jueves, 3 de julio de 2014

JOSEP LLUÍS AGUILÓ. MONSTRUOS Y OTROS.

Monstruos y otros
Poesía reunida
Josep Lluís Aguiló
Traducción de Francisco Díaz de Castro
Visor Libros, Madrid, 2014
 
MONSTRUOS Y OTROS

    Traducida al castellano por el poeta, ensayista y profesor universitario Francisco Díaz de Castro, aparece en Visor la poesía completa de Josep Lluís Aguiló (Manacor, Mallorca, 1967) firme propuesta del ámbito lingüístico catalán. No es una recopilación completa; queda fuera, como aclara la nota final, Cants d’arjau, un fruto de amanecida, firmado a los dieciocho años, que se considera muy alejado de la sensibilidad estética actual. Tras su edición, el poeta mantuvo un largo silencio hasta 2004, cuando retorna con La biblioteca secreta, al que siguen La estación de las sombras, Monstruos y Lunario. Estas cuatro entregas del nuevo ciclo son las que aportan todas las composiciones, pero se altera el orden de publicación para que funcione como apertura Monstruos, libro que consiguió en 2005 el Premi Ciutat de Palma.
   La lírica de Monstruos se caracteriza por su tensión narrativa. El poema cuenta una historia, con una palpable cadencia versal que elimina el prosaísmo pero que lo acerca a un trabado microrrelato, como sucede en algunos poemas de Jorge Luis Borges, o en la poesía de autores del setenta como Luis Alberto de Cuenca, con quien también comparte el fondo cultural del poemario, con alusiones a Caronte, el Minotauro, las Moiras, Polifemo… El resultado, sin embargo, nunca es previsible y demuestra imaginación despierta. Sirva de ejemplo el brillante poema de apertura que da voz al cartógrafo judío mallorquí Abraham Cresques, quien dejó una nutrida documentación sobre cartas náuticas y realizó el atlas catalán de 1374.
   Para dar fuerza al hilo argumental de cada composición, Aguiló utiliza con frecuencia el monólogo dramático, esa confesión directa que acrecienta la verosimilitud; sucede en “El holandés errante” y en “El Licántropo”, asuntos con amplio tratamiento literario que desprenden la sensibilidad comunicativa del relato oral y de los estantes más clásicos de la novela juvenil.
  El apartado final hace del arquetipo “monstruo” una presencia persistente en situaciones con un claro enfoque visual. La composición “Despedida a modo de epílogo” clarifica el sentido último del poemario y una de sus posibles lecturas: en cada hombre habita lo diverso; su identidad cobija todos los monstruos posibles, esos desconocidos que conforman el reverso de lo que se aparenta, y afloran hacia el exterior mediante la escritura.
   Cada poeta crea sus antecedentes y en La biblioteca secreta muchos indicios llevan a Borges. El universal argentino llenó sus páginas de laberintos, tigres, espejos, y no ocultó nunca que su patrimonio más personal fueron los libros y la noche. Esa noche en los ojos del maestro que impedía la lectura diaria provocó una estrategia muy bien narrada por Alberto Manguel; fueron muchos los lectores que dejaron su voz para que persistiera la memoria escrita en aquellos ojos cansados. Por su palpable admiración, Josep Lluís Agiló pudo haber sido uno de ellos. En los trazos de tinta de La biblioteca secreta dejan su estela persistentes lecturas; el autor sabe que los libros son puertas que permiten el encuentro diario entre recuerdos y olvidos. Por ellos regresan sombras  como Adán y Eva, Ramón Llull, Giordano Bruno… Al cabo, una biblioteca, según define un poema, no es sino el palacio de la memoria.
   El poemario añade un matiz nuevo en la poesía de Josep Lluís Aguiló: la mirada social; está en los versos que detectan la zona umbría de la condición humana como “Herramientas” y “Paralelismos”, en los que una vez más vuelve a ser cierto esa inclinación del hombre a ser un lobo, a provocar dolor y sufrimiento. Las palabras no son sólo palabras; constatan lo que sucede fuera; hablan también de que la escritura es siempre un horizonte abierto que no precisa más final que el aliento que guía cada verso: la cercana presencia de los sentimientos.
  El tercer título incluido es La estación de las sombras. La entrega apuesta por el intimismo y la proximidad del sujeto verbal, cuya voz en el ahora refleja el cauce manso de lo cotidiano, esas fotografías de lo diario que reflejan los estados de ánimo ante el paisaje habitual. Prosiguen la perfección formal, la lucidez para reflexionar sobre el sentido de lo existencial y el vocabulario coloquial. El acontecer del yo adquiere una mayor relevancia, mientras se mitiga el aporte cultural, aunque el libro se cierra con un poema sobre el sentido de la escritura, “Curso de supervivencia·, y una cita de W. Shakespeare, perteneciente a El sueño de una noche de verano.
   Por último, clausuran el volumen los poemas de Lunario. En él hallamos ciertas similitudes con La biblioteca secreta, aunque exista una mayor autonomía en la disposición poemática. El cauce argumental del libro, como espacio que recupera la emoción de la noche, acoge a los hitos temáticos perdurables: el amor, la muerte, la soledad y esos impactos mínimos que marcan la piel de la existencia y resaltan la fragilidad del ser transitorio y dejan un mejor conocimiento de nuestra propia identidad.
   Las versiones que ha preparado Francisco Díaz de Castro incorporan al castellano la aportación lírica de Josep Lluís Aguiló. El crítico ha preferido evitar cualquier ingerencia en forma de prólogo o epílogo  para conceder a los destinatarios  de Monstruos y otros la última palabra. Deja al lector en el punto de partida: el encuentro a solas, con una poesía natural, rítmica, que destila lecturas y reinterpreta el cauce manso de lo cotidiano. Poesía viva, sensible, bien trabajada en lo formal, con el latido de lo perdurable.
 
 

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