miércoles, 13 de marzo de 2019

JUAN MANUEL URÍA. HARRIA (LA PIEDRA)

Harria
(La Piedra)
Juan Manuel Uría
Fotografías de
Juan Antonio Palacios
Ediciones El Gallo de Oro, segunda edición
Bilbao, 2018 

ESTÉTICA DEL LEVANTADOR


   En su segunda edición, el volumen Harria abre un mesurado diálogo entre las fotografías de Juan Antonio Palacios y el cauce textual del profesor, poeta y aforista Juan Manuel Uría, quien en nota de autor recuerda el impulso inicial de esta fusión: “A medida que iba escribiendo Harria (El Gallo de Oro, 2016) tenía en mi escritorio una serie de fotografías, antiguas y modernas, de harrijasotzailes que me sirvieron para “inspirar” la composición de cada texto. Así, a través de ellas, trataba de captar el movimiento, la danza, la relación íntima (y poética) entre el levantador y la piedra”. El poeta anota una coda afectiva: el deseo de homenajear a su abuelo, Santos Iriarte, levantador de Azpeitia y primero en alzar una piedra mítica, la “Albizuri Aundi”. También el fotógrafo, Juan Antonio Palacios, contextualiza el criterio estético de las imágenes; emplea la fotografía hiperrealista en blanco y negro, con enfoques fragmentarios para resaltar instantes claves de la alzada.
 Si cada territorio suma a sus peculiaridades geográficas, un legado cultural autónomo, en Euskadi el levantamiento de piedra es una manifestación deportiva ligada en su origen a los trabajos rurales habituales del caserío y las canteras. La actividad fue evolucionando desde el uso de los cantos rodados hasta las piedras niveladas de los espectáculos programados como exhibiciones públicas con diferentes formas y tamaños.
  Juan Manuel Uría ha cultivado con honda lucidez el decir breve en sus aforismos y esa es la estrategia expresiva que emplea como método exploratorio. Cada texto es una incisión que conexiona pensamiento y sensación emotiva: “Ahí está, frente a él, como una pregunta, dura e impenetrable, aguardando a que la levante y rompa así su atadura, responda a su misterio”. La palabra es respiración y camino, un ejercicio perceptivo que anticipa la combinación muscular y el esfuerzo. La física se hace poesía: “En la alzada la piedra asciende como un pájaro de alas torpes que estuviera aprendiendo a volar”.
   Quien contempla escucha una voz desdoblada, la del levantador o harrijasotzaile, y la de la piedra que en su quietud engloba una materia con sustrato enigmático, que contiene dentro su gestación en el discurrir: “la piedra es la suma de otras piedras más pequeñas, casi invisibles, que la hacen un bloque único y macizo, con la apariencia de lo consistente. Como las células, que se suman y ordenan con los huesos del levantador, para soportar la tensión, la resistencia, el peso”.
   Ese coro a dos voces señala que más allá del ejercicio físico y de la extrema tensión muscular, el enlace entre piedra y levantador. Constituye un abrazo, una afinidad afectiva que trasmite al espectador una relación sentimental con un instante álgido, que no puede medirse, que culmina y se apaga de inmediato en la bajada. Es el acto supremo de quien vence la gravedad y alza la mole contra el cielo para superar los propios límites de su fortaleza, para dejar tras la consecución la mínima estela de un gesto que se hace memoria y poema, levitación y pétalo, como si lo natural, exhausto y satisfecho, retornara a la quietud. A lo lejos el punto de horizonte se hace síntesis. Todo es ontología, voluntad de ser pensamiento en el tacto: “Tierra, piedra, mano”.
   La propuesta poética de Juan Manuel Uría concede al levantador de piedras una entidad mítica; frente al gregario quehacer de lo doméstico, el hombre de la piedra se convierte en “un  esteta de la fuerza y el equilibrio”. Ese enfoque trasciende las vicisitudes biográficas del personaje concreto para convertirlo en arquetipo, en raíz y carácter generadores de una identidad colectiva. Los poemas marcan un significativo retorno del logos al mito: “El harrijasotzaire remite al tiempo en que el pensamiento era mágico y los dioses existían”. Es, por tanto, una llamada a los ancestros que hace de su potencia evocadora una exaltación del ser del pueblo. La tradición entonces se define como un entrelazado de correspondencias entre individuo, territorio nativo y entidad comunitaria.
   Harria busca “poesía en la fuerza”, pero también la ternura que fusiona el sudor y la piedra, como lluvia que borra la impureza, el estar común entre naturaleza y hombre, el sueño de una piedra que un día emprendió vuelo y se hizo pluma.   





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