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365 maneras de estar en un hotel Rosendo Cid Tulipa Editora Teo, A Coruña, 2020 |
SERVICIO DE HABITACIONES
En el aleatorio discurrir del
tiempo, la personalidad activa de Rosendo Cid (Ourense, 1974) Licenciado en
Bellas Artes por la Universidad de Vigo en la especialidad de escultura,
artista multidisciplinar y creador de ficciones narrativas, ramifica nuevas
estrategias expresivas con las entregas aforísticas 5000 veces pintura y Los consejos no son un buen sitio para quedarse a vivir, dentro de
la colección Graphica de Papeles Mínimos, una edición enriquecida por una amplio
conjunto de ilustraciones. Retorna a la levedad del decir breve con el libro, con formato de
pasaporte, 365 maneras de estar en una
habitación, cuya base argumental es el proyecto de intervención realizado
en 2015 y premiado en la Feria Cuarto Público, Habitación 501, NH Collection, Santiago de Compostela. El quehacer indagador del itinerario plástico ya utilizó un epígrafe casi idéntico en el libro de viñetas 365 maneras de estar en el mundo (Duen de Bux, 2014).
El cardinal alude a los días
del año como paréntesis temporal que aglutina distintas estaciones
sentimentales y anímicas. Desde ese ámbito de diversidad y tensión de motivos
nacen los escuetos aforismos como persistentes goteos en el refugio reducido de
la habitación de hotel. El cine, la pintura y la literatura han ampliado la
naturaleza profunda de ese escenario de posibilidades vivenciales, donde caben
la evocación, la soledad, los recuerdos o las calladas ausencias de otros
huéspedes que legitimas diferentes enfoques para estar y vivir.
Las páginas contienen el trazo
simple de la síntesis verbal. En su deambular transitorio por espacio y tiempo se
“representa un tránsito y un momento particular, cuyo “habitar” es consecuencia
de diferentes estados de ánimo y disposición. Las frases no están dispuestas
bajo ningún orden particular y todo está “desarreglado” según el azar de la
propia recapitulación”. Como sugiere el mismo autor en su nota prologal, para una
lectura fértil es necesario dormir el reloj e instalarse en un tiempo
fragmentario y sin prisas.
Guiado por la prudencia de la razón, como una advertencia al
lector, Rosendo Cid recuerda que “una habitación de hotel no cabe en una
frase”, así que hay que buscar también en las palabras lo no dicho, lo intuido,
lo silencioso que sondea estratos para buscar el viaje interior, la conciencia
del tiempo, los puentes entre recuerdos y presente o esa extraña materia
informe de los espejismos de la imaginación.
En los elementos cobijados en
la habitación se traspapelan la identidad del yo, su soledad, los latidos de
otros huéspedes o las ventanas que ofrecen ese paisaje exterior de la vida al
paso: ”Aquí, las inclemencias de la realidad externa me vuelven un simple
subtítulo”. El estar a solas testifica un diálogo sin palabras en el que el
silencio despierta al pensamiento y lo invita al viaje por el fluir de la
conciencia.
La habitación como espacio
cerrado testimonia la existencia diaria. Suma escenas cotidianas bajo una
atmósfera de nostalgia y soledad que propicia la indagación interior. Las
especulaciones germinan, establecen relaciones entre los objetos, argumentan
conceptos, toman dimensiones con niebla de la realidad como construcción de
los sentidos y establecen puentes de contacto con el entorno, un lugar
cambiante, transitorio, que antes o después se convertirá en una mera imagen de
la nostalgia, borrada por el servicio de habitaciones.
365 maneras de estar en un hote equipara aforismo y día. Da voz al
aislamiento de la individualidad respeto al paso múltiple de lo colectivo.
Construye una visión interna en la que se consolidan como rasgos personales la
condición transitoria, la fecha de caducidad de nuestros actos y esa
escenificación de la existencia como un largo viaje por la incertidumbre: “¿Se
puede estar dentro y a la intemperie?”.
Parece un destino natural
enlazar los aforismos de Rosendo Cid con las sensaciones que dejan los cuadros
de Edward Hopper, el artista que mejor ha expresado la soledad del sujeto en la
ciudad moderna, ese habitar un espacio constreñido que solo ilumina la luz
cenital del pensamiento. Desde ese potencial de sugerencias, el laconismo
verbal de Rosendo Cid reitera su afán de comprender el entorno, se hace
receptivo al callado diálogo de indicios que da vida al paisaje encerrado,
introspectivo donde “sonidos inciertos salpican con calculada lentitud”. El
cuarto de hotel permite la observación al paso y el aire solemne de la certeza. Esa verdad de la observación que garantiza la regularidad del latido cuando suena el despertador y anuncia al huésped el abrazo del pensamiento con la piel del día.
JOSÉ LUIS MORANTE