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lunes, 6 de julio de 2026

DAVID UCLÉS. LA CIUDAD DE LAS LUCES MUERTAS.

La ciudad de las luces muertas
David Uclés
Premio Nadal de Novela 2026
Ediciones Destino
Colección Áncora y Delfín
Barcelona, 2026 

 

OSCURIDAD


   La reciente propuesta ficcional de David Uclés (Almería, 1978) La ciudad de las luces muertas, tras el irrepetible terremoto literario que supuso su entrega La península de las casas vacías, en 2024, llega avalada por el Premio Nadal de Novela y una contradictoria acogida de lectores y crítica.
   El libro es, ante cualquier otra cosa, un relato coral que sirve de homenaje atemporal a Barcelona y convoca, en su caminar narrativo, a un completo inventario de personajes relacionados con la cartografía urbana de la ciudad. Incluso el paratexto de las citas iniciales es también una deuda afectiva con la emblemática urbe, en la que participan Carmen Laforet, Mercè Rodoreda y Montserrat Roig. También el prólogo, que tiene como figura central a Carlos Ruiz Zafón en el intervalo crepuscular de su despedida entre los rascacielos neoyorkinos, sirve de excusa para ubicar un visión insólita: la llegada en barco de la catedral de la Sagrada Familia de Barcelona, la obra arquitectónica de Antoni Gaudí, por fin concluida que, de forma extraordinaria, se despega de su emplazamiento convencional para huir de una contingencia inexplicable. Ha desaparecido la luz y en esa densa negrura envolvente, el discurrir en cada rincón parece imitar la silenciosa paz de un cementerio. Las construcciones respiran, vacías y desoladas, como si todos sus habitantes se hubieran acogido a una extraña ausencia inexplicable.
   Los capítulos rescatan presencias literarias conocidas, cuyo encuadre crea un clima de complicidad con el lector. Así sucede al comienzo de la novela cuando, en la grisura de 1941 en una Barcelona desangelada y ruinosa que muestra con estrépito las heridas de la guerra civil, emerge la juventud inquieta de Carmen Laforet. Una misteriosa invitación, que llega a las manos de la futura escritora de forma casual, le hace partícipe de unos pintorescos juegos florales que reivindican al amparo de la noche la celebración del catalán y la poesía. El escenario tiene mucho de propuesta teatral, por donde deambulan actores, artistas y músicos, como Paul Casals.    
   Al regreso, el laberinto urbano acoge otras identidades como Julio Cortázar, trasmutado en fotógrafo, cuyos recuerdos depuran la pretensión de buscar los pasos de la Maga en el callejero barcelonés. La libertad imaginativa dibuja un plano misterioso e irreal, cuyo tejido se trastoca de continuo. Monopolizan los enclaves reconocidos figurantes: Mario Vargas Llosa, Carlos Fuentes, Jaime Gil de Biedma y Simone Weil. Son nombres que postulan un yo narrativo enriquecido por incontables referentes culturales.
  Aunque el estilo de David Uclés es mucho menos exuberante que en su libro anterior, no pasa inadvertido el propósito de buscar un lenguaje más despojado y comunicativo que explora también algunos recursos formales como el texto manuscrito o páginas negras en las que se personifica el apagón y la textura de un tiempo que siembra oscuridad en cada rincón y trastoca la sucesión lineal de la cronología. El complejo estar se debe a una contingencia ilógica que desconcierta al mismísimo Pablo Picasso, visitando una librería que contiene ediciones del futuro.
   En este estado de oscuridad perpetua, la ciudad asume un desconcierto de tiempos y ambientes. Es un lugar inquietante con textura onírica, cuya naturaleza nadie acierta a comprender. Se genera una compleja situación política que siembra el caos cívico. Épocas, acontecimientos y personajes, solapados de continuo, crean una atmósfera de imaginación y fantasía que convierte las calles y plazas en escenarios imposibles y caóticos. La paz social finiquita, como si sobrevolara sobre cualquier existencia un cataclismo inabordable. Aquel mínimo deseo de la joven Carmen Laforet -el personaje vertebrador del relato- de aspirar a ver la Sagrada Familia con luz perenne, más allá de cualquier oscuridad, ha generado una densa sombra sobre lo diario, a la que se buscan explicaciones ideológicas y beligerantes.
   Uclés afirma el hilo narrativo con apariciones instantáneas de nombres propios ligados a la ciudad, que alguna vez fueron activos protagonistas del arte, la cultura o la vida social. Esa riqueza nominal de personajes genera asociaciones insólitas y añade a la lectura distintos planos de comprensión y significados simbólicos, no exentos en ocasiones de una persistente gratuidad en la ramificación argumental. El caudal digresivo genera desconcierto y rompe el ritmo lector, hace que la lectura no encuentre un ritmo pausado, esa maravillosa cualidad de otras novelas que hicieron de Barcelona un escenario inolvidable como las de Eduardo Mendoza y Juan Marsé, tan distintos, tan sólidos, tan dispuestos a crear sensaciones de añoranza y nostalgia ante el experimentalismo desbordado de David Uclés.

José Luis Morante



 
 
   

jueves, 4 de enero de 2024

MIGUEL DELIBES. LAS RATAS

Miguel Delibes (Valladolid, 1920-2010)

 

                   HOJA ROJA PARA MIGUEL DELIBES

 

Las ratas, Miguel Delibes, Destino Libros, 1986

 
   Hace décadas, aunque parece otro tiempo por la celeridad obtusa del presente, los hombres castellanos eran secos y adustos, vivían en contacto directo con el campo, trabajaban de sol a sol y silenciaban su melancolía liando tabaco picado que aliñaban en papel de fumar. Aquel papel completaba un librito cuya última hoja de color rojo  anunciaba el final. Un día la hoja le salió a Miguel Delibes (Valladolid, 1920-2010), un escritor que ocupó con su obra y con su insobornable coherencia ética un lugar central en la cultura española del pasado siglo. Su muerte, tras una enfermedad que lo apartó de la escena pública, generó un abrumador testimonio de afecto al que ahora me sumo regresando a las páginas de Las ratas (1962), uno de los libros que más mes impactó en su primera lectura.
   Las ratas es el retrato más humilde de Castilla en los años cincuenta, cuando el país vivía en una autarquía rural hecha de adobe, yuntas y principios fundamentales del Movimiento Nacional del régimen franquista. El autor comentaba así su argumento: “Un día, caminando por tierras segovianas, sorprendí a un hombre que cazaba ratas en un arroyo para vendérselas a sus convecinos para su sustento. Este hombre me pareció un símbolo de la Castilla de entonces y lo erigí en protagonista de mi novela (…) colocando a su lado a un niño sabio y generoso, el Nini, que bien pudiera representar el espíritu de Castilla, rico y esperanzado, en dramático contraste con su miseria material”. Es una lectura ética, simbólica, que habla de la conquista de la dignidad en el cieno; de los afectos y de la comunión entre el hombre y la naturaleza, asuntos que hoy parecen extraños, disonantes, ajenos a nuestra forma de vida.
   Y sin embargo, la novela cautiva por que los personajes tienen una fuerza de identidad que no pierde el perfil, ni siquiera, en el humo contaminado del presente. El ratero sobrevive explorando ciénagas y ruinas para buscar el sustento y el niño parece tener la ciencia infusa; su estudio es la observación minuciosa de los ciclos naturales, y esta atención alerta le permite conocer los hielos y las lluvias, la floración de las plantas y los comportamientos de los animales. Son dos figurantes que no necesitan sociedad, que parecen sobrar en el entorno de la dictadura. Son dos supervivientes que aportan el dramático contraste entre pobreza y riqueza, soledad y gregarismo, miseria y poder.
   El fallecimiento de Miguel Delibes llenó los escaparates con reediciones de sus libros más celebrados, El camino, Cinco horas con Mario, Madera de héroe, El hereje…, títulos que le proporcionaron prestigiosos premios, la condición de Académico de la Lengua y reconocimientos de profundo calado popular, aunque el Nobel de su generación se lo llevara Camilo José Cela. También se programará nuevamente en las cadenas de televisión Los santos inocentes aquella inolvidable película de Mario Camus con las interpretaciones ya clásicas de Alfredo Landa y Francisco Rabal. Y por unos años, la literatura de Miguel Delibes se verá en el metro y en algún reportaje de prensa, pero su temple vigoroso y la calidad de su prosa merecen mucho más que una simple visita de cumplido.
   Se lee muy poco a Miguel Delibes y es uno de los pilares centrales de nuestra lengua. Ahora cuando la política deja sus disonancias ocurrentes también en el lenguaje, empujando a la Real Academia a protagonizar una irritante colección de sandeces, hay que volver a su literatura, a esas tardes con lumbre en el paraíso de sus libros que nos muestran las variaciones del destino humano y la senda en el páramo del mejor lenguaje en lengua castellana.

 

                                                                                         JOSÉ LUIS MORANTE

jueves, 27 de agosto de 2015

JOSEP PLA. EL CUADERNO GRIS

El cuaderno gris
Josep Pla
Ediciones destino, Barcelona

JOSEP PLA.  MENUDENCIAS
 
   Para la semana del apagón vacacional, he reservado un postre de alta gastronomía, El cuaderno gris. El diario de Josep Pla es, de lejos, el mejor de su género. Las páginas autobiográficas del escritor catalán se escribieron a los veinte años, entre 1918 y 1919. En ellas respira la geografía local del Ampurdán, un planisferio repleto de menudencias.
   Para la observación objetiva, la prosa de Pla huye del verbalismo ruidoso, tiene un aire de pautada naturalidad y convierte a sustantivos y adjetivos en amigos fraternales; con ellos, las frases adquieren gravidez y consistencia.
   Detrás de cada apunte es perceptible la fotografía sin retoques del autor. Los trazos no engañan: el talante conservador convive con la mirada crítica y la opinión misógina. Es un ideario cuestionable, pero frente a la magnitud de  la obra se convierte en quincalla anecdótica, en simple cuchicheo de vecindario. Y es inmediata la afinidad con un sujeto en vela que sobrevive a los desajustes familiares y aguanta como puede el formalismo social.
   Vuelvo a El cuaderno gris. El ejemplar que abro en la playa no es la edición de Destino que tengo en mi biblioteca. El que aquí leo, versionado al castellano con tino ejemplar porDionisio Ridruejo, cuenta con una entrada breve de Carmen Rigalt. Fue preparado para la colección Millenium con la que el periódico El Mundo  conmemoró su décimo aniversario en 1999. Me reencuentro con un título que ha hecho historia. En él lo pequeño adquiere tamaño planetario. Como escribe el autor, el acontecer es esto, aquello y lo de más allá, aunque nadie se dé por aludido.