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lunes, 27 de abril de 2026

EL BIÓGRAFO DE BORGES

Poesía completa
Jorge Luis Borges
Editorial Alfaguara
Madrid, 2026

 

El biógrafo de Borges

 

   Con monolítico afán, labró durante una década una biografía de Jorge Luis Borges. Se encerró en la buhardilla, ahuyentó compromisos, propició un divorcio, y consultó la incontinencia escrita sobre el autor: ensayos, cuentos, poemarios, reseñas, tesis, reescrituras y panegíricos circunstanciales. Tras la enésima corrección de pruebas, se editó la obra. En las librerías aquella novedad tuvo una presencia discreta y su autor nunca más hurgó entre las trabajosas páginas de aquel libro. Nadie percibió la única errata, una azarosa paradoja. En el paréntesis vital confundió fechas. Anticipó la muerte en Ginebra ochenta y siete años antes del nacimiento en Buenos Aires. Un lapsus ligero que hubiera entusiasmado al mismo Borges.

(Del libro Fuera de guion, Lastura, 2024)





 

jueves, 8 de enero de 2026

JUAN ANTONIO MORA RUANO. DIOSES EFÍMEROS


 
Dioses efímeros
Juan Antonio Mora Ruano
Prólogo de Guillermo Fernández Rojano
Editorial Corona del Sur
Málaga, 2025

 

UN ÁRBOL DE VOCES 


   Guillermo Fernández Rojano (Jaén, 1957), Doctor en Filología por la Universidad de Jaén, profesor universitario, profundo estudioso del legado poético de José Viñals e impulsor de una travesía creadora que tiene su primera entrega en 1981, tras el viaje crepuscular del ideario novísimo, hace de la materia verbal una cala meditativa sobre la ontología del sujeto, desde un enfoque crítico, nihilista, y ajeno a cualquier conformismo burgués. El reconocido poeta andaluz es el encargado de escribir la introducción del poemario Dioses efímeros de Juan Antonio Mora (Andújar, Jaén, 1950), que cuenta en su presentación formal con la ilustración de cubierta e interiores de Rafael Toribio.
   La apertura de Guillermo Fernández Rojano advierte, de inmediato, de las mareas interiores que alientan la pulsión literaria de Juan Antonio Mora: la denuncia constante de un sistema económico y político desapacible, que solo genera riqueza y prosperidad en unos pocos a partir de la explotación de la mayoría y de la esquilmación sistemática del entorno natural y el patrimonio de sus recursos, y la necesidad de no ceder al derrumbe ético y hacer de la poesía resistencia, una forma de ser y de salir al día. Son dos motivos básicos que, con los habituales matices expansivos, han fortalecido una suma de entregas profundamente emocional y cercana. El poeta de Andújar singulariza una manera de habitar el poema que el poeta, ensayista y crítico Alberto García Teresa ha denominado, con precisa argumentación: “Poética de la claridad”. En este poner sobre la mesa las cosas claras colabora un suelo argumental que reitera componentes: la ciudad, las relaciones personales, el amor, las hendiduras de la memoria, la denuncia crítica ante los desajustes sociales y el desasosiego existencial.  Frente a esos dioses efímeros que se ofrecen como tablas de salvación en el naufragio, y siembran falsas esperanzas, desde la religión, la riqueza, o el consumo, la poética de Juan Antonio Mora se hace lumbre revolucionaria; los poemas convierten al sujeto verbal en un árbol de voces contra la injusticia que no se resigna al silencio; que participa en esa senda del nosotros. Vivir es trasiego diario en vigilia y búsqueda de un horizonte de esperanza.
  Como en libros anteriores, y de modo especial en las entregas El corazón del mundo (2023), Los sitios del dolor (2024), La ciudad y yo (2024) y El delirio de la palabra (2025), el poeta concede una gran importancia al pensamiento de los demás. Y emplea como estelas pensativas citas de abundantes autores del canon: Pascal, Pasolini, Tomás de Aquino, Agustín de Hipona, Francisco Umbral o de escritores cercanos a su entorno afectivo como Jorge Riechmann, Juan Carlos Mestre y Ricardo Virtanen, quien aporta un buen puñado de aforismos.
   Desde la necesaria orilla de lo emocional, tan evidente en la dedicatoria: “A Charo siempre y a mi hijo adorado”, con la estrategia expresiva del poema conciso, y con clara tendencia al decir lacónico del aforismo, la voz de Juan Antonio Mora escribe como composición de entrada “primer esbozo” (Canto inútil)”, el personal homenaje del poeta a las víctimas de la dana; los versos iluminan los claroscuros de tragedia  y muestran el dolor que intensifica la impotencia. Solo ante esa estela de delirio que busca esperanzas en la nada, las palabras muestran las obsesiones de la escritura para desplegar interpretaciones sobre la existencia, porque para el autor, los verdaderos poetas son aquellos que no les incomoda la verdad, cuando sufren la inestabilidad frágil de la vida; las dimensiones de un entorno que rebosa incertidumbre y arrincona a los pobres con una bochornosa especulación incesante.
   Queda el amor como un sueño revolucionario que da fuerza y compañía. Que da sentido a la  actitud indagatoria del sujeto que recorre un sendero de reflexión y utopía. El enamorado, convertido en observador y testigo del discurrir existencial, hace de la amada una fuente de luz, un símbolo de justicia, libertad y sueños en vuelo. El conjunto de poemas de Dioses efímeros, en su desnudez, comparte una sencilla cimentación formal. Afronta desde la soledad un nítido esfuerzo personal por hacer de la confidencia subjetiva una superación de carencias y una reflexión humanista. Quedan las incisiones de un horizonte verbal, ajeno a cualquier molde marcado por un ideario estético de rehumanización y compromiso.
   Juan Antonio Mora en la fertilidad incansable de su madurez literaria, redobla en los poemas de Dioses efímeros su confianza en la palabra como refugio del superviviente. Nunca se doblega a la triste respuesta del silencio. Cruza de nuevo el puente entre escritura y vida para fortalecer la cercanía del sujeto literario y su cálida fraternidad.. Nos queda el todavía, ese camino donde busca regreso la esperanza.

JOSÉ LUIS MORANTE





miércoles, 6 de noviembre de 2024

JUAN ANTONIO MORA RUANO. LA CIUDAD Y YO

La ciudad y yo
Juan Antonio Mora Ruano
Prólogo de José Luis Morante
Editorial Corona del Sur
Málaga, 2024

 

VENTANAS CIEGAS

   
   Desde hace años, siempre que me acerco al sentir poético de Juan Antonio Mora (Andújar, Jaén, 1950) percibo sensaciones sólidas y tangibles. La escritura se hace vigilia y búsqueda. Quiere entender los amagos de una realidad desapacible, empeñada en ubicar a quien descubre las ventanas ciegas de la incertidumbre en una travesía azarosa que exige continuas miradas interiores. A la sombra de estas indagaciones ha ido naciendo toda su poesía de madurez. Un ciclo que argumenta una sencilla cimentación formal y un nítido esfuerzo personal por hacer de la confidencia subjetiva una superación de carencias y una reflexión humanista. Quedan en manos del lector los síntomas de un paisaje verbal, ajeno a cualquier vestimenta retórica; los renglones marcados de un ideario estético de rehumanización y compromiso, de oposición frontal a cualquier apariencia literaria, disfrazada de oportunismo y grandilocuencia.
   Tras el intervalo gris de la pandemia, que nos condenó a todos a un estar solitario, fueron secuenciándose los títulos Nubes (2021), La silla vacía (2022), Las flores me llaman (2022), Las ruinas del cielo (2023), El corazón del mundo (2023) y Los sitios del dolor (2024). Un despliegue poético donde se asume la condición de autor, al modo de Fernando Pessoa, como una manera de estar solo. Desde una postura intimista, con tono estremecido, se comparte la verdad humana de la conciencia; el complejo entramado de recuerdos, presencias y lugares. Mientras se despliega el mapa de la memoria, pasado y presente son esferas de reflexión, espacios donde anidan la raíz y savia del discurrir existencial. Lo vivido respira y conforma en el poema una autobiografía ficcional en la frontera de la privacidad. En esta representación simbólica, quien nos habla nunca deja de poner la realidad bajo sospecha. Desde el rumor sosegado de la razón, escucha las voces dispersas de emociones y pensamientos, y abre ángulos claros para que no se duerman en manos del silencio o del olvido, porque las vivencias cotidianas son pilares de conocimiento y revelación. La metafísica del ser encierra en su fluir los temas orbitales y las preocupaciones latentes del pensamiento libre.
  Los escuetos poemas de La ciudad y yo establecen un binomio en el que dialogan el afuera cercano y el sujeto literario que recorre las arterias urbanas, mientras el tiempo se desliza hacia el ocaso. Como es norma en el hecho creador de Juan Antonio Mora, hay un colmado abanico de citas iniciales que acerca fragmentos de Saint-John Perse, Nietzsche, Cioran, Juan Carlos Mestre, José Luis Morante, Eugenio Castro y Guadalupe Grande. Su diversidad encierra una filosofía de urgencia, una sugerente propuesta de establecer razones fronterizas entre el yo solitario y las mudanzas del entorno.
  También la dedicatoria, concisa y esencial, “A Charo”, compañera de vida en el plano laberíntico del discurrir, deja claro la relevancia que tiene lo emotivo en el discurso poético. El amor es necesidad. Un camino de acceso a la senda vital que reivindica la fidelidad a la esperanza, ahora que cada vez se hace más notorio el vuelo frágil de cualquier utopía redentora. La idea se plasma también entre los versos con luz que señalan el principio de la relación: “Tu amor loco / fue un milagro. / Yo, un forastero / que venía del olvido / y el espanto”. Mientras leía el poema y escuchaba su ritmo melódico, recordé las palabras sabias de José Mujica, dirigente político irrepetible y humanista ejemplar: “Luchen por el amor. Caminen acompañados. Nadie se salva solo”. Pleno acuerdo; en el tablero de ajedrez de la convivencia, el amor es protagonista esencial de los momentos imborrables, el faro que ilumina y libera de oscuras obsesiones.
   La ciudad, como escenario del poema, tiene el misterio de la extrañeza. Es un ámbito helado y desapacible que alza sus dimensiones frente a la figura minúscula del yo. Parece un organismo vivo, un  material de interrogantes que obliga a buscar respuestas en cada esquina. El paseante está condenado a la intemperie, afronta un recorrido de indagación y desprendimiento en el que se siente fuera de lugar. Desubicado en el deambular de lo gregario, parece que los pasos no llevan a ninguna parte; solo abren puertas al vacío y la nada. Solo la escritura es regreso. La poesía se hace luz y permite un aislamiento interior, convertido en refugio y amparo, que muestra la historia cotidiana del sujeto lírico, sus aspiraciones y sueños.
   Madrid concreta la imagen de esta ciudad deshabitada y áspera por sus disonancias entre centro y periferia, barrios ricos y barrios pobres y por la prepotencia de un poder político cuyas actuaciones neoliberales lastiman,  encogen la presencia de lo público y encaminan programas gubernamentales hacia la fingida modernidad de un urbanismo totalitario.
  La ciudad emana tristeza y aturde. En el caos inhabitable suena la voz estremecida del poeta que apenas se sosiega en la alta noche. En sus tímpanos resuenan los gritos agónicos de Gaza, la impotencia ante la barbarie que impulsa la masacre, y el dolor desgarrado de un yo que se siente “tejido subterráneo”, el mendigo que perdió la inocencia y no tiene donde cobijar su desamparo. Solo el yo más íntimo de quien guarda el recuerdo de la madre resiste en pie, anima la voluntad de andar y mantiene hilos de luz entre la niebla.
   Mecida por el cauce transparente de la coherencia, la poesía de Juan Antonio Mora muestra de manera radical una unidad indisoluble entre travesía existencial y lenguaje. A surco abierto, siembra una palabra esclarecida e iluminadora, para que consiga su eficacia expresiva y sea capaz de capturar la emoción: “No soy un poeta / oscuro. / Escribo por necesidad. / (Mi estilo es la claridad).” Sin adornos formales ni distorsiones librescas, los versos revelan el puro vivir, Una brisa de desengaño asentada en el suelo del presente. El intimismo incierto de quien sufre y hace del dolor un apunte mínimo, una pena contenida donde se alojan los límites del vuelo.

JOSÉ LUIS MORANTE


 

 

domingo, 12 de enero de 2020

JUAN ANTONIO MORA. LA ALEGRÍA DEL AIRE

La alegría del aire
Juan Antonio Mora Ruano
Prólogo de Alberto García-Teresa
Amargord Ediciones
Madrid, 2019

LA REALIDAD DESNUDA


   Los desajustes de la realidad, como sucediera en la España de postguerra, carcelaria y sombría, exigen una conciencia vigilante que haga del compromiso ético una razón de vida. Así creció, con la fortaleza de lo necesario, la obra de los poetas sociales, cuyo legado perdura en otras etiquetas del presente como “Poesía de la conciencia”. Son caligrafías directas, puñetazos verbales, que buscan, más allá del mero juego lingüístico, el filo abierto de la denuncia, que hacen de la palabra una herramienta  capaz de movilizar conciencias y de establecer parámetros solidarios.
  A ese grupo de creadores que muestran en la calle la subversión y la contundencia del grito pertenece Juan Antonio Mora Ruano (Andújar, 1950) quien ha publicado hasta la fecha casi una decena de poemarios, desde aquel lejano El poeta no duerme (1985)  hasta Paseo por el amor y la muerte (2017). Todos ellos, más cuatro poemas inéditos que sirven como cierre, están representados en la antología La alegría del aire, una compilación precedida por la inteligencia crítica de Alberto García-Teresa, cuya indagación aporta esta atinada síntesis del trayecto: “Entiende Juan Antonio Mora al poeta como sublimación de lo sensitivo y de la conciencia. Desde esta concepción, que es vital y esencial para él y que vertebra toda su obra, lanza en sus textos una continua reflexión crítica sobre lo que es la poesía, sobre quién la usurpa y quién la emplea para lo acomodaticio. Pero no se trata de un ejercicio metapoético, autocomplaciente ni gremial, sino que se trata de erigir y mantener una actitud ante y desde la vida y con los demás”.
  Es difícil acercarse a la poética de Juan Antonio Mora Ruano sin sentir la pulsión del sujeto verbal como reflejo del yo biográfico. Lo contingente existencial es la principal fuente de la escritura. De su cauce de experiencias se nutren los poemas para vincular, con naturalidad y constancia, la brusca irrupción de la realidad desnuda en cada verso. Vida y literatura se abrazan, conviven, se fortalecen para dar noticias del yo en la calle. Pero no es un yo solitario y ensimismado sino un sujeto cívico que hace suyas las reivindicaciones de la dignidad y la ética.
   Se ha hablado con frecuencia de la prístina pureza del lenguaje que no encarna otro objetivo que la búsqueda de la belleza y la verdad sin ninguna rémora ideológica. Juan Antonio Mora Ruano contradice este axioma para dejar entre las manos, al hilo de Blas de Otero, Bertolt Brecht o Ernesto Cardenal, una palabra inmersa en un tiempo histórico, que opta por hacer del mensaje el núcleo dialogal del poema. Por ello emplea las palabras del hombre de la calle, se desdobla en otro para conocer mejor las razones de su angustia y de su dolor humano, asciende las escalinatas de los poderosos para mirar de cerca el retoricismo laberíntico de sus intereses y sale al sol para compartir el gregarismo de los que nada tienen salvo coherencia y abrazo solidario. Una hermosa poética define la escritura ante el espejo, sin falsos oropeles, sin la hojarasca de los espejismos; se expone en el poema “Escribo: “Escribo con el corazón, / no con el diccionario. / Esto quiero dejarlo / definitivamente / claro”. 
   El tono y los efectos de la voz social añaden otras rutas de necesario recorrido en la poesía de Juan Antonio Mora Ruano que me atrevo a resumir en dos núcleos argumentales básicos: el amor y el tiempo. El amor queda patente desde la dedicatoria inicial: “A Charo, siempre, la alegría –la luz de mi vida y a mi querido hijo Juanfra que desea morir en el parque”. El amor es el campo granado que permite salvar la vida y la alegría, es el paso que borra distancias entre dos soledades y que acepta también la erosión del tránsito, esa pérdida del azul de lo ingenuo para salir al día con la ropa manchada por la decepción, porque “contigo, todo”, la fuerza del sueño y la mágica belleza de la rosa, el afán y el fracaso, la amanecida de quien buscó en la noche el hilo de los sueños.
   Y el tiempo es el otro punto de conexión entre emociones y pensamientos. da pie en su discurrir a una poesía reflexiva en la que el protagonista verbal formula sus preguntas más íntimas, como se advierte en el poema “Lo confieso”: “Lo confieso con franqueza: / Mi vida está llena de sueños, dudas y tedio. / (Pájaros traviesos anidan en mi corazón oscuro). / Mi vida es una vida sencilla: / trabajo, / leo, / amo / y escribo”.    
   La alegría del aire deja al sol los pasos capitales de un poeta cuya imaginación creadora comparte la intrahistoria personal y el discurrir vitalista y compartido de lo colectivo. Un hombre que escribe para sentir no para hacer sintaxis, que deja en cada verso el ritmo vivo del corazón.