sábado, 5 de julio de 2014

NÉSTOR VILLAZÓN. SALIDA A ESCENA.

Otra maldita tarde de domingo
Néstor Villazón
Vitruvio, Madrid, 2014
 
SALIDA A ESCENA
 
    Creo recordar que fue el poeta Luis Felipe Vivanco quien escribió “Poemas representables”, un conjunto de composiciones configurado en forma de diálogo, con acotaciones para enumerar pormenores. Ese aspecto teatral de la poesía está también en algunos espacios creativos de Rafael Alberti y Federico García Lorca. En las últimas promociones es una excepción ya que prevalece la lírica de interiores, sin escenarios ni personajes declamatorios, sólo atenta al soliloquio expresivo de un yo que casi siempre funciona como reflejo del protagonista escritural.
   Néstor Villazón (Oviedo, 1982), Licenciado en Filología Hispánica, llega por primera vez a la poesía con el poemario Melville en la aduana, pero se decanta  por la nueva escena, donde consigue un notable reconocimiento por su obra teatral Democracia. Ahora regresa al verso con Otra maldita tarde de domingo, título que provocaba la reflexión inicial de esta reseña, y que procede de una cita tomada de Roger Wolfe.
  Este conjunto arranca con un poema prólogo, enfocado como si fuese un monólogo situacional en el que conviven la ironía y el sosiego para trazar las pautas que regulan la salida del yo poemático en el páramo incierto de lo cotidiano. También la presentación adquiere la apariencia de un enunciado recitativo, con una exhortación al lector: una invitación a compartir los pormenores existenciales que acumulan las horas, como si diese voz a  un personaje arquetípico y teatral capaz de transmitir a los espectadores una digna apariencia de entereza, aunque sea sólo un hombre ante el espejo, con gestos de derrumbe.
  En este primer tramo del poemario resalta la disposición tipográfica de “Carta para André Breton”, un guiño a la rebeldía surrealista y a los impulsos del automatismo psíquico contra la intervención reguladora de la razón.  
   Pero es una excepción en un avance pautado en el que el tiempo se convierte en protagonista central, hecho casi siempre de rutina y monotonía, asentado en libros y lecturas, proclive a la indagación y al recurso de la escritura poética para descifrar el sentido del presente o evocar los indicios del pasado, como sucede en el poema “Infancia”.
   El autor habla en ocasiones desde un poema personalizado, como si el texto se dirigiese a una única identidad: un padre imaginario, Marinette (a quien también se dedica el poemario) o su ego desdoblado. El texto se convierte así en un mensaje íntimo y cercano que alude a los tejidos sentimentales del sujeto.
   La disposición en apartados deja en el lector la sensación de distintos momentos escriturales y temáticos. Los argumentos se diversifican: a veces reflexionan sobre la poesía, una anécdota laboral, la soledad y sus contradicciones;  argumentos que requieren, como anota el autor, un verso pobre y un material precario, porque el hablante lírico se sabe un hombre más que sale a escena para contar otra maldita tarde de un domingo; en resumidas cuentas, la historia cotidiana de ese tiempo inasible en el que se extienden los renglones de sueños y fracasos, la lucidez y el desconcierto.                         
 
 
 

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