lunes, 18 de marzo de 2019

JUAN CARLOS ABRIL. EN BUSCA DE UNA PAUSA

En busca de una pausa
Juan Carlos Abril
Editorial Pre-Textos, Colección La Cruz del Sur
Valencia, 2018



MUSGO O MEMORIA


   El vitalismo de Juan Carlos Abril (Los Villares, Jaén, 1974) perfila una persoanlidad literaria de contornos proteicos. Profesor universitario, traductor, crítico, articulista, director de la revista Paraíso, ensayista y antólogo, completa la definición creadora con un quehacer lírico que emprende ruta, casi en el cierre de siglo, con la entrega Un intruso nos somete (1997) y que avanza en el tiempo con dos títulos, El laberinto azul (2001) y Crisis (2007). A ellos se suma, más de una década después, En busca de una pausa.
   La composición de inicio, “Exilio involuntario” alienta la sensación del estar impreciso, como si el personaje verbal postulara rasgos en un entorno marcado por la espera. La identidad requiere nueva epifanía; abrir ventanas para una amanecida: “Hay que recuperar los sueños / y la nostalgia del futuro”. Ello implica además recobrar la capacidad del lenguaje para romper discordancias y lugares comunes. Quien habla reconoce el fracaso, busca otras estrategias cognitivas en pos de un lenguaje más depurado y esencial, exento del oropel metafórico y de la humedad emotiva del sentimentalismo. Es un estar a solas donde aflora la vocación insular, el permanente estar a la intemperie que refuerza lo oscuro.  
   La conciencia de existir recrea un pretérito cercano, con un yo perdido en lo imaginario. Cerca, la realidad muestra sus desajustes, mientras la soledad implica un empeño en el que se superponen vivencias. La experiencia concede un inconformismo sabio. En él, tienen sitio la luz de la poesía y la autocrítica, en busca de una perfección que integra voluntad y memoria. En la cronología del ayer afloran las raíces, el afán intacto de llegar al presente.
  El yo meditativo regresa a la estela biográfica para observar los estratos existenciales. Como enunciara José Ángel Valente, el sujeto se adentra en la secreta desolación de un páramo que afirma el vivir como un estar en la renuncia. Frente al coro de lo gregario, la sensibilidad personal postula una pautada pretensión de entender lo real, a través de una moral propia y subjetiva que no se subordina a las coordenadas dictadas por los otros: “Atravieso ese inhóspito / territorio hacia lo desconocido / de la conciencia, este espacio / que por la reflexión se multiplica / en posibilidades / y antigüedad, sin dejar rastro / como el viento, que juega “(P. 42).
   Fortalecer el sistema de valores del yo requiere soslayar cualquier épica, adentrarse en un devenir que dialoga con las cosas más pequeñas, que hace de lo sencillo el refugio de lo cotidiano. El recorrido es complejo, está trazado por lo aleatorio y en él se yuxtaponen la indeterminación y lo imprevisto, los errores y el vacío. Quien explora se identifica con la orfandad; conoce esos senderos que se bifurcan y llevan a un afán cognitivo que nunca contiene epígrafes perfectos: “No recuerdo el inicio de los sueños / entre los pasos cómplices del alba / rica en interrogantes / cuando no hay respuestas. / Pero los actos nos definen “.
  Vivir es desandar distancias, asumir la actitud del transeúnte que deja sus pasos en un largo viaje hacia el vacío. Se suceden los andenes como fragmentos de una realidad repleta de extraños significados. Así ven la luz los poemas de En busca de una pausa. Moldean eficaces encrucijadas del pensamiento. Son como relatos de un aprendizaje que perdura en el tiempo, siempre a la sombra de la soledad: "De día, pasos de hormiga / donde no hay más horizonte / que estas palabras secas / en la negociación con uno mismo".



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