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viernes, 29 de mayo de 2026

JUAN ANTONIO MORA. PÁJAROS LOCOS

Pájaros locos
Juan Antonio Mora
Prólogo de José Luis Morante
Portada de José Ramón Navarro
Ilustraciones interiores de Juan Vicente Corcolés
Editorial Corona del Sur
Málaga, 2026

RESONANCIAS

 
   Definir la esencia de un quehacer literario en el tiempo es reducir los materiales poéticos a las especulaciones de la razón y el recuerdo. Una aspiración, casi siempre fallida, que sondea de modo fragmentario la subjetividad del protagonista, los contraluces del lenguaje y las resonancias de un espacio y un tiempo histórico que abrazan, vehementes, lo personal y lo colectivo. Sospecho que en el análisis de la poesía como simple arquitectura verbal suele quedar oculto el misterio, esa carga emocional intangible cuyo significado moja las manos y se evapora dejando, más allá de sus referentes fértiles, surcos de conocimiento y sentido.
   Juan Antonio Mora Ruano (Andújar, Jaén, 1950) con una larga experiencia de taller como director de la revista La hamaca de lona, prosigue el tramo de madurez de su obra lírica con la gestación de una nueva entrega Pájaros Locos, donde proyecta su voz enunciativa con un meditado componente simbólico. A lo largo del poemario, los pájaros locos protagonizan actitudes y secuencias vitales impregnadas de fuerza existencial. Otras veces se hacen reflejos de las vibraciones cotidianas. También comparten el extraño reflejo de la melancolía, ese estado mental de la soledad cuando toma conciencia de que duerme “al lado del absurdo”.
   La escritura de Juan Antonio Mora, sobre todo en su etapa de madurez reflexiva, tiene predilección por el pensamiento filosófico. Acoge en su pórtico una luminosa colección de citas que conforman un decálogo de magisterios y afinidades literarias y afectivas que ilumina las tradiciones en las que se reconoce. El poeta selecciona un acople de citas, donde suenan las voces de Jean Paul Sartre, Antonio Machado, Cioran, Marcuse, o de magisterios líricos como Cristina Peri-Rossi, Juan Carlos Mestre, B. Brech o Rafael Soler. Son respaldos que encaminan su propio decir y alientan la dicción realista del discurso testimonial. Juan Antonio Mora escribe con empeño ético, como si las composiciones fueran cruces pactados entre la biografía del yo y una introspección que haga posible asumir y comprender los devaneos de la realidad. El poeta es un observador que pone en vigilia los sentidos para percibir y crear una emoción que muestre al lector una sensibilidad confidencial, pero libre también para la divagación y el fantaseo, para la evocación y la mirada crítica, alentado por una sorprendente diversidad de estados de ánimo. La voluntad del sujeto concilia literatura y vida. Busca lucidez. Quiere argumentos para justificar la resistencia del amor, el muro fuerte de la soledad o la terapia a ese insomnio oscuro que nace de la conciencia desvelada que se implica en perseguir un mundo más humano, más solidario y justo. Ante las situaciones hoscas, que borran sueños, la escritura se convierte en senda meditativa y terapia para domesticar esos “pájaros locos / que vuelan insomnes / en las nubes / del desencanto”.
   En su búsqueda de la poesía pura y transparente, Juan Ramón Jiménez alentó un ideario de desnudez y total despojamiento metafórico. En la escritura de Juan Antonio Mora se percibe el mismo deseo de sencillez. Los poemas tienen como denominador común su minimalismo. La brevedad convierte cada poema en un apunte intuitivo, en una rozadura sentimental, que fecha su quehacer literario y se hace memoria inmediata de una sensación.
      Juan Antonio Mora prosigue itinerario poético con Pájaros locos, subtitulado con verbo explícito “Un extraño sosiego”. El poemario prolonga la observación crepuscular con humilde sencillez, sin colisiones con los últimos títulos del autor -El delirio de la palabra (2025) y Dioses efímeros (2025)-, crea un discurso verbal que explica una visión poética que hace de la literatura testimonial un paisaje con sombras, hecho de deseos, esperanzas, obsesiones y sueños. Poesía que sacude el corazón con su lógica subterránea, con su permanente ejercicio de dar sentido al río inagotable de lo cotidiano; de buscar a lo lejos, en los gastados contrafuertes de un destino azaroso, una grieta de luz.

JOSÉ LUIS MORANTE




    

martes, 17 de enero de 2023

JUAN ANTONIO MORA. LAS FLORES ME LLAMAN

Las flores me llaman
Juan Antonio Mora
Prólogo de Juan Vicente Córcoles de la Vega
Ilustraciones de cubierta e interiores: José Ramón Navarro
Editorial Corona del Sur
Colección Almud Literario
Málaga, 2022

 

RESTAURAR SILENCIOS

 
   A lo largo de las cuatro últimas décadas, el material poético de Juan Antonio Mora (Andújar, 1950) sigue una senda realista. Muestra en su desarrollo una expresión lacónica; simplifica el lenguaje con enunciados narrativos que dotan al suelo del poema de un claro sentido existencial. En el molde versal siempre encuentran sitio el entorno de lo cotidiano y las experiencias del poeta. Su travesía de madurez alienta una envidiable fertilidad creadora. Las entregas en los últimos años aportan a la bibliografía personal la compilación La alegría del aire (2019), selección de un largo tramo creador prologada por el poeta, narrador y ensayista Alberto García-Teresa, el poemario, Nubes, que cuenta con un prólogo del artista y excelente poeta Juan Carlos Mestre, y La silla vacía, obra editada en 2022, donde encontramos a Juan Antonio Mora vadeando asuntos propios, revisando preocupaciones vitales, buscando la realidad inasible de su propia verdad, doliéndose siempre ante la extrañeza del mundo desde una conciencia latente.
  Juan  Vicente Córcoles de la Vega firma el umbral de Las flores me llaman, cuya hermosa cubierta e ilustraciones interiores pertenecen al artista José Ramón Navarro. El cálido prólogo recuerda que en los estratos poéticos de Juan Antonio Mora hay resquicios sentimentales, toma de conciencia frente a lo colectivo, interioridad que manifiesta el sentir más hondo y esa sensación que aporta el complejo del superviviente, la radical soledad del hombre frente a la intemperie, entre un clamor de voces reales reales e imaginarias.
   Algunos poetas están íntimamente unidos al recorrido humanista porque han sido escritores en cuya obra están entrelazados el discurrir vital y la pulsión del lenguaje para transcender lo perecedero. Así lo escribe Fernando Pessoa: “Me despierto para saber que existo”. Esta gran cita es la primera de un largo inventario paratextual, integrado por Juan Carlos Mestre, Trudy Mangel, Óscar Wilde, Joan Margarit, Antonio Orihuela y José Luis Morante. Juan Antonio Mora es un gran lector y no ha cambiado en absoluto los referentes, las afinidades literarias ni su forma de entender el discurso poético como un camino interior que recupera belleza, emoción y pensamiento.
  La melancolía deja el gris en la ventana abierta de lo cotidiano; pero el amor nos salva, aunque tenga la frágil cadencia intangible de los sueños. El yo poético busca en los pliegues de la memoria. Allí encuentra recuerdos y pérdidas, las presencias que se marcharon para siempre pero que dejaron en el tiempo una oquedad irremplazable, como la madre, tan presente en abundantes composiciones de Las flores me llaman.  Empeñado en entenderse a sí misma, la imaginación del hablante poético nunca se aleja de la realidad; conoce el absurdo de la vida social y los agujeros negros de la historia. El poema “Holocausto” recorre la zona umbría del terror nazi para pronunciar estremecido la inquietante pregunta de T. Adorno: “¿Hay poesía después de Auschwitz?; y de nuevo la inclemencia de la historia tiñe de rojo el espacio callado del poema en Ucrania, para buscar esas víctimas inocentes de los niños y la población civil, masacrados por la barbarie del dictador ruso. Como escribiera, con lacónica fuerza expresiva E. Cioran: “Todos los dolores tienen nombres”. “Poema contra la guerra” alza la voz e intenta dejar la vela encendida de la denuncia para desenmascarar a los culpables que causan dolor y llenan los días de sangre.
  El poema es una senda de conocimiento e iluminación, una manera de descubrir las voces entre la niebla, donde nos llaman flores, pájaros, árboles y hombres dormidos en el arcón de la memoria para volver a la evocación y la elegía, a aquel hermoso sueño de lo humano  que cobija el patrimonio intacto del recuerdo. Las flores me llaman es también un puente entre vida y sueño, un estremecimiento despojado que invita al silencio para seguir buscando en un mundo de sombras una incertidumbre encendida, un resquicio de luz.
 

JOSÉ LUIS MORANTE