lunes, 15 de enero de 2018

JOSÉ LUIS GARCÍA MARTÍN. RAZÓN DE MÁS

Razón de más
(Diarios 2011-2012)
José Luis García Martín
Edición de Carlos Moreno Guerrero
Renacimiento, Biblioteca de la Memoria
Sevilla, 2017

SORBOS DE REALIDAD


   Una de las coordenadas esenciales de la autobiografía es la búsqueda de asiento perdurable a lo contingente. Lo sabía bien Alejandro Rossi, quien firmó en 1978 las páginas de Manual del distraído; cuarenta años, su lectura sigue resultando amena y contemporánea. De aquellas páginas procede la cita de apertura de Razón de más, nuevo paseo por la memoria con notas escritas entre 2011 y 2012. Recuerda el editor Carlos Moreno Guerrero que en la personalidad de José Luis García Martín confluyen facetas creadoras expansivas: es poeta, profesor universitario, crítico especializado en poesía contemporánea, antólogo, traductor, diarista, articulista, bloguero, fotógrafo y director de la revista literaria Clarín. Una intensa vida con olor a tinta que deja huellas en las heterogéneas secuencias del autorretrato iniciado con Días de 1989, y formado hasta la fecha por diecisiete entregas.
  En el norte de lo cotidiano germinan asuntos que dibujan la sensibilidad del escritor. Son “esas pequeñas digresiones sobre la vida y los libros”. Así se clarifica un trayecto; es “testimonio y crónica vital y literaria, y en él se deslizan las naturales indiscreciones personales propias del género, en ocasiones con gotas de mala intención, sobre algunos de sus colegas literarios”.
  Con sesgo aforístico, José Luis García Martín escribe: “La rutina es mi manera de luchar contra el tiempo”. En esa reiteración de hábitos se mueven los apuntes al paso. El diario siempre mira el entorno por cuyas aceras deambula el nosotros. La política como marco de convivencia exige un posicionamiento diáfano que hace del ciudadano un testigo implicado. El sujeto enfoca con mirada crítica el mapa del presente. García Martín muestra afinidad ideológica militante con el pensar socialista; razona, por ejemplo, sobre la exigencia de servicios públicos gratuitos y los cauces de financiación, o reivindica el legado de Zapatero, tan contrapuesto a las veleidades localistas de Álvarez Cascos y al indeterminismo del gobierno central. Su voz adquiere sensata formulación en el tono claro del pragmatismo, cuando la situación lo requiere: “Yo creo que debe primar el principio de realidad sobre las lucubraciones ideológicas”.
   El ser cívico convive con el afán laboral; la docencia es un oficio antiguo en el poeta y es también la forma natural de completar los días con una actividad compartida con estudiantes, docentes y los nubarrones de la burocracia académica. En ese registro, cataloga como basura curricular las publicaciones realizadas para cumplir un trámite académico. Resulta obvio recordar que ser profesor no es situarse en un arrecife insular sino integrarse en un enfoque educativo nítido y programado que evite consecuencias nefastas, como la manipulación ideológica (tan perceptible en estos tiempos en la juvenil algarada independentista) o los contenidos desfasados y aleatorios de cualquier práctica docente que pone velas al ego individualista.
   Con una intensa estela literaria, iniciada en 1971 con Marineros perdidos en los puertos, el mundo afectivo del escritor está poblado de encuentros y desencuentros literarios. Las anotaciones nunca practican el habitual velado de nombres; las secuelas relacionales llegan al lector con sus protagonistas y secundarios, no importa que caigan bien o mal a Francisco Brines, Luis Antonio de Villena, Andrés Trapiello, Abelardo Linares o los jóvenes componentes de la renovada tertulia Oliver. Asoma el polemista con ese entusiasmo de quien percibe en el comentario disidente una invitación a la trinchera.
   También en el paréntesis de lo diario pasean la imaginación y el asombro, esos sumideros que ponen en contacto realidad y ficción: una casona cuyo dueño es un viejo amigo que retorna desde el pasado, un anillo que vuelve invisible a quien lo lleva en sus dedos, un desconocido que se acerca para ofrecernos algún instante de conversación o los paisajes fantasmales de una Venecia alejada del turista, hecha de laberintos y calles solitarias.
  Razón de más es el libro de horas de un personaje solitario. De ese desconocido en el espejo que se reencuentra con dudas e incertidumbres, confundido y perplejo, lejos de la imagen altanera del mosquetero invencible, dispuesto a matizar y atizar. Son los aplicados trabajos de quien construye la máscara que nunca vela el rostro verdadero.

      

domingo, 14 de enero de 2018

PERTENENCIAS


Río Kwai, Kanchanaburi, Tailandia (2017)
Fotografía de
Adela Sánchez Santana

PERTENENCIAS

Quedan en mí
las aguas que nos llevan,
el sol, la noche...




sábado, 13 de enero de 2018

SOLEDADES

Playa de Daytona  (Florida, USA)
Fotografía de
Adela Sánchez Santana


SOLEDADES


Merece un sueño más feliz.

Ha mentido tanto que es improbable que en sus playas encuentre una verdad futura.

En la arena, una melancolía que huye mar adentro para guardar silencio.

Es ingeniero informático, experto en programadores; añora aquella época en la que se contaba con los dedos.

La rareza exalta la diferencia.

Busca detrás de los reversos.

A diario repetimos con terquedad, como si fuese necesario el oleaje del aburrimiento.

(Variaciones de Mejores días, 2009)



viernes, 12 de enero de 2018

ÁNGEL GONZÁLEZ (DÉCIMO ANIVERSARIO)

Ángel González (1925-2008)


ACOTACIONES SOBRE ÁNGEL GONZÁLEZ

12 de enero, 2018. Décimo aniversario


   Abundan los estudios críticos que consideran a la Generación del 50 epicentro del panorama lírico contemporáneo. Esa promoción de límites abiertos incluye en su núcleo a Carlos Barral, Jaime Gil de Biedma, José Agustín Goytisolo, José Manuel Caballero Bonald, José Ángel Valente, Claudio Rodríguez y Ángel González; son autores de obra sólida, voces matizadas con un estilo singular y reconocible. Compañeros de vocación creativa, casi todos protagonizan la imagen generacional más recordada: el homenaje a Antonio Machado en Colliure el 22 de febrero de 1959, al cumplirse el vigésimo aniversario de su muerte. Aquel encuentro canaliza una andadura creativa conjunta, con amplias afinidades.  
   Ángel González nace en Oviedo, en 1925. En su niñez vive el acontecer hostil de la contienda de 1936 y más tarde los condicionantes biográficos de la posguerra, cuyo rigor alcanzará exacta precisión en su literatura. La entrega inicial Áspero mundo es un libro intuitivo; el protagonista verbal comparte circunstancias vitales que avanzan impulsadas por una sensibilidad emotiva. Ceñido a límites concretos y finitos, el yo poético es el resultado de un proceso vital; esta gestación demorada lo sitúa en un ámbito de inquietud, un áspero mundo, hecho de desajustes y  pérdidas, pero también abierto a la esperanza, a los pasos que buscan el sol de la mañana. Esta amanecida poética está influida por dos lecturas tempranas: Segunda Antología, de Juan Ramón Jiménez, y Poesía española contemporánea, una muestra seleccionada por Gerardo Diego que matiza temas y perfecciona el tratamiento formal. Sin embargo, hay composiciones que cogen el testigo de la poesía social – Blas de Otero, Gabriel Celaya, Eugenio de Nora, José Hierro…- y hacen suyas las preocupaciones del hombre de la calle, los laberintos de la existencia individual en una geografía histórica. Esa ética solidaria es una constante en Sin esperanza, con convencimiento; sus versos no ignoran los desajustes de la realidad. En la entrega aparece un recurso muy utilizado por el autor, la ironía, cuyo aprendizaje se atribuye al libro de José Agustín Goytisolo Salmos al viento. El reiterado empleo de la ironía supera la idea de mero procedimiento expresivo, se convierte en parte de lo expresado: la realidad es contradictoria e irónica en sí misma. En Grado elemental el sustrato ideológico se define de forma explícita, a través de un sujeto textual que expone preocupaciones e intereses en una época que exige una mirada crítica. Los poemas inciden en el cuestionamiento de las estructuras sociales a partir de una aproximación racionalista. Ese factor didáctico se muestra con un tono paródico, en el que abundan las alusiones intertextuales. Todavía en 1965, tras publicar Grado elemental, consigna: “Al margen de las discusiones y de la polémica, yo sigo teniendo fe en esa poesía crítica que sitúa al hombre en el contexto de los problemas de su tiempo y que representa una toma de posiciones respecto a estos problemas. Más que posible, esa poesía me parece inevitable”. También el intimismo se preserva y es semilla germinativa de las composiciones de Palabra sobre palabra. Como herramienta del yo, la palabra posibilita conocimiento y comprensión y delimita el entorno; pero esa función básica enaltece su semántica en el poema porque relaciona elementos y proporciona claves. El poeta empleará el título en 1968, en Seix-Barral, cuando aglutina en un solo volumen el corpus lírico editado. En él son palpables la continuidad y unidad interna de una poesía que restablece simetrías entre contenido y expresión
   Poco antes de su  asentamiento en Estados Unidos comienza una segunda etapa lírica en la que se intensifican, como señaló Emilio Alarcos Llorach, los rasgos irónicos, el aparente prosaísmo y una progresiva objetivación del yo que toma distancia y vela el testimonio biográfico. La entrega que marca este giro es Tratado de urbanismo, que amanece en 1967 y se reedita en El Bardo, la colección dirigida por José Batlló, en 1976. Esta segunda edición aporta un breve liminar firmado por Martin Vilumara, que resalta la continuidad de algunos recursos de escritura: el afán comunicativo, el enfoque irónico y la pupila escéptica ante una realidad contradictoria.
  Sólo siete poemas forman el libro Breves acotaciones para una biografía, libro editado en Las Palmas, en 1969. La mínima selección diversifica sus argumentos; se reflexiona sobre el hecho de escribir: “Escribir un poema se parece a un orgasmo: / mancha la tinta tanto como el semen, / empreña también más, en ocasiones “; y regresa lo vivencial, siempre con un toque irónico. Son rasgos que permanecen en Procedimientos narrativos, con una clara deriva hacia el juego conceptual. Se rechaza al poeta ensimismado en su interior para volcarse en un ámbito más general, hecho de imágenes hilarantes, en cuya expresión se preserva el sentido crítico.
  Las nuevas obras coinciden con su estancia en Nuevo México, donde desarrolla una intensa experiencia docente. Como es sabido, la eclosión del discurso novísimo, tras  la aparición  de la antología Nueve novísimos poetas españoles, promulga la relevancia del hecho estético frente a la actitud moral, vigente en los modelos del realismo social. Esta opción no afecta al posicionamiento lírico de Ángel González, quien publica en 1977 Muestra corregida y aumentada, de algunos procedimientos narrativos y de las actitudes sentimentales que habitualmente comportan. A nadie se le escapa la intencionalidad paródica del enunciado ni la presencia de textos confrontados con el ideario dominante. Como confirman composiciones como “Oda a los nuevos bardos” existe una expresa distancia crítica; no comparte el abandono de preocupaciones éticas ni el difuso compromiso con el marco contextual.
  En Prosemas o menos el desvanecimiento del presente y la temporalidad son los detonantes poéticos iniciales. Sobrevuela la certeza de que somos efímera materia que se va consumiendo en la renovada cadencia de los días. El libro aporta además un nuevo escenario, Albuquerque, ciudad donde el yo poemático es testigo del ciclo estacional. Forma el epílogo una muestra de textos en la que es común la referencia bíblica, una excusa cultural  despojada de sentido religioso. Y el cierre vuelve los ojos a lo metaliterario, con generoso homenaje a los magisterios de Juan Ramón Jiménez, Jorge Guillén y Blas de Otero. 
  El último tramo de su escritura es el más elegíaco. Se define por una aguda conciencia del tiempo, cuyos efectos configuran una visión moral hecha desde la meditación serena. En él se integran Deixis en fantasma, Otoños y otras luces y el libro póstumo Nada grave. Los poemas de Otoño y otras luces componen una lúcida aceptación del destino; modulan un recorrido vital que desemboca en el curso bajo de la senectud; hay, por tanto, un tono crepuscular que preludia la despedida. En esa moratoria la evocación de presencias (hay una sentida glosa al compañero de generación Claudio Rodríguez) y se recuerdan lugares convertidos en palabra salvadora; los versos mantienen el resplandor, empeñados en oír los latidos naturales del pasado.
 Antes de la salida en Visor, se adelantan poemas de Nada grave en la revista Litoral que en 2002 dedica un monográfico al ovetense, coordinado por Susana Rivera. Nihilista y desesperanzado, Nada grave es un libro de cierre, editado en mayo de 2008, unos meses después del fallecimiento del poeta. Sus veintiocho composiciones comparten un idéntico enfoque: la muerte es una realidad omnisciente, ominosa, sombría; un túnel angosto que nos lleva a la nada. Atrás quedan recuerdos y cicatrices vitales y el estar fugaz de todo lo que amamos. Todos los textos reiteran la profunda crisis del protagonista textual. La arquitectura formal es severa, se extrema la precisión y se anulan otros recursos como la ironía, mientras que se usa con frecuencia la paradoja para dar el perfil del yo frente a sí mismo en la última hora.
   Hoy se cumplen diez años de ausencia y el legado poético de Ángel González sigue iluminando el lenguaje con su perdurable reflexión sobre la condición del hombre en el tiempo inasible. Frente a la desolación descarnada del vacío, estar es la presencia etérea y silenciosa del poema, un instante con Ángel.






miércoles, 10 de enero de 2018

MARIO MONTALBETTI. LEJOS DE MI DECIRLES

Lejos de mí decirlesPoesía reunida (1978-2016)
Mario Montalbetti
Ediciones Liliputienses
Cáceres, 2017

ESCISIONES


   Ediciones Liliputienses, cuyo catálogo editorial dirigido por el poeta José María Cumbreño, ya sobrepasa los cien títulos, reúne en el volumen Lejos de mí decirles el cuerpo lírico completo del lingüista y poeta peruano Mario Montalbetti (Callao, 1953). Profesor universitario de Lingüística, director de QWXY, Seminario permanente de filosofía del Lenguaje, y fundador con Mirko Lauer y Abelardo Oquendo de la revista Hueso Húmero, a la que sigue ligado como miembro de su consejo editorial, Montalbetti inicia su trayecto creador en 1979 con la entrega Perro negro, 31 poemas. Después adviene una escisión solo rota en 1995 con la obra experimental Fin desierto. Tampoco ahora el quehacer impulsa rutinas, pero en la década siguiente el avance se consolida con Llantos Elíseos, Cinco segundos de Horizonte, El lenguaje es un revolver para dos y Ocho cuartetas contra el caballo de paso peruano. Siempre consecuente con la percepción del lenguaje como magma exploratorio, publica en 2012 Cajas, un estudio especulativo sobre sentido y estética que muestra, para algunos estudiosos, espacios próximos al poema. Esta faceta crítica aporta en 2014 la recopilación ensayística Cualquier hombre es una isla, trabajo que postula un nuevo viaje interior a las cavidades semánticas del lenguaje, y en 2016 El más crudo invierno, monografía sobre un poema de Blanca Varela.
   Lejos de mí decirles se edita por primera vez en México en 2013, cuando Aldus reúne el mapa literario de Montalbetti; aquella antología sirvió de guía para la presentación del poeta en España al año siguiente, en Ediciones Liliputienses; por tanto, la edición actual completa el recorrido cronológico.
 Los poemas germinales de Perro negro postulan en el apartado “poemas romanos” una reconstrucción aleatoria del tiempo histórico; el discurrir invita a la fabulación de acontecimientos con una mirada crítica e irónica; de este modo, la grandeza clásica y su legado en el tiempo abandonan contornos mitificados para airear el trazo discontinuo de la crueldad y el absurdo. El mundo es la imagen atinada del paraíso perdido. Esa reflexión también perdura en las siguientes secciones que entrelazan intimismo y voz confidencial hasta completar un poemario a trasmano de etiquetas. La temática deja una impresión aleatoria de la realidad, un dibujo fragmentario que rompe la línea lógica y aborda estampas dispares, enunciados que reinciden en una percepción laberíntica del transitar de la conciencia.
  Ya en este primer paso queda patente la inquietud formal, la huida de lo previsible para incorporar al poema rupturas léxicas, repeticiones de claves semánticas y de figuras literarias, ritmos abiertos, espacios blancos entre los versos, rimas; desde esa actitud de replanteamiento de logros y desconfianza en lo anterior nace  Fin desierto, editado dieciséis años después. Se proyecta en los versos el deseo de abrir espacios y el afán de buscar puertas tras la puerta. La voz lógica convive con momentos afines al surrealismo y con la floración de imágenes provistas de un fuerte hermetismo.
  Llantos Elíseos, obra de 2002, supone un abandono del verso sálmico y una opción por el poema corto, aparentemente más claro y enunciativo. Pero el tema esencial reincide: el lenguaje y sus vibraciones. Sobre el afán que rige estos poemas escritos en un lapso temporal de seis meses, entre septiembre de 2000 y junio de 2001, clarifica Montalbetti: “Quise hacerlos al margen de la lengua y por ello solamente las letras que he empleado para escribirlos son mías. El resto (las palabras, las frases, los versos esporádicos) son los perversos efectos de un idioma que arma sentidos porque no tolera que se le ignore”. Es obvio que el enunciado está más cerca de la lingüística que del discurso lírico tradicional.
   En la primera década del nuevo siglo la obra de Montalbetti adquiere continuidad y el contacto con el lector se reitera en plazos temporales más breves. En 2005 ve la luz Cinco segundos de horizonte, cuyo título parece aludir al carácter fugaz de cualquier percepción, como si fuese una secuencia visual proyectada sobre la pantalla de un cine. El hábito de ser es un recorrido que despliega alba y ocaso; sume a quien reflexiona en un estar dubitativo, de espera, para ser testigo de ese breve paréntesis existencial de lo sensible.
  En esta obra, la voz discursiva ensaya el verso largo, lo que concede al poema un ritmo denso, ralentizado por la reflexión conceptual. La escritura es un viaje que plantea cuestiones como “para quien se escribe”. Si se escribe para otros el poema es un lienzo receptivo de sensaciones, tejido emotivo e ideas; debe mostrar “el esplendor blanco de la luz”; así, en el tramo final del poemario prevalece una mirada intimista en torno a la identidad del yo, como en “El peruano perfecto” y al entorno doméstico, en “Pequeño ciclo lírico sobre el amor filial”. Los versos se hacen más diáfanos y postulan diálogos con el receptor del mensaje. La misma sensibilidad se percibe en el breve conjunto El lenguaje es un revólver para dos, que ve la luz en Lima en 2008 y que concluye con un clarificador ideario que entremezcla en el fuselaje del poema engaño, esperanza y verdad. De esa misma etapa procede 8 cuartetas en contra  del caballo de paso peruano. Tan extraño título invita a la conjetura. Si los referentes se descubren, los versos adquieren un sentido más nítido. Así el subtítulo “Pisco 4.11.2007” clarifica de inmediato el ambiente de desolación que recuerda el terremoto del 15 de agosto de 2007, cuyos efectos sembraron el caos en la región y fueron catastróficos para la población y el territorio. También se entiende mejor el poema “Billy Hare” si se conoce el quehacer creador del fotógrafo peruano y su trabajo sobre los efectos visuales que crea la repetición de una imagen o la captación instantánea de lo imprevisto. El poema “lejos de mí decirles”, que da título al corpus completo adopta el tono fuerte de la proclama para exponer una actitud frente al idioma común. En él se multiplican las aseveraciones contra la unidad, el gregarismo y el discurso institucional normalizado; por tanto, constituye uno de los parámetros centrales de Montalbetti para definir su escritura.
  Dos obras completas el proceso verbal del peruano. En Apolo cupisnique el contexto espacial de Perú tiene una presencia transparente en muchos textos a través de lugares arqueológicos emblemáticos de las civilizaciones precolombinas, cuyo legado constituye una forma de identidad colectiva que todavía perdura en el ahora peruano. La obra de 2016, Simio meditando, subtitulado (Ante una lata oxidada de aceite de oliva), coda aclaratoria repleta de ironía focaliza gestos cotidianos de los hábitos privados. El yo resulta la suma de sus actos hacia fuera, donde la realidad adquiere la apariencia de una explanada en la que se dan cita los procesos lingüísticos, sus matices y argumentaciones.
  El volumen integra como clausura las indagaciones poéticas publicadas en las páginas de Hueso Húmero. En ellas se puede percibir, sea cual sea el periodo de escritura, el continuo trabajo en el lenguaje, no para referir, argumentar o elaborar historias mínimas sino para descubrir que el valor de uso de la lengua se reduce a cero.
  Frente al poeta que impulsa una obra personal yuxtaponiendo aciertos y avanzando sobre cimientos antiguos, Mario Montalbetti busca la escisión y el corte, escribe afirmando que el lenguaje deconstruye y no comunica; sus poemas buscan los márgenes del significado, por ello necesita símiles clarificadores para impulsar algo de luz entre el vacío y la sombra, para buscar argumentos sobre la naturaleza de las palabras, para no decir: “Escribo para contener / mi  distancia con lo humano. / Escribo para estar solo, / para no ser poeta”.

         

martes, 9 de enero de 2018

LEYENDO A MIGUEL D'ORS

Amanecidas


LEYENDO A MIGUEL D'ORS

Salvo recuerdos tristes,
no guardo muchas cosas de la infancia:
lugares como sombras, escenas redundantes
que retornan ajadas, falsamente
maquilladas de olor y de ternura.
Yo, que nací en un pueblo
con tapiales de retama y de barro,
que soporté el trasiego de lejanos parientes,
que anduve en lodazales
a la caza y captura de gordos renacuajos,
que, escondido el pitillo
en cualquier parte, 
puse cara de bueno ante el maestro,
leyendo a Miguel d'Ors
y tomando las huellas dactilares
a una felicidad rural y cristalina,
ante el feroz saqueo
del tiempo en mi memoria, me pregunto
si alguna vez fui niño.

             (De Población activa, Gijón, 1993)


lunes, 8 de enero de 2018

ANTONIO RODRÍGUEZ JIMÉNEZ. ESTADO LÍQUIDO

Estado líquido
Antonio Rodríguez Jiménez
Ediciones de la Isla de Siltolá, Colección Tierra
Sevilla, 2017

VIVIR AL PASO



  Con un notable trayecto creador, que aglutina entregas reconocidas con diferentes premios nacionales, Antonio Rodríguez Jiménez (Albacete, 1978) ha hecho de la poesía una exploración del sujeto existencial. Sin altisonancias ni moralinas, el poeta escribe un verso reflexivo que hace de lo cotidiano marco natural para las palabras.
  La voz poética formula su discurso con la veracidad de tono de lo confesional. Quien habla lo hace desde la dicción transparente de un idioma comunicativo, dispuesto a la confidencia. Es un interlocutor que ocupa la distancia corta del diálogo, que se acerca al ahora para percibir el ritmo de su respiración. Somos espectadores del recuerdo. En los pliegues de la memoria, el transitar es un abanico de gestos que entrelazan la intrahistoria subjetiva del personaje y un contexto social expandido como un telón de fondo dispuesto a la representación, donde el tiempo asigna papeles protagonistas y secundarios.
  Vuelve el pretérito, para mostrar las décadas finales de la dictadura y la inmersión en un nuevo tiempo en el que las formas de vida rurales se diluyen en una sociedad que busca en el progreso un futuro habitable. Y los viejos habitantes de aquellos años van adquiriendo en la memoria una imagen idealizada, un sentido épico. Así es muy emotivo adivinar la pericia del abuelo descubriendo una víbora oculta entre los matorrales del campo abierto, o ver los elementos de un paisaje natural que cumple ciclos y adquiere en la retina el carácter de una secuencia lejana, o ver también cómo se van repitiendo en los hijos aquellas actitudes que preservaban los hilos del asombro y la esperanza. 
   El presente pierde su tacto áspero cuando introduce en sus pasos los sustratos sentimentales de la evocación. En ese entramado de horas se van marcando huellas nítidas, como la voz solemne de la abuela rememorando los días del hambre y la soledad de aquella clausura entre fogones y sordera, que cerraba la puerta a cualquier mutación de la esperanza. O se muestra el contorno de la pobreza y la mirada hacia otro sitio de una sociedad contradictoria que casi nunca se da por aludida y que sigue feliz en su representación de lo diario, con unas coordenadas hechas de egoísmo individualista, como si lo demás fuese lejano y no afectara, o la felicidad hubiese construido una burbuja que aislara para siempre de cualquier infortunio.
  El conjunto central de Estado líquido agrupa composiciones que hacen de la experiencia vital y del lenguaje páginas cognitivas. Como en esas fábulas cuyo hilo argumental camina hacia la moraleja de cierre, tras las secuencias proyectadas por la memoria se percibe un poso de claridad que sirve como luz diaria para el yo transitorio y temporal. De igual modo, las palabras adquieren, sin mitificaciones ni planteamientos utópicos, el peso firme de lo necesario. Son estrategias de permanencia: “No venero el lenguaje como si fuera un dios. / No me hipnotiza. / Me sirve  como el filo del cuchillo doméstico / o el cordón de un zapato. / Lo utilizo  / para extender palabras sobre este hilo de agua / que nos borra de pronto y que nos lleva, / sin saber nada más, / hasta el silencio “.
  Mas allá de esos escenarios desmontables que  muestra la realidad a diario, hay también pliegues de belleza que invitan a la celebración de las palabras. Son esos pertrechos que convierten al presente en una cartografía habitable como la amistad, tan presente en A., poema dedicado al escritor y amigo Andrés García Cerdán con abundantes referencias a su taller literario; la presencia del hijo que suscita imágenes de ternura, o los miedos e incertidumbres que un día se aposentan en nuestra casa y se convierten en moradores perpetuos.
  La dedicación poética de Antonio Rodríguez Jiménez presenta una alzada clásica (soy consciente de que esta afirmación no encaja en algunas perspectivas críticas sobre el autor), tanto en la fachada formal de las composiciones como en el sustrato temático; sus poemas ensayan una dicción comunicativa, sin adherencias estridentes, hablan a media voz con el ritmo controlado de quien aspira a dar a sus argumentos un vuelo reflexivo y una indagación humanista. El poeta sabe que la identidad de casi todo es una leve estela en el tiempo, caligrafía líquida que busca perdurar en el poema.