lunes, 12 de septiembre de 2016

LUIS BAGUÉ QUÍLEZ. LA MENINA ANTE EL ESPEJO

La menina ante el espejo
Luis Bagué Quílez
Fórcola Ediciones
Madrid, 2016

 A PIE DE LIENZO


  En Paseo por la identidad (Visor, 2014)  Luis Bagué Quílez, protagonista orquesta de un incansable afán creador, dejaba en sus poemas dos resortes expresivos que multiplicaban la complicidad del lector: ironía y tono paródico. Son signos que preserva en su nueva entrega, La menina ante el espejo, una indagación ensayística que visita un museo virtual sin ángulos muertos. Hablo aquí del poemario Paseo por la identidad porque la senda reflexiva de aquel libro reconocido con el Premio Alarcos de Poesía no es ajena a las vetas de pensamiento abiertas por la prosa de La menina ante el espejo ni al contexto histórico compartido bajo la cúpula de la sociedad digital.
  El liminar plantea el campo estructural del estudio, una mirada al arte, la literatura y el cine como espacios creativos con zonas comunes y habitaciones comunicadas. En palabras del autor, el libro es “un merodeo en torno a la poética del vacío a la que asoman la visión artística y la visión literaria en la cultura global. Las observaciones de un paseante que se escuda, con la complicidad de Aquiles, tras una geometría esférica, circular, englobada”.
  La tesis ilusionista de esta pinacoteca sin muros contiene una colección distribuida en ámbitos. Los que se adentran en ella, tras el paraguas rojo de la voz narrativa, encontrarán un amplio vitalismo expansivo. Solo se exige percepción en vela y una disposición abierta a lo interpretativo cuando tomen la palabra núcleos argumentales no exentos de complejidad.
  El itinerario comienza pormenorizando los efectos secundarios de una intervención poética de Raúl Zurita que emplea el cielo de Nueva York como laboratorio óptico para escribir versos. Esa conmoción visual tiene un antecedente en el azul de Chile recuperado por Roberto Bolaño, en una enciclopedia apócrifa de la literatura nazi. En ella se habla de Carlos Ramírez Hoffman, un militar torturador y artista polifacético, que reproduce sobre el aeropuerto militar de El Cóndor versículos del Génesis para exaltar su poética de la destrucción y homenajear a la jerarquía militar y sus métodos abominables. El hecho se repite en otra novela de Bolaño cuyo protagonista, Carlos Wieder, imita la biografía de Hoffman, aunque sea como posible experiencia alucinógena. Cabe preguntarse el sentido de estas intervenciones, qué propósito artístico persiguen y qué relación intertextual encadena los talleres creativos de Raúl Zurita  y Roberto Bolaño.
  La fidelidad descriptiva de esta reseña no puede compendiar en una mirada la retrospectiva completa de cada sala; así que dejaré una escenografía parcial, con elementos ausentes. Si en la primera sala, en la que también estaban los cuadros de Antonio Berni y el dolor por los desaparecidos argentinos de la dictadura, parecía sobrevolar como síntesis aglutinadora la pregunta de si el arte sirve para expresar la violencia extrema o estaba legitimado para dar permanencia al dolor o la crueldad, en la nueva sala el clima de angustia desaparece con el nuevo protagonista. Se enfoca ahora la pintura de Edward Hopper.
  Pintor caracterial, a Hopper se le define como un artista de obsesiones estáticas. Sus cuadros representan el silencio, la espera, la soledad de los lugares de paso, la incomunicación o la rutina en lugares que parecen estacionados en un rincón del tiempo. Luis Bagué Quílez aborda la personalidad del pintor como representante cualificado de una etapa histórica: La Gran Depresión. En efecto, los personajes de Hopper digieren en su ensimismado estar las expectativas truncadas, son el reflejo de una clase media que ha perdido su situación de privilegio y aborda con inquietud un mañana sombrío; por eso hacen de la espera una razón metafísica.
   El legado pictórico de la sala 3 viaja hasta el renacimiento florentino a través de la obra de Paulo Uccello, uno de los impulsores de la perspectiva Ícaro por su empeño en dibujar las formas a vista de pájaro, exento de trabas terrenales y de levitaciones metafísicas. La epifanía aérea de Uccello trasciende lo sensible. Sitio cercano ocupa Pieter Brueghel, el artista flamenco de los aquelarres visionarios en los que no falta cadencia expositiva, algo de humor y mirada distante ante lo imprevisto.
  El título del ensayo anticipa que Luis Bagué Quílez dedicará un enfoque detallado a los hitos pictóricos de Diego Velázquez, que forman parte de una colección permanente y de obligatoria visita. A partir de Las meninas, se plantea una sólida teoría del autorretrato. Aquella estampa cortesana no es sino una manera de contemplarse a sí mismo mientras dibuja y hacer partícipe al espectador de su condición de artista de la corte y de su papel social. Dentro del cuadro los elementos se singularizan para dar un protagonismo central al reflejo del yo. Esta reflexión del autorretrato velazqueño se prolonga con otro pintor, Francesco Mazzola Parmigliano, cuyas distorsiones ópticas muestran una identidad sumergida más allá de las apariencias, que parece anticipar las iluminaciones de Rimbaud.
  El demorado estar a pie de lienzo nunca pierde el asombro del montaje imprevisto. Los elementos del relato se yuxtaponen como si ofertaran una adición de novedades que galvanizara la percepción reflexiva. El paseo por lo diverso incluye  a Botticelli, Vermeer, Marc Chagall, Picasso, Magritte…Nombres propios que dejan la ventana abierta a la especulación y al encuadre distinto
   En una sociedad abierta al egotismo del selfie, que hace de paisaje y entorno cultural marcos secundarios de los rasgos en primer plano del yo, el ensayo de Luis Baqué Quílez focaliza las formas artísticas más allá de su apariencia pictórica, para descubrir su entrelazado con la poesía o el cine, nos muestra el recorrido de un voyeur por los muros abiertos del tiempo digital, que amplía la realidad y actúa como agente transformador. En suma, una propuesta memorable, siempre comprometida con lo poético, que se inscribe en un género escasamente transitado, en el que afloran las relaciones básicas entre los distintos lenguajes de la creación. Al cabo, "el arte es la aventura de la metamorfosis".


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