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jueves, 4 de abril de 2024

DIONISIA GARCÍA. EL PENSAMIENTO ESCONDIDO

El pensamiento escondido
Aforística completa
Dionisia García
Prólogo de Carmen Canet
Editorial Renacimiento
Colección A la Mínima, Serie Mayor
Sevilla, 2022

 

UNA GRIETA DE LUZ

  
    En el tramo final de siglo, Dionisia García (Fuente-Álamo, Albacete, 1929) estrenaba género al publicar en 1987 Ideario de otoño. Era la más temprana cosecha aforística; un surco abierto que concedía a la autora relevancia especial como iniciadora de esta estrategia expresiva ante la carencia de voces femeninas anteriores. El decir mínimo habría de adquirir en el trayecto literario de la escritora amplio desarrollo, como se vislumbra en El pensamiento escondido, recopilatorio de las tres entregas dedicadas al aforismo.
  La travesía es analizada en el proemio “Confidencias” por Carmen Canet, quien personifica la más persistente indagación del taller conciso de Dionisia García. La resonancia escritural perfila, en un juego de transparencias, la luz directa de la intimidad. Dentro del texto, la palabra confidencial es dueña de un enfoque comunicativo y compartido; aglutina situaciones sencillas y cercanas y abre senda a un horizonte reflexivo expuesto desde la hondura de la introspección. Como dicta la obertura de Carmen Canet: “Deja discretamente sobre el papel que sus palabras fluyan vitales, emotivas, profundas e imparables”.
   La acumulación de registros en Dionisia García es geografía integradora y prolífica. Aglutina caminos entre la poesía, la narración, el ensayo y los aforismos. En todos ellos, la existencia sirve para comprender escenarios y procesos de la realidad desnuda; el discurrir es trasunto de un espacio real paradigmático que tiene asienta localizaciones en ámbitos desperdigados por el mapa de lo laborable. La palabra nunca pierde su calidez doméstica para dar voz a protagonistas que congregan cercanía y sencillez, estar machadiano.
  La senda completa incluye, junto al ya citado comienzo Ideario de otoño, con nueva reedición ampliada en 1994, los libros Voces detenidas (2004) y El caracol dorado (2011). Sobre este contenido, Carmen Canet preparó la selección El hilo de la cometa. Antología esencial (1987-2011), editada por Libros al Albur en 2019. Todos constatan en su desnudez expresiva que “El aforismo no es un juego para decir algo. Puede llegar a quien escribe por vía intuitiva, o ser expresión de un pensamiento previo hasta considerar que el resultado puede ser válido. En su proceso viene a ser semejante al poema: hay que estar alerta.”
   Los pensamientos mínimos tienen preferencia por la forma directa; los enunciados son pasos cercanos a la biografía personal y exponen los efectos colindantes de las circunstancias. Los núcleos argumentales huyen de la estridencia; muestran contraluces y contrastes frente a las interrogaciones de la razón. Estas señales son percibidas por el proemio de Carlos García Gual a Ideario de otoño. El prologuista recuerda la tradición de un género con sus nombres esenciales a los que se añade el decir sentencioso de Dionisia García, desde la observación sutil, suave, irónica, como si las ideas se hubiesen instalado en los bajorrelieves del matiz. El transcurrir invita a la contemplación, al camino que enlaza el paisaje interior y las respiraciones de los elementos del entorno, siempre sometidos a las continuas metamorfosis de procesos naturales.
   El tumulto semántico acoge también referencias frecuentes al sentido y razón del hecho literario: “Las palabras nos ordenan, nos sitúan y alojan. Mal tratadas se vuelven contra nosotras”; “El estilo un poco gris –decía Baroja-  para que destaquen los matices tenues”. Placidez al visualizar la idea”. Este último texto pude muy bien definir los límites austeros de esta práctica minimalista y su complicidad, al asomarse al mundo, con la levedad de la  menudencia y sus grietas de asombro.
   Como ratifica la introducción de Voces detenidas la introspección se hace mirada interior. Pauta interrogaciones a través de la ironía, el desencanto y la esperanza, en torno a la condición humana. La escritura traza los rasgos de un autorretrato que intercala zonas oscuras y claridades. El yo percibe las voces detenidas del silencio, interpreta tras su indefinición genérica, esa parquedad narrativa, coloquial y directa que solemos hallar en el andamiaje del relato existencial. Los textos desandan el camino, cuestionan un pensamiento acomodaticio para dilucidar el sentido existencial; hablan de seres que deambulan buscando certezas y perciben el vivir despacio con sus asimetrías y relieves.
   La entrega El caracol dorado sirve de cierre a la compilación, tras un breve apunte de la autora donde comenta que el título nace de una impresión visual, cuando se despliega la amanecida. Se hace la luz y el aforismo ilumina los rincones del pensamiento para indagar sobre una realidad en vilo. La tarea impone una mirada insistente que se empeña en percibir el rastro de las cosas, los estratos de sus posibilidades y esos efectos secundarios que generan emoción y reflexión, la calidez de las palabras cortas y sus irisaciones.  
  Los aforismos de Dionisia García nunca son indiferentes a la historia menor, al poso anecdótico de apariencia insignificante. Saben que el lenguaje los dignifica y los convierte en compañías apacibles, en esos interlocutores de la inteligencia que fluyen con textura transparente, como un cauce incontenido de verdad y belleza. Tras su fragilidad evocadora, cada aforismo guarda la consistencia de un comienzo.

 
                                                                       JOSÉ LUIS MORANTE


 
 
 

martes, 7 de febrero de 2023

DIONISIA GARCÍA. CLAMOR EN LA MEMORIA

Clamor en la memoria
Dionisia García
Editorial Renacimiento
Colección Mediodía
Sevilla, 2022

 

MAPA DE TI

 
 
    Dionisia García (Fuente Álamo, Albacete, 1929), licenciada en Filología Hispánica, miembro correspondiente de la real Academia de Bellas Artes de San Telmo (Málaga), hija adoptiva de la ciudad de Murcia e hija predilecta de Fuente-Álamo, en su espléndida madurez intelectual mantiene abierta una estela creadora marcada por una perspectiva ecléctica. Amalgama géneros como la poesía, el cuento, el ensayo, el aforismo y la autobiografía. Son indagaciones expresivas que por su pluralismo y diversidad convierten a la escritora en uno de los nombres literarios referenciales de nuestro tiempo. Su vinculación con la poesía es continua y así se constata en Atardece despacio, volumen que acoge el cuerpo poético completo. Una  producción contundente, que compila más de cuatro décadas de escritura. Es el balance de una entrega incansable, que aún prosigue, como demuestra el abanico de poemas elegíacos de Clamor en la memoria (2022).
   La poeta abre su mirada creadora con un breve prólogo, “Caminos transitados” donde expresa el epitelio de esta entrega y su textura sentimental: “No es fácil escribir sobre un suceso cuando el referente, la persona amada, ya no está. Es por ello que he procurado mantener velada la herida, el dolor por su ausencia, a través de la palabra. Las cosas del alma se malogran si te acercas a ellas con descuido. Tú, Salvador, estás aquí con nosotros, en nuestros hijos”. En el laconismo de esta nota queda el núcleo interior de la escritura: despliega, sobre cualquier otra contingencia, un “mapa de ti”, un homenaje que recupera los itinerarios vividos en común, las pertenencias sentimentales que aposan incertidumbres e ilusiones, el variado contexto de la complicidad. La poesía se hace meditación y memoria; recobra los trayectos al paso, las etapas que aletean ahora en la lejanía: “Todo ha pasado / fugaz y luminoso, / con recorridos / que la memoria olvida. / Solo tú en el recuerdo”.
   Las palabras recobran las manos cálidas de una identidad en el tiempo, como si esta presencia completara las formas del entorno y no faltase nada en la casa de siempre.  Los días antiguos pierden su color desvalido para mostrar de nuevo la pujanza de una sonrisa en flor y su empeño de dar aliento al presente. En la frágil verdad del existir, el tránsito recobra evocaciones, vivencias mitigadas por los pasos del tiempo que acogían lecturas, músicas y trayectos que tenían “el olor a comienzo”.
   El yo es un pasajero fugaz del transcurrir. Su condición recuerda el verbo sabio de Montaigne: “Las vidas más hermosas son, a mi entender, las que se conforman al modelo común y humano”. El balance personal parece un mero patrimonio rutinario, en el que hay que saber descubrir la singularidad: el vuelo auroral de un nuevo proyecto literario, un viaje lejano, el primer hijo, la oscuridad habitable de una sala de cine; en suma, la incansable ruta de aprendizaje y gozo que abren los días, mientras se pone el sol de otra manera.
   En esa senda común las jornadas viajan hacia la última costa; alumbran el destino final. Llega la despedida que moldea la separación definitiva y el frío denso de la soledad. Las palabras ahora parecen una oquedad sin fondo y sin sentido. La realidad muda en páramo de soledad y espera, que solo cobra voz en la elegía: "Tu mirada me llega / como hilo de luz en lejanía, / y ya no supe más de la presencia. / Un despertar inquieto / me llevó a darme cuenta: / la habitación oscura, / y yo ya estaba sola.”. Queda solo el misterio de la ausencia, el desgarro en silencio de una herida que no puede curar y se hace escritura. Quien no está es ahora el mudo resplandor de lo vivido, la ausencia que define el clamor palpitante del camino común.

JOSÉ LUIS MORANTE


martes, 10 de mayo de 2022

DIONISIA GARCÍA. VUELO HACIA DENTRO

Vuelo hacia dentro
Dionisia García
Prólogo de Consuelo Ruiz Montero
Editorial Libros del Aire
Colección AltoAire
Boo de Piélagos, Cantabria, 2022

 

TRAS  LO VIVIDO

 

    La experiencia literaria de Dionisia García (Fuente Álamo, Albacete, 1929), en su pluralismo y diversidad, está marcada por la poesía como piedra de toque. Así se constata en Atardece despacio, volumen que acoge el cuerpo poético completo; una  producción contundente, que compila más de cuatro décadas de escritura. Es el balance de una entrega incansable, que aún prosigue, si nos atenemos al abanico de poemas de Mientras dure la luz (2021).
   Pero la mirada creadora deja sitio al aforismo, estrategia expresiva capaz de penetrar el epitelio del ser y mostrar su textura más humana. En el laconismo sapiencial queda expuesto el núcleo interior que aglutina incertidumbres y angustias, ideales y ceniza, recuerdos y la hermosa desnudez de la esperanza. La dicción minimalista se hace meditación y memoria. Indaga en el patrimonio de la sensibilidad. Alumbra una identidad en el tiempo. El presente esconde la frágil verdad del existir, la advertencia intacta del tránsito. El yo es un pasajero fugaz del transcurrir y así lo constatan, en términos literarios, las sucesivas entregas de aforismos Ideario de otoño (1987), Voces detenidas (2004), El caracol dorado (2011) y El hilo de la cometa. Antología esencial (1987-2011), balance personal con selección y prólogo de la aforista, crítica y ensayista Carmen Canet.
  Del itinerario aforístico de Dionisia García se nutre Vuelo hacia dentro, una selección que moldea con las teselas de la brevedad una manera de estar. Día tras día, el tiempo expande imágenes y símbolos cercanos, perfila contrastes, presenta la realidad como una ficción narrativa que construye espejismos en el horizonte y ubica en el pensamiento la ventana abierta de la incertidumbre. El lenguaje del existir tiene la cadencia de un canto polifónico. Y así lo manifiesta la fuerza ordenadora de este conjunto de casi seiscientos textos breves, donde a juicio de Consuelo Ruiz Montero, Catedrática de Filología Griega de la Universidad de Murcia, resalta un incansable diálogo con la naturaleza y el clamor palpitante de la propia travesía vital como camino de aprendizaje y veta profunda de enigmas y lucidez. El yo no tiene más estrategias que la reflexión y la interiorización de una realidad transcendida, que se vislumbra auroral y estética, dispuesta a la construcción continua de un universo mudable.
   El aforismo deviene claridad y espera, busca el umbral del entendimiento: “Escribir es estar al acecho de lo probable”, “La pasión por la escritura va con la vida, si ésta lentece el impulso se agosta”. Con aparente ligereza, las evidencias muestran pacientes su telaraña relacional con el sujeto verbal. Toca descubrir desde la percepción ese entorno natural que propaga enclaves para la imaginación y para la búsqueda de sentido de una realidad tangible. Quien se asoma a lo diario, se afana en preservar su misterio: “No me gusta leer a filósofos que lo tienen todo claro”, “Si desechamos las ideas difíciles de comprender, y no insistimos en ellas, corremos el riesgo de quedarnos en blanco y tener que volver a empezar”, “Nuestro caminar, de un solo recorrido, es cercenado por banalidades, controversias, espacios perdidos. ¿Qué nos queda?”.
   La memoria cultural se convierte en un claro del bosque, repleto de referencias que propician con su rescate estados de ánimo próximos a la evocación y la nostalgia. Dionisia García muestra un cúmulo de experiencias lectoras que invitan al balance: “Shakespeare se defiende como puede en esta época, porque estamos en otra cosa”, “Montaigne ha pasado todas las revisiones con excelencia. En estos años ha quedado para las citas”, “Charles Dickens es ese autor que tenemos en el “cuarto de atrás”, y lo aireamos de vez en cuando para nuestro bien.”, “Antonio Machado es un surtidor inagotable. A él vuelvo de vez en cuando para refrescarme”.
   Los aforismos de Dionisia García integrados en Vuelo hacia dentro avanzan con mirada múltiple. En su vocación indagatoria disciernen sobre la riqueza de matices interiores y externos que a diario percibe el camino existencial. En el fluir de la conciencia hay una sensación de madurez y culminación de destino, la serenidad de haber llegado, siempre con incertidumbres, tanteos y dudas, y consciente también de nuestra condición efímera: “Desde que somos conscientes de nuestra finitud, alojamos su realidad y ensombrecemos el camino”, “Tener la maleta hecha no está de más”. La selecta aforística de Dionisia García ensancha senda cívica, constata plenitud y conocimiento, la palabra viva que levanta el ánimo y agradece “la caricia de ser”.
 
José Luis Morante





martes, 10 de agosto de 2021

DIONISIA GARCÍA. MIENTRAS DURE LA LUZ

Mientras dure la luz
Dionisia García
Editorial Renacimiento
Colección Calle del Aire
Sevilla, 2021

 

ATARDECIDA


   Con prolongados contornos de verdad y belleza, la trayectoria poética de Dionisia García monopoliza algunos rasgos de la escritura figurativa; aspira a transcender el temporalismo concreto de lo biográfico, adentrándose en la evocación de lo vivido, siempre cercano y pleno en su retorno. Ya nonagenaria –por edad podría encuadrarse a la escritora en la indeclinable generación del medio siglo- Dionisia García vuelve al verso en la entrega Mientras dure la luz, para sumar pasos en el paisaje sentimental de la memoria, en la estela de pérdidas y ausencias que alberga lo vivido. Son incisiones fuertes que afectan la sensibilidad del sujeto; a menudo amanecen dispuestas a airear declamaciones y quejas, esos densos senderos del patetismo que hay que sortear de inmediato con el epitelio sereno de la reflexión.
   El título Mientras dure la luz emplea como apertura los maravillosos versos iniciales de la Oda a Salinas, escritos por Fray Luis de León, desde la claridad transparente de la dicción clásica. Sobre este impulso se hilvana el mínimo texto de introducción escrito por Alfonso Levy, que sintetiza, con calidez precisa, el quehacer de Dionisia García: “En los poemas reunidos bajo el título Mientras dure la luz se oye la lentitud de los brotes de las plantas, la música en lo que se convierte lo que casi regresa y la luz sobre la madera, para saber que todo se torna caricia en la preparación de la palabra”.
   La poeta resalta en el título la capacidad simbólica de la luz como expresión de vida y esperanza, como aliento de voluntad y despliegue existencial siempre sometido al discurrir. Así confía en la capacidad vivificadora del poema para aglutinar el sustrato informe de emoción y pensamiento donde se entremezclan el dolor, el desencanto, la soledad o la espera. Son sensaciones que definen el conjunto de poemas del primer apartado “La respuesta en nosotros”, donde alumbra la certeza que Emily Dickinson subrayó con laconismo: “es todo cuanto tengo hoy para traer. Esto y mi corazón, además…”. El excelente poema auroral “ la respuesta en nosotros”, escrito en dos tiempos, deja una indagación en los laberintos interiores del tiempo compartido y es una inmersión en el trayecto cumplido. Toca descifrar los recovecos de una travesía incierta, trazada entre la expectación y la costumbre, entre la amanecida y el estiaje final. La luz propicia compañía y nutre la tierra fértil del recuerdo. Está ahí para que la mirada no recele de lo transitorio y admita su condición perecedera: “Todo pasa por ti, no es entelequia. / Quieto en tu soledad, ni esperas ni diriges, / sencillamente estás: vemos cuerpos muy tensos / de todas las edades. Unos llegan dormidos, / otros con las heridas entreabiertas y espanto en la mirada”. (P. 17).
   El discurrir y su continuo quehacer de mudanzas en el entorno  es el territorio germinal de muchas composiciones del primer tramo. En ese horizonte abierto caben exilios, encuentros, presencias y enunciados que dan senda libre a la experiencia y sus claroscuros; en el transcurrir conviven la pulsión emotiva y las razones del corazón con el rescate de instantáneas de la niñez, aquel lejano paraíso siempre dispuesto a la voz del canto, abierto al ansia de existir. Toda la sección, en su aparente diversidad, presenta una epidermis reflexiva; quien comparte las líneas de escritura de la intimidad vive en la incertidumbre, se siente a sí mismo un cronista de lo que se va guardando en las manos del tiempo. Todo es recuerdo, melancolía, la columna de humo manso que asciende desde un despertar de soledad.
  El breve apartado final “A Pedro Luis. In memorian” integra cuatro composiciones de sensibilidad elegíaca. La ausencia no anula la claridad posible del amanecer; el amor perdura, tantea la azarosa distancia del regreso, vivifica la mirada, y dispone vestigios de otros días que, como un campo fértil, guardan los pasos comunes; esos hechos asentados en el tiempo que ahora son clausura y gratitud, como en el poema “Tarde lo supo”: “ya no está con nosotros. / le seguí en el camino / como sombra a su espalda: / en la mañana fría / con olor a romero, / por rutas naturales, / por montes y declives”
   En Mientras dure la luz deambulan las palabras en el fluir de la conciencia para reafirmar la plenitud de lo vivido. Para contemplar un itinerario en el que llegan los recuerdos de un tiempo compartido, sin rendiciones ni abandonos, preservando la levedad de una estela que guarda el resplandor callado de lo que se apaga, el rescoldo con luz de las palabras.

JOSÉ LUIS MORANTE

jueves, 7 de febrero de 2019

AURORA SAURA. AVIVAR EL FUEGO

Avivar el fuego
(Poemas 1980-2017)
Aurora Saura
Prólogo de Dionisia García
Editorial Renacimiento, Calle del Aire
Sevilla, 2018



RESCOLDOS


   Aurora Saura (Cartagena, 1949) comienza su trayecto lírico en 1986 con Las Horas, en un lapso temporal diverso en el que la etiqueta “Poesía de la experiencia”, impulsada sobre todo por un grupo de creadores de Granada, se hacía santo y seña de la poesía realista. Pero la escritora murciana estaba decidida a construir un sendero singular y alejado de alojamientos críticos gregarios. Ese es el material que forma la textura de Avivar el fuego, una amplia selección de textos que pertenece a todos los libros editados hasta la fecha y que se completa con algunos inéditos. Están representadas más de tres décadas de escritura que Dionisia García resume en un sereno liminar. No pasa inadvertido para la poeta y aforista el ritmo sosegado de publicación; los poemarios salen espaciados, como si la urgencia editorial se soslayara ante la enriquecedora visión de la naturaleza, los retratos de interior o la profundización en las obsesiones más íntimas, que rozan la existencia diaria. Dionisia García defiende que la poesía es una moral, en la que las palabras llegan hechas contenido y verdad; y desde esas coordenadas se enfoca con humildad el quehacer de Aurora Saura.
  El aserto Avivar el fuego incide en poner luz a lo diario a través de las palabras; los versos adquieren una cristalización luminosa, capaz de desplegar tonalidades nuevas en los grises y apaciguar las sombras. De esa necesidad de nombrar también se nutre el poema inicial de Las horas: “Siempre necesitando las palabras./Como si no bastaran / los pensamientos, los gestos, / la mirada /mis manos / el silencio”. Es una composición que hace del decir despojado una coordenada expresiva; los poemas no describen si se aliñan con aderezos retóricos, son leves pinceladas de las realidades y sus mutaciones, como estados de ánimo, que también contagian al entorno próximo; el mundo parecía bien hecho, como si fuese un sueño que no hubiese amanecido todavía.
  El tiempo se hace indeclinable material del canto. Solo el transitar hace al sujeto una geografía sentimental que da cabida a las grandes palabras que nos pronuncian y van rompiendo en frágiles fragmentos las sombras de la noche.
  De 1991 es el poemario De qué árbol cuya sensibilidad contagia una cercanía emotiva hacia la naturaleza. Su abrazo aloja y llena los sentidos, es fuente de emoción y de conocimiento. Pero la identidad responde también a otros núcleos argumentales: la amistad, el referente cultural –ya presente en el primer libro, en la evocación a Holderlin-, la música, la nostalgia, o esos elementos que van mudando ante los ojos en los ciclos estacionales.  El poema tantea el declinar existencial hasta descubrir, y qué nítido se oye el magisterio de Jaime Gil de Biedma, que la vida iba en serio. Así llegan los trazos de Retratos de interior  (1998) que entrelazan recuerdos y sentido elegíaco. Se recupera el paso rumoroso de los días de infancia y la intrahistoria del niño amaneciendo a la grisura en un entorno de silencio y soledad, dispersando su ilusión todavía sin mácula entre los escasos juguetes. Los recuerdos perduran como frutos caídos en el árbol del tiempo.
   En ese devenir de la materia, que alteran mutaciones y olvidos, solo el propósito de ser una brasa encendida, unas palabras de desolado amor que impregnan las palabras de fuerza emocional: “Arded, corazón, arded, / que yo no os pueda valer”. Como si la conciencia embebida en el tránsito diario supiese que todo es silencio, salvo el amor que justifica y se mantiene ileso, como una luz que expande su belleza.
  La antología deja en su avance una sensación de continuidad, de camino pautado en el que los argumentos salen al paso como si desplegaran los previsibles centros de interés, las ventanas de una casa poética intimista y cercana, cuyos vanos comparten el paisaje abierto de la confidencia. En los primeros poemas de Tocamos tierra la voz se hace más reflexiva, como si buscase sentido al vuelo de las palabras. En los títulos se percibe la carga conceptual: destino, la eternidad, presagio… como si el estar fuese solo la ausencia de los gestos de quien camina por dentro, con los trazados pasos del pensamiento.
  Con voz de mujer, la palabra reviste una reivindicación de ese papel femenino en el devenir. Su grito suena fuerte en “Entre mujeres” para que el largo itinerario, asumido en la historia, necesitase consolidar un deseo de voluntad, fuerza y espera. En los versos, el afán de ser libre, superando la desolación del fracaso.
   La leve brisa del haiku y su capacidad para acoger matices temporales conforma el apartado Mediterráneo en versos orientales, una entrega fechada en 2014. El marco geográfico es sobre todo un entorno cultural cuyo aliento ha permanecido indeclinable sobre la destrucción y el afán transitorio. La estrofa es mano tendida al sosiego natural y a sus elementos armónicos, que abren las manos a una percepción sinestética.
   La voz de Aurora Saura mantiene un tono activo que permite oír el paso de nuevas entregas, de las que se anticipan algunos textos en Poemas últimos. En ellos la determinación de seguir continúa con una mirada cercana, que hace del poema espacio dialogal y epitelio emotivo. Quien escribe pone en el tiempo un gesto de tender la mano al frío. Aviva el fuego para que suenen leves en la atardecida unas pocas palabras verdaderas. 


  

martes, 19 de abril de 2016

DESDE EL MAR A LA ESTEPA (Antología)

Desde el mar a la estepa
Prólogo de Dionisia García
Chamán Ediciones, Colección Chamán ante el fuego
Albacete, 2016

PAISAJES

 El carácter expansivo de la edición digital, con sus innegables rasgos publicitarios de rapidez, difusión inmediata y mínimos costes, ha ido reduciendo las lindes de la edición tradicional y generando incertidumbre sobre la situación futura del mercado. Por eso, asistir al nacimiento de Chamán Ediciones, impulsada por Ana Isabel Toboso y Pedro José Gascón, tiene mucho de amanecida estival, como sucediera en su día con la editorial Balduque o con las páginas orquestales de la revista literaria La Galla Ciencia. Un disfrute que merece apoyo, sin ningún reparo.
  La colección de poesía “Chamán ante el fuego” abre su recorrido con el volumen Desde el mar a la estepa, un compendio de paisajes creativos formado por autores de Murcia y Albacete. Son zonas con marco geográfico complementario, entre la cuerda litoral y la altura mesetaria manchega. Sitios fértiles en la escritura que ya tienen cosecha granada en el canon lírico del siglo XX. El discurso estético de las últimas hornadas no podría entenderse sin las aportaciones singulares de Antonio Martínez Sarrión, José María Álvarez y Eloy Sánchez Rosillo. Son referentes vivos a los que podría unirse Dionisia García por su dilatado corpus. A Dionisia García le corresponde firmar el liminar con un texto de apertura.
 La poeta de Fuenteálamo incide en el legado cronológico de ambas provincias, en el que podemos vislumbrar los ciclos naturales de abundantes iniciativas, sendas básicas de la situación actual. El prólogo deja la convicción de que la abundancia de autores es consecuencia de un afán múltiple, sostenido en el tiempo que da voz coral y ha creado un tejido perdurable.
  La selección aglutina treinta nombres y es un atinado expositor sobre la convivencia de idearios estéticos, con estratos temáticos y formas diferenciados. Cada autor es introducido por un descriptivo perfil biográfico y deja muestra de su taller con cuatro textos. En tan amplio panorama no hay sitio para mucha poesía, por lo que estas composiciones pueden ser meras señales de situación para que los lectores busquen el diálogo en soledad con hitos más representativos. Queda entre las palabras el sentir lírico de un grupo que restaura el laberinto estético. Sendas de ida y vuelta entre lo figurativo y la sombra, entre la imagen onírica y el verso que difunde ángulos cotidianos de la intimidad. Un alfabeto siempre renovado en la búsqueda personal que da sentido al poema, donde resulta grato constatar la firmeza de vuelo de la lírica más joven, con nombres representados en antologías nacionales y protagonismo explícito en los estantes de la edición actual.
  Cierra  la muestra, como asumiendo una órbita circular entre editor y poeta, Pedro José Gascón. Su largo itinerario arranca en las lejanas páginas de la revista Isla desnuda y cuyo sentido multidisciplinar de la creación ha diseminado calas en la música, la poesía, el periodismo o la edición. El volumen colectivo desde el mar a la estepa difunde una esperanzada visión de la pujanza literaria de dos entornos, Albacete y Murcia, convertidos en los últimos años en sitios esenciales del poema. Con certera luz, el enfoque de Chamán Ediciones perfila contornos de un mapa poblado y apacible, donde la poesía sigue siendo avenida principal.



martes, 23 de septiembre de 2014

PABLO NÚÑEZ. LO QUE DEJAN LOS DÍAS.

Lo que dejan los días
Pablo Núñez
Aula de Poesía, Edit.um
 Murcia,  2014

EL RUMOR DEL TIEMPO

    El discurrir del tiempo constituye la veta central en la primera propuesta lírica de Pablo Núñez (Langreo, Asturias, 1980). No resulta extraño que el único anticipo de su trabajo literario se titulara precisamente Tempos fugit, una propuesta coral del Círculo Cultural de Valdediós. Licenciado en Periodismo y Doctor en Filología Hispánica, Pablo Núñez consiguió con su carta auroral, Lo que dejan los días, el XII Premio de Poesía Dionisia García, en cuyo jurado estaba el poeta Eloy Sánchez Rosillo, uno de los magisterios más notorios de esta colección poemática. Vislumbramos además otros aportes de la tradición; también resultan próximas las incursiones en los itinerarios de Luis Cernuda, Jaime Gil de Biedma, Ángel González y Francisco Brines, estaciones relevantes de la lírica elegíaca.
   A Pablo Núñez no le asusta tan amplio tratamiento del motivo, sabe que el topos admite un rastro plural de idearios estéticos y él mismo ha organizado el avance poemático  con encuadres diferenciados, aunque las tres secciones del libro comparten  un discurso diáfano e intimista que adquiere un cierto aire de solemnidad en las citas prologales de T. S. Eliot y Jorge Luis Borges. La sección de inicio, “El reflejo de los siglos” aglutina una decena de composiciones; conecta el ser individual con un devenir común, como si alentara bajo la dermis de cada sujeto un arquetipo mensurable, hecho para perdurar en el acontecer, aun cuando el cauce del verso desarrolle una historia biográfica concreta. Cuánto sugiere  el verso “Para que yo me llame Ángel González” este primer poema de Pablo Núñez: “Nace un hombre y comienza a nacer el mundo. / Mundos naciendo y muriendo a cada instante.”; un ciclo vital renovado y continuo, una interminable sucesión de causas y efectos conceden a cada eslabón de la cadena  justificación y sentido y hacen que la finitud y el ser temporal se prolonguen y adquieran consistencia perdurable. El tiempo se concibe así no como fragmentos aislados sino como paréntesis vitales que se solapan y conexionan, que se expresan con la misma voz y dejan entre las manos indicios similares. Lo que se ha perdido, permanece, está en el aire como un eco difuso, como un rumor audible, como un vago reflejo.
  En “Conversación” adquiere un enfoque relevante la voz de la memoria. Retorna el primer recuerdo y las formas que habitaron ciudades y pasos, esos pasos en que también habitan en los libros. Hay claves que remiten a Julio Cortázar y a su literatura. Pienso, por ejemplo, en el verso “todos los fuegos el fuego”, o en el título “Visión breve de los parques”. El tema de la luna en alguna composición recuerda núcleos argumentales de la poesía de Eloy Sánchez Rosillo o de Giacomo Leopardi.
  El conjunto de cierre aglutina el binomio tiempo y conciencias del lenguaje. En sus poemas el acontecer se hace punto de reflexión. Las palabras funcionan como testigos fieles de lo mutable; en su nombrar conceden existencia, habla de sueños y experiencias, formula intuiciones y atrapan fugazmente lo que mañana será solo ceniza, unos rasgos perdidos en la sombra.
   Con el libro Lo que dejan los días inicia rumbo Pablo Núñez. Este umbral busca senda con palabras de todos, con verbo claro y transparente que evidencia su empeño de convivir con las preocupaciones del lector, sin piruetas arriesgadas ni experimentales, pero con la certeza de que esta meditación esclarece cualquier andadura existencial: la suya y la de todos.

    

viernes, 27 de enero de 2012

DIONISIA GARCÍA. NUEVOS AFORISMOS.

El caracol dorado
Dionisia García
Renacimiento, Sevilla, 2011

   Desde que firmara su primera incursión en la poesía, Mnemosine, llevada a puerto por Rialp en 1981, Dionisia García (Fuente- Álamo, Albacete, 1929) ha prodigado un incansable quehacer literario que aglutina poesía, relatos, aforismos e incluso una autobiografía novelada.
   El caracol dorado es una colección de aforismos que dibuja una sensibilidad moral; buena parte de los textos incide en la reflexión sobre las enseñanzas de lo cotidiano. Si es cierto que “abarcar el cromatismo de la vida es imposible”, el sujeto en tránsito mantiene un estado de búsqueda, ahonda en los matices, persiste en la tarea de observar las mutaciones y los pequeños gestos del entorno. De este modo de pensar y sentir surge el impulso de una escritura indagatoria que hace balance y postula enunciados aplicables a la experiencia. El libro prosigue el recorrido abierto en 1984 por Ideario de otoño, que halló continuidad, una década después, con Las voces detenidas. Debe su título a una impresión visual descrita, con prosa lírica, en la nota liminar: “…entre las hojas trepadoras, ví un caracol en movimiento. El rocío y el primer resplandor de la hora confluían en la concha del molusco, dando lugar a irisaciones que se tornaron doradas y atraparon mi curiosidad, atenta al meloso cuerpo, a su lentitud con la carga entre la yerba”.
    En apariencia encontramos una doble disposición, como si los textos se aglutinaran en dos casilleros: vida y literatura, aunque existen frecuentes interferencias. El primer grupo aforístico se acoge bajo la etiqueta de “Confidencias”, un sustantivo cuya semántica confirma la disposición de las palabras para entablar con el destinatario un diálogo a media voz, con voluntad de permanencia en la memoria. Pero el intimismo se preserva y el pudor de la piel se mantiene velado; se habla de la conciencia de ser, no de los trabajos y días de un yo personal.
   El segundo apartado se denomina “Artificios”; la voz parece difuminar el tono confesional y deja campo abierto a meditaciones sobre el arte en cuanto técnica, habilidad u oficio; en suma, se rastrean las virutas del taller literario para disentir del arte como regalo de los dioses y para reafirmar la consideración de la tarea del escritor como un largo camino de probaturas, errores y aciertos. La anotación sociológica o el rasgo cultural también encuentran sitio para mostrarnos la inquietud del otro.
   En su discurso sobrio, el aforismo se convierte en línea medular del pensamiento; sustituye la perífrasis por la sugerencia, al hilo de aquella aseveración de E. Jünger que afirmaba que los detalles estropean las cosas. Máximas y opiniones estiman cualidades y dejan a descubierto el fluir de la vida. Huellas y pasos, esfuerzos sin fisuras que buscan la verdad y la belleza.