y dos décadas después descubre, por las confidencias de los protagonistas de su admiración, que él es necesario en su mínimo papel de testigo callado para empezar a solas, con ella, una segunda aurora.
   El relato que presta título al conjunto anticipa también el venero temático del libro: los encuentros y desencuentros del ser enamorado y su deambular angustioso por los itinerarios del corazón. A veces estos trayectos son oníricos y se gestan a espaldas de la voluntad, como si en la conciencia personal habitase un extraño que solo cumple las aleatorias normas que impone el azar; es el caso del texto, “Sonia no está en el oasis”, una pieza que estremece por los claroscuros y por el tejido lírico de algunas secuencias.
   Aunque todas las prosas comparten las caligrafías irregulares de la convivencia, tienden a convertir el diálogo sentimental en una marejada de aguas bravas en las que no cabe monotonías sino el encuentro directo con lo imprevisible. Son miradores de vista singular. En los renglones de “El sol de agosto” acaso el aporte más realista del conjunto, con el titulado “El santón de Jarapalos”, narrativa que parece emanar de la tradición popular, el escritor se mira en su taller literario convertido en testigo accidental de la mansa calima playera para dibujar un cuadro de personajes reconocibles en el trasiego vacacional, con sus historias domésticas.
   En “El cuidador” prevalece el aire de comedia sentimental porque la presencia de la enfermedad va erosionando una rutina asentada para convertirse en una muerte lenta, que se muestra como dato feroz de ese yo vulnerable que soporta las pruebas complejas de lo existencial.
   He hablado ya de la diversidad de planteamientos que José Antonio Sau oferta en esta memoria ficcional. No podía faltar la mirada al pasado, ese ayer en cuyo cauce confluyen intrahistoria individual y memoria histórica. La guerra civil y su estela de perdedores ha dejado una fecunda cosecha narrativa. A ella se suma el cuento “Dolores” cuya protagonista es una de esas mujeres que puso en el azul ominoso entereza y obstinación contra la barbarie falangista.
  En este trayecto con bifurcaciones por el itinerario amoroso cobra vida también la semántica del regreso. En “No habrá flores para Elena” reconocemos esa emoción que oprime el pecho desde el recuerdo, cuando la soledad se rompe por un presente mínimo repleto de simbolismo. Y en el cuento final “El detective” se aborda la infidelidad con el aire de una investigación por encargo que recuerda a la serie negra.
  En esta cosecha narrativa de José Antonio Sau, que traza en el ánimo lector una impresión de complicidad agradecida, encontramos la relación de pareja como un terreno fértil que reemplaza sentimientos y conductas, como si el amor fuese un inventario caótico que solo pudiera mostrar sus contornos desde la introspección y el silencio, con la incertidumbre de quien mira un mundo que gira alrededor sin saber dónde oculta su centro gravitatorio. Nunca resulta fácil entender la terca artesanía de los sentimientos.

   

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