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sábado, 3 de mayo de 2025

JUAN ANTONIO MORA. LA ALEGRÍA DEL AIRE

La alegría del aire
Juan Antonio Mora
Prólogo de Alberto García-Teresa
Amargord Ediciones
Madrid, 2019


POEMAS ESENCIALES

 
   Hay poesía que hace de la implicación colectiva y el compromiso ético razones de vida. Así creció con la fortaleza de lo necesario la obra de los poetas sociales, cuyo legado perdura en otras etiquetas del presente como la “Poesía de la conciencia”. Son escrituras que buscan, más allá del mero juego lingüístico, una pulsión de avance en la denuncia; que hacen de la palabra una herramienta verbal capaz de movilizar conciencias y de establecer parámetros solidarios.
  A ese grupo de creadores que muestra en la calle la subversión del lenguaje y la contundencia del grito pertenece Juan Antonio Mora (Andújar, 1950) quien ha publicado hasta la fecha casi una decena de poemarios, desde aquel lejano El poeta no duerme (1985)  hasta Paseo por el amor y la muerte (2017). Todos ellos, más cuatro poemas inéditos que sirven como cierre, están representados en la antología La alegría del aire, una compilación precedida por la mirada cordial de Alberto García-Teresa, cuya lucidez crítica aporta esta atinada síntesis del trayecto: “Entiende Juan Antonio Mora al poeta como sublimación de lo sensitivo y de la conciencia. Desde esta concepción, que es vital y esencial para él y que vertebra toda su obra, lanza en sus textos una continua reflexión crítica sobre lo que es la poesía, sobre quién la usurpa y quién la emplea para lo acomodaticio. Pero no se trata de un ejercicio metapoético, autocomplaciente ni gremial, sino que se trata de erigir y mantener una actitud ante y desde la vida y con los demás”. Es difícil acercarse a la poética de Juan Antonio Mora Ruano sin sentir la senda del sujeto verbal como reflejo del yo biográfico. Lo contingente existencial es la principal razón de la escritura. De su cauce de experiencias se nutren los poemas para vincular, con naturalidad y constancia, la brusca irrupción de la realidad en cada verso. Vida y literatura se abrazan, conviven, se fortalecen para dar noticias del yo en la calle. Pero no es un yo solitario y ensimismado sino un sujeto cívico que hace suyas las reivindicaciones de la dignidad y la ética.  Se ha hablado con frecuencia de la prístina pureza del lenguaje que no encarna otro objetivo que la búsqueda de la belleza y la verdad sin ninguna rémora ideológica. Juan Antonio Mora Ruano contradice este axioma para dejar entre las manos, al hilo de Blas de Otero, Bertold Brecht o Ernesto Cardenal, una palabra inmersa en un tiempo histórico, que opta por hacer del mensaje el núcleo dialogal del poema. Por ello, emplea las palabras del hombre de la calle, se desdobla en otro para conocer mejor las razones de su angustia y de su dolor humano, asciende las escalinatas de los poderosos para mirar de cerca el retoricismo laberíntico de sus intereses y sale al sol para compartir el gregarismo de los que nada tienen, salvo su coherencia y su abrazo solidario. Una hermosa poética define la escritura ante el espejo, sin falsos oropeles, sin la hojarasca de los espejismos; se expone en el poema “Escribo: “Escribo con el corazón, / no con el diccionario. / Esto quiero dejarlo / definitivamente / claro”. El tono y los efectos de la voz social añaden otras rutas de necesario recorrido en la poesía de Juan Antonio Mora, que me atrevo a resumir en dos núcleos argumentales básicos: el amor y el tiempo. El amor queda patente desde la dedicatoria inicial: “A Charo, siempre, la alegría –la luz de mi vida y a mi querido hijo Juanfra que desea morir en el parque”. El amor es el campo granado que permite salvar la vida y la alegría; es el paso que borra distancias entre dos soledades y que acepta también la erosión del tránsito, esa pérdida del azul de lo ingenuo para salir al día con la ropa manchada por la decepción, porque “contigo, todo”, la fuerza del sueño y la mágica belleza de la rosa, el afán y el fracaso, la amanecida de quien buscó en la noche el hilo de los sueños. Y el tiempo es el otro punto de conexión entre emociones y pensamientos. da pie en su discurrir a una poesía reflexiva en la que el protagonista verbal formula sus preguntas más íntimas, como se advierte en el poema “Lo confieso”: “Lo confieso con franqueza: / Mi vida está llena de sueños, dudas y tedio. / (Pájaros traviesos anidan en mi corazón oscuro). / Mi vida es una vida sencilla: / trabajo, / leo, / amo y escribo”.  La alegría del aire deja al sol los poemas capitales de un poeta cuya imaginación creadora comparte la intrahistoria personal y el discurrir vitalista y compartido de lo colectivo. Un hombre que escribe para sentir no para hacer sintaxis, que deja en cada verso el ritmo vivo del corazón. 

 

domingo, 12 de enero de 2020

JUAN ANTONIO MORA. LA ALEGRÍA DEL AIRE

La alegría del aire
Juan Antonio Mora Ruano
Prólogo de Alberto García-Teresa
Amargord Ediciones
Madrid, 2019

LA REALIDAD DESNUDA


   Los desajustes de la realidad, como sucediera en la España de postguerra, carcelaria y sombría, exigen una conciencia vigilante que haga del compromiso ético una razón de vida. Así creció, con la fortaleza de lo necesario, la obra de los poetas sociales, cuyo legado perdura en otras etiquetas del presente como “Poesía de la conciencia”. Son caligrafías directas, puñetazos verbales, que buscan, más allá del mero juego lingüístico, el filo abierto de la denuncia, que hacen de la palabra una herramienta  capaz de movilizar conciencias y de establecer parámetros solidarios.
  A ese grupo de creadores que muestran en la calle la subversión y la contundencia del grito pertenece Juan Antonio Mora Ruano (Andújar, 1950) quien ha publicado hasta la fecha casi una decena de poemarios, desde aquel lejano El poeta no duerme (1985)  hasta Paseo por el amor y la muerte (2017). Todos ellos, más cuatro poemas inéditos que sirven como cierre, están representados en la antología La alegría del aire, una compilación precedida por la inteligencia crítica de Alberto García-Teresa, cuya indagación aporta esta atinada síntesis del trayecto: “Entiende Juan Antonio Mora al poeta como sublimación de lo sensitivo y de la conciencia. Desde esta concepción, que es vital y esencial para él y que vertebra toda su obra, lanza en sus textos una continua reflexión crítica sobre lo que es la poesía, sobre quién la usurpa y quién la emplea para lo acomodaticio. Pero no se trata de un ejercicio metapoético, autocomplaciente ni gremial, sino que se trata de erigir y mantener una actitud ante y desde la vida y con los demás”.
  Es difícil acercarse a la poética de Juan Antonio Mora Ruano sin sentir la pulsión del sujeto verbal como reflejo del yo biográfico. Lo contingente existencial es la principal fuente de la escritura. De su cauce de experiencias se nutren los poemas para vincular, con naturalidad y constancia, la brusca irrupción de la realidad desnuda en cada verso. Vida y literatura se abrazan, conviven, se fortalecen para dar noticias del yo en la calle. Pero no es un yo solitario y ensimismado sino un sujeto cívico que hace suyas las reivindicaciones de la dignidad y la ética.
   Se ha hablado con frecuencia de la prístina pureza del lenguaje que no encarna otro objetivo que la búsqueda de la belleza y la verdad sin ninguna rémora ideológica. Juan Antonio Mora Ruano contradice este axioma para dejar entre las manos, al hilo de Blas de Otero, Bertolt Brecht o Ernesto Cardenal, una palabra inmersa en un tiempo histórico, que opta por hacer del mensaje el núcleo dialogal del poema. Por ello emplea las palabras del hombre de la calle, se desdobla en otro para conocer mejor las razones de su angustia y de su dolor humano, asciende las escalinatas de los poderosos para mirar de cerca el retoricismo laberíntico de sus intereses y sale al sol para compartir el gregarismo de los que nada tienen salvo coherencia y abrazo solidario. Una hermosa poética define la escritura ante el espejo, sin falsos oropeles, sin la hojarasca de los espejismos; se expone en el poema “Escribo: “Escribo con el corazón, / no con el diccionario. / Esto quiero dejarlo / definitivamente / claro”. 
   El tono y los efectos de la voz social añaden otras rutas de necesario recorrido en la poesía de Juan Antonio Mora Ruano que me atrevo a resumir en dos núcleos argumentales básicos: el amor y el tiempo. El amor queda patente desde la dedicatoria inicial: “A Charo, siempre, la alegría –la luz de mi vida y a mi querido hijo Juanfra que desea morir en el parque”. El amor es el campo granado que permite salvar la vida y la alegría, es el paso que borra distancias entre dos soledades y que acepta también la erosión del tránsito, esa pérdida del azul de lo ingenuo para salir al día con la ropa manchada por la decepción, porque “contigo, todo”, la fuerza del sueño y la mágica belleza de la rosa, el afán y el fracaso, la amanecida de quien buscó en la noche el hilo de los sueños.
   Y el tiempo es el otro punto de conexión entre emociones y pensamientos. da pie en su discurrir a una poesía reflexiva en la que el protagonista verbal formula sus preguntas más íntimas, como se advierte en el poema “Lo confieso”: “Lo confieso con franqueza: / Mi vida está llena de sueños, dudas y tedio. / (Pájaros traviesos anidan en mi corazón oscuro). / Mi vida es una vida sencilla: / trabajo, / leo, / amo / y escribo”.    
   La alegría del aire deja al sol los pasos capitales de un poeta cuya imaginación creadora comparte la intrahistoria personal y el discurrir vitalista y compartido de lo colectivo. Un hombre que escribe para sentir no para hacer sintaxis, que deja en cada verso el ritmo vivo del corazón.



jueves, 14 de febrero de 2019

RICARDO VIRTANEN. EL FUNAMBULISTA CIEGO

El funambulista ciego
Ricardo Virtanen
Amargord Ediciones
Madrid, 2019



VIAJAR HACIA DENTRO

   Muy pocos meses después de conseguir el Premio José Luis Hidalgo de Poesía, Ricardo Virtanen sigue diversificando trayecto creador para alojar sus aforismos iniciales, fechados entre 2001 y 2005, en El funambulista ciego. Es un dato de interés  porque convierte al profesor y músico madrileño en uno de los practicantes pioneros de la intensa crecida aforística contemporánea, en la que ha dejado las entregas Pompas y circunstancias (2008), y Laberinto de efectos (2014), libros a los que no tardará en sumarse el volumen Bazar de esquirlas. 
   Luis Martínez de Velasco, pensador y ensayista, firma un prólogo donde emprenden vuelo algunas consideraciones que recuerdo aquí. Sistematiza el quehacer fragmentario de Virtanen en la orilla del esqueje verbal filosófico, en los entrelazados de un sistema de pensamiento que nunca se aleja del quehacer existencial y sus contingencias. El sujeto se ubica ante el espejo del lenguaje para acometer un denso proceso introspectivo. Viaja hacia dentro. De ese percibirse interior emerge un impulso que pretende captar los estratos aleatorios de la conciencia. Su conocimiento no siempre suma; cosecha espejismos y autoengaños, y otras veces deja en la voz que enuncia un estado de desencanto y desolación; la vida es una invitación a la incertidumbre.
  No sorprende, por tanto, que Ricardo Virtanen emprenda senda con una cita de G. C. Lichtenberg: “Y, sin embargo, el hombre es lo que piensa y no lo que dice”; con ese norte arranca su particular metafísica de los sentidos, sin otra pretensión que mantener un paso de humildad y coherencia, que confunda sus ecos con la pisada inadvertida del hombre de la calle: “Hay pocas vidas interesantes. La mía no es una excepción”; “No hay mucho que decir. Pero digámoslo”, “Mi biografía está escrita. No hace falta más que vivirla”.
   Sin un orden prefijado, los aforismos crecen por acumulación, como si ensancharan límites de un espacio mudable en el que se cobijan las luces y sombras de la conciencia. En ellas, el tiempo se convierte en enigma abierto en el que la identidad del sujeto se diluye. Es esplendor y nada, porque el trayecto vital va erosionando la existencia, en un inadvertido presente continuo.
  Una y otra vez el pensamiento regresa a las grietas conocidas, abre puertas, deambula, moldea las claves de una realidad fungible que alcanza en la muerte cumplimiento y destino: “Al pensar en la muerte se me nubla la vista”, “Me siento rodeado de muerte. Soy apenas isla”, “Mi muerte está escrita con residuos de mi conciencia”. De esa sensibilidad en vela nacen los estados de vigilia.  Muestra en la aurora una difusa sombra de esperanza en la que lo diario adquiere sentido, como lejanos astros que marcan en el cielo su estar solo, el largo itinerario desde el sueño a la realidad.
  El carácter orgánico del libro construye vértices argumentales de diversa extensión, aunque nunca con moldes cerrados. Resulta así una entrega en capítulos, que aglutina desacuerdos y paradigmas, experiencias vitales y paradojas: “Para creer en algo debemos tener la razón desactivada”, “En el sentimiento de culpa hay cierto ánimo de venganza contra uno mismo”, “Que el hombre sea la medida de todas las cosas no es un asunto del todo tranquilizador para las especies”, “Todo lo que ocupa un espacio no es pensamiento”,“Una certeza siempre se contempla desde la duda razonable. Por lo que ya no es tal certeza”.
   El apartado “Ars  Artis” traza circunvoluciones en torno a la perspectiva teórica de “El arte por el arte” que tanta controversia animó en los idearios estéticos del pasado siglo”; Virtanen se aleja de los postulados teóricos para dejar precisos trazos en torno al utilitarismo, la belleza, el papel del creador y la vigencia de las cualidades artísticas, con un evidente espíritu racionalista que observa los parámetros artísticos como actividades esenciales del ser. Como Nietzsche, admite que no existen hechos sino interpretaciones y por tanto descree de los dogmas siempre superados por el devenir. Casi complementario a esta indagación resulta el apartado “La linterna del creador” que alude a gestos, actitudes, cualidades y ese empeño en aceptar, borrar, reescribir la página en pos de airear la esencia creadora que oculta una poética.
 Como grato homenaje a los predecesores, la coda aforística “El talón  del sastre” aglutina una paleta de pinceladas literarias. En ellas aglutina humor, conocimiento biográfico, afán didáctico y ese fulgor de los momentos álgidos del trayecto creador. Así da vida a un teatrillo de sombras en el que se mueven las sombras del libro que el tiempo no ha oscurecido, que dan solidez a “la idea en el  hecho” mostrando vínculos estéticos y la perseverancia de las palabras: “Pedro Salinas se pensó futurista y acabó enamorado”, “No deja de sorprenderme nunca ese clasicismo vestido de vanguardia tan celebrado por Gerardo Diego”, “A Cernuda le espantaban los espejos de la conciencia”, “Borges pasó demasiado rápido de las metáforas inusuales al adjetivo apocalíptico”.
  En un breve lapso temporal de poca más de una década el aforismo ha multiplicado títulos y enfoques. Se ha cimentado el género con una codificación esencial que exige al decir breve síntesis, claridad, transparencia y sentido, más allá de lo obvio. Enlaza poesía y pensamiento y en su leve apariencia encierra la capacidad de asombro. Así se manifiesta en los repechos argumentales de El funambulista ciego. Ricardo Virtanen construye una reflexión reposada, que aborda los merodeos del pensamiento en torno al tiempo, y al proceso de despojamiento que nos hace dueños de una habitación casi vacía, una memoria en la que no faltan los territorios perdidos, la sensación de que cualquier paso es provisional, como esas luces y sombras de la conciencia que parecen sombras chinescas; el aleatorio resplandor de una vela que busca en el pensamiento un poco de luz.

JOSÉ LUIS MORANTE   

Revista digital elaforista.com




lunes, 11 de junio de 2018

AFORISMOS SUELTOS

Ella, delante
Archivo general de Internet



AFORISMOS SUELTOS


Buscamos en la lejanía causas
  que suelen estar muy cerca, en nosotros mismos.                                                                                                                                                                                                            LICHTENBERG


El pesimista es tan clarividente que anticipa el fracaso


Cada trayecto se refugia en la lectura minuciosa de un viejo periódico. Disimula su capacidad de observación. Conoce la fisonomía de todos los fantasmas que viajan en los vagones vacíos.


Su idoneidad como corrector quedó demostrada cuando encontró varias faltas de ortografía en un poema de Juan Ramón Jiménez.


Las ideas ajenas sobre la conciencia de un sujeto dependen mucho de las  palabras; la opinión del yo sobre sí mismo depende de los hechos y del triste oficio de la ocultación.


Utiliza argumentos que recuerdan carnavales de pólvora.

  
En el trasfondo del azar dormita un orden secreto, una simetría que pauta planteamiento, nudo y desenlace.


La autobiografía convierte a otro en protagonista.

(Del cuaderno Sueltos, Amargord, Madrid, 2008)






lunes, 25 de mayo de 2015

MARISOL HUERTA NIEMBRO. POEMAS EN DIRECTO


Poemas en directo
Marisol Huerta Niembro
Prólogo de Álvaro Muñoz Robledano
Diseño de cubierta: Juan Carlos Mestre
Amargord ediciones, Madrid, 2015
 
CALIGRAFÍAS

   Docente en ejercicio con firme vocación y larga experiencia profesional y formada como escritora en los talleres creativos de Jesús Urceloy, la asturiana Marisol Huerta Niembro ha ido sembrando pasos líricos en revistas y foros digitales y cuenta en su bibliografía con las plaquettes Ellas y Las hojas junto al poemario Puedo empezar así (Renacimiento, 2010), entregas en las que ya germina la caligrafía singular de una escritura que ahora se fortalece con el XXVI Premio de Poesía Ciudad de Cáceres, Patrimonio de la Humanidad, concedido a Poemas en directo.
  La voz cordial de Álvaro Muñoz Robledano abre la puerta con el liminar “Lesa tradición”, una cálida conversación  que invita a hacer de la razón del poema una pared para no percibir las grietas de estos días grises en los que la inquietud y el decaimiento forman el coro de un acontecer desnortado. Así define en su introducción el aporte verbal de Marisol Huerta Niembro: “Cada uno de estos textos es pregunta y protesta: por qué las palabras significan, y por qué su significado es el bastón de mando retorcido entre las manos del poderoso. El dolor, el erotismo, el amor, la indignación, son el presente de este libro; son perseguidor y perseguido. Son la cadencia más cercana a la música que he musitado en mucho tiempo”.
  Como un mensaje oral que nos convierte en confidentes, el aserto “Poemas en directo” refuerza el son intimista y conversacional del lenguaje. La autora  llena sus labios de vocablos que definen la piel diaria de lo cotidiano, aunque su incansable fluir no proporcione brújulas ni mapas salvadores.
  Prevalece la sensación de intemperie que obliga a cada identidad a buscar un refugio, ese camino interior en el que regresamos hacia las últimas preguntas, cuando los ojos del estar se van llenando de contingencias. Son las conocidas sensaciones de lo transitorio, que parecen discurrir ajenas a nuestra voluntad anque humedezcan el ahora con su lluvia de efectos secundarios. Nos queda la palabra, ese verso gastado que busca explicaciones con el tono didáctico de quien tiene una tiza entre los dedos: “Pueden hacerse piedras las palabras / y dejarnos pasar al otro lado, / atravesar el río, -que es lo que importa- cuando leemos. / Son piedras las palabras, cruzan el río, / llegan al otro margen, -que es lo que importa- / y nos sirven de apoyo para que cada uno / encuentre lo que busca “.
   El entorno y sus bifurcaciones dan pie a brotes argumentales que crean una notable  connivencia con el lector; al cabo, las ventanas dejan sitio a secuencias vivenciales capturadas al vuelo o a reflexiones sobre la marea urbana de lo laborable. Cercano y tangible, el sujeto verbal de Marisol Huerta Niembro comparte bienes gananciales con el yo biográfico, se mira en sus espejos y gesticula con el mismo ceño ante las asimetrías de la realidad. Pero siempre cultiva el propósito ingenuo de regar la esperanza, de hacer de su voz un eco solidario para que el reloj siga su curso y marque puntual un alba con sonrisa. 

viernes, 2 de enero de 2015

NATALIA LITVINOVA. GRIETA

Grieta
Natalia Litvinova
Prólogo de Juan Carlos Mestre
Amargord Ediciones, Madrid, 2014
EN LAS CORNISAS
 
  En el transcurrir literario de Natalia Litvinova (Gómel, Bielorrusia, 1986) conviven dos  compromisos complementarios: la traducción al castellano de poetas rusos – desde los diez años la escritora reside en Argentina- y una dedicación sostenida a la lírica que ahora se enriquece con el libro Grieta, que ve la luz en el sello madrileño de Amargord. La entrega cuenta con un breve umbral de Juan Carlos Mestre, un texto pleno de simbolismo onírico, muy alejado del renglón didáctico y del análisis crítico del prologuista habitual.
   Esta salida aglutina, junto a los poemas que estructuran el libro, dos series ya editadas: “Cartas de la locura”, apartado de cuatro composiciones con desarrollo orgánico que celebra el amor y la ausencia, y “Balbuceo de la noche” una plaquette ya traducida al francés sobre la soledad y la extrañeza.
   Grieta se abre con una sugerente cita de Athos Dimulá: “Es también la realidad una grieta en el sueño”. El paratexto puede servir también de indicio estético sobre la mirada escritural de Natalia Litvinova: existimos en la indefinición, en ese territorio ambiguo y neutral que se expande entre  vigilia y sueño, en una incertidumbre que hace de la razón temporal inquieta espera; un acto de conciencia y voluntad.
   Las palabras nombran el devenir, postulan una cronología que acoge el tránsito de lo cotidiano, una herida abierta en la que siempre está presente la pérdida y la erosión, ese renacer continuo de la herida y la cicatriz. Así lo manifiesta el poema “Una sonrisa sin dolor”: “Aquel día tropecé en el bosque. / Las flores me abrieron heridas. / Mis manos parecían tulipanes rojos. / Entonces comprendí. / No pertenezco al mundo sino a la caída /… ”.
   El acontecer y su pleno sentido en el ser del hablante lírico es el núcleo temático central del poemario. De él se van formulando con silenciosa precisión las preguntas claves, la necesidad de frenar el tiempo,  el viaje y los regresos, la necesidad del amor y el hospitalario cobijo de los sentimientos, o la razón de vuelo de las palabras: “Si el silencio  cambia / de idioma todos los días, / y hablar  es entregarse / a la victoria y la pobreza / con el mismo gesto. / ¿Por qué palabras? /  ¿Y para qué la boca?”.
   Breves e indagatorios, los poemas de Grieta recorren un largo viaje introspectivo que concilia pensamiento y sentir, buscan “cornisas donde caminar al borde del abismo”, establecen relaciones con el entorno en el que se mueve el sujeto poético y dejan constancia del fugaz desembarco de las sensaciones. Palabras repletas de belleza sobre la indecisa caligrafía del tiempo, esos hilos de luz que se van desgajando entre las sombras.