jueves, 8 de noviembre de 2018

FRANCISCO JOSÉ MARTÍNEZ MORÁN. TACHA

Tacha
Francisco José  Martínez Morán
Editorial Renacimiento
Sevilla, 2018

DERRUMBES


   A la hora de abordar la caligrafía poética de Francisco José Martínez Morán (Madrid, 1981), Doctor en Literatura Comparada e impulsor de eventos culturales, es inevitable referirme a la antología Re-generación (Valparaíso, 2016). Allí compilé las veinticuatro voces que bajo mi criterio –una sistematización siempre subjetiva y parcial- definían la primera promoción del Siglo XXI y allí estaba el poeta con una muestra lírica perteneciente a los libros Variadas posiciones del amante (2006), tras la puerta tapiada (2009) y Obligación (2015). Conviene reseñar que en su escritura también encuentran lugar propio el relato, cultivado en el libro Peligro de vida (2010) y la ficción narrativa, presente en su primera novela Amistades comunes (2018).
  En la construcción de su voz, el escritor maneja algunos caracteres que lo singularizan, sin declaraciones programáticas o dogmas estéticos: la opción por el poema breve, en algunos casos, casi lacónico y proclive al aforismo, la vigencia de un personaje poético con afinidades biográficas y la inmersión en un coloquialismo existencial que busca sentido al temporalismo. Leemos en el cierre del poema inicial, “Botánicas tardías”: “Trabajo. Certifico mi existencia. / Empiezo a ser yo más de lo debido”.
   Muestran los versos una sensibilidad cercana y confesional, nacida de esa extrañeza contemplativa que deja la percepción en vela. Existir es habitar una estratigrafía de angustia e incertidumbre. La composición traspasa apariencias para moldear una indagación filosófica a partir de las palabras. Escribir es también devanar los significados, como si en ellos habitara una amanecida diáfana. Imaginación y memoria se entrelazan para hilvanar respuestas a un itinerario temporal que se despliega entre la evocación y el ahora. Si en el poema “Vencejos dando vueltas en el patio” se hace una lectura de la fugacidad de cada instante vivencial, un método compositivo que también aflora en “Fundado en hechos ciertos”, composición que acaba con un verso memorable, de los que no se olvidan, el poema “Fe” abre la mirada hacia otro devenir para acariciar la piel volátil de un recuerdo.
   Cualquier poema transita por referentes culturales cercanos. En cada escritor convergen el continuo paseante de la biblioteca y el autor, esta circunstancia se percibe en “Desque vemos el engaño” cuyos versos se nutren de un conocido pensamiento lírico de Jorge Manrique; el clásico asocia la travesía biográfica como una senda que va acumulando pérdidas y erosiones, “como un tiempo en llaga”. De ese registro marcado por la verdad última del ser, que tiñe las palabras con un sesgo estoico y crepuscular, se contagia el poema que clausura el primer apartado, “Los símbolos antiguos”.
   El tramo siguiente integra en su pórtico un amplio despliegue de citas. Son apuntes que inciden en un mayor registro metapoético. La escritura se convierte en centro reflexivo en el que los quehaceres del sujeto lírico lo transforman en un escribano interpuesto y en cronista de lo transitorio. Protagoniza una labor volátil, una búsqueda de lo simple que convierte el devenir en tanteo. Leemos en “Poética penúltima”: “ Testimonio del mundo hecho pedazos: / eso es ahora el verso. / No más irremediable / que antaño, sino más / preciso, más exacto en la constancia / del fragmento que nunca / formó parte de un todo comprensible “.
   La canción como composición lírica recurrente, desde su origen provenzal ha mantenido una temática amorosa; pero su evolución en el tiempo ha trastocado referentes y ha integrado en su contexto asuntos diversos; sus limpias estaciones de otros días incluso admiten el desatino existencial que crea incertidumbre y desarraigo. Francisco José Martínez Morán dedica a su cultivo un apartado completo. Se percibe una tendencia al decir lapidario, como si despojase a los versos de bifurcaciones digresivas para centrarse en un planteamiento dubitativo: “A tus puertas cerradas me detengo, / pero no quiero abrirlas, ni que nadie / desde dentro pregunte a qué he venido”
  Tacha es un nombre propio, cuya piel de tinta evoca a José Hierro. Suena fuerte, sereno, sustantivo, como si confirmase una presencia omnisciente que unifica los pasos del libro, aunque no se muestre hasta el tramo de cierre. Pero el lector descubre de inmediato que Tacha es tachadura, un sustantivo de amplia variedad de sinónimos. Recuerdo tres o cuatro: mácula, tizne, defecto, oprobio. Son significados que expanden un estar pesimista; la senda umbría que anticipa el derrumbe. Son indicios que confirman la pérdida y el fruto estéril de cualquier búsqueda: “Todo se llama, al cabo,  / de la misma manera: en su universo / de meses sin palabras, cada día / es una prueba fiel del desencanto “.

1 comentario:

  1. Recupero el comentario crítico de "Tacha" porque esta tarde, a las 19,30, Francisco José Martínez Morán presenta su poemario en Rivas, en la Sala Miguel Hernández del Centro Social de Covibar; me toca compartir mesa con el poeta. Un verdadero placer. Os esperamos. Muy agradecidos por la compañía.

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