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lunes, 2 de abril de 2018

SIOMARA ESPAÑA y VERÓNICA ARANDA (Eds.). EN MITAD DE UN EQUINOCCIO

En mitad de un equinoccio
Panorama de la poesía ecuatoriana contemporánea
Siomara España Verónica Aranda (eds.)
Editorial Polibea, Colección Toda la noche se oyeron...
Madrid, 2017


POLIFONÍA ECUATORIANA

 Convergen en este momento cultural varias propuestas editoriales empeñadas en dar visibilidad y cristalización a la lírica emergente latinoamericana, desde Argentina al Caribe. Sellos asentados como Visor, Pre-Textos o Valparaíso han integrado en sus catálogos las afirmaciones más originales, y alzadas más recientes como Ediciones Liliputienses, y la madrileña Polibea han creado colecciones específicas, solo pobladas en su recorrido por presencias creadoras de Latinoamérica.
   Las poetas Siomara España y Verónica Aranda recorren la originalidad estilística de Ecuador en el volumen En mitad de un equinoccio, cuyas páginas muestran los contornos de la geografía poética del país. Se parte de una contingencia; salvo contadas excepciones, las voces ecuatorianas propagan un rumor casi inaudible; son mapas secretos. Desde ese vértice traza su vertical indagatoria Siomara España. Su preámbulo trata de mostrar –valga el oxímoron- la unidad creadora de un paisaje diverso. Toda antología es un lugar de encuentro. Y En mitad de un equinoccio refleja una costa minuciosa y extensa compuesta en la selección por veinticinco nombres nacidos en los últimos sesenta años.
   Los registros estéticos se bifurcan. Dan vida a etiquetas diferenciadas en las que conviven el clasicismo de la tradición y la experimentación lingüística, el sesgo introspectivo y la exploración de la otredad. Al cabo, cada voz textualiza y busca la singularización de su entidad verbal. De este modo, el lenguaje se hace construcción y ruptura, deja impulsos decantados hacia una búsqueda cognitiva que no se agota nunca en sí misma, que se convierte en proceso y pulsión permanente.
   Verónica Aranda aborda los propósitos de la colección “Toda la noche se oyeron…”. Describe su experiencia individual en eventos poéticos en los que ha constatado la innegable salud poética que añade singularidades emergentes; una coral de voces que rompe cualquier trayecto lineal. Las antólogas han obviado la habitual nota biográfica y las líneas esenciales de cada  ideario estético, como si únicamente confiaran en la eficacia comunicativa del poema, lejos de cavidades digresivas y desbordamientos críticos.
   El marco cronológico representado se abre con Maritza Cino Alvear (Guayaquil, 1957). Con más de treinta años de producción, su escritura se compiló en 2013 en el volumen Poesía reunida. En él se percibe un tono discursiva que verbaliza escenas existenciales, trechos de la memoria que regresan cuajados de imágenes y materiales simbólicos. Es el punto de partida de una nómina que profundiza en relevantes estelas: Edgar Allan García (Guayaquil, 1958), cuya abrumadora labor se despliega en todos los géneros, vertebra una lírica existencial, hecha de imaginación y memoria;  Roy Sigüenza (Portovelo, 1958), con trazos próximos a un neorrealismo coloquial y narrativo, nacido de una observación pormenorizada de las cosas  y sus aspectos esenciales. También se recoge el verbo intimista, que sobrevive sin épica entre lo cotidiano, de Raúl Vallejo (Manta, 1959); la selección textual de Edwin Madrid (Quito, 1961) emplea el poema en prosa para sus postales urbanas y sus crónicas de lo diario, en las que toma asiento la ironía. En el decurso poético de María Aveiga (Latacunga, 1964) aflora una poesía sensorial que enlaza corazón y pensamiento, y muestra algunas afinidades en sus temas con los poemas elegidos de Cristóbal Zapata (Cuenca, 1968), donde el amor y el deseo son núcleos sustanciales.
  El vigor de los años setenta está representado por la poesía de Luis Carlos Mussó, Pedro Gil Flores, María Luz Albuja Bayas, Ana Cecilia Blum, Gabriel Cisneros Abedrabbo y Xavier Oquendo Troncoso. Este último fue el único poeta ecuatoriano incluido en El canon abierto, la antología consultada impulsada por la profesora y ensayista Remedios Sánchez, que daba voz a la última poesía en español.
   Abierta al fluir del magma lingüístico, la antología concede relieve al quichua ecuatoriano, la lengua más hablada en la cordillera de los Andes, desde la palabra de Lucila Lema (Otavalo, 1974), cuya obra convive con otros autores que se dan a conocer en la amanecida del nuevo milenio. Es el caso de un poeta excelente, César Eduardo (Quito, 1976), cuya poesía adquiere en ocasiones el formato de un soliloquio interrogativo, un discurso cuestionador frente al lenguaje, que mantiene su efecto literario con estrategias iterativas como la repetición o el uso de versos sálmicos.
   Es conocida la inmersión de Siomara España (Malabi, 1976), poeta, ensayista y crítica de arte, en el ámbito cultural hispano. En 2016, la editorial Polibea impulsaba su poemario Construcción de los sombreros encarnados / música para una muerte inversa. Su poética aglutina legado cultural e intimismo, explora los recorridos de la conciencia o se adentra en la observación de lo colectivo, donde se entrelazan texturas sentimentales, sensaciones y experiencia vital, como refleja el poema inédito “Plegaria”.
  Completan la nómina algunos nombres propios de la generación digital como Ernesto Carrión (Guayaquil, 1977), Juan José Rodinás (Ambato, 1979) y Augusto Rodríguez (Guayaquil, 1979), otro nombre esencial de esta nómina. Periodista, docente en ejercicio y editor, impulsa un trayecto cimentado con abundantes premios. En nuestro ámbito es bien conocido por iniciativas sobre su obra como la antología El libro blanco (Chamán Ediciones, 2016), con introducción de Rafael Courtoisie quien define la estética de A. Rodríguez como “un instrumento de introspección y conocimiento, una herramienta hecha de palabras pero cuyo efecto trasciende las palabras”. También se integran algunos nacidos en los años ochenta: Alexis Cuzme (Manta, 1980), María Auxiliadora Balladares (Guayaquil, 1980), María de los Ángeles Martínez (Cuenca, 1980) y Dina Bellrham, nacida en 1984 y fallecida en Guayaquil en 2011, cuyos poemas sirven de coda a esta cartografía. Su muerte prematura cierra un itinerario compuesto por cuatro entregas en las que se percibe la mutación desde un ideario neorromántico hasta la formación de una voz atormentada y tenebrista, que explora los rincones umbríos de la identidad con imágenes de impacto y con débitos literarios de Alejandra Pizarnik.
  En mitad del equinoccio ofrece al lector el poblado escenario temporal de la poesía ecuatoriana contemporánea. Siomara España y Verónica Aranda disparan un selfie lírico de urgencia que debe completarse con un sondeo personal más intenso, que aporte la verdadera significación de los antologados. El trabajo común forja las conexiones entrelazadas por una poesía activa cuyos puntos cardinales se hacen testimonios de amistad literaria y cercanía, de itinerarios que invitan a un largo recorrido.




miércoles, 12 de octubre de 2016

SIOMARA ESPAÑA. CONTRUCCIÓN DE LOS SOMBREROS ENCARNADOS

Construcción de los sombreros encarnados
(música para una muerte inversa)
Siomara España
Prólogo de
Verónica Aranda
Ediciones Polibea, Madrid, 2016
DESDE LA RENUNCIA

   Entre las dos orillas del castellano no se prodigan enlaces que contribuyan a un conocimiento mutuo; por eso la iniciativa de la editorial Polibea de abrir una colección que aglutine la producción lírica del multiculturalismo latinoamericano encarna una significativa contribución al encuentro, un afán de explorar rutas diferenciadas de un legado plural que se retroalimenta y fortalece como una tradición viva. La colección “Toda la noche se oyeron…Poesía Latinoamericana del ahora"  tiene su inicio en el poemario Construcción de los sombreros encarnados, de Siomara España (Manabi, Ecuador, 1976), autora con persistente voluntad creativa que acumula en su taller media docena de entregas, desde Concupiscencia a El regreso de Lolita.
  El volumen Construcción de los sombreros encarnados / música para una muerte inversa se editó por primera vez  en 2013. Título y subtítulo del poemario comparten una evidente ortografía simbólica. Sus referentes culturales son analizados con precisa demora por la poeta, editora y traductora Verónica Aranda, quien expone ante el lector la travesía en marcha de esta colección de poemas: el deseo es ese impulso fatalista que supone la renuncia a la propia libertad, e inspiró el discurso estético de Thomas Mann en su novela Muerte en Venecia. Bajo su luz escribe este poemario Siomara España, casi un rapto lírico y torrencial surgido mientras escucha como fondo sonoro la quinta sinfonía de Malher, y recuerda la película de Luchino Visconti. Desde su enfoque lírico, Siomara España reivindica la brújula del sentimiento, más allá de las convenciones sociales y de ese mundo de jerarquía y apariencia que representan los sombreros encarnados. La ciudad, Venecia, arquetipo de esplendor arquitectónico, ha establecido un plano de modelos convivenciales y una manera pactada de estar en lo real. Y es en ese contexto donde emerge la tensión vital, esa polarización de contrastes que enaltece lo bello y lo terrible. La plenitud de Tadzio, con su aura juvenil que impacta los sentidos y convulsiona el ánimo, contrasta con la atonía crepuscular de la madurez, con esa identidad que hace suya la pasión a destiempo, aceptando ser víctima de una emboscada de la que es imposible salir sin estragos. La conciencia del yo asume esa sensación de paisaje después de la batalla que genera la catalización de lo imposible: Tadzio es una imagen platónica, un ideal inalcanzable, y es difícil sobreponerse a ese largo recorrido que propone la culminación de la belleza. El sujeto verbal se siente “tardío y solo”, asomado a un lugar entre sombras, contrafigura expuesta a ras de suelo mientras el amado emprende viaje, como un Ícaro renacido, que parte en vuelo hacia el azul lejano; pero también la fragilidad está en el amado, como si tras el epitelio de su belleza estuviesen encendidas las brasas del tiempo y su fluido arroyo de ceniza.
  Para expresar el fuego pasional de quien desea, Siomara España recurre al poema breve y al estilo directo; los versos dan voz a un monólogo fragmentado que se mueve entre la reflexión y la calidez del amor encendido, que encuentra en el lenguaje y su grafía icónica una manera de congelar la realidad y petrificar lo transitorio. El sentimiento amoroso no es locura contingente sino mutación de la esencia del ser.