jueves, 6 de febrero de 2020

CASI DIARIO

Amanece que no es poco
(José Luis Cuerda, 1989)
Archivo TVE 


CASI DIARIO

Ordeno libros, ahora que apenas leo. Mientras acaricio sus lomos, percibo que he olvidado los argumentos de muchos, como si sus contenidos se hubiesen bañado en las oscuras aguas del Leteo . Otros guardan intactos su periplo lector como El infinito en la palma de la mano aquella novela de Gioconda Belli, que leí hace muchos años, mientras preparaba una entrevista con la poeta. Retornan algunas secuencias de la trama, aquella continua epifanía de descubrimientos de Adán y Eva, tras la agorera expulsión del paraíso terrenal. Todo exilio es siempre soledad y descubrimiento, noche oscura del alma.

Hay apropiaciones ajenas que no requieren  claves explicativas sino apoyos anecdóticos. Este aforismo "Tinta botánica: hay libros de hoja caduca y libros de hoja perenne", integrado en el libro Motivos personales, pág. 77, que recoge textos escritos entre 2010 y 2013, resume la sensación que se instala en mis manos al reordenar la biblioteca de la buhardilla. He trasladado la novela a otras zonas de la casa y dejo todos los estantes para la poesía. Es el género que más releo y siguen llegando muchos títulos.   

Ha muerto José Luis Cuerda y la televisión repone uno de sus títulos más legendarios, Amanece que no es poco (1989). El film es tan insólito que las sensaciones que crea de nuevo en mí también lo son. Es una comedia atípica, donde se abrazan humor, crónica rural, surrealismo y esperpento. Cuánto disfruto de nuevo con las apariciones de Luis Ciges, Manuel Alexandre y Gabino Diego. Geniales, como la frescura bellísima de Pastora Vega.

La falta de sentido institucional de algunos parlamentarios me causa una incisiva angustia; la misma que me causa ese facilismo comprensivo de alguna parte de la izquierda que cree que la constitución es un texto vacío, en vez de nuestro marco de convivencia. Argumentar con los abducidos por el independentismo es casi más complejo que hacerlo con una prologuista adánica que se atribuye a sí misma la invención de vocales y consonantes.

La tristeza es un mar interior. Inunda todo.

Apuntes de febrero, 2020




miércoles, 5 de febrero de 2020

AFORISMOS DE DEFINICIÓN

Soledad en vuelo
Fotografía
de
National Geographic

AFORISMOS DE DEFINICIÓN

A Miguel Catatán, maestro del género

Aforismo: deslumbre

Andamios: siembra de muros y ruinas

Cuerpo: elemento natural con el que se mantiene una relación transitoria.

Deterioro:  zumo nutricio de la senectud.

Ella: concentración de inteligencias múltiples, no exenta de efectos secundarios

Espectador: quehacer habitual del ojo opaco.

Espejismo: versión en blanco y negro de la propia identidad.

Extranjero:  desasosiego interno cuando estoy conmigo.

Imprecisa: área de emplazamiento de cualquier utopía.

Inapelable: sabiduría conclusiva del que está dormido.

Memoria: narradora caótica. Tráfico intenso  de recuerdos que colisionan entre si.

Nacionalismo: obsesión de tribus sin ADN conocido.

Niebla: distorsión ocular con pretensiones estéticas.

Ombligo: punto central en la fisiología del poeta.

Semilla: gesto cordial donde se dan la mano tiempo y árbol.

Sombrilla: púlpito discursivo de la pereza.

Utopía:   vuelo vertical con alas de cera.

Verano:  pausa larga en las constantes vitales.

Viaje: impulso narrativo que germina al regreso.


                                 ( Aforismos de definición para Miguel Catalán)

martes, 4 de febrero de 2020

LABORES DE PODA

Entre el suelo y el cielo




PODA
El hielo presentía la hoguera,
La muerte venteó la juventud.

PERE GIMFERRER

   Aplicó su indeleble afán corrector en la poda de un árbol gigante. Afanoso, lo convirtió en arbusto. Reiteró su actitud al día siguiente y logró que la silueta arbustiva mudara en rama. Siguió cercenando aquel relieve hasta que tuvo la levedad difusa de un brote germinal. Desnudo y frágil, el frío de la noche  agostó la mínima resistencia.
 Salvo él, nadie se dio cuenta de aquel nacimiento en la nada. Su aridez buscó senda temprano, para proseguir el despojo en otro sitio.

(De Cuentos diminutos)




lunes, 3 de febrero de 2020

EL DESIERTO Y EL MURO

Frontera
fotografía
de
Michael Wells
Gaceta Mexicana


EL MURO


No es mucho –nada tengo-;
estoy con los que miran
la palidez opaca y vertical.
Busco piel en su enigma
de roce y hendidura,
en tanto la  razón
se vuelve fósil.

Solo el óxido asciende
hasta su cumbre.
Los días que amanecen, casi negros,
requieren otra luz,
callados se preguntan
en qué lugar
camina el horizonte.
La distancia es ahora
el esqueleto gris de lo posible.
Aquí la transparencia
no moja las espaldas
y tampoco sostiene
un reflejo de nubes,
las migajas del vuelo.

Una lluvia de arena
dispersa sus indicios
y dibuja ceniza en nuestra espera.
Palpita la vejez
cuando no hay sueños.

Con despojos salobres
sedimenta el desierto
al otro lado.
Voy con él.
Abrazaré mañana su vacío

        (Revista 21veintiunversos, nº 8, 2019)



sábado, 1 de febrero de 2020

JOAN MARGARIT. VIAJE HACIA LA SOMBRA.

Viaje hacia la sombra
Joan Margarit
Edición, introducción y selección
de
Lina Rodríguez Cacho
XXVIII Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana
Ediciones Universidad de Salamanca Patroimonio Cultural
Salamanca, 2019

INCERTIDUMBRES


  Frente al rocoso objetivismo de los estudios críticos que posiciona la empatía en la media distancia, Lina Rodríguez Cacho, en la introducción de Viaje hacia la sombra, muestra su plena complicidad afectiva con el itinerario poético de Joan Margarit y concreta que el magnetismo arranca desde los poemas del libro Misteriosamente feliz (2009). Al analizar el contexto histórico todavía perdura aquella conmoción en el ánimo y la cercanía a la fertilidad creadora del poeta catalán nacido en Sanaüja (Lleida), en 1939. La investigadora reivindica también el placer del texto; de modo que su estudio no está nunca lastrado por el pie de página y la nota erudita y abundan, en cambio, los poemas que clarifican  ideas o llevan a escena consideraciones biográficas.
  En palabras de Lina Rodríguez Cacho Viaje hacia la sombra es una colección de amparos –qué hermosa definición sobre el sentido catártico de la poesía- expuesta con dureza y claridad. Sobrevuela la lucidez de quien conoce los laberintos interiores, sus relieves y contraluces, sometidos a un intenso ejercicio de introspección. Así nace un quehacer que arranca en 1968, con el libro Cantos para la coral de un hombre solo, publicado cuando el poeta tenía 23 años. Todavía es un mero ejercicio de tanteo que no refleja las connotaciones plurales que alcanzará en el devenir la creación poética. Desde 1963 a 1979 suma cuatro libros, de los cuales será Crónica la entrega epifánica, un título de amanecida porque en sus poemas se oye la voz singular que anticipa los pasos siguientes, ya escritos en catalán y sometidos a severa revisión. Los poemas supervivientes se acogen en Restos de aquel naufragio y bajo ese rótulo se integrarán como versión definitiva en su obra completa.   
  Su tenacidad bilingüe cimenta un ideario estético que en Viaje hacia la sombra se organiza en seis estancias. La producción se agrupa temáticamente, superando el flujo continuo de cada poemario y su discurrir diacrónico. Las estancias son cuartos interiores, “residencias prolongadas del poeta en determinados lugares de la memoria, de los afectos, del dolor y aun de la desolación”, una crecida verbal sin ataduras preconcebidas y sin moldes divisorios. La casa conforma un completo plano de habitaciones y puntos alternativos en los que habita el hablante lírico, casi siempre en un estado de incertidumbre.
  Los espacios argumentales arrancan con “Ciudades: querencias, heridas”. Es innegable el absoluto predominio de una poesía urbana en la lírica de Margarit, pero el molde cívico resulta complejo y contradictorio; a veces es Barcelona la ciudad arquetípica; y el poema explora sus lugares más conocidos, aunque sin apuntes idealizados; otras veces la ciudad es un espacio erosivo, de soledad y decepción, o un lugar habitable que cobija esas historias de amor atemporales que sobreviven en la evocación oscurecida.
  Tras la guerra civil, en la larga etapa de la autarquía, confluyen el maltrecho deambular colectivo y la desolación personal. Es un intervalo que oculta la noche oscura de los vencidos. De su duración y desvarío hablan muchas de las composiciones acogidas en “Posguerra”. El miedo y el rencor se han acostumbrado a hablar entre líneas; en voz baja se asume la derrota. La decepción es un yo desdoblado que  sobrevive y busca sentido tras la introspección al discurrir de un tiempo que acumula hábitos y decepciones.
  Es preciso recalcar que no hay nihilismo en la poesía de Joan Margarit sino convicción de que es posible dormir bajo techo. En el apartado “Refugios” los poemas recrean aquellos conceptos que se hacen tangibles en la amanecida y dan cobijo y luz. Así nacen sendas argumentales como la música y el jazz, el amor, el patrimonio intacto del recuerdo o los lugares que fueron ampliando su hospitalidad para que las etapas vitales hallasen sitio frente a la intemperie.
 “Ellas” aglutina los perfiles plurales de identidades femeninas que fueron compañía y fortaleza porque lograron crear en la infancia, o en el azaroso camino de la madurez los itinerarios más cálidos de la verdad y el afecto, un estar carente de grietas. La abuela, que vivió los efectos abrasivos de la guerra civil, la madre solitaria de los días de posguerra, el amor de Mariola o Joana son los nombres propios del poema. 
  El expresivo lenguaje del tiempo se define en la poética de Margarit con un amplio abanico de símbolos y metáforas. Esa honda reflexión sobre el tránsito continuo busca representación en el apartado “Las enseñanzas de la edad”. Como un redoble de conciencia, los poemas constatan un pensamiento en guardia ante el implacable mordisco del tiempo.
   Por último, la escritura recuerda que el sujeto biográfico habita la casa de la palabra. Viste los versos con su experiencia existencial y los aportes culturales de su senda cognitiva. Como un espejo, la grafía versal conforma un desvelado autorretrato. Ese encuentro del yo consigo mismo encalla en los poemas recogidos en “Autorretratos”. Ellos completan el tramo final de la antología que se cierra con el poema inédito “Conciertos”.
   La poesía de Joan Margarit deja en su avance la noción de continuidad, una entidad unitaria. Esa continua fidelidad se percibe en el corpus acogido por la profesora y ensayista Lina Rodríguez Cacho en Viaje hacia la sombra, tan inseparable del contexto biográfico y del indeclinable sentido de la ética. Frente al arrastre temporal, los versos expanden una función catártica. Sus palabras reclaman oxígeno y claridad, la precisión constructiva de la palabra justa.




viernes, 31 de enero de 2020

TRAS LA VENTANA

Mirar dentro
Archivo general
de
Internet

CON EL CEÑO FRUNCIDO


Continúa el repliegue en casa tras la operación ocular, aunque la insubordinación de mis hábitos es manifiesta. Cuánto echo de menos la inercia de los libros, los paseos largos que mantienen en forma a la incertidumbre  y esas expectativas que fragmentan el regreso a lo literario.

Mi inquietud habitual se ha sosegado un tanto por los consejos médicos, mantengo el boca a boca con la poesía. Los poemas, sin gafas y sin los cristales adecuados,  añaden a sus argumentos algunas imágenes arbitrarias en las que se hacen visibles las formas de la imaginación. Miopía y presbicia se abrazan para ser sustancia estética.

Enero avanza lento como una crecida de limo. Las horas tienen una inadvertida cadencia en su paso y los estados de ánimo generan ausencias y cercanías. De cuando en cuando me asomo a las redes digitales para constatar lo de siempre: la falta de criterio y la sandez crecida son frecuentes incluso entre buenos amigos que hacen del tremendismo una cualidad de nuestro tiempo: todo es corrupción, manipulación, mafia poética... Todos están implicados, salvo ellos. Y se quedan tan contentos y después escriben para celebrar su altura ética un endecasílabo cortito, de cinco o seis sílabas.

Me siguen llegando muchas peticiones de amistad que tras aceptar borro de inmediato para que desaparezca ese pulgar que resume su inteligencia. Me parece necesario un regreso a la exigencia de una buena educación también en las redes. Y lucho por borrar el ceño fruncido. Aquí está mi casa y estoy bien, percibiendo los gestos verbales del invierno con el sentido común; los otros cinco muestran distintas erosiones y deben curarse.

(Apuntes sobre lo real, enero, 2020)




jueves, 30 de enero de 2020

JOSÉ ANTONIO SANTANO. MARPARAÍSO

Marparaíso
José Antonio Santano
Ilustración de cubierta: Miguel Arias
Primer Premio  del XXIV Certamen de Poesía
Rosalía de Castro
Casa de Galicia en Córdoba
Diputación de Córdoba, 2019  


UN LARGO VIAJE


   La ilustración de portada de Marparaíso reproduce un retrato de Vicente Aleixandre y un poema autógrafo del artista Miguel Elías, elaborado en técnica mixta. Evidencia, como el neologismo del mismo título, la sensibilidad que rezuma esta nueva entrega de José Antonio Santano (Baena, Córdoba, 1957) incansable caminante de un largo itinerario poético de casi veinte libros, con reconocimientos continuos, cuya fertilidad prosigue intacta como aseveran las recientes salidas, Cielo y chanca y Tierra madre.
   La voz del tiempo ha silenciado un tanto el magisterio del maestro del 27 y su legado poético que obtuvo en 1977 el Premio Nobel de Literatura. La mutación de referentes culturales en el fin de siglo y en las nuevas décadas digitales ha puesto púlpito a otras presencias canónicas y ha dejado en silencio itinerarios que un día fueron columna vertebral como el de Vicente Aleixandre. Nacido en Sevilla en 1898, pero intensamente ligado a Málaga desde los dos años, por un traslado laboral paterno, Aleixandre preservará siempre en su ideario poético aquella ciudad del paraíso, abierta a un mar azul y en continuo vaivén, hecho felicidad y belleza. Sería en el pueblo abulense de Las Navas del Marqués, ya en los años juveniles, donde arrancaría su vocación poética de la mano de Dámaso Alonso, compañero generacional con quien iniciaría una larga aventura personal nunca finalizada en el tiempo. La frágil salud condicionaría su participación en eventos comunes en los que definen los miembros integrantes del grupo del 27, como el Homenaje a Góngora en el Ateneo de Sevilla, pero Velintonia, 3, su casa familiar, tras los estragos de la guerra incivil, será siempre diálogo hospitalario y lugar de encuentro por donde pasaron las voces emergentes de la poesía de posguerra y amigos y maestros que buscaron en Aleixandre comprensión, apoyo editorial y amistad. Estas son las claves biográficas esenciales sobre las que amanecen los cálidos poemas de Marparaíso.
   El material paratextual del poemario recurre a la memoria de algunos escritores que conocieron a Aleixandre e intimaron con su complicidad afectiva: Leopoldo de Luis, Blas de Otero, Pablo Neruda y Antonio Hernández, una selección aleatoria porque fueron mucho los visitantes de aquella casa en el parque metropolitano madrileño, junto a la ciudad universitaria. Todos coinciden en cumplir con una verdad diáfana que habla de la acogida del poeta y de su mano permanentemente tendida a la amistad y a la poesía.
   También José Antonio Santano resalta en su emotiva dedicatoria el humanismo del poeta y su acendrado magisterio intergeneracional y hace del mar de Malaga un símbolo de plenitud renacida, abierto al goce sensorial y a la profundidad del pensamiento en la callada umbría de la tarde. Con una luminosa construcción formal, el poeta va reconstruyendo secuencias de la memoria en una evocación que recobra las voces del pasado. Amanece de nuevo aquella inocencia intacta del niño que se asoma a un sueño tangible y abrasadoramente vivo, que convulsiona la contemplación, como si fuese un deslumbrante paraíso. Aquel refugio edénico queda, con sus juegos de luces y su horizonte desplegado, en los primeros pasos de la infancia, cuando perdura intacta la inocencia y la intrahistoria del yo es solo un fulgor auroral, sin mácula ni sombras.
   Ya se ha comentado el papel esencial en la biografía del poeta que juega el recordado domicilio del poeta en Velintonia 3, hoy casi abandonado inmueble por la desidia municipal y por la falta de recursos privados para convertir el simbólico edificio en casa de la poesía. El lugar da nombre al segundo apartado del poemario. La elegía recupera el lento deambular de tardes y otoños donde se fue gestando la vida sentimental del poema, ese entrecruzado de amores y decepciones, de apariencias y sobreentendidos que protagonizó una sensibilidad que conoció con frecuencia la soledad y el silencio. También los encuentros se fueron acallando en el tiempo para convertirse en patrimonio efímero, sombras calladas en una noche oscura que solo deja leve caligrafía en la memoria.
  De esa tenaz lucha contra el tiempo se nutren los poemas finales, compilados en “Nacimiento último”, cuando el amor se convierte en epifanía del deseo. Es la llamada de los cuerpos la que rompe el silencio y hace de la grisura mediodía. En esa caminata interior se diluye la senda colectiva de un país que no sabe borrar de su epidermis colectiva los estragos de la guerra incivil, ni el reguero de muertos anónimos que busca todavía la paz brumosa de los cementerios. El poema final “Duele este silencio” hace de la muerte ese magma de silencio y olvido en el que se diluyen las palabras, como si el tiempo hubiese fondeado en una inmensa grieta.
   Emotivo y germinal en su discurso narrativo, con lenguaje claro y transparente y un componente argumental que muestra su fidelidad al perfil diluído de Vicente Aleixandre en las hechuras del tiempo, Marparaíso hace de la evocación un homenaje de amplio espectro. En sus poemas caben la idealización de la infancia y los avatares históricos, el amor, la amistad y ese rumor callado de la muerte, largo viaje de un trayecto vivido en el que se pronuncian el cero y el vacío.

José Luis Morante