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miércoles, 10 de diciembre de 2025

ELOY SÁNCHEZ ROSILLO. VENIR DESDE TAN LEJOS

Venir desde tan lejos
Eloy Sánchez Rosillo
Tusquets Editores
Colección Nuevos Textos Sagrados
Barcelona, 2025

 

CONDICIÓN DE POETA

 

   Quienes hayan seguido el recorrido poético de Eloy Sánchez Rosillo (Murcia, 1948) recordarán que su obra expande una travesía orgánica donde se yuxtaponen, sin estridencia, dos etapas: una primera, definida por la inclinación evocativa y el sentimiento elegíaco, y un segundo momento marcado por el canto y el tono celebratorio. El tramo inicial de escritura abarca las entregas Maneras de estar solo (1978), Páginas de un diario (1981), Elegías (1984), Autorretratos (1989), La vida (1996) y La certeza (2005). Son libros habitados por un protagonista verbal reconocible en sus rasgos y actitudes, próximos a la experiencia biográfica de quien escribe. A cada paso, los contenidos muestran una terca inmersión en el intimismo y en el fluir del pensamiento. En ellos se percibe la variedad de una evolución sin rupturas, donde la reflexión humanista y el epitelio emotivo funcionan como sedimentos orbitales. Así lo reafirma el autor en El sueño cumplido (2023), libro en prosa que recoge sus escritos sobre poética y sus entrevistas, al meditar sobre su condición de poeta: “El escribir poesía es para mí una manera de entender y de considerar la vida, de acercarme a ella y de confundirme con su sustancia: un ser y un estar. Y un destino hermoso como pocos, del que hay que hacerse digno asumiéndolo hasta sus últimas consecuencias”. 
   El segundo momento escritural germina ya en abundantes composiciones de La certeza, que puede considerarse un conjunto de transición. Aglutina los poemarios Oír la luz (2008), Sueño del origen (2011), Antes del nombre (2013), Quién lo diría (2015) y La rama verde (2020). Ahora se hace más evidente la voluntad de canto ante el patrimonio sensorial del discurrir. El viaje temporal de la existencia propicia la felicidad unánime de estar entre las cosas, de ser parte de su fervorosa plenitud y apacible armonía. No hay soledad en la intemperie de quien amanece a diario sino meditación ante el asombro de ser. En la claridad de lo inmediato se palpa una realidad benevolente, ofrecida como regazo y vínculo.
   En los poemas de Venir desde tan lejos (2025) parece abrirse un nuevo ciclo. No predominan la elegía ni el canto, sino una asumida disposición de la conciencia para aceptar el desbocado caminar del tiempo, la certeza de lo transitorio y la apacible consumación. La mirada interior se hace cumplimiento y aceptación, y se refuerza el trasfondo moral. Quien advierte en el espejo los laberintos de su periplo vital asume que el destino ha trazado un largo itinerario de vivencias. Advierte también que el ahora se aproxima, con sosegado andar, al lento atardecer. No hay resentimiento sino acuerdo pleno con el estar de la vida y su condición de andén transitorio. Hay una compenetración sin fisuras entre sujeto y entorno, como si hubiera una exacta correspondencia en el diálogo entre intimismo y territorio contingente.
   El abanico de tramas argumentales recobra algunos motivos recurrentes. Se percibe, por ejemplo en el poema “La herida”, un renacido homenaje al recuerdo paterno y al encuentro temprano con la ausencia y el desamparo, también presente, de forma más explícita, en el poema “Acerca del final”. El tiempo no ha cerrado esa “extraña herida que duele y da consuelo”, pero la sensación de lejanía ha mitigado el dolor y lo ha trasmutado en fortaleza y esperanza, mientras se deshoja la nostalgia, convertida en lección y conocimiento.
    Paso a paso, el sujeto verbal medita sobre la conciencia de ser y las enseñanzas de la edad. El ahora deja al protagonista lírico frente a sí mismo, con las coordenadas situacionales de estar en el centro de todo. La mirada es apropiación de colores y formas; en ella se cobija la claridad de lo vivido, mientras el pensamiento resguarda, como “centro sereno del asombro”, el pulso elemental de la existencia.
   El poeta es un maestro en construir impresiones y maneras de sentir; la observación se transforma en génesis y aglutina dentro las instantáneas exteriores. Quedan a resguardo esas sensaciones pasajeras que concede el transcurso del tiempo. Todo se hace trazo ingrávido y decurso interior, luminosas señales de quien está vivo: “La vida es esto: / tanta quietud moviéndose, / estar sin nadie y conversar con todo”.
   Eloy Sánchez Rosillo, en los poemas de Vivir desde tan lejos, atribuye al poeta el quehacer esencial de expresar la dimensión inefable de la existencia. El misterio que guarda en lo más hondo lo aparente. El necesario hilo de luz que una rendija guarda para empezar el día. 



JOSÉ LUIS MORANTE
 

 

domingo, 3 de agosto de 2025

ELOY SÁNCHEZ ROSILLO. VENIR DESDE TAN LEJOS

Venir desde tan lejos
Eloy Sánchez Rosillo
Tusquets editores
Colección Nuevos Textos Sagrados
Barcelona, 2025

 

CONDICIÓN DE POETA

 

   Quienes hayan seguido el recorrido poético de Eloy Sánchez Rosillo (Murcia, 1948) recordarán que su obra expande una travesía orgánica donde se yuxtaponen, sin estridencias, dos etapas, con voluntaria continuidad: una primera, definida por la inclinación evocativa y el sentimiento elegíaco, y un segundo momento estético marcado por el canto y el tono celebratorio. El tramo inicial de escritura abarca las entregas Maneras de estar solo (1978), Páginas de un diario (1981), Elegías (1984), Autorretratos (1989), La vida (1996) y La certeza (2005). Son libros habitados por un protagonista verbal reconocible en sus rasgos y actitudes, próximos a la experiencia biográfica de quien escribe. A cada paso, los contenidos muestran una terca inmersión en el intimismo y en el fluir del pensamiento. En ellos se percibe la variedad de una evolución sin rupturas, donde la reflexión humanista y el epitelio emotivo funcionan como sedimentos orbitales. Así lo reafirma el autor en El sueño cumplido (2023), libro en prosa que recoge sus escritos sobre poética y varias entrevistas, al meditar sobre su condición de poeta: “El escribir poesía es para mí una manera de entender y de considerar la vida, de acercarme a ella y de confundirme con su sustancia: un ser y un estar. Y un destino hermoso como pocos, del que hay que hacerse digno asumiéndolo hasta sus últimas consecuencias”. 
   El segundo episodio escritural germina ya en abundantes composiciones de La certeza, que puede considerarse un conjunto de transición. Aglutina los poemarios Oír la luz (2008), Sueño del origen (2011), Antes del nombre (2013), Quién lo diría (2015) y La rama verde (2020). Ahora se hace más evidente la voluntad de canto ante el patrimonio sensorial del discurrir. El tránsito de la existencia propicia la felicidad unánime de estar entre las cosas, de ser parte de su fervorosa plenitud y apacible armonía. No hay soledad en la intemperie de quien amanece a diario sino meditación ante el asombro de ser. En la claridad de lo inmediato se palpa una realidad benevolente, ofrecida como regazo y vínculo.
   En los poemas de Venir desde tan lejos (2025) parece abrirse un nuevo ciclo. No predominan la elegía ni el canto, sino una asumida disposición de la conciencia para aceptar el desbocado caminar del tiempo, la certeza de lo transitorio y la apacible consumación. La mirada interior se hace cumplimiento y aceptación, y se refuerza el trasfondo moral. Quien advierte en el espejo los laberintos de su periplo vital asume que el destino ha trazado un largo itinerario de vivencias. Advierte también que el ahora se aproxima, con sosegado andar, al lento atardecer. No hay resentimiento sino acuerdo pleno con el estar de la vida y su condición de andén transitorio. Hay una compenetración sin fisuras entre sujeto y entorno, como si hubiera una exacta correspondencia en el diálogo entre intimismo y territorio contingente.
   El abanico de tramas argumentales recobra algunos motivos recurrentes. Se percibe, por ejemplo en el poema “La herida”, un renacido homenaje al recuerdo paterno y al encuentro temprano con la ausencia y el desamparo, también presente, de forma más explícita, en el poema “Acerca del final”. El tiempo no ha cerrado esa “extraña herida que duele y da consuelo”, pero la sensación de lejanía ha mitigado el dolor y lo ha trasmutado en fortaleza y esperanza, mientras se deshoja la nostalgia, convertida en lección y conocimiento.
    Paso a paso, el sujeto verbal medita sobre la ontología cotidiana de ser y las enseñanzas de la edad. El ahora deja al protagonista lírico frente a sí mismo, con las coordenadas situacionales de estar en el centro de todo. La mirada es apropiación de colores y formas; en ella se cobija la claridad de lo vivido, mientras el pensamiento resguarda, como “centro sereno del asombro”, el pulso elemental de la existencia.
   El poeta es un maestro en construir impresiones y maneras de sentir; la observación se transforma en génesis y aglutina dentro las instantáneas exteriores. Quedan a resguardo esas sensaciones pasajeras que concede el transcurso del tiempo. Todo se hace trazo ingrávido y decurso interior, luminosas señales de quien está vivo: “La vida es esto: / tanta quietud moviéndose, / estar sin nadie y conversar con todo”.
   En los poemas de Venir desde tan lejos Eloy Sánchez Rosillo atribuye al poeta el quehacer esencial de expresar la dimensión inefable de la existencia. El misterio que encubre en lo más hondo lo aparente. La mano  del poeta deshilvana el necesario hilo de luz que una rendija guarda para que el día se ponga en pie. 
 
JOSÉ LUIS MORANTE
 


 

viernes, 23 de agosto de 2024

ALMUDENA GRANDES. INÉS Y LA ALEGRÍA

Inés y la alegría
Almudena Grandes
Tusquets Editores
Barcelona, 2010

 
INÉS Y LA ALEGRÍA
 
 
   Inés y la alegría es el primer paso de un ciclo narrativo centrado en la posguerra española del que Almudena Grandes ha adelantado su estructura general: una serie de seis entregas cuyos títulos serían: Inés y la alegría, El lector de Julio Verne, Las tres bodas de Manolita, Los pacientes del doctor García, La madre de Frankenstein y Mariano en el Bidasoa. El subtítulo común, Episodios de una guerra interminable, remite a Benito Pérez Galdós como modelo referencial y a sus Episodios nacionales que son la máxima expresión del realismo decimonónico hispano y que fijan una estética con una larga lista discipular: La voz narrativa nunca se ciñe a la estricta neutralidad del narrador omnisciente; se muestra como un testigo compasivo e implicado en el carácter y en las actuaciones de los personajes reales o imaginarios. Sin embargo hay una diferencia palpable con el maestro: Galdós prefiere los hitos de la historia oficial, esas páginas subrayadas por el heroísmo que marcaron la identidad nacional; en cambio, Almudena Grandes opta por el acontecimiento olvidado, por la estela de los derrotados que casi siempre acaba sepultada bajo la arena del olvido general.
   Almudena Grandes denomina al enfrentamiento cainita de 1936-1939 guerra interminable por la onda expansiva que provocan sus efectos colaterales: dictadura franquista, la sangría del exilio, la sangrienta represión, la resistencia interior o exterior son cauces argumentales en los que irá aflorando un gran friso de personajes que definen un tiempo histórico que marcó a varias generaciones.
   Esta primera entrega, Inés y la alegría, arranca en Toulouse. Son los días de 1939 y una muchacha de veintitrés años, Carmen de Pedro, morena, culibaja y añorando un paisaje sureño y mediterráneo se encuentra con otro exiliado, Jesús Monzón, un oscuro secundario del partido comunista. Ese aparente azar da pie a una convivencia posterior en la que la historia personal deja sitio a otros personajes, algunos tan carismáticos como Dolores Ibárruri, la Pasionaria que ponen a aquellos años trágicos un sesgo sentimental y emotivo. El cauce de la Historia se va forjando paso a paso, a través de destinos individuales y voluntades aparentemente frágiles.
  Icono de la resistencia, Dolores Ibárruri, vive una historia amorosa casi de folletín con Francisco Antón y cuando se exilia a la Unión Soviética, donde será nombrada Secretaria general  del PCE, y la separación de su amante le provoca dolor y angustia encarga a través de terceros a  Carmen de Pedro que cuide de su amante. Este insólito encargo a una desconocida sin ninguna cualidad relevante para una tarea política de tal magnitud será clave para el meditado acercamiento a la muchacha de Jesús Monzón.
   Por sus cualidades y dotes de mando, mientras Carmen de Pedro vive la intensa felicidad de una relación amorosa, Jesús Monzón habrá de convertirse en el verdadero organizador del partido comunista en Francia y en el instigador de sus iniciativas más utópicas, como es la reconstrucción de Unión Nacional Española, una plataforma para encuadrar la resistencia dispuesta a invadir la España de Franco.
  El impulsor de aquella “Operación Reconquista” es Jesús Monzón Reparaz, una biografía histórica que la novelista fija con notable verosimilitud. Nacido en pamplona el 22 de 1910 en el seno de una familia burguesa, estudió con los Jesuitas, se licenció en derecho y desde sus años universitarios ingresa en el partido comunista. Cumplirá distintos nombramientos oficiales hasta su exilio en Francia donde se convertirá, como se ha dicho, en el alma mater de Unión Nacional española.
   Pero el protagonista central de novela es Inés, una muchacha que el 30 de julio de 1936 cumple veinte años. Ese día percibe por primera vez una ciudad, Madrid, volcada hacia fuera, descubre también el ambiente de libertad y fuerza de sus calles, como si hasta ese momento hubiese estado encerrada en una oquedad. Poco a poco, Inés gana convicciones y se posiciona en el grupo delos que pierden, primero la guerra y después el futuro. Sólo la influencia de su hermano falangista logra rescatarla de la cárcel y asentarla en la grisura del nuevo régimen. Pero Inés no ha cambiado, sigue oyendo Radio Pirenaica, y sigue soñando con tomar parte activa en la lucha contra Franco. 
  La idea de Monzón lo le parece descabellada, aunque no conoce los planes. En definitiva se trata de reconquistar el sur de los pirineos con un ejército fogueado en la lucha contra los nazis que suma casi veinte mil combatientes. En pequeños grupos irán cruzando la frontera para invadir el valle de Arán, bien comunicado con Francia y con defensas naturales para resistir la contraofensiva fascista.
   Inés debe gratitud a su cuñada Adela, pero se siente ajena a los vencedores. No comparte la forma de vida de su hermano y el tiempo de convivencia con la familia es sólo una tensa espera para  huir con su verdadero bando que tras la guerra representan las fuerzas de Unión nacional. Esa es la imagen de Inés: una pistola, un puñado de repostería para obsequiar a los sublevados y un caballo. No necesita más en su apuesta vital. A lomos de Lauro ( un nombre que reconocerán de inmediato los lectores de Luis García Montero como guiño cómplice)
   En 1944 los ejércitos aliados avanzan hacia Berlín, donde Hitler resiste. En ese clima bélico de contraofensiva, la invasión del Valle de Arán emerge como un acontecimiento menor, una iniciativa precipitada que minimizan los máximos dirigentes del partido comunista en el exilio, con Dolores Ibárruri a la cabeza y que no impresiona al prepotente régimen de Franco que bajo la apariencia de neutralidad  coquetea con los nazis y ha puesto en marcha la división azul que combate contra los rusos. Sin embargo los combatientes de la milicia republicana, implicados de forma directa, que han cruzado la frontera al mando del capitán galán no lo consideran ninguna utopía y día a día crecen su ilusión y su compromiso.
   Ese es el ambiente que encuentra Inés al sur del Pirineo, en el pequeño pueblo donde se ha instalado el cuartel general de la ofensiva republicana, antes de convertirse en la cocinera de Bosost.
   En esta excelente apertura para un proyecto narrativo de alcance, una identidad sobresale sobre las demás: el personaje de Inés. Representa el mantenimiento de la tradición heroica que ante la realidad adversa busca estrategias de supervivencia con acciones concretas. Cree que la historia se construye en primera persona sin encerrase en las especulaciones de lo privado. Nunca renuncia a los grandes ideales porque los percibe vinculados a una verdad colectiva. Su fidelidad extrema a la propia conciencia quedará en la memoria de todos.
 
 
 
                                                                         JOSÉ LUIS MORANTE



domingo, 14 de enero de 2024

IDA VITALE. POESÍA REUNIDA

Poesía reunida (1994-2015)
Ida Vitale
Edición de Aurelio Major
Tusquets Editores, Austral
Barcelona, 2023

 

 VOZ NATURAL


 
  En marzo de 2023, casi a punto de cumplir un siglo de existencia, Ida Vitale (Montevideo, 1923) regresaba a España, pese a la delicada fragilidad, para intervenir en varios eventos en torno al claro auroral de su poesía, un balance colmado que condensa casi setenta años de itinerarios abiertos en la espesura del lenguaje.
 Austral celebra el longevo caminar compilando en Poesía reunida (1949-2015) todos los libros de la autora con edición de Aurelio Major. El volumen desanda el tiempo para hacer una radiografía en el tiempo. Aloja como punto de salida Antepenúltimos, selección de las composiciones más recientes, y como estación final La luz de la memoria, amanecida de una voz que buscaba sitio propio en 1949 y que no tardaría en convertirse en nombre referenciales de la Generación del 45 uruguaya. Como es sabido, los integrantes de esta promoción se caracterizan por ofrecer en la constante incertidumbre del hecho poético un trato cercano con la emoción, frente al enunciado racionalista o el oscurecimiento del campo semántico. La solidez escritural de la promoción conforma una nueva identidad colectiva uruguaya cimentada en el quehacer de protagonistas como Mario Benedetti, Idea Vilariño, Amanda Berenguer y Humberto Megget.
  Integran el volumen trece salidas en total que hablan de una voluntad creadora con reconocimientos como el Premio Nacional en Uruguay, el Alfonso Reyes, Octavio Paz y el de Literatura en Lenguas Romances en México, país donde vivió muchos años a causa del exilio desde 1974, y en España los premios Federico García Lorca, Premio Reina Sofía y Premio Cervantes. Completa el listado el Premio Max Jacob, otorgado en Francia.
   La nota de edición recuerda que, aunque queden fuera algunas composiciones escritas en la década de los cuarenta, esta obra recoge la poesía que su autora considera asentada en su redacción definitiva y final, ajena a cualquier reelaboración y cambio que a veces enciende el afán de perfección  Este es el legado de quien entiende la poesía como quehacer esencial que “busca sacar de su abismo ciertas palabras que puedan constituir el tejido de cicatrización tras el que todos andamos sin saberlo”.
   La muestra postula una obra abierta cuyas claves son el silencio expresivo y la variedad temática que abarca desde el intimismo transcendido y la constante incertidumbre del discurrir existencial hasta la percepción celebratoria de una naturaleza impuesta por la lentitud de lo perdurable, cuyos elementos atestiguan un patrimonio intacto de verdad y belleza. Así nace el vehemente deseo de la poeta, no exento de cierto misticismo, que afronta indeclinable su tarea: “Abrir palabra por palabra el páramo, / abrirnos y mirar hacia la significante abertura, / sufrir para labrar el sitio de la brasa, / luego extinguirla y mitigar la queja del quemado”.  
  La voz natural de Ida Vitale huye de la impostura. Se arropa en la contención y el despojamiento. Quita peso a las palabras para que encuentren una presencia leve, casi etérea pero llena de luz, en la que se establece una continua poda de recursos: “El sobresalto fuera del poema y dentro del poema, apenas aire contenido “. En sus entregas se percibe un diálogo directo con el acervo clásico y con la escritura de Juan Ramón Jiménez, Antonio Machado, Pablo Neruda y César Vallejo como magisterios más próximos. La poeta no duda en emplear formas cerradas como la décima o el soneto, cuyo uso refrenda un artesanal dominio formal, pleno de exactitud y sentido musical; hay también una inclinación prolongada hacia el mundo clásico. Roma se convierte en motivo habitual con abundantes referencias a sus huellas culturales y arqueológicas.
    Poesía reunida (1949-2015) muestra el proceso creativo de Ida Vitale y las distintas etapas de su escritura, un representativo quehacer que actualiza claves poéticas de la tradición y conmueve el ánimo con ámbitos esenciales como la naturaleza del yo en su despliegue sentimental y en sus reflexiones sobre los conceptos centrales de la existencia: la soledad, el tiempo, el amor y la muerte. La voz de Ida Vitale es palabra generadora, eco sostenido en el aire, plenitud y misterio.
 
JOSÉ LUIS MORANTE
 
 

miércoles, 6 de septiembre de 2023

LUIS GARCÍA MONTERO. UN AÑO Y TRES MESES

Un año y tres meses
Luis García Montero
Tusquets Editores
Nuevos Textos Sagrados
Barcelona, 2022


ELLA, CONMIGO


    Corresponde a Luis García Montero (Granada, 1959) ser nombre e influencia referencial en la configuración del mapa poético contemporáneo en español, tras impulsar, con plena energía, un incansable proceso creador en prosa y en verso. En su obra en marcha, ambas estrategias expresivas mantienen estrechos lazos; comparten en su confluencia un mismo ideario humanista e introspectivo. Reafirman la apuesta por un registro de calado humano, nutrido en el conocimiento de la tradición y en el transitar de la experiencia. Su desarrollo reflexiona la sensibilidad profunda del hablante verbal y sus relaciones con la coyuntura histórica, por donde toman cuerpo las aspiraciones, sueños y posibilidades del yo biográfico.
   En el ámbito escritural del profesor y ensayista, lo vivido conforma de manera consciente el suelo firme del poema. Por eso, el vitalismo de Almudena Grandes, amor perenne y compañera sentimental para habitar la casa durante décadas, está presente en los libros más emblemáticos del cauce lírico, desde los acordes celebratorios de Completamente viernes (1998)  hasta la compilación monotemática acogida en Almudena (2015).  La pérdida de la  escritora madrileña, fallecida a los 61 años, impulsa ahora, con fuerza, desgarro emocional y constancia, el homenaje que hilvanan los poemas de Un año y tres meses. La escritura suscribe una declaración de amor que trasciende lo literario y reflexiona sobre el derrumbe físico y la pérdida, ajena a abstracciones espirituales. El título del libro, para quien esto escribe, conversa directamente con la materia lírica de Joan Margarit, cuya poesía está plagada de afinidades con la de Luis García Montero, a pesar de pertenecer a encuadres generacionales distintos. En Joana (2002) libro clave del Premio Cervantes catalán que se hace dolorosa crónica autobiográfica, se incluye el poema “Profesor Bonaventura Bassegoda” en el que se guardan estos versos: “Hoy hace tantos años, tantos meses / y tantos días que murió mi hija…”. Mantienen hilos que conectan con el vaivén de precisión temporal que define la enfermedad y ausencia de Almudena Grandes, ese abrumador proceso de deterioro,  instalado en la memoria del poema. El sujeto poético sabe que ninguna épica, por más que el amor y la voluntad monten y fijen sus andamios, será capaz de cambiar la trama discursiva del último viaje. Solo queda afrontar la presencia continua de la sombra y poner en los gestos la máxima ternura, como recuerda la cita prologar de la propia Almudena: “mientras él pudiera lavarla, peinarla, acariciarla…”. El amor es un punto de encuentro pactado entre dos. En él conviven “El misterio y el secreto”, esas expresiones de la máxima desnudez sentimental; reformulan oscuras preguntas de los que no saben qué decir. Suenan a lluvia fuerte que emociona y zarandea por dentro a quienes comparten la misma habitación y han prolongado esa estela de hábitos que caligrafía la convivencia y la rutina: “El amor es también una luz negociada. / Me das tus sueños al vivir los míos. / Te doy mis sueños al guardar los tuyos. / Historias que se enlazan como cuerpos.”. Son vidas que parecen imaginarias, pero que imponen la verdad de su ficción, como si buscaran en esa certeza de realidad la propia razón del arte: la poesía es el empeño por vivir otros territorios existenciales y dar cauce a sendas sentimentales que dejen al sol el amor a la vida y los cuidados. El empeño amoroso es disposición total al servicio de la amada y plena voluntad para estar con ella, como sucedía en el soneto de Luis de Góngora, que inspira el verso final.
   La desnudez se impone en el pulso narrativo del libro, sin que nada enmascare el estado de ánimo de quien escribe, herido por el desenlace de la enfermedad y por los sucesivos diagnósticos.  Lo diario son arenas movedizas que engullen. Mientras, el discurrir temporal prosigue, ausente, con fría indiferencia, como si el hacer daño fuera una costumbre que impone su orden quieto al desorden de siempre. La beligerante realidad cambia la sensibilidad de cada día, como si el tiempo se contagiara con una aspereza impertinente que exige estar alerta y aceptar la dolorosa condición del náufrago, que bracea cansado sobre una superficie de desasosiego. Ahora suena estridente esa voz del después que “De forma descarnada, sin mentiras / ni argumentos inútiles / nos habla de la vida que hay después de la muerte”.
   Uno de los rasgos de carácter de la narrativa de Almudena Grandes es la predilección por los derrotados, por esos personajes que someten sus actos a la fuerza del destino. Que hacen de cada día una trinchera. Lo recuerda Luis García Montero en el poema “Resistencia” para dar sentido a la hermosa palabra en este intervalo del desplome total. Los que vuelven a casa, tras el paso por el hospital, regresan casi vencidos por los hechos y el cansancio y sienten su indefensión y la falta de ayuda en esta retirada hacia los paisajes interiores de la casa, hecha cuartel de invierno.
   La evocación, en este tiempo de ausencia y despedida, hace del recuerdo una exploración interna desde la conciencia ensimismada del yo. Supone, por tanto, volver a la amanecida del amor, rescatar su anecdotario, una suma confusa que entremezcla el ahora y el mañana. Desde el lenguaje se gesta un itinerario de ausencia donde habrá de cobijarse el amor de siempre: “Supongo que este modo de sentirse / definitivamente hundido / es una forma mía de estar enamorado / para empezar de nuevo / una vida distinta / con el amor de siempre“.
   La soledad condena a una situación paradójica que desliga la identidad de lo referencial: en la casa no hay nadie y tampoco la ciudad es la misma. El yo se convierte en una réplica de sí mismo, un animal doméstico que se debate entre el nunca y el siempre, acorde con la cadencia arrítmica de una temporalidad imprecisa y de una convivencia sin nadie.  La muerte es un viaje de largo recorrido, sin regreso, y la escritura es una despedida que no puede rebasar la realidad del dolor y la ausencia. Duele esa áspera confrontación del enamorado con el parco lenguaje de la finitud, cuya estridencia nunca permite cerrar el círculo del desasosiego. Se gesta así un espacio abierto a la reclusión introspectiva por el que sobrevuelan viajes comunes, secuencias existenciales y la sensación de que ahora nada tiene sentido. Cuando llega el amanecer, las imágenes solo muestran colores otoñales y luz sucia.
   En Un año y tres meses el amor es el centro del círculo, aunque los poemas cobijan otras indagaciones como la función catártica de la escritura. Escribir es poner piel y caricia en las palabras para que razonen sobre la enfermedad y los demoledores efectos secundarios que cambiaron hábitos, esperanzas y sueños; que sembraron una terca sensación de impotencia y soledad entre los transeúntes. También se bucea en la presencia de la muerte, como un largo ocaso de un año y tres meses, que será en cada instante una declaración de amor, la hermosa narración de una despedida que quiere ser abrazo.
 

JOSÉ LUIS MORANTE   




 

martes, 18 de julio de 2023

LUIS GARCÍA MONTERO. UN AÑO Y TRES MESES

Un año y tres meses
Luis García Montero
Tusquets Editores
Colección Nuevos Textos Sagrados
Barcelona, 2022

  

ELLA, CONMIGO


   Corresponde a Luis García Montero (Granada, 1959) ser nombre e influencia referencial en la configuración del mapa poético contemporáneo en español, tras impulsar, con plena energía, un incansable proceso creador en prosa y en verso. En su obra en marcha, ambas estrategias expresivas mantienen estrechos lazos; comparten en su confluencia un mismo ideario humanista e introspectivo. Reafirman la apuesta por un registro de calado humano, nutrido en el conocimiento de la tradición y en el transitar de la experiencia. Su desarrollo reflexiona la sensibilidad profunda del hablante verbal y sus relaciones con la coyuntura histórica donde toman cuerpo las aspiraciones, sueños y posibilidades del yo biográfico.
   En el ámbito escritural del profesor y ensayista, lo vivido conforma de manera consciente el suelo firme del poema. Por eso, el vitalismo de Almudena Grandes, amor perenne y compañera sentimental para habitar la casa durante décadas, está presente en los libros más emblemáticos del cauce lírico, desde los acordes celebratorios de Completamente viernes (1998)  hasta la compilación monotemática acogida en Almudena (2015).  La pérdida de la  escritora madrileña, fallecida a los 61 años, impulsa ahora, con fuerza, desgarro emocional y constancia, el homenaje que hilvanan los poemas de Un año y tres meses. La escritura suscribe una declaración de amor que trasciende lo literario y reflexiona sobre el derrumbe físico y la pérdida, ajena a abstracciones espirituales. El título del libro, para quien esto escribe, conversa directamente con la materia lírica de Joan Margarit, cuya poesía está plagada de afinidades con la de Luis García Montero, a pesar de pertenecer a encuadres generacionales distintos. En Joana (2002) libro clave del Premio Cervantes catalán que se hace dolorosa crónica autobiográfica, se incluye el poema “Profesor Bonaventura Bassegoda” en el que se guardan estos versos: “Hoy hace tantos años, tantos meses / y tantos días que murió mi hija…”. Mantienen hilos que conectan con el vaivén de precisión temporal que define la enfermedad y ausencia de Almudena Grandes, ese abrumador proceso de deterioro,  instalado en la memoria del poema. El sujeto poético sabe que ninguna épica, por más que el amor y la voluntad monten y fijen sus andamios, será capaz de cambiar la trama discursiva del último viaje. Solo queda afrontar la presencia continua de la sombra y poner en los gestos la máxima ternura, como recuerda la cita prologar de la propia Almudena: “mientras él pudiera lavarla, peinarla, acariciarla…”. El amor es un punto de encuentro pactado entre dos. En él conviven “El misterio y el secreto”, esas expresiones de la máxima desnudez sentimental; reformulan oscuras preguntas de los que no saben qué decir. Suenan a lluvia fuerte que emociona y zarandea por dentro a quienes comparten la misma habitación y han prolongado esa estela de hábitos que caligrafía la convivencia y la rutina: “El amor es también una luz negociada. / Me das tus sueños al vivir los míos. / Te doy mis sueños al guardar los tuyos. / Historias que se enlazan como cuerpos.”. Son vidas que parecen imaginarias, pero que imponen la verdad de su ficción, como si buscaran en esa certeza de realidad la propia razón del arte: la poesía es el empeño por vivir otros territorios existenciales y dar cauce a sendas sentimentales que dejen al sol el amor a la vida y los cuidados. El empeño amoroso es disposición total al servicio de la amada y plena voluntad para estar con ella, como sucedía en el soneto de Luis de Góngora, que inspira el verso final.
   La desnudez se impone en el pulso narrativo del libro, sin que nada enmascare el estado de ánimo de quien escribe, herido por el desenlace de la enfermedad y por los sucesivos diagnósticos.  Lo diario son arenas movedizas que engullen. Mientras, el discurrir temporal prosigue, ausente, con fría indiferencia, como si el hacer daño fuera una costumbre que impone su orden quieto al desorden de siempre. La beligerante realidad cambia la sensibilidad de cada día, como si el tiempo se contagiara con una aspereza impertinente que exige estar alerta y aceptar la dolorosa condición del náufrago, que bracea cansado sobre una superficie de desasosiego. Ahora suena estridente esa voz del después que “De forma descarnada, sin mentiras / ni argumentos inútiles / nos habla de la vida que hay después de la muerte”.
   Uno de los rasgos de carácter de la narrativa de Almudena Grandes es la predilección por los derrotados, por esos personajes que someten sus actos a la fuerza del destino. Que hacen de cada día una trinchera. Lo recuerda Luis García Montero en el poema “Resistencia” para dar sentido a la hermosa palabra en este intervalo del desplome total. Los que vuelven a casa, tras el paso por el hospital, regresan casi vencidos por los hechos y el cansancio y sienten su indefensión y la falta de ayuda en esta retirada hacia los paisajes interiores de la casa, hecha cuartel de invierno.
   La evocación, en este tiempo de ausencia y despedida, hace del recuerdo una exploración interna desde la conciencia ensimismada del yo. Supone, por tanto, volver a la amanecida del amor, rescatar su anecdotario, una suma confusa que entremezcla el ahora y el mañana. Desde el lenguaje se gesta un itinerario de ausencia donde habrá de cobijarse el amor de siempre: “Supongo que este modo de sentirse / definitivamente hundido / es una forma mía de estar enamorado / para empezar de nuevo / una vida distinta / con el amor de siempre“.
   La soledad condena a una situación paradójica que desliga la identidad de lo referencial: en la casa no hay nadie y tampoco la ciudad es la misma. El yo se convierte en una réplica de sí mismo, un animal doméstico que se debate entre el nunca y el siempre, acorde con la cadencia arrítmica de una temporalidad imprecisa y de una convivencia sin nadie.  La muerte es un viaje de largo recorrido, sin regreso, y la escritura es una despedida que no puede rebasar la realidad del dolor y la ausencia. Duele esa áspera confrontación del enamorado con el parco lenguaje de la finitud, cuya estridencia nunca permite cerrar el círculo del desasosiego. Se gesta así un espacio abierto a la reclusión introspectiva por el que sobrevuelan viajes comunes, secuencias existenciales y la sensación de que ahora nada tiene sentido. Cuando llega el amanecer, las imágenes solo muestran colores otoñales y luz sucia.
   En Un año y tres meses el amor es el centro del círculo, aunque los poemas cobijan otras indagaciones como la función catártica de la escritura. Escribir es poner piel y caricia en las palabras para que razonen sobre la enfermedad y los demoledores efectos secundarios que cambiaron hábitos, esperanzas y sueños; que sembraron una terca sensación de impotencia y soledad entre los transeúntes. También se bucea en la presencia de la muerte, como un largo ocaso de un año y tres meses, que será en cada instante una declaración de amor, la hermosa narración de una despedida que quiere ser abrazo.

 
JOSÉ LUIS MORANTE

Revista cultural Turia, nº 147
págs  475-6







domingo, 2 de julio de 2023

ELOY SÁNCHEZ ROSILLO. EL SUEÑO CUMPLIDO

El sueño cumplido
Eloy Sánchez Rosillo
Tusquetts Editores
Colección Nuevos Textos Sagrados
Barcelona, 2023

 

 A CIELO ABIERTO

 

   Como complemento casi obligatorio de la práctica poética suele estar presente la necesaria justificación del proceso creativo. Nace así la poética, el espacio de análisis verbal como autogiro del discurso lírico sobre sí mismo. La semilla que genera la metapoesía fuerza una terca inmersión en contenidos y procedimientos. Eloy Sánchez Rosillo (Murcia, 1948) protagoniza en el tiempo un apasionante trayecto que abarca once libros de poesía y más de cuatro décadas de escritura. En tan largo intervalo forja un pensamiento poético personal, asentando distintas formas de concebir el verso. Impulsa una evolución sin rupturas, con la reflexión humanista y la emoción como líneas orbitales del poema: “El escribir poesía es para mí una manera de entender y de considerar la vida, de acercarme a ella y de confundirme con su sustancia: un ser y un estar. Y un destino hermoso como pocos, del que hay que hacerse digno asumiéndolo hasta sus últimas consecuencias” (P. 26). 
   Poco dado al didactismo teórico, Eloy Sánchez Rosillo entiende la meditación autoescritural no como un ejercicio de divagación especulativa sino como una forma de clarificar la experiencia de la poesía con la plenitud del cielo abierto. Así ha preparado el volumen El sueño cumplido donde abre una luminosa veta dialogal compartiendo poéticas, comentarios y entrevistas. La nota preliminar recobra los distintos matices expresivos del trabajo y las contingencias de preparación del libro a partir de una sugerencia amical del poeta gaditano José Mateos. Se trata de reunir no elucubraciones conceptuales sino razonamientos en torno a la práctica de la poesía.  
  Con este enfoque escribió “Garabatos de poética”, una publicación de mayo de 2005 editada con motivo de una conferencia en la Fundación Juan March de Madrid. El cuaderno formaba parte del ciclo Poesía y Poética, con preludio de Antonio Gallego y una selección de poemas. Este plano de alzada sobre la arquitectura lírica aclara que no se trata de un buceo erudito y solemne: “Yo no tengo teorías. Tengo poemas”. Y tal convicción impregna las poéticas que nos ponen en contacto con su conciencia del mundo y del tiempo, o las abundantes entrevistas realizadas con motivo de la publicación de obra nueva.
   En el tramo inicial de El sueño cumplido encontramos también análisis de poemas concretos como “Oda a la alegría”. La mirada del yo impregna la retina con detalles del taller literario y percepciones sobre el trayecto. En el transitar temporal los libros “ensayan una metamorfosis paulatina y profunda”, acorde con el empeño de quien hace del existir un proceso de crecimiento personal y plenitud. Otros poemas analizados que dejan sus vibraciones en los comentarios son “La inspiración, “El amor sucesivo” y “La llamada”. Son enunciados que aspiran a clarificar contingencias concretas e intenciones, propósitos transformados en cauces reflexivos y evocaciones. Con todo, el misterio esencial del poema queda oculto, pertenece a lo inefable, resguardando “su ser proteico e inabarcable”.
   En el apartado “Intermedio poético” conviven poemas que se acercan a la substancia de la poesía, sin ambiciones dialécticas. Los poemas nacen con la empatía digresiva de la contemplación que permite la mirada interior y el conocimiento del mundo como realidad reconocible en su austera verdad. Se suceden composiciones de distintas épocas que reivindican el luminoso balance meditativo y el despliegue de sugerencias que acredita la poesía cuando se ubica frente a sí misma. Los poemas elegidos comparten la preocupación metaliteraria como argumento central y la experiencia lírica como sueño temprano que alcanza en el tiempo un vuelo alto. Con un largo trecho del camino andado, Eloy Sánchez Rosillo puede decir con júbilo: “A estas alturas, nadie –ni yo mismo siquiera- / podría ya quebrar ni desdecir / aquel sueño que tuve cuando era adolescente / y en el que desde entonces ha estado sustentada / por entero mi vida, un sueño que, en el sueño / del existir, razón de ser me ha dado / y hoy es regazo y júbilo.”
  Cierra la entrega el apartado “Algunas entrevistas” donde el autor dialoga con interlocutores de prensa, suplementos culturales y revistas literarias, Las conversaciones transmiten la misma filosofía, una manera de pensar en la que el poeta deja pistas sobre sus núcleos argumentales, su inventario de magisterios y nombres propios de la tradición  y las relaciones directas entre la biografía personal y el sujeto poético, espejo del fluir sosegado de la conciencia y de las cambiantes contingencias del presente. Son conversaciones donde cuajan propósitos y aspiraciones, sendas de inquietud sobre un tiempo hecho memoria viva, donde los poemas nunca renunciaron a los ojos preclaros de los sueños.
   La sección comienza con una entrevista del poeta Ángel Manuel Gómez Espada plena de intimidad y cercanía, en la que ya se desgranan los signos básicos del itinerario de Eloy Sánchez Rosillo: su adscripción generacional a la generación novísima, el tono elegíaco, la emoción como pulsión ecuatorial del poema, la presencia en las antologías principales del fin de siglo, o la elección de un sitio propio sin algaradas ni rutilante vida literaria: se trata de ser tiempo y circunstancia, de vivir el sueño que naciera un día vocacional y fuerte como un empeño que justifica y se mantiene inalterable en el tiempo. Otras conversaciones están firmadas por Javier Rodríguez Marcos, Ana Eire, Eusebio Ruvalcaba, Antonio Fontana, Nuria Azancot, Martín López Vega, José Manuel Mora Fandós o Juan Cruz, entre otros. Todos estos diálogos conjeturales evidencian un ideario sólido, que ha suprimido de raíz, la experimentación gratuita, y que camina hacia un despojamiento austero, que elimina recursos para transmitir lo esencial del poema sin esmaltes.
   Un poeta sin sueños acaba contemplando a diario una realidad sedentaria; un poeta con sueños cumple propósitos, llega lejos y alcanza esa serenidad que consigue la concordancia entre existencia y taller literario. En  El sueño cumplido Eloy Sánchez Rosillo hace balance. Reflexiona sobre su peregrinaje por la poesía, sobre un trayecto abierto al misterio de la vida, hecho elegía y celebración. En él habita el temblor autobiográfico de un tiempo simultáneo donde se enlazan pretérito, presente y porvenir. La suma exacta de la verdad del joven que quiso ser poeta.
 
JOSÉ LUIS MORANTE



 

domingo, 16 de octubre de 2022

LUIS GARCÍA MONTERO. UN AÑO Y TRES MESES

Un año y tres meses
Luis García Montero
Tusquets Editores
Nuevos Textos Sagrados
Barcelona, 2022

 

ELLA, CONMIGO

 

   Corresponde a Luis García Montero (Granada, 1959) ser nombre referencial de la poesía española contemporánea, tras impulsar, con plena energía, una incansable senda creadora en prosa y en verso, ya que ambas estrategias expresivas comparten en el autor un mismo ideario humanista e introspectivo. Reafirman su apuesta por una escritura de calado humano, que investiga la sensibilidad profunda del hablante verbal y sus relaciones con el tiempo histórico que sirve de cobijo al yo biográfico.
   En el ámbito escritural del profesor y ensayista lo vivido conforma de manera consciente el suelo firme del poema. Por eso, el nombre propio de Almudena Grandes, amor perenne y compañera sentimental del poeta durante décadas está muy presente en los libros más emblemáticos del poeta, desde Completamente viernes (1998)  hasta la recopilación de temática amorosa Almudena (2015).
   La pérdida de la  escritora madrileña, fallecida a los 61 años, impulsa ahora con fuerza y constancia el homenaje que hilvana los poemas de Un año y tres meses y hace de la escritura una declaración de amor que trasciende lo literario. El título del libro, para quien esto escribe, conecta directamente con la literatura de Joan Margarit, cuya poesía está plagada de afinidades con la de Luis García Montero, a pesar de pertenecer a generaciones distintas. En el libro del Premio Cervantes catalán Joana se incluye el poema “Profesor Bonaventura Bassegoda” en el que se guardan estos versos: “Hoy hace tantos años, tantos meses / y tantos días que murió mi hija…” que conectan con el vaivén de precisión temporal que define la enfermedad y ausencia de Almudena Grandes, ese abrumador proceso de deterioro con tanta grieta en la memoria del poema.
   El sujeto poético sabe que ninguna épica, por más que el amor y la voluntad monten sus andamios, será capaz de cambiar la trama del último viaje. Solo queda afrontar la presencia continua de la sombra y poner en los gestos la máxima ternura, como recuerda la cita prologar de la propia Almudena: “mientras él pudiera lavarla, peinarla, acariciarla…”. El amor es un punto de encuentro pactado entre dos y en él conviven “El misterio y el secreto”, esas expresiones de la máxima desnudez sentimental; reformulan oscuras preguntas de los que no saben qué decir. Suenan a lluvia fuerte que emociona y zarandea por dentro a quienes comparten la misma habitación y han prolongado esa estela de hábitos que caligrafían la convivencia y la rutina: “El amor es también una luz negociada. / Me das tus sueños al vivir los míos. / Te doy mis sueños al guardar los tuyos. / Historias que se enlazan como cuerpos.”. Son vidas que parecen imaginarias, pero que imponen la verdad de su ficción, como si buscaran en esa certeza de realidad la propia razón del arte: la poesía es el empeño por vivir otros territorios existenciales y dar cauce a sendas sentimentales que dejen al sol el amor a la vida y los cuidados. El empeño amoroso es disposición total al servicio de la amada y plena voluntad para estar con ella, como sucedía en el soneto de Luis de Góngora, que inspira el verso final.
   La desnudez se impone en el pulso narrativo del libro, sin que nada enmascare el estado de ánimo de quien escribe, herido por el desenlace de la enfermedad y por los sucesivos diagnósticos. Mientras el discurrir temporal prosigue, ausente, con fría indiferencia, como si el hacer daño fuera una costumbre que impone su orden quieto al desorden de siempre. La nueva realidad cambia la sensibilidad de cada día, como si el tiempo se contagiara con una aspereza impertinente que exige estar alerta y aceptar la dolorosa condición del náufrago que bracea cansado sobre una superficie de desasosiego. Ahora suena estridente esa voz del después que “De forma descarnada, sin mentiras / ni argumentos inútiles / nos habla de la vida que hay después de la muerte”.
   Uno de los rasgos de carácter de la narrativa de Almudena Grandes es la predilección por los derrotados, por esos personajes que someten sus actos a la fuerza del destino y que hacen de cada día una trinchera. Lo recuerda Luis García Montero en el poema “Resistencia” para dar sentido a la hermosa palabra en este intervalo de derrumbe físico. Los que vuelven a casa, tras el paso por el hospital, regresan casi vencidos por los hechos y el cansancio y sienten su indefensión y la falta de ayuda en esta retirada hacia la casa, hecha cuartel de invierno.
   La evocación, en este tiempo de ausencia y despedida, hace del recuerdo una exploración interna desde la conciencia ensimismada del yo. Supone, por tanto, volver a la amanecida del amor, rescatar su anecdotario, una suma confusa que entremezcla el ahora y el mañana. Desde el lenguaje se gesta un itinerario de ausencia donde habrá de cobijarse el amor de siempre:  “Supongo que este modo de sentirse / definitivamente hundido / es una forma mía de estar enamorado / para empezar de nuevo / una vida distinta / con el amor de siempre “:
   La soledad condena a una situación paradójica que desliga la identidad de lo referencial: en la casa no hay nadie y tampoco la ciudad es la misma. El yo se convierte en una réplica de sí mismo, un animal doméstico que se debate entre el nunca y el siempre, acorde con la cadencia arrítmica de una temporalidad imprecisa y de una convivencia sin nadie.  La muerte es un viaje de largo recorrido, sin regreso, y la escritura es una despedida que no puede rebasar la realidad del dolor y la ausencia. Duele esa áspera confrontación del enamorado con el parco lenguaje de la muerte, cuya estridencia nunca permite cerrar el círculo del desasosiego. Se gesta así un espacio abierto a la reclusión introspectiva por el que sobrevuelan viajes comunes, secuencias existenciales y la sensación de que ahora nada tiene sentido y que cuando llega la amanecida el día solo tiene una luz sucia.
   En Un año y tres meses el amor es el centro del círculo, pero en el libro se cobijan otras indagaciones como esa función catártica de la escritura; escribir es poner piel y caricia en las palabras para que razonen sobre la enfermedad y los demoledores efectos secundarios que cambiaron hábitos, esperanzas y sueños; que sembraron una terca sensación de impotencia y soledad entre los transeúntes. También bucea en la presencia de la muerte, como un largo ocaso de un año y tres meses, que será en cada instante una declaración de amor, la hermosa narración de una despedida que quiere ser abrazo para siempre.
 
 

JOSÉ LUIS MORANTE    



miércoles, 28 de septiembre de 2022

ÁNGELES MORA. SOÑAR CON BICICLETAS

Soñar con bicicletas
Ángeles Mora
Tusquets Editores
Colección Nuevos Textos Sagrados
Barcelona, 2022

 

LA HUELLA DE LOS SUEÑOS
 

 
   Ángeles Mora nació en Rute, agradecido municipio cordobés que en 2017 nombró a la escritora “Hija predilecta”. Allí abrieron surco sus composiciones de aprendizaje, casi en la adolescencia, recuperadas parcialmente en el libro Caligrafía de ayer (Rute, 2000). Pero el perfil literario más definido conecta directamente con la ciudad de Granada, donde se instala a comienzos de los años ochenta y concluye la Licenciatura en Filología Hispánica. Pronto participa de lleno en la pujanza cultural del momento, un intervalo de agitación y compromiso que ya forma parte de la historia literaria más reciente bajo dos etiquetas de alto significado: la Otra sentimentalidad y la poesía de la experiencia. Allí alzaría vuelo en 1982 su libro Pensando que el camino iba derecho. Tras esta primera salida el itinerario creador prosigue con La canción del olvido (1985) y, en el cierre de la década, en 1989, encuentran andén La guerra de los treinta años, reconocida con el Premio Rafael Alberti, y La dama errante (1990). Hitos importantes en su poblado recorrido lírico son Contradicciones, pájaros (2000), que consiguió el Premio Internacional de Poesía Ciudad de Melilla y Ficciones para una autobiografía (2015), reconocido con  el Premio de la Crítica (2015) y el Premio Nacional de Poesía (2016).
   Dejo al margen compilaciones, balances, cuadernos y otros títulos del trayecto para centrarme en la verdad poética de Soñar con bicicletas, donde el ideario de Ángeles Mora se define desde una sensibilidad que enlaza la voz verbal y la condición del yo ficcional zarandeado por sus retos existenciales. De nuevo conviene recalcar el magisterio literario del profesor y ensayista Juan Carlos Rodríguez y su  insistencia en que el río versal está ligado a un tiempo histórico.
   La poesía se gesta alrededor del patio oscuro de la memoria, y ese es el latido que impulsa el apartado “Mi vida secreta” donde escribir es abrir ventanas a un estar oculto, inadvertido, que trasciende los estratos aparentes del entorno para escarbar en la claridad dormida de los sueños. La conciencia percibe que la existencia tiene contraluces y asimetrías, decepciones y una brumosa soledad que invita a la renuncia. Toma cuerpo en el pensamiento la condición de mujer, ese empeño en soñar con bicicletas y mantener en vilo las grafías oníricas para que se ensanchen las aceras angostas de lo cotidiano: “Buscar la luz, / no mirar por los rotos /donde el rencor oculta / su negrura infinita”:.
   El recuerdo reivindica sitio; pone un foco de luz en el ámbito privado de la intimidad. Allí donde se asientan esos vértices tradicionales que construyen la identidad femenina en el mercado, en las tareas de la casa o en las relaciones sociales restringidas. Los roles secundarios se ocultan bajo el vestido de novia y el sometimiento a unas convenciones que borran la luz y la alegría para respirar el aire contaminado de la rutina. El tiempo impone su andadura y todo se transforma en el polvo dormido del pasado, como si las vivencias durmieran dentro, calladas y exhaustas, como “cosas lejanas que no vuelven nunca, / ni tampoco se van”.
   La senda metaliteraria llevar al espacio de las palabras en la segunda sección “La luz del poema” que ubica como umbral el título memoria de la melancolía. Recuerda la autobiografía de María Teresa León que narra sus teselas vitales en los años de la república y el exilio. La poesía se desnuda; convoca hilos de intensidad y sustrato emotivo. Apoya su voz en lo cercano para enlazar con el tono humilde del sentir cotidiano sin retóricas grandilocuentes ni esteticismos hueros. El poema cobija imágenes, adquiere a veces la textura del homenaje, como sucede en “Flores del pensamiento” dedicado a las invisibles poetas del 27, despojadas de las estanterías de la literatura, para ser solo voces de una historia dictada por el olvido. En “Ayer” encontramos otro homenaje a la luz y la memoria de Antonio Machado, junto a una reflexión sobre el deambular del tiempo. El apartado cobija otras presencias intangibles como Federico García Lorca, Chopin, Teresa de Jesús o la ya citada María Teresa León, renacida en el monólogo dramático de “Una mirada en el exilio”.
  El libro dedica el tercer apartado “”Underworld” (Inframundo) a perfilar los rasgos del yo que se asoma a las pesadillas de la propia conciencia en esa distancia continua entre la realidad y el sueño. Lo transitorio asola, nos convierte en oquedades sin luz en medio del fluir de las cosas. Del mismo modo, en el páramo de la historia, el yo femenino ha ido buscando su definición, acotado en su condición marginal que convertía su presencia en una estela dolorosa de mujeres rotas. El poema “Imágenes para una exposición” clarifica el compromiso de la poeta con la defensa de valores de igualdad, tolerancia y respeto, y el derecho a un mundo nuevo más habitable,  sin miseria y explotación.
   Poco a poco el confinamiento de la pandemia se diluye en la memoria, como si hubiera sido un paréntesis de soledad y sombras, de calles clausuradas, y de ausencias que callaron su voz en los días más duros del encierro. Poemas como “Extraña primavera” y “Siempre es domingo” evocan aquella soledad deshabitada de las avenidas sin nadie esperando la luz del nuevo día.
    Uno de los nombres cimeros de la novela negra, Raymon Chandler, presta su voz para la coda final del libro, “El largo adiós”, un grupo de poemas dedicado a Juan Carlos Rodríguez. En los estratos argumentales conviven el intimismo del yo poético y el marco habitable de la ciudad dormida; esa ciudad tan ligada a la propia existencia cuyo callejero ha sentido día a día el paso de la historia, las mutaciones de un tiempo en el que se cobijan las historias del aprendizaje sentimental.
   El recuerdo del compañero de vida y del maestro persiste con la fuerza del amor, tan nítidamente reflejada en “¿Qué hacer?: “Todo al fin me lo diste. / Todo te lo llevaste: la literatura, la vida (…) Esa provocación. / Bien sabías que me bastaba / para seguir queriéndote.”. Y junto a esos instantes compartidos los pasos de la madurez preservados en la memoria, los rostros y señales que anidan en lo emotivo como diligentes fotogramas de una hermosa película que son fieles testigos de lo que nunca vuelve.
   Ángeles Mora ubicaba en el pórtico de su libro el poema breve “Unbalanced” (Desequilibrado), cuya filosofía asocia el caminar por una realidad contradictoria al esfuerzo de la voluntad por sostener sus pasos en el tiempo, buscando verticalidad y equilibrio, como notas sobre un pentagrama. Se trata de alcanzar el destino marcado para sentimientos y sensibilidad, ese atardecer que trae la noche y nos deja a solas con el temblor del frío, para poder soñar con bicicletas.
 
JOSÉ LUIS MORANTE

    

lunes, 6 de diciembre de 2021

ALMUDENA GRANDES. DOS LECTURAS

Una biblioteca, un libro
Almudena Grandes en Rivas Vaciamadrid
Primer encuentro, noviembre de 1998

 

INES Y LA ALEGRÍA

 Inés y la alegría, Tusquets, Barcelona, 2010

  Inés y la alegría es el primer paso de un ciclo narrativo centrado en la posguerra española del que Almudena Grandes ha adelantado su estructura general: una serie de seis entregas cuyos títulos serían: Inés y la alegría, El lector de Julio Verne, Las tres bodas de Manolita, Los pacientes del doctor García, La madre de Frankenstein y Mariano en el Bidasoa. El subtítulo común, Episodios de una guerra interminable, remite a Benito Pérez Galdós como modelo referencial y a sus Episodios nacionales que son la máxima expresión del realismo decimonónico hispano y que fijan una estética con una larga lista discipular: La voz narrativa nunca se ciñe a la estricta neutralidad del narrador omnisciente; se muestra como un testigo compasivo e implicado en el carácter y en las actuaciones de los personajes reales o imaginarios. Sin embargo hay una diferencia palpable con el maestro: Galdós prefiere los hitos de la historia oficial, esas páginas subrayadas por el heroísmo que marcaron la identidad nacional; en cambio, Almudena Grandes opta por el acontecimiento olvidado, por la estela de los derrotados que casi siempre acaba sepultada bajo la arena del olvido general. Almudena Grandes denomina al enfrentamiento cainita de 1936-1939 guerra interminable por la onda expansiva que provocan sus efectos colaterales: dictadura franquista, la sangría del exilio, la sangrienta represión, la resistencia interior o exterior son cauces argumentales en los que irá aflorando un gran friso de personajes que definen un tiempo histórico que marcó a varias generaciones.  Esta primera entrega, Inés y la alegría, arranca en Toulouse. Son los días de 1939 y una muchacha de veintitrés años, Carmen de Pedro, morena, culibaja y añorando un paisaje sureño y mediterráneo se encuentra con otro exiliado, Jesús Monzón, un oscuro secundario del partido comunista. Ese aparente azar da pie a una convivencia posterior en la que la historia personal deja sitio a otros personajes, algunos tan carismáticos como Dolores Ibárruri, la Pasionaria que ponen a aquellos años trágicos un sesgo sentimental y emotivo. El cauce de la Historia se va forjando paso a paso, a través de destinos individuales y voluntades aparentemente frágiles. Icono de la resistencia, Dolores Ibárruri, vive una historia amorosa casi de folletín con Francisco Antón y cuando se exilia a la Unión Soviética, donde será nombrada Secretaria general  del PCE, y la separación de su amante le provoca dolor y angustia encarga a través de terceros a  Carmen de Pedro que cuide de su amante. Este insólito encargo a una desconocida sin ninguna cualidad relevante para una tarea política de tal magnitud será clave para el meditado acercamiento a la muchacha de Jesús Monzón. Por sus cualidades y dotes de mando, mientras Carmen de Pedro vive la intensa felicidad de una relación amorosa, Jesús Monzón habrá de convertirse en el verdadero organizador del partido comunista en Francia y en el instigador de sus iniciativas más utópicas, como es la reconstrucción de Unión Nacional Española, una plataforma para encuadrar la resistencia dispuesta a invadir la España de Franco. El impulsor de aquella “Operación Reconquista” es Jesús Monzón Reparaz, una biografía histórica que la novelista fija con notable verosimilitud. Nacido en pamplona el 22 de 1910 en el seno de una familia burguesa, estudió con los Jesuitas, se licenció en derecho y desde sus años universitarios ingresa en el partido comunista. Cumplirá distintos nombramientos oficiales hasta su exilio en Francia donde se convertirá, como se ha dicho, en el alma mater de Unión Nacional española.  Pero el protagonista central de novela es Inés, una muchacha que el 30 de julio de 1936 cumple veinte años. Ese día percibe por primera vez una ciudad, Madrid, volcada hacia fuera, descubre también el ambiente de libertad y fuerza de sus calles, como si hasta ese momento hubiese estado encerrada en una oquedad. Poco a poco, Inés gana convicciones y se posiciona en el grupo delos que pierden, primero la guerra y después el futuro. Sólo la influencia de su hermano falangista logra rescatarla de la cárcel y asentarla en la grisura del nuevo régimen. Pero Inés no ha cambiado, sigue oyendo Radio Pirenaica, y sigue soñando con tomar parte activa en la lucha contra Franco. La idea de Monzón lo le parece descabellada, aunque no conoce los planes. En definitiva se trata de reconquistar el sur de los pirineos con un ejército fogueado en la lucha contra los nazis que suma casi veinte mil combatientes. En pequeños grupos irán cruzando la frontera para invadir el valle de Arán, bien comunicado con Francia y con defensas naturales para resistir la contraofensiva fascista.   Inés debe gratitud a su cuñada Adela, pero se siente ajena a los vencedores. No comparte la forma de vida de su hermano y el tiempo de convivencia con la familia es sólo una tensa espera para  huir con su verdadero bando que tras la guerra representan las fuerzas de Unión nacional. Esa es la imagen de Inés: una pistola, un puñado de repostería para obsequiar a los sublevados y un caballo. No necesita más en su apuesta vital. A lomos de Lauro ( un nombre que reconocerán de inmediato los lectores de Luis García Montero como guiño cómplice). En 1944 los ejércitos aliados avanzan hacia Berlín, donde Hitler resiste. En ese clima bélico de contraofensiva, la invasión del Valle de Arán emerge como un acontecimiento menor, una iniciativa precipitada que minimizan los máximos dirigentes del partido comunista en el exilio, con Dolores Ibárruri a la cabeza y que no impresiona al prepotente régimen de Franco que bajo la apariencia de neutralidad  coquetea con los nazis y ha puesto en marcha la división azul que combate contra los rusos. Sin embargo los combatientes de la milicia republicana, implicados de forma directa, que han cruzado la frontera al mando del capitán galán no lo consideran ninguna utopía y día a día crecen su ilusión y su compromiso. Ese es el ambiente que encuentra Inés al sur del Pirineo, en el pequeño pueblo donde se ha instalado el cuartel general de la ofensiva republicana, antes de convertirse en la cocinera de Bosost. En esta excelente apertura para un proyecto narrativo de alcance, una identidad sobresale sobre las demás: el personaje de Inés. Representa el mantenimiento de la tradición heroica que ante la realidad adversa busca estrategias de supervivencia con acciones concretas. Cree que la historia se construye en primera persona sin encerrase en las especulaciones de lo privado. Nunca renuncia a los grandes ideales porque los percibe vinculados a una verdad colectiva. Su fidelidad extrema a la propia conciencia quedará en la memoria de todos. 

DAR LA TALLA

El lector de Julio Verne,Tusquets editores, Barcelona, 2012

En su ensayo Tesis de filosofía de la historia, W. Benjamin insiste a menudo en la tendencia del historiador a identificarse con los postulados de los vencedores. Esa visión del conflicto se convierte en patrimonio cultural y borra cualquier rastro épico de los perdedores. Hay, sin embargo, investigadores que avanzan a contracorriente, adversos a las líneas críticas del conformismo oficial. De modo semejante plantea Almudena Grandes (Madrid, 1960) su ambicioso ciclo narrativo en torno a la guerra civil española y al devenir de la dictadura franquista. La escritora pretende rescatar del olvido comportamientos y gestos anónimos que merecen un amplio reconocimiento por su sentido ético. La primera entrega de este ciclo de inspiración galdosiana, Inés o la alegría se centraba en el ejército de la Unión Nacional Española y en su invasión del Valle de Arán, en el Pirineo de Lérida, en octubre de1944. Su nueva salida, El lector de Julio Verne nos traslada a la Sierra de Jaén, en el trienio del terror, entre 1947 y 1949, para recrear la guerrilla de Cencerro, un rebelde mítico. La escritora pone en boca de Nino, un niño de nueve años, el hilo argumental. Hijo de un guardia civil, su existencia discurre en la casa cuartel, entre familias del cuerpo, en un clima de tenaz inocencia que poco a poco se resquebraja, cuando la voz narrativa está a punto de cumplir diez años. El calendario marca el año 1947 y la situación social del destino paterno en Fuensanta de Martos, un núcleo rural. La guardia civil vela por el orden establecido y ejerce una feroz represión sobre los sospechosos de colaborar con una guerrilla asentada en los montes cercanos. Entre los emboscados hay un nombre, Tomás “Cencerro” que ha sido capaz de aguantar la presión del ejército y de ganarse el respeto de la población con gestos de generosidad y valor; cada vez que se anuncia la captura del reclamado guerrillero, vuelve a perpetuarse el nombre en otro lugar cercano, porque ya no es un sujeto concreto sino un símbolo de la resistencia. El niño, que va conociendo los desajustes de la realidad y va descreyendo de esa trinchera abierta entre buenos y malos, es enclenque y menudo, y sus padres temen que no de la talla en el futuro para seguir la tradición paterna. Pero el pequeño lector de Julio Verne no quiere vestir de verde, calzar votos y encajarse el tricornio sobre la frente, poco a poco va aprendiendo que su padre está lleno de dudas y que hay actuaciones en el cuartel que son meros episodios de crueldad. En cambio siente admiración por Pepe El Portugués, un personaje solitario que vive en la montaña, cuya existencia es sinónimo de libertad y adaptación al medio. Por este amigo adulto llega a sentir un respeto reverencial, una suerte de admiración basada en su solvencia para resolver primeras necesidades y en su hermanamiento solidario con los que ejercen empleos miserables. Almudena Grandes construye un poblado friso de figuras emotivas en el que podemos vislumbrar la crónica viva de un tiempo feroz. El régimen de Franco afronta el arranque de la dictadura con una dureza exorbitante que obliga a posicionarse a los que la soportan. Y en este deambular de peones, Nino vive su particular crecimiento como persona y moldea una subjetividad que borra cualquier rastro de inocencia. Si no puede culminar en el futuro el empeño paterno por su escasa estatura, sí está dispuesto a cumplir con su destino; no cerró los ojos ni fabricó verdades complacientes sino que interpretó la realidad de acuerdo con sus propias ideas y supo dar la talla.
                                                                  JOSÉ LUIS MORANTE  

    

viernes, 1 de enero de 2021

ELOY SÁNCHEZ ROSILLO. LA RAMA VERDE

La rama verde
Eloy Sánchez Rosillo
Tusquets Editores
Colección Nuevos Textos sagrados
Barcelona, 2020

 

ABRIR LOS OJOS

 

   Con persistente voluntad estética, Eloy Sánchez Rosillo (Murcia, 1948) ha enriquecido el cauce temporal con un fértil itinerario creador. Del mismo, da fe el volumen Las cosas como fueron (2018), una compilación que acoge la escritura  lírica desde 1974 hasta 2018, donde anticipaba algunos inéditos de La rama verde. El poeta y profesor universitario protagoniza una sabia madurez, inclinada a mantener abiertos los ojos de la reflexión. Los poemas nacen del atento aprecio a lo cercano; desde una sensibilidad dispuesta y vigilante, sabe que el discurrir existencial es azaroso y proclive al contraluz.
   Tras la publicación en 2015 de Quien lo diría y la reedición del ya citado corpus completo, agrupa sesenta y cuatro poemas en La rama verde, epígrafe que parece subrayar el primer plano que la naturaleza y sus elementos adquieren en el ideario poético de Eloy Sánchez Rosillo. Lo exterior despierta las secretas cadencias del intimismo ensimismado. Propicia, entre los pasos del vivir, una conversación silenciosa, que fuerza a la conciencia del sujeto a ampliar límites. Las respiraciones del entorno se hacen costumbre y desplazan sensaciones hacia las galerías internas de quien percibe. Allí mantienen las constantes vitales, que mudan en abstracción y pensamiento.
 La temporalidad enlaza pasado y presente en una continua renovación cíclica. En su seno, las secuencias van y vienen, haciendo de la memoria un organismo proteico que recupera estampas emotivas para enriquecer las manos del ahora. El paisaje de infancia, en su fragilidad, perdura. Es un espacio de afirmación y resistencia: “Dentro de la leyenda del vivir, / que el minucioso olvido / desordena y desdice, / el sueño aquel primero / de la niñez no se ha desvanecido”.
  El transcurso evocador conforma una colorista superficie en la conciencia; en su quehacer establece un orden natural de quietud y permanencia que se hace presente desde la lejanía; el recuerdo crea un percibir cercano y paradójico que propicia el contraste. Están en las aceras cotidianas los declives de sombras y luces, la finitud temporalista de lo diario y la compensación de la experiencia, donde lo contingente se hace categoría y conocimiento.
   El hablante lírico verbal no solo insiste en el patrimonio sensorial del discurrir. Las horas propician la felicidad unánime de estar entre las cosas, de ser parte de su fervorosa plenitud y de su apacible armonía en la intemperie y en los aleatorios desprendimientos del tiempo: “Aquí no necesito meditar, / abismarme en honduras insondables / para llegar al corazón de todo. / hay tanta soledad, tanta quietud, / que el fondo está a la vista, en lo inmediato. / Clarea la mañana. / Miro y escucho, huelo, saboreo, / palpo la realidad que se me ofrece / como regazo y vínculo. Me extraño de ser yo / y me aparto de mí y de mis zozobras”.
   La mirada interior es amanecida y refuerza la cálida proximidad entre periplo vital y escritura. En el poema “Hablo aquí del comienzo”, que alcanza muy altas cotas emotivas, el amor se convierte en semilla de la identidad. Nada concede más sentido al poema que dejar en sus palabras el cauce amoroso porque el sentir afecta a la misma condición de ser. El poema es también un renacido homenaje a la tradición que encarnan las voces de Garcilaso, Machado, Neruda o Juan Ramón y el firme anhelo de vestir las palabras con la piel emotiva del sentir. En su pensar a solas, como escribe en “Al mirar lo vivido” el verso ratifica: “El amor lo era todo, y no lo supe / no lo supe del todo a cada instante. / Algo mío muy puro lo intuía, / pero yo me ofuscaba en otras cosas”.
   En La rama verde asoma vivo y pleno un mundo respirable e inmediato que es, al mismo tiempo, hebra frágil y permanencia, que muestra en su desorden ese azar pautado donde se deshoja la existencia convertida en lección y elegía. Entre la conciencia y el sentir del tiempo se establece siempre una distancia corta; en ella el pensamiento busca ese “centro sereno del asombro”, el pulso elemental de la belleza, la rama verde, el peciolo auroral de lo que empieza “en un mar tibio y quieto, bajo el sol estruendoso / y un cielo azul sin mácula”.
 
JOSÉ LUIS MORANTE