viernes, 14 de diciembre de 2018

SIHARA NUÑO. ENORMIDAD

Enormidad
Sihara Nuño
Ediciones de la Isla de Siltolá
Sevilla, 2018



SENTIR EL AIRE


  Antonio Vega y Manuel Neila dejan hilos conceptuales en el ovillo poético de Sihara Nuño (Ameca, Jalisco, 1986), quien emplea en su último trabajo un título conciso y penetrante, Enormidad. Esa idea de dimensión expandida invita a la paradoja porque el libro recurre al aforismo como estrategia expresiva. De este modo, se abre una nueva puerta al taller literario de la escritora que hasta la fecha había cultivado la poesía como eje vertebrador. Su cauce alienta un largo viaje que aglutina las entregas Los monstruos se disfrazan de flor (2016), Los cerdos también sonríen (2016), La casa que nos habita (2017) y el volumen, de aserto impronunciable, Hipopotomomonstrosesquipedaliofobia.
  Una de las cualidades del aforismo actual es la amplitud de enfoques que admite en su desarrollo; el fragmento puede cobijar una interpretación ética de la existencia o un marco reflexivo que cuestione las dubitaciones de un sujeto frente a la incertidumbre. Sihara Nuño abre su libro con la voz natural de quien sale al día, sin imposturas metafísicas, con la mera intención de ir dejando las migas sueltas de un trayecto autobiográfico. El lenguaje testifica. Se hace crónica de lo transitorio. Sostiene las dudas que nunca se resuelven del todo porque aluden a su mala memoria para albergar respuestas. Los breves textos dan la mano a trámites que dan fe de vida. En el trayecto personal no hay materia oculta sino los costurones opacos de una realidad que, de vez en cuando, necesita un chiste, o admite la reprimenda de haber llegado tarde a la épica para dejar en las esquinas una sombra confusa, que comparten los otros y el yo. Los aforismos miran actitudes, esos gestos mínimos que buscan sentir el aire y filtran en su epitelio unos rayos de sol.
   Hablé al comienzo de esta lectura del lenguaje natural de Sihara Nuño y añado aquí el empleo de un humor en voz baja, que no busca la carcajada sino el trazo abierto de la sonrisa. La conciencia es siempre una apertura al asombro y sus efectos secundarios; la enormidad es un vacío dilatado que deja sitio también cuando no hay sitio. Los remansos existenciales suelen contaminarse por la decepción y el rastreo de falsas esperanzas. Sobre el entorno habita una nube de amargura que exige una interpretación trágica de la realidad. Solo se diluye desde la confianza en el papel de las pequeñas cosas y desde el sentido del humor, de cuyos efectos terapéuticos dan cuenta muchos aforismos de Sihara Nuño: “Si tienes halitosis procura al menos no ser infiel”. 
   Organizado en tres tramos, el central, “Clemencia” apuesta por la continuidad en su deambular por lo diverso y en el cultivo de la síntesis en el tejido formal. A veces con un ascetismo que exige la participación activa del pensamiento lector: “La realidad es”, “Pensamientos involuntarios”, “Vuela”, “Levanta el verso”, “Por favor”. Esa delgada línea del género no anula su capacidad para guardar el sentido poético y escuchar el latido de la imaginación: “¿Puedo trepar por la manzana?, susurró el niño”.
   “Enormidad”, el apartado de cierre, explora una veta cognitiva, cuyas coordenadas traza la cita de René Descartes: “Lo poco que he aprendido carece de valor, comparado con lo que ignoro y no desespero en aprender”. Si la existencia es un modo de saber, la actitud vital supone un recorrido por lo contingente en el que toma cuerpo una manera de pensar, una mirada teórica ante las cosas. Hacia su presencia mostramos empatía, rechazo, solidaridad e indiferencia. Esos son los núcleos que configuran la escritura del cierre: “Ante un dilema ético, consultar su marco teórico”, “El investindagador dejó la rutinidad y salió al mundo. Comenzó a nombrarlo y descubrió la Enormidad”. Otros aforismos rebajan el tono con un quiebro irónico: “Catedráticos con los modales del cromañón”, “la capacidad craneal no es indicio de inteligencia”; o enfocan su mirada hacia lo metaliterario, donde la poesía es siempre una presencia activa: “¿En qué momento la información se transforma en conocimiento y el conocimiento en poesía?”.
   Un aforismo recuerda que la instrucción básica que exige el empleo de la sombrilla es que resista. Es una cualidad también aplicable al fragmento. Bajo el paraguas de su argumentación debe acoger los gestos del pensamiento, esos tanteos que exploran asuntos aparentemente triviales. El tacto de las palabras, con su lenguaje claro,  humilde y sosegado, debe descubrir la enormidad que cabe en un átomo, esa materia intacta con la que vamos construyendo el mundo. 

 

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