domingo, 13 de noviembre de 2022

PALABRAS MUDAS

Valle del Ambroz
(Otoño, 2022)

 

PALABRAS MUDAS

   Buscó en el paisaje un pentagrama cadencioso y armónico, que propiciara la dulce libertad de un exilio continuo. Quería una casa en el aire, lejos del resonante clamor social. Ahora se aplica en descubrir, entre la maleza del tiempo, identidades deshabitadas, sin nadie dentro. Le gusta el tacto de las palabras mudas.

 
(Cuentos diminutos)
 

 

sábado, 12 de noviembre de 2022

DÍAS CON LLUVIA

Percusión

 

DÍAS CON LLUVIA.
 
. Días con lluvia, de novela, protagonizados por personajes imprevisibles.
 
. Los afectos carecen de significados estables.
 
. Hay quien trata a la inteligencia como un utensilio de uso indefinido.
 
. Un desnudo y ese poder de sugestión, intimidatorio.
 
. Cuando estoy solo me visita el pasado, con su mochila llena de nostalgia.
 
. Los pragmáticos están parcelados por tabiques mentales.
 
. Los relojes mienten; las horas discurren con duración variable.
 
. La ausencia prolongada acaba por convertirse en un simulacro fantasmal.
 
 

 (Bajo el paraguas)



viernes, 11 de noviembre de 2022

ANDRÉS PARÍS MUÑOZ. DESDE EL AZUL DEL MUNDO

Desde el azul del mundo
Andrés Paris Muñoz
Prólogo de Marina Casado
II Premio Internacional de Poesía Joven "José Antonio Santano"
Editorial Alhulia S. L., Ayuntamiento de Baena (Córdoba)
Salobreña, Granada, 2022

 

LAS MANOS DEL TIEMPO

 
  En los últimos años, incluso en el tiempo gris de confinamiento y pandemia, la floración de voces nuevas ha sido una constante. El brotar poético constituye un legado fuerte donde se dan la mano generaciones y grupos. Los orígenes literarios de Andrés París Muñoz (Madrid, 1995), Graduado en Bioquímica y estudiante de doctorado en Biociencias Moleculares por la Universidad Autónoma de Madrid, están ligados al grupo poético Los Bardos, una propuesta coral que tiene en Marina Casado su estela creadora más fecunda. Es, precisamente, la escritora quien firma el prólogo “Un mundo azul y fértil para encontrarnos”. Allí hilvana una definición de la llamada “Poesía científica” como perspectiva conceptual que alude al compromiso emocional del poema con la ciencia. Desde ella nace la experiencia poética de Desde el azul del mundo con una senda de cinco tramos yuxtapuestos y con una atmósfera común al conjugar la hondura del entorno. Los apartados recurren a sustantivos y asertos germinales de la experiencia existencial: “Nada”, ”Átomo”, “Solitaria célula”, “Otro virus” y “Mundo”. Desde esa afinidad enérgica que impulsa el campo científico, Marina Casado concluye: “El cientificismo de la poesía de Andrés París parte de la búsqueda de un conocimiento profundo y amplio de la realidad, que no es aséptica sino fecunda y florida; por eso no puede limitarse al orden, sino que es en el caos donde encuentra una mejor respuesta”.
   El autor de Desde el azul del mundo acerca sus textos a dos ecosistemas referenciales, cuyo balance verbal asienta un magisterio continuo: Vicente Aleixandre y Wislawa Szymborska. Sus citas recalcan la proximidad de la disciplina científica como sustrato integrador de lo humano. Son entrada al único poema que contiene la primera parte, “Nada”. Desde una cronología de partida que parece aludir a un instante cósmico y genesíaco, la pulpa del poema difumina el discurso de la solemnidad y lo fragmenta con un venero argumental cuajado de romanticismo becqueriano: “El beso fue / el primer átomo”.   
   Muestra el apartado “Átomo” variedad temática, aunque en sus poemas persiste la introspección en torno al amor como oferente verdad que nos deja en las manos del tiempo. La poesía reunida permite conocer un material muy rico en imágenes, donde se entremezclan memoria y evocación; las plenas vibraciones que generan lirismo en el transitar. Como escenario dispuesto, la ciudad se convierte en un bosque en el que refuerzan su silueta firme esos dos árboles que comparten brotes y raíces, las ramas que cobijan el amor, el deseo o la incertidumbre. De esa armonía presencial nace el nosotros: “Dos gotas / confunden su perfil / para ser tierna lluvia”.
   Andrés París Muñoz abre su poética a una terminología que enlaza con su formación universitaria, para que las palabras mantengan  su piel elástica y generen una enriquecedora simbología. La sección “Solitaria célula” compagina la plenitud sensorial del cuerpo, como lumbre celular, con la meditación amorosa. En el transcurso del poema, la plenitud de lo vivencial adquiere un aliento clásico donde todo parece subordinado a la presencia del yo desdoblado en sus emociones.
  Los poemas de “Otro virus” parecen ajustarse a la dinámica de la pandemia y al crisol doméstico que originó el aislamiento. Se recordará que el virus inició senda en marzo de 2020 y evidenció la extrema fragilidad del cuerpo social. Todo se hace posibilidad y espera, reajuste de un nuevo orden en el decurso lírico. La soledad va marcando las huellas firmes del yo interior, hasta interpretar una autobiografía con secuencias dispersas en torno a una textura metaliteraria. La palabra semeja una afinidad completa con los elementos sensoriales. El poema completa un ejercicio que busca en el teclado las palabras precisas que cobijen el cauce existencial.
  En el trazado de “Mundo” conviven las fluctuaciones argumentales. El poeta busca en el excelente poema homónimo, a partir de una cita de Ángel González, una idealización de la realidad, esa conciliación de la imaginación y el tacto gregario de lo cotidiano. Los versos muestran la geometría variable del entorno que expande sus incertidumbres y despierta las inclinaciones subjetivas de un dolor compartido. El destino es proclive a lanzar preguntas a la identidad, a formular lo que no tiene respuestas: Qué somos. Así nace una metafísica de la incertidumbre que solo encuentra paz en la comprensión mutua.
   Otro poema sobresaliente del libro es “Jardín de las Delicias”, cuyo título remite de inmediato al tríptico del Bosco. La pérdida de aquel paraíso edénico sume al ser en un silencio que propicia el olvido completo; nadie guarda esa conciencia en vela que invita al regreso. Todo es soledad y hastío. De ahí nace la sensación de que  sobrevivimos en el margen, en un lugar donde todo es un gregario espejismo sensorial, una posición de lejanía.
   Sorprende por su originalidad “Adenda” el apartado final. Es un conjunto de traducciones a varios ámbitos idiomáticos de “Inexistencia ebria”, un texto que formaba parte de la sección “Solitaria célula” y delimitaba la tácita dependencia de la otredad. Concluye así un poemario con el que Andrés París Muñoz percibe en el sentimiento amoroso la más plena superación de nuestra condición fugaz y transitoria; el retorno de la luz a la mirada. El intimismo marca un libro emotivo, cuyo léxico incorpora un sensitivo acopio de imágenes para buscan el el pulso emotivo del tiempo; ese equilibrio frágil del latido sentimental que crea la música del corazón.  El silencio invita a la quietud, a la soledad habitada de quien se reconoce en la zona de sombra. El sujeto que halla en su pulsión indagatoria la necesidad precisa del nosotros.

JOSÉ LUIS MORANTE


jueves, 10 de noviembre de 2022

CON V0Z DE DIARIO ÍNTIMO

En ruta

CON VOZ DE DIARIO ÍNTIMO


El mejor camino es aquel que mantiene viva la posibilidad de perderse.

Hay escritores que sustituyen la Literatura por la Sociología.

En el bosque los fantasmas se muestran apacibles, dispuestos a conversar.

Cuánta vida entre las hojas muertas.

Me llega la reclamación de un haiku descontento con sus límites formales.

 Ver todo. El otoño congrega en los sentidos un contagio de prisas.

 La tarea de los que permanecen sin nadie, fuera de cobertura.

Elijo un ventanal que testifica el tránsito sumiso del reloj. El pensamiento es levadura. 


(Senda de otoño)



miércoles, 9 de noviembre de 2022

ANTONIO DEL CAMINO. LAS SEÑALES DEL TIEMPO

Las señales del tiempo
Antonio del Camino
Introito de Alfredo J. Ramos
Mahalta Ediciones
Ciudad Real, 2022 

 

ATARDECIDA

 

   En la estela poética de Antonio del Camino (Talavera de la Reina, 1955) la evocación y el discurrir son dos esenciales itinerarios temáticos para descubrir la esencia del ser. Ambos aparecen en los poemas como espacios habitables, indicios fidedignos, que entrelazan pretérito y ahora. En Las señales del tiempo la voz elegíaca, ajena a cualquier sensiblería, sugiere a Alfredo J. Ramos la reflexión prologal “Por los caminos del tiempo y la memoria”. De nuevo encuentra continuidad un largo recorrido que ha ido dispersando en las aceras editoriales entregas como Para saber de mí (2015) o Paso a paso la vida (2017). Son libros dibujando una sensibilidad reconocible, donde se hace evidente la perfección formal, el sentido del ritmo, la incardinación entre personaje biográfico y hablante verbal  y la depurada cadencia léxica.
   En este quehacer las formas cerradas se definen como mirada continua al paso fuerte de la tradición y como propósito dialogal con el despeje enunciativo de la composición. Es importante también el subrayado de que experiencia real y palabras se tienden las manos; resguardan la cercanía de quienes caminan juntos y soportan con entereza los efectos del acontecer. En suma, sintetiza con nítida síntesis, el introito: “Las señales del tiempo es la apuesta de un poeta que, después de haber recorrido otros caminos y explorado territorios acaso más inhóspitos, en sus últimas obras se decanta por la claridad, la sencillez expresiva –aunque sin caer nunca en los arrabales del prosaísmo- la certeza de la duda sin enmascaramientos y el intento de ofrecer un relato inmediato de la experiencia…”.
   Como si tomara asiento en la amanecida, la sección “Albor” contiene un poema prólogo, de excelente concisión argumental, que da título al libro. El extraño que asienta su faz en el espejo muestra los trazos justos del discurrir; la suma de erosiones y rasgos mudables. Así comienza esa cronología vivencial que tiene en los primeros años su rescoldo más cálido con la presencia intacta de las identidades aurorales: la madre, el padre, los juegos infantiles, la abuela, el abuelo. Son capítulos intactos de la memoria que invitan a recorrer calles edénicas, esas rayuelas que forjan las casillas de la memoria. Son señales del tiempo que, al cabo de los años, configuran algún paisaje agónico, casi espejismos dando vuelo a realidades y sueños.
   Llega la juventud y con ella la educación sentimental que forja al hombre. No se retrata al yo concreto y circunspecto, asfixiado en su propia contingencia, sino el peso de la edad, aquella foto de grupo generacional que vivió el tiempo final del franquismo y los brotes aurorales de la democracia y, más tarde, lo que luego se llamaría transición. Nace así un maravilloso poema sociológico “Así éramos” que emociona y define, que visto en la distancia llena de indulgencia el corazón por esa mezcla de ingenuidad y ternura, Allí están los amigos para siempre, las lecturas, la jura de bandera, la certeza de transitar y otra ciudad, cobrando el velado amarillo de la lejanía.
   El mismo autor y varios de los críticos que se han acercado al ideario estético de Antonio del Camino recuerdan, de modo inevitable, el magisterio fuerte de Antonio Machado en el inestable zarandeo del tiempo. La voz cimera de la Generación del 98 ha iluminado la lírica de más calidad del siglo XX, aquella que se encuadra en la poesía social de la posguerra, en el grupo del Medio siglo y en los autores granadinos de la otra sentimentalidad que a principios de los años ochenta dan paso a la denominada poesía de la experiencia. De igual modo, Antonio del Camino vuelve a reflexionar sobre el devenir lírico del poeta; es verdad que todos vemos desde un lugar y un tiempo y ese contexto se percibe en el signo diferenciado y heterogéneo de cada creador, aunque también sean compartidos el enfoque fragmentario y el relativismo. En la interminable sucesión de causas y efectos, el pensamiento especula y busca coordenadas situacionales que le permitan trazar un comportamiento ético y un pautado cumplimiento del destino individual. Palabra y tiempo dan sentido al afán de decir, a esa senda en la que Antonio del Camino busca una expresión más luminosa y esencial, aunque con una evolución sin saltos significativos ni grandes rupturas. Temas y obsesiones se repiten en torno al lenguaje: el paisaje, la herida del tiempo, la introspección, el amor o la existencia cotidiana son los argumentos textuales que casi siempre encuentran un azul diáfano, sin la retórica hueca de lo innecesario: “¿Inspiración te llamas? Nada eres / sin el tesón final del artesano que a partir de tu voz desbroza el tiempo”.
   La sección final “Mientras atardece” deriva hacia una evocación  intimista que acoge indicios emotivos del sujeto, la casa y la infancia, ese proceso que muestra las mutaciones del entorno; el cambio es un modo de profundizar y entender; de aprender a vivir.
   Las señales del tiempo reflexiona sobre la experiencia de la temporalidad: “Este libro se asoma a mi memoria / transita por el tiempo y sus celadas, / por lejanos y nuevos laberintos / por los que va mi voz buscando luz”. Es un diálogo abierto en el que aflora la condición vulnerable de cualquier ser humano, esa fecha de caducidad que marca siempre nuestra huella y ese modo de ser asimilando que todo es nada, mudable recorrido de cercanías. Al cabo, en la travesía singular lo mejor es ser coherente con el propio destino y caminar hacia lo verdadero ligero de equipaje.


 
                                                                            JOSÉ LUIS MORANTE
 
 
 

martes, 8 de noviembre de 2022

CAUSAS Y EFECTOS

Paisajes interiores
Fotografía
de
Javier Cabañero Valencia


CAUSAS Y EFECTOS

El centro del silencio me ha enseñado
a aceptar como un juego que la vida
es una sucesión aleatoria de causas y efectos
sobre las dunas de la realidad.
Aparecen las causas simultáneas,
inflexibles, anónimas,
y los efectos manan disueltos en los días,
con cauce renovado y variable,
cuya fuerza no doma ninguna voluntad.

Cada mañana tiene leyes propias.
Es el azar la fórmula cifrada
que descubre sus vínculos.
Un extraño rumor nos configura,
encubre lo que somos y seremos.

Causas y efectos pasan, se suceden.
Articulan el tiempo. Y eso es todo.

    (De Causas y efectos, 1997)



domingo, 6 de noviembre de 2022

FILOSOFÍA, NATURALEZA Y POESÍA

El Temblar
(Otoño en el Valle del Ambroz, Cáceres)
Poetas en los pueblos de España

 

LA MIRADA OCASIONAL
 
(Naturaleza y poesía)
 
No toda mirada es capaz de engendrar visiones
MARÍA ZAMBRANO
 
   Para establecer un punto de partida conjetural sobre el diálogo entre filosofía y poesía en el que se integra la indagación sobre la naturaleza en el tiempo, podríamos decir que la mirada filosófica es aquella que contempla en el mismo plano el sentir y el pensar. Ambos conforman un espacio de meditación sin rupturas, un recorrido que busca entender y propicia una liberación personal y colectiva, espigando prejuicios y dudas, ataduras y sombras.
   Esta concepción del quehacer poemático requiere un espíritu de fe en las posibilidades del lenguaje como manifestación y reflejo del ser, como razón extrañada entre pensamiento y sentir, capaz de sistematizar y definir, de alentar un espacio de comprensión y estimular la eclosión abierta de los sentidos.
  La poesía filosófica enciende una reflexión plural que diserta sobre las razones de su escritura, repasa el legado de la tradición y deja constancia de una cala en profundidad sobre el sujeto concreto y el contexto social donde se mueve. De este modo, establece un perfil íntegro y total, una concepción ontológica completa que siembra indicios sobre el dinamismo de lo vital.
   Asunto central del acto de escribir es construir una interpretación de lo real, en la que cada elemento adquiera su sentido y se ubique en el laberinto relacional que le corresponde. Este enraizamiento cognitivo alza en el tiempo una arquitectura mudable, donde queda inmersa nuestra experiencia vital.
   El poeta tiene en la infancia un despertar privilegiado, una amanecida en la que el entorno se muestra con sencillez, sinceridad y autenticidad. Estas cualidades aluden a una perspectiva de la naturaleza conocida por intuiciones vitales directas. El paisaje se presenta conectado al asombro, entendiendo el asombro como pujanza energética para preguntarse por el cuerpo ontológico de las cosas. La realidad se interioriza en el sustrato emocional del yo como una topografía viva, resistente, tenaz. En ella se vislumbra lo insólito, un trasfondo que enriquece y muestra sus espasmos más íntimos. Con los años, aquel horizonte moldea una dimensión irrenunciable. Pero es un lugar insular, perdido, que ha de revelarse poco a poco mediante la evocación y la elegía y que se habita desde la memoria, adaptándose a las distintas etapas vivenciales del hombre.
    En los años juveniles, con el comienzo de la formación universitaria, la naturaleza se desvanece en el itinerario biográfico. Personifica un sueño que oculta su tamaño en otra realidad en la que el hablante poético toca fondo y debe hacerse hueco. La ciudad mineraliza su espacio, vinculado a la contingencia temporal y cercanía del yo colectivo. En la urbe se construye un nuevo escenario reflexivo protagonizado por otros figurantes del pensamiento; el yo se transforma en un sujeto pensante, menos intuitivo, empeñado en ordenar y reubicar lo que sucede en la ciudad como silueta poligonal de encuentros.
   El paisaje entonces se deja oír en estilo indirecto, tiene los trazos de una ausencia concreta y mantiene con la situación vivencial del yo una metamorfosis de rasgos que conlleva una clara idealización. Muchas veces el pensamiento se hace grito ensimismado, caligrafía abierta de poemas escritos para cauterizar el dolor, para dejar constancia de que la existencia es sólo un hilo frágil. Cada vez es mayor la conciencia del tiempo. El paisaje queda al margen, se recuerda como un acto de fe, cuya belleza se muestra como una razón persuasiva, una creencia que ensancha el ser del hombre.
   La ciudad moderna contempla la naturaleza desde la carencia, lejos de sus procesos naturales y con un escaso tacto ecológico. La arquitectura habitual desnaturaliza y relega los espacios verdes a la periferia, condicionados por las construcciones y la movilidad. Perece la singularidad de los paisajes y nace un tablero visual de elementos uniformes seriados, que crean la sensación de ser parques temáticos, copias miméticas o extravagantes. La naturaleza urbana se torna insulsa o neutra y con poco peso específico en lo literario.
   A veces, sin embargo, la naturaleza se reafirma de nuevo desde la elegía. Mediante la contención expresiva, la hondura y la vibración anímica, se da una nueva temporalización a lo perdido, se recorre al paso la geografía familiar y el pretérito encuentra expresión emocionada y temblor humano en el material poético. La naturaleza retorna cargada de fuerza, con plena densidad significativa, como un ámbito humanizado en el que la intimidad del poeta germina en su lugar preciso.
   La voz poemática ya no es la de un yo desubicado y desvalido, en la intemperie, sino la de un sujeto activo que abre la claridad a sus recuerdos, a esa estela vital de lo vivido. El gesto de reconstruir puebla el poema de símbolos, renacen los ciclos estacionales y se alzan puentes que unen las riberas del pretérito con el latido indagatorio del ahora. Las palabras se arropan en una sensibilidad meditativa que haya en el pensamiento un refugio protector, un rastro de intimidad y meditación donde se escuchan las señales del tiempo.
  La escritura personal suma en su discurrir anotaciones e incertidumbres, pasos que conforman en cada entrega una manera de andar y de sentir. Los poemas esclarecen una concepción poética en tránsito, que parte del confesionalismo cotidiano y despliega en su madurez un entrelazado espiritual, en el que resulta eje central la esencia del entorno. Su coherencia modula una cosmovisión más racional que expositiva; la poesía concede a la conciencia del ser un carácter trascendente y revelador, pasado por el filtro de la conciencia. Es el abrazo pleno del yo con el velado horizonte de lo esencial; la certeza de que cada hoja caída busca de nuevo rama y reverdece.   
   El material lírico aspira el olor de la tierra, la carga sinestésica de un no lugar que transciende cualquier alabanza de aldea para sumirse en un estado de contemplación ascética que propicia un estar ensimismado. La percepción se consolida. Culmina caligrafías sensoriales; invita a tender las manos del pensamiento para retener lo que ofrece el transcurso del tiempo para incidir en la condición de ser en medio de los ciclos naturales.
  La naturaleza propicia una sensación de estatismo, un devenir que alienta la quietud y el despojamiento y que halla en la imagen de  cualquier elemento natural el reflejo de la propia esencia de vivir; se van agotando los afanes y las pretensiones, los elementos del paisaje muestran una común actitud de calma  que acrecienta la soledad del que contempla o ese desamparo que lleva a buscar el abrazo del otro para librarse del escalofrío.
   La poesía adquiere el tono justo de la confidencia; no levanta una voz que apenas cambia con el tiempo, otea el horizonte y se encoge de hombros, convencido de que la naturaleza tiene un destino marcado, una cadencia que invita a reflexionar sobre los signos de lo  mudable y a guarecerse  a cielo abierto, detrás del pensamiento.
 

JOSÉ LUIS MORANTE