martes, 5 de julio de 2016

RAMÓN EDER. IRONÍAS

Ironías
Ramón Eder
A la Mínima, Renacimiento
Sevilla, 2016

CLAVE DE ÉPOCA

   La profusa vitalidad del aforismo actual constata un crecimiento del género que se manifiesta, incluso, en las frecuentes entregas de cada escritor. En lapsos temporales escuetos se suceden salidas que miran un tiempo histórico con afán testimonial y crítico, desde un mirador implicado que sugiere una lectura moral. Otras veces se focaliza un trayecto existencial y la escritura se atiene al recorrido introspectivo que pone luz en las habitaciones de la intimidad donde reserva sitio el paso de los días.
   La aforística de Ramón Eder (Lumbier, 1952) es bien conocida por los lectores como colaborador tenaz en la crecida de este género breve. En Ironías compila tres volúmenes: La vida ondulante, Aire de comedia y Aforismos del Bidasoa, ofreciendo una guía práctica de sentido plural. Sobre la voz personal de Ramón Eder el poeta y aforista Carlos Marzal subraya que parece obvio el carácter paradójico de un prólogo porque busca ampliar lo sintético; por tanto, si la característica esencial de esta escritura es su apego a manifestar mínimos requisitos, lo que debe hacer un buen aforismo es mostrarnos un fragmento de lo real bajo el flexo encendido de la inteligencia. Sin duda, y a este objetivo habitual  Ramón Eder añade una coda: la ausencia de acritud en su focalización de lo transitorio; la ventana abierta a la sonrisa resta solemnidad al moralismo de púlpito para transformar su reflexión en la luz cotidiana de un paseante del optimismo. Con él compartimos ilusiones y sugerencias bajo la sombrilla benevolente de la lucidez.
  El ámbito argumental del aforismo negocia continuamente con el azar, requiere libertad de movimientos y una elocuente determinación para explorar rincones al paso. Aunque el título de La vida ondulante denomina el tránsito de la propia vida como invitación a hacer de sus secuencias un laboratorio privado, la trama tiene la capacidad de absorber todo tipo de entrelazados. Conviene recordar que “los escritores son esos alquimistas que convierten  la vida en literatura y la literatura en vida”. Y en ese trasvase  conviven la identidad del yo con sus fantasmas, el espacio social y las claves vitalistas de un ahora que muda a diario el cuerpo de letra de sus intereses.
   Contemplar la propia andadura es abrir la mirada hacia el lenguaje y sus relaciones con la identidad del sujeto verbal. Ramón Eder explora con frecuencia los recursos del taller personal y refleja en sus aforismos el vigor de unas pocas convicciones estéticas. En cada nuevo sondeo está el aporte de la tradición y está la práctica textual que amplía condicionamientos y teorías; la causa principal del texto es siempre la necesidad de decir, el acto de escribir como una atinada forma de dibujar un autorretrato.
  Quien escribe es consciente de que “el escritor de aforismos, si se descuida, puede acabar convirtiéndose en un sabio de almanaque”. Por ello, frente al tono sapiencial de ceño fruncido, Aire de comedia pone de manifiesto el conocimiento espontáneo y la elección de un modo directo, sincero y coloquial, como si las enseñanzas del acontecer diario fusionaran humor, memoria y lenguaje. La escritura se convierte en una apuesta por la amenidad. Interiores y exteriores emiten destellos cómplices, hablan de ciudadanos normales que celebran el hecho de estar vivos e integran su discurrir en un intermedio hecho presente continuo. El mundo es una divertida representación que tiene mucho de patio de colegio, de globos de fin de curso.
  El tramo final de esta compilación se denomina Los aforismos del Bidasoa y su tinta fundamental es la meditación sobre el discurrir. Ramón Eder nunca pierde pie como cronista minucioso de lo temporal porque tiene el convencimiento de que nada de lo que acontece es insignificante. De nuevo se recrean las vetas argumentales clásicas sin que se pierda nunca ese tono singular que define esta escritura: profundidad en el pozo de una supuesta ligereza y afán de rebajar el didactismo a la filosofía lacónica de un diálogo personal. en el que tiene cabida un inevitable sustrato autobiográfico. Al cabo, el principio vivencial de un escritor es su quehacer literario; la existencia es escritura en espera.
   Ironías convence de que el aforismo es un cualificado pretexto para doblar las esquinas de la realidad y descubrir en sus aceras su capacidad para sorprendernos; las palabras desvelan sombras y paradojas con pulso sosegado, que convierte el tacto rosado de cada amanecer en un misterio.


      


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