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viernes, 12 de septiembre de 2025

ANTONIO JIMÉNEZ MILLÁN. SOL PONIENTE

Antonio Jiménez Millán
(Granada, 11 de septiembre, 1954-Málaga, 24 de enero de 2025


SOL PONIENTE
 
Biología, historia
Antonio Jiménez Millán
Visor Poesía, Colección Palabra de Honor
Madrid, 2018
 
  Por su capacidad sugeridora, qué atinado parece el aserto Biología, Historia que el poeta y profesor universitario Antonio Jiménez Millán (Granada, 1954-Málaga, 2025) utiliza para reunir los poemas más recientes. El logrado título aglutina espacios cognitivos complementarios: la Biología es la ciencia que estudia los seres vivos, los procesos vitales y su evolución en el tiempo; en cambio, la Historia alude al conjunto de acontecimientos vividos como individuo y colectividad. Ambas disciplinas, en última instancia, constituyen una mirada al sujeto en el tiempo y un desvelamiento del periodo social en el que se gesta su identidad.
  El poeta deja en el pórtico del libro otros referentes culturales de interés: la dedicatoria a Luis García Montero, director de la colección Palabra de Honor, amigo con quien ha recorrido un completo itinerario repleto de complicidad estética, y estudioso que ha firmado reflexiones críticas del máximo interés sobre el quehacer creador, como el prólogo “Antonio Jiménez Millán: la conciencia y el tiempo”, que sirve de umbral a Ciudades (Antología 1980-2015). También son balizas necesarias los dos aportes paratextuales: la conocidísima cita de Fernando Pessoa que alude al poeta como fingidor, y el párrafo de James Joyce, extraído de Retrato del artista adolescente. No son gestos gratuitos sino indicios que subrayan una sensibilidad que conexiona el carácter autobiográfico de la escritura y el continuo aporte de la experiencia vital.
   La lírica de Antonio Jiménez Millán elige el recuerdo para recuperar elementos enunciativos. La infancia se muestra como trazado de sentido único. En su gestación, la voz verbal convierte a la memoria en refugio. En ella amanece, renovado y repleto de matices colaterales, el intimismo. El sentimiento se empeña en clarificar códigos cifrados, como si las partituras del escaparate de una tienda de música contuviesen esa felicidad introspectiva que da sentido a lo temporal. La evocación recorre la ciudad, Granada, dibujo arquetípico que alza su laberinto urbano repleto de experiencias en el entorno de lo real y hace posible la mirada amable y esperanzada del yo en otro tiempo. Desde esa indagación, el sujeto se contempla a sí mismo como una ficción, perfilada a través de unas pocas imágenes. Recordar es alzar un territorio erosionado que trae consigo el tacto y la memoria del pretérito.
   Ya hemos comentado que buena parte de la voz lírica de Antonio Jiménez Millán tiene como sustrato territorial la evocación. El pasado se aquieta, no se distancia y construye un discurso de permanencia que comparte intersecciones con el presente. A veces transporta al litoral de la melancolía, cuyo patrimonio es un trasfondo de imágenes que tiene la textura de lo emotivo. En el poema “Doce de septiembre” el yo personaje celebra su cumpleaños. Sesenta velas. Alrededor rozan la piel los desajustes de la realidad, como un lastre que cuarteara la esperanza y que subraya la situación de fugacidad, la ineludible cita con la nada. Desde ese estado de aceptación del ser transitorio nacen otras composiciones que confirman el fragmentario cauce de la conciencia y el empeño del lenguaje de dar luz a las disoluciones. Al cabo, el recuerdo contiene lejanos espejismos que ya no están al alcance, que parecen traviesas resistentes, a flote, bajo la tibia luz de un sol poniente.
   Una cita de Oscar Wilde recuerda que el nombre que solemos dar a los errores cometidos en el oficio de vivir se llama experiencia. Y es diáfana esa mirada a contingencias personales que aguantan en el discurrir, con una piel ajada, adusta y seca. En el apartado “Disolución” vuelven a formularse los pasos en el tiempo de magisterios hechos de incertidumbre y piel ausente. El afán colectivo es un legado en el que se cuestionan grandes conceptos, proclives a componer una épica falsa. Es el caso de la guerra civil y de aquellos interminables bombardeos que propiciaron muertes y exilios, hoy tan lejanos que apenas pueden despertar interés en las aulas de alumnos que consultan el móvil o tienen recorridos personales en los que no caben las páginas de la Historia. El dolor y el frío de la posguerra se transforman en indiferencia. Todo se apaga y traza su negación sin ruido, su asiento en los rincones de la memoria como una estela mínima destinada a borrarse.
   El tramo final es una reflexión sobre la pérdida. Contiene también una mirada crítica a esas ideologías totalitarias que han erosionado la convivencia hasta convertir al otro en un enemigo. Bajo el dictado del fundamentalismo se ha creado una historia a la medida, una trinchera entre nosotros y ellos, que llena las calles de patriotas, himnos y banderas: “Muy pronto descreí de las banderas / y me alejé de aquellos / que imponían su idioma a los demás / en nombre de espejismos imperiales / y de siniestras águilas fascistas. / Pero también  me fueron muy ajenas / las leyendas del pueblo y de la tierra, / la búsqueda de los orígenes, de la pureza intacta”.
 Aunque en los diferentes apartados los argumentos son autónomos y van jalonando tramos de asuntos, todos coinciden en buscar las ventanas de la memoria a partir de una sensibilidad que atiende a los pautados movimientos del pensar. La voz se torna elegía, compromiso con la coherencia cívica y homenaje con magisterios que han puesto los cimientos de la propia pared creadora. En ese aprendizaje nace la gratitud a Jaime Gil de Biedma,  Franz Kafka, Miguel Hernández o Antonio Machado…
   El escritor incorpora a su poblado itinerario creador la prosa poética en la sección “Carnets”. Nos deja composiciones que sustentan una notable veta reflexiva sobre la música como voz callada que pone fondo al silencio, o sobre el resentimiento, una muesca en el ánimo que tanto clarifica el complejo entramado de causas y efectos de los prestigios literarios. Vivir es andar a tientas, sumar imágenes que después se resguardan en el viejo cajón de la memoria como carnets que exigen fotos nuevas; deja sitio a abandonos y encuentros; toma el pulso a sueños vanos que nunca se cumplieron.
   El vértigo del tiempo y sus vibraciones sísmicas impulsan los poemas de “Rehabilitación”. Los pasos de la edad conllevan síntomas y terapias, guardan en los espejos un ser desconocido cuyos trazos muestran debilidad y torpeza; un ser otro que registra en sus pulsaciones el desajuste de la enfermedad. Es esa biología indeclinable que toma sitio en lo diario con descarada impunidad, que lentamente acaba erosionando las esquinas del cuerpo o convierte el dolor en alevosa rutina.
   Las etiquetas críticas establecen líneas de demarcación; exploran los momentos escriturales en el transcurrir. La voz poética de Antonio Jiménez Millán nació ligada a “La Otra sentimentalidad” y más tarde a la “poesía de la experiencia” para desembocar en un intimismo reflexivo y realista. Sus versos piensan y leen históricamente el patrimonio de un sujeto anclado en la intrahistoria. Son pautas de un ideario que clarificó con solvencia el profesor y ensayista Juan Carlos Rodríguez, a quien se dedica la composición final. El poema entrelaza afecto y filosofía vital, gratitud y voluntad de seguir, sin hacer mucho caso a las leyes del tiempo, buscando caminar, ligero de equipaje, un paso más allá.

                                                                                    

JOSÉ LUIS  MORANTE




 

sábado, 3 de diciembre de 2022

TERESA GÓMEZ. PLAZA DE ABASTOS

Plaza de abastos
Teresa Gómez
Prólogos de Ángeles Mora
y Juan Carlos Rodríguez
Fundación José Manuel Lara
Sevilla, 2022 

 

EL QUICIO DE LAS HORAS

 
 
   La poesía contemporánea aglutina una luminosa conjunción de etiquetas que definen, con discutible precisión, los ensanches del género. Así sucede con la expresión machadiana “La otra sentimentalidad”, que nombra el grupo literario nacido en Granada a principios de los años 80, cuyos vértices referenciales más notables, en su comienzos, fueron Álvaro Salvador, Javier Egea y Luis García Montero. Pero la etiqueta adquiría solvencia con otras identidades como Ángeles Mora, Inmaculada Mengíbar y Teresa Gómez (Puebla de Don Fadrique, Granada, 1960), Licenciada en Filología Hispánica y Psicopedagogía. El trayecto personal compendia las publicaciones Subasta en mi ventana (2000), Tu silencio (2004), La espalda de la violinista (2018) y ahora, como definitivo amanecer tras una notable presencia en revistas y algunas antologías, Plaza de abastos, un libro escrito en el primer tramo de los años ochenta y presentado en 1986, aunque destinado muy poco después a soportar un largo paréntesis de silencio.
   En su acercamiento prologal, Ángeles Mora recuerda el clima cultural de la época. Aquella etapa en la que la Universidad de Granada era un hervidero de iniciativas culturales, auspiciadas por magisterios como el profesor Juan Carlos Rodríguez. La lírica de Teresa Gómez sonaba fuerte en lecturas públicas y recitales y había sido reconocida por la revista Olvidos de Granada. Pero sus poemas de viva voz solo tuvieron el apunte de una aparición fugaz, aunque contaran en aquella amanecida temporal con el refrendo presencial de Juan Carlos Rodríguez cuyas palabras sirven ahora como pórtico a esta edición. El investigador y ensayista recalcaba un aspecto clave de Plaza de abastos: la creación de una metafísica del cuerpo, exento y liberado de su condición biográfica.
   Ahora Teresa Gómez desvela el misterio de Plaza de abastos, ese modo de percibir que marca las estratagemas del solitario desde la poesía. Las palabras son intuición del espíritu; profundizan en la realidad y dan cuenta de la experiencia del conocer las fuentes esenciales del sujeto: el amor, el itinerario hacia el otro, la conciencia de la temporalidad y los claros indicios de la contemplación de lo cotidiano.
   En Plaza de abastos los poemas muestran su trabazón interna en torno a cuatro secciones. La del comienzo, “Variaciones sobre un tema inesperado” solo contiene dos composiciones, pero en ellas concurren los rasgos definidores del poemario. La voz confidencial explora de manera directa el cauce sentimental. Abre ventanas al cuerpo, percibe las huellas marcadas en la epidermis de los días que la sensibilidad lírica moldea, en una suerte de registro verbal: “Extendida la arena más allá de las costas / yo sostuve en tu cuerpo una formulación de mi pasado”. El inicio celebratorio de la pulsión amorosa establece en el segundo poema una analogía entre  los pormenores del deseo y el desplazamiento del yo existencial hacia su ineludible destino en la ceniza.
    El campo semántico del apartado “Oferta” se ajusta con destreza al acontecer del hablante en torno a su relación con el latir del cuerpo. El tiempo borra y distancia, pone niebla en las coordenadas del destino: “Son todos estos años de pie frente a la verja, / las preguntas aquellas con la luz apagada / y una explosión de ti a deshora / con un gesto en los ojos / terminantemente prohibido”. Frente a los días quedan los rastros del cansancio, el tacto áspero de un paisaje en el que languidece un callado rumor de besos.
   El conjunto de poemas “Ocasiones” incorpora en el cauce argumental la mirada social. En este tramo destacan poemas de sensibilidad oral mediante el empleo de recursos literarios como la repetición, el juego visual de las grafías y un ritmo de canción que recuerda el folklore. Junto al personaje, cercano permanece un escenario colorista que halla en la percepción de quien contempla un itinerario de retorno. En el avance de “Ocasiones” se muestra un atinado ejemplo de aliento transversal que hace propicio el tiempo para una cosecha de sentimientos diáfanos como el amor, la soledad, el desamparo de la calle –tan certero en el poema “Estado de sitio”- o las fotografías de un tiempo que buscaba esperanza tras la ominosa travesía de la dictadura.
   Se reflexiona en el apartado final “Demanda” sobre el ser de quien recorre el pálpito coral de lo cotidiano en su empeño de definir esperanzas y sacudir el tedio. La caligrafía de la intimidad siempre es el sencillo y eficaz salvavidas diario: “Y ahora llegas tú / con veinticinco mil maneras de acariciar mis dedos / aunque no estés de acuerdo con lo que yo / pensé / del precio de la piña  y la última decisión / que ha tomado el gobierno”.
  Recuerdos y experiencias son señas presenciales presenciales.  Son elementos vivificadores, símbolos plurales de cuyo existir se deducen inflexiones intimistas para animar la caligrafía aleatoria del pasado. El abrazo entre meditación y vivencias conceden al poemario textura meditativa.
  En los poemas de Plaza de abastos el tejido experiencial adquiere una importancia explícita; las evocaciones trasmiten la vigencia activa de la memoria; desde su cercanía se marcan los latidos del presente y las cualidades del entorno, ese contexto urbano marcado por las contingencias del sentir. Este singular encuadre personifica el apoyo en magisterios como Rafael Alberti y su momento creador surrealista. Teresa Gómez deja en Plaza de abastos un tramo escritural intimista, experiencial y evocador, que no olvida la preocupación formal y supera hermetismos y oscuridades para expresar la pulsión tensión de una identidad que camina hacia adentro, para reconocer sus vibraciones, los nuevos signos de la amanecida.


JOSÉ LUIS MORANTE

sábado, 9 de marzo de 2019

ANTONIO JIMÉNEZ MILLÁN. BIOLOGÍA, HISTORIA

Biología, historia
Antonio Jiménez Millán
Visor Poesía, Colección Palabra de Honor
Madrid, 2018


SOL PONIENTE


  Por su capacidad sugeridora, qué atinado parece el aserto Biología, historia que el poeta y profesor universitario Antonio Jiménez Millán (Granada, 1954) utiliza para reunir los poemas más recientes. El logrado título aglutina espacios cognitivos complementarios: la biología es la ciencia que estudia los seres vivos, los procesos vitales y su evolución en el tiempo; en cambio, la historia alude al conjunto de acontecimientos vividos como individuo y colectividad. Ambas disciplinas, en última instancia, constituyen una mirada al sujeto en el tiempo y un desvelamiento del periodo histórico en el que se gesta su identidad.
  El poeta deja en el pórtico del libro otros referentes culturales de interés: la dedicatoria a Luis García Montero, director de la colección Palabra de Honor, amigo con quien ha recorrido un completo itinerario repleto de complicidad estética, y estudioso que ha firmado reflexiones críticas del máximo interés sobre el quehacer creador, como el prólogo “Antonio Jiménez Millán: la conciencia y el tiempo”, que sirve de umbral a Ciudades (Antología 1980-2015). También son balizas necesarias los dos aportes paratextuales: la conocidísima cita de Fernando Pessoa que alude al poeta como fingidor, y el párrafo de James Joyce, extraído de Retrato del artista adolescente. No son gestos gratuitos sino indicios que subrayan una sensibilidad que conexiona el carácter autobiográfico de la escritura y el continuo aporte de la experiencia vital.
   La lírica de Antonio Jiménez Millán elige el recuerdo para recuperar elementos enunciativos. La infancia se muestra como trazado de sentido único. En su gestación, la voz verbal convierte a la memoria en refugio. En ella, amanece renovado y repleto de matices colaterales el intimismo. El sentimiento se empeña en clarificar códigos cifrados, como si las partituras del escaparate de una tienda de música contuviesen esa felicidad introspectiva que da sentido a lo temporal. La evocación recorre la ciudad, Granada, dibujo arquetípico que alza su laberinto urbano repleto de experiencias en el entorno de lo real y hace posible la mirada amable y esperanzada del yo en otro tiempo. Desde esa indagación, el sujeto se contempla a sí mismo como una ficción que se perfila a través de unas pocas imágenes. Recordar es alzar un territorio erosionado que trae consigo el tacto y la memoria del pretérito.
   Ya hemos comentado que buena parte de la voz lírica de Antonio Jiménez Millán tiene como sustrato territorial la evocación. El pasado se aquieta, no se distancia y construye un discurso de permanencia que comparte intersecciones con el presente. A veces trasporta al litoral de la melancolía, cuyo patrimonio es un trasfondo de imágenes que tiene la textura de lo emotivo. En el poema “Doce de septiembre” el yo personaje celebra su cumpleaños. Sesenta velas. Alrededor rozan la piel los desajustes de la realidad, como un lastre que cuarteara la esperanza y que subraya la situación de fugacidad, la ineludible cita con la nada. Desde ese estado de aceptación del ser transitorio nacen otras composiciones que confirman el fragmentario cauce de la conciencia y el empeño del lenguaje de dar luz a las disoluciones. Al cabo, el recuerdo contiene lejanos espejismos que ya no están al alcance, que parecen traviesas resistentes, a flote, bajo la tibia luz de un sol poniente.
   Una cita de Oscar Wilde recuerda que el nombre que solemos dar a los errores cometidos en el oficio de vivir se llama experiencia. Y es diáfana esa mirada a contingencias personales que aguantan en el discurrir, con una piel ajada, adusta y seca. En el apartado “Disolución” vuelven a formularse los pasos en el tiempo de magisterios hechos de incertidumbre y piel ausente. El afán colectivo es un legado en el que se cuestionan grandes conceptos, proclives a componer una épica falsa. Es el caso de la guerra civil y de aquellos interminables bombardeos que propiciaron muertes y exilios, hoy tan lejanos que apenas pueden despertar interés en las aulas de alumnos que consultan el móvil o tienen recorridos personales en los que no caben las páginas de la historia. El dolor y el frío de la posguerra se transforman en indiferencia. Todo se apaga y traza su negación sin ruido, su asiento en los rincones de la memoria como una estela mínima destinada a borrarse.
   El tramo final es una reflexión sobre la pérdida. Contiene también una mirada crítica a esas ideologías totalitarias que han erosionado la convivencia hasta convertir al otro en un enemigo. Bajo el dictado del fundamentalismo se ha creado una historia a la medida, una trinchera entre nosotros y ellos, que llena las calles de patriotas, himnos y banderas: “Muy pronto descreí de las banderas / y me alejé de aquellos / que imponían su idioma a los demás / en nombre de  espejismos imperiales / y de siniestras águilas fascistas. / Pero también  me fueron muy ajenas / las leyendas del pueblo y de la tierra, / la búsqueda de los orígenes, de la pureza intacta”.
 Aunque en los diferentes apartados los argumentos son autónomos y van jalonando tramos de asuntos, todos coinciden en buscar las ventanas de la memoria a partir de una sensibilidad que atiende a los pautados movimientos del pensar, la voz se torna elegía, compromiso con la coherencia cívica y homenaje con magisterios que han puesto los cimientos de la propia pared creadora. En ese aprendizaje nace la gratitud a Jaime Gil de Biedma,  Franz Kafka, Miguel Hernández o Antonio Machado…
   El escritor incorpora a su poblado itinerario creador la prosa poética en la sección “Carnets”. Nos deja composiciones que sustentan una notable veta reflexiva sobre la música como voz callada que pone fondo al silencio, o sobre el resentimiento, una muesca en el ánimo que tanto clarifica el complejo entramado de causas y efectos de los prestigios literarios. Vivir es andar a tientas, sumar imágenes que después se resguardan en el viejo cajón de la memoria como carnets que exigen fotos nuevas; deja sitio a abandonos y encuentros; toma el pulso a sueños vanos que nunca se cumplieron.
   El vértigo del tiempo y sus vibraciones sísmicas impulsan los poemas de “Rehabilitación”. Los pasos de la edad conllevan síntomas y terapias, guardan en los espejos un ser desconocido cuyos trazos muestran debilidad y torpeza; un ser otro que registra en sus pulsaciones el desajuste de la enfermedad. Es esa biología indeclinable que toma sitio en lo diario con descarada impunidad, que lentamente acaba erosionando las esquinas del cuerpo o convierte el dolor en alevosa rutina.
   Las etiquetas críticas establecen líneas de demarcación; exploran los momentos escriturales en el transcurrir. La voz poética de Antonio Jiménez Millán nació ligada a “La Otra sentimentalidad” y más tarde a la “poesía de la experiencia” para desembocar en un intimismo reflexivo y realista. Sus versos piensan y leen históricamente el patrimonio de un sujeto anclado en la intrahistoria. Son pautas de un ideario que clarificó con solvencia el profesor y ensayista Juan Carlos Rodríguez, a quien se dedica la composición final. El poema entrelaza afecto y filosofía vital, gratitud y voluntad de seguir, sin hacer mucho caso a las leyes del tiempo, buscando caminar, ligero de equipaje, un paso más allá.
                                                                                    
     JOSÉ LUIS  MORANTE