jueves, 17 de septiembre de 2020

JOAQUÍN CAMPOS. POETA EN PEKÍN

Poeta en Pekín
Joaquín Campos
Editorial Renacimiento
Sevilla, 2020 

TERRITORIOS


   En la cartografía del poema hay mapas que se despliegan dejando en su desarrollo un objetivo formalista, que hace de los recovecos del lenguaje la primordial razón de la escritura. Mantienen un claro distanciamiento con el ser biográfico, un visitante a deshora convertido en un ser velado por decreto. Otros tienden esfuerzos a conexionar el periplo subjetivo y la construcción argumental; en este grupo se ubica claramente Joaquín Campos (Málaga, 1974), autor de varias ficciones en prosa y tres poemarios, el último de los cuales, también publicado por Renacimiento. Desde 2007 el escritor mantiene una existencia nómada que ha hecho del viaje y de la geografía un continuo referente literario.
  Crece el paréntesis creador del malagueño con Poeta en Pekín, propuesta poética que arranca senda en plena pandemia. Aceptando la cercana convención realista de lo autobiográfico, Joaquín Campos inicia su entrega con una precisa ubicación espacial y cronológica, desde el apartado “Pekín (2016)”. Los poemas, de este modo, se convierten en una implicada meditación sobre el emplazamiento, afirmando en los versos la evocación de lo acontecido. Desde el estar, las palabras ahondan en los trazos básicos del contexto. El entorno acumula indicios de extrañeza, abre una perspectiva en la que se recuadra lo inhóspito. La ciudad es un entrelazado de construcciones que aprisiona la libertad sensorial, como si las formas impusieran sobre cualquier idealización el aspecto matérico de la realidad.  
   La estancia en la abrumadora ciudad concede al yo una identidad compleja que recuerda al hombre deshabitado baudelairiano o al ser perdido entre la multitud del expresionismo. Lo cotidiano es lluvia ácida. Un chaparrón de sombras que anega los “hutongs”, esos callejones menesterosos que conforman el casco antiguo de Pekín, donde el recorrido urbano propicia un paseo vagabundo, dispuesto a preservar en la memoria multiformes detalles: sonidos, olores o el contraste de rareza que confronta los elementos de la modernidad y la presencia errática de un pasado que pervive en el tiempo, como una arquitectura ruinosa.
   En ese deambular a la deriva, la plaza de Tiananmén, escenario de las protestas estudiantiles de 1989 y de aquel frágil espíritu de libertad, aplastado por los tanques dictatoriales, aparece como un crepúsculo de nostalgia. Su apariencia de normalidad, bajo el gesto impertérrito de la ideología maoísta, simboliza ahora el continuismo político que convirtió en muro cualquier ventanal democrático. El recuerdo supone una reflexión sobre el significado de aquella revuelta y sobre la escueta implicación de Occidente en aquellos acontecimientos, acaso recordando el peso económico de la potencia asiática y su benefactora presencia en los mercados bursátiles.  
   El avance argumental acumula secuencias, casi siempre previstas de una luz fantasmal, prosaica, sucia, como los ojos turbios de un alcohólico. Son raros los poemas en los que aparece un cielo despejado y diáfano. Lo diario es una rutina que corrobora el desajuste y el desnorte de un sujeto poético que deja de sí mismo un retrato patético, feísta, que nunca contiene ningún indicio de lirismo, salvo acaso ese chopo que convierte la calle en un rumor de naturaleza lejana y accesible.
   La breve sección central traslada el marco escénico a Shanghái, pero el enfoque enunciativo se mantiene; la ciudad corrobora esos esquemas visuales captados en Pekín. Los gigantescos pasos de cebra, las calles anegadas de transeúntes, la lluvia y esos planos otoñales de desnudez y humedad en los sentidos. Desde ese paisaje degradado el regreso a Pekín, entorno natural de la escritura, es un dejar constancia del tiempo y de sus matices estacionales. En el retorno no pasa desapercibida la mínima belleza del chopo y su minimalismo cromático, camino del invierno. El árbol se hace símbolo de ilusión renacida, aunque el sujeto verbal refuerce rasgos de un malditismo subrayado en poemas como “Oda al vino” o “Patria”, alegato contra el epitelio nacionalista tan atestado de símbolos y jerarquía. Tampoco el amor y el sexo pasan de largo en estos últimos poemas porque se convierten en sucedáneos liberadores de la cárcel social, pragmática y utilitarista.
 Lacónica, confidencial y directa, la escritura de Poeta en Pekín, de Joaquín Campos dibuja territorios brumosos, cuyas cicatrices cobijan una soledad inhabitable. En esa distancia abierta entre idealización y realidad, se escucha el denso fluir de la conciencia, como travesía frugal de ascetismo y conocimiento. El poema es una forma de borrar el desamparo a fuerza de vivirlo. 



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