domingo, 25 de diciembre de 2022

ESTEFANÍA CABELLO. EL CIELO ROTO DE SHANGHÁI

El cielo roto de Shanghái
Estefanía Cabello
Bartleby Editores
Madrid, 2022


SENTIR EL FRÍO
 

 
   Casi al mismo tiempo que se publica una entrevista de Estefanía Cabello a Guillermo Carnero en las páginas centrales de la revista Anáfora, llega a casa el tercer poemario de la escritora, El cielo roto de Shanghái. La coincidencia resalta la vocación de continuidad del género y la exigente indagación personal que requiere la mirada poética. Cada entrega perfila un viaje de conocimiento cuya confidencialidad expresiva trasciende el ideario del yo poético concreto para integrarse en un patrimonio cultural común. El quehacer de Estefanía Cabello (La Carlota, Córdoba, 1993) suma los libros 13 segundos para escapar (Torremozas, 2017), que consiguió el Premio Gloria Fuertes, y La teoría de los autómatas (Hiperión, 2018). Añade ahora, en el cierre de 2022, su tercera salida El cielo roto de Shanghái.
  El sujeto interior y la realidad como espacio vital transcendido son los motivos básicos de las citas iniciales de Jorge Luis Borges y Octavio Paz, voces canónicas a las que Estefanía Cabello yuxtapone el inciso musical de Patti Smith. El título establece un escenario distante y exótico, un marco accional donde se define un hablante lírico cuya persona es una aleación de sustratos emocionales  y perspectivas temporales entre pretérito y ahora. Quien escribe es una soledad ensimismada que oye el rumor paradójico del tiempo. La introspección aglutina secuencias del fluir cotidiano y las huellas cambiantes de la evocación.
   El yo desdoblado percibe un entorno exterior de soledad e intemperie. En él se hace necesario abrazar la palabra “hogar” en la senda azarosa de lo laborable, para vencer la sensación de fragilidad e incertidumbre alrededor. Pero esta quietud habitable es también una invocación al deseo, un ejercicio de libertad en la búsqueda del misterio que habita en la piel. Más allá, las ventanas muestran un panorama nocturno que deja las aparentes formas de una ciudad en calma, dispuesta a las acuarelas de la imaginación y a trazar un peculiar mapa de personajes que enlazan propósitos y extrañeza.
  El apartado “la ciudad prohibida” es más descriptivo; acerca al primer plano esos rasgos nucleares definidos de la historia y por la búsqueda incesante de respuestas en un tiempo de extrañeza colectiva. Las palabras dan cuerpo ahora a un viaje interior que marca distancias con una lengua desconocida y con un entorno cuyas dimensiones abruman y solo encuentra sentido en la presencia del otro, capaz de habitar la piel adentro y poner firmeza en el epitelio vulnerable del yo.
   El apartado “La piel no es una herida inexistente” explora la geografía de la sangre y el abismo que cavan los años entre el niño y el hombre. La condición temporal del cuerpo obliga a aceptar sus erosiones y pérdidas y abrir los ojos para resurgir en la resistencia de cada identidad: “El síndrome de lo que somos / se esconde detrás del silencio, / en la cuenca de los ojos, / donde se guarda todo aquello / que nos esforzamos por callar.”
    Las incógnitas del vivir se adentran en las sombras. En la sección “Y es mi deber salvarme” el verbo intimista nunca pierde la conciencia del cuerpo como avenida de luz: “La dicha conoció ese secreto: / la opulencia de tu nombre, / la cadencia de tu cuerpo en la hora / siempre puntual, exacta para amar”. El afán introspectivo descubre una habitación sin vistas, donde conforma su propia realidad. En clara continuidad argumental, los poemas celebran el tacto de lo vivido y convocan espacios vitales que conforman la periferia del yo. Una avalancha de sensaciones somete al fluir del tiempo a una travesía de conocimiento y experiencia. El poema final “Una tierra, todas las tierras” traslada a otro escenario el mismo sueño: que se encuentren las coordenadas precisas de un lugar para amar, un espacio de esperanza y acogida. En él será posible guardar la belleza de las estaciones, como si cobijara en sus límites un destino cumplido.
   La estética de Estefanía Cabello en El cielo roto de Shanghái recorre puntos de fuga. Asume, con emoción refrenada, las facturas del existir; en todos los lugares prevalece el ser transitorio y perecedero. Hay que esforzarse en mantener una angosta senda a la esperanza, un final de trayecto necesario donde el sueño pronuncie la palabra aquí, la palabra hogar, el cielo despejado y sin nubes de los sueños cumplidos.
 
 
JOSÉ LUIS MORANTE



 

 

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