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El demonio meridiano Juan Varo Cuadernos del Vigía Colección Aforismos Granada, 2021 |
JUEGO DE ESPEJOS
Quienes se adentran en las zonas expandidas del aforismo
contemporáneo, ubican de inmediato la posición central que tiene Juan Varo (Granada,
1969), Licenciado en Derecho y Filología Hispánica y Doctor en Filología
Hispánica, en el cultivo de la escritura lacónica y en el análisis de sus coordenadas estéticas. El profesor granadino comienza a practicar el minimalismo
verbal con la entrega Jugador de ventaja (2000),
obra ganadora del Premio Genil de Literatura en su quinta convocatoria. Era una
sugestiva indagación sobre las preocupaciones esenciales del sujeto en el brumoso transitar de la existencia. El siguiente paso, Desaforado (2002) reúne un compendio textual dedicado al profesor y
poeta Antonio Carvajal, y la tercera amanecida aforística es Mudo
pez en el mar (2011), libro que integra como cierre algunos enunciados
autobiográficos del diario personal. Una década después, el corpus de Juan
Varo añade nueva estación, El demonio
meridiano, en Cuadernos del Vigía, editorial que impulsa uno de los
catálogos más relevantes dedicados al lenguaje conciso.
La muestra afila la tarea concisa con un título llamativo cuya
génesis recuerdo, sumidos todavía en los efectos secundarios del tiempo
de pandemia. La expresión nace en la alta edad media, a mediados del siglo V,
cuando las horas del mediodía convierten el calor en un semillero de somnolencia,
tedio y apatía que anula la voluntad de frailes y monjas y permite el maléfico influjo del diablo.
El aserto se ha empleado también para recopilaciones de cuentos de terror y
fantasía, un género muy cercano a los intereses ensayísticos del profesor
Varo.
Sin umbral introductorio, la entrega comienza con un maravilloso texto
admonitorio: “Lo bueno de la estupidez humana es que es inconstante”. Desde esa
justa dimensión de un aforismo de molde clásico y calado ético los fragmentos
integrados en el primer tramo escogen en su sincretismo la estela del apunte moral: “Los malos tiempos no nos preparan ni nos mejoran; solo nos avisan
de los peores”, “El que llega tarde, no llega nunca”, “Nadie es lo que
necesariamente no puede dejar de ser. Solo somos verdaderamente en lo
accidental”. La voz enunciativa traslada su mirada a un puñado de estratos que
dibuja una percepción fragmentaria de la realidad: la política, la filosofía social, los entrelazados sentimentales con su ineludible carácter transitorio, la literatura y el entorno cultural, o
la inercia cotidiana. Son núcleos de reflexión que dan pie a claves argumentales sobre las que el
pensamiento siembra indagaciones y encuentros.
Curtido en lo paradójico el aforismo nunca es complaciente con el
gregarismo. Seducido por la brevedad recuerda
que “En su momento de plenitud, las culturas producen sabios; en su decadencia,
filósofos; en su podredumbre, intelectuales.”; por tanto, corresponde la
humildad en la mirada y el alejamiento de cualquier podio dogmático para que
el yo participe en el juego de espejos de la identidad. El sujeto pensante habla de todo, sin ilación, debe verse en sus
habituales condiciones de normalidad, haciendo esa lectura personal,
clarificadora y honesta. La razón alerta el activismo de la inteligencia y la
sensibilidad, deja en quien se mira la verdad de uno mismo. Esa obra abierta del
estar conforme que percibe, sin arrebatos, en el manso silencio de las cosas, la propia biografía: “El amor de mis
hijos, el desnudo de la mujer, tres o cuatro recuerdos, algunos cientos de
libros, películas y discos y cada uno de los días que paso contigo. Solo por
eso”.
JOSÉ LUIS MORANTE