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lunes, 8 de septiembre de 2025

RAMÓN EDER. EL LIBRO DE LAS FRASES TRANSPARENTES

El libro de las frases transparentes
Ramón Eder
Prólogo de Aitor Francos
Editorial Renacimiento
Colección Los Cuatro Vientos
Sevilla, 2025

 

CON ALAS EXTENDIDAS

                                                        
   El hábito es una disposición natural a cumplir con las expectativas. El empeño por reiterar un ciclo estacional que se repite, inalterable, en el fluir remansado del tiempo. Puntual, casi cada año, se aviva el festejo para celebrar la incansable convivencia de Ramón Eder (Lumbier, Navarra, 1952) con el aforismo. Constituye una tradición que abarca décadas y conforma un proceso personal que ha convertido al escritor navarro en celebrado magisterio y lectura necesaria. El crédito aforístico de Ramón Eder crece, con sorprendente regularidad y una envidiable coherencia estética, según constatan los mejores estudiosos del solar expresivo del laconismo.
  Más allá de su producción concisa, el aforista sondea con paréntesis reflexivos el clima general que mantiene su sensibilidad frente al decir breve. Ramón Eder subraya su preferencia por la intensidad concentrada, la frase telegráfica y las variables temáticas con sentido del humor, un humor proclive a la sonrisa, que no desdeña influencias de Mark Twain, Groucho Marx o Woody Allen. El atinado prólogo de Aitor Francos, sin digresiones inocuas, alerta sobre las condiciones naturales de una cartografía mudable, curadora y transparente: “Con cada punzada de inteligencia y en apenas una línea, combate la intolerancia, pule dogmatismos, suaviza rigideces mentales, y lo hace valiéndose de autoridad y de una agudísima ironía con clara voluntad pedagógica”.
  Eder recalca con el magnífico aforismo de Karl Kraus que la frase sapiencial carece de datos suficientes; a veces es media verdad y otras verdad y media, pero nunca la verdad única y definitiva. De este modo, la realidad se ubica en una inacabable escala de matices, de planos diferentes, para que tome aire y extienda alas la observación subjetiva. Hay que conocer el contexto y recorrer sin pausa los laberintos interiores para dar sentido a la escritura y ser un yo pensante que recrea el mundo desde una vitalista duda metódica: “El aforista hoy en día es una especie de filósofo presocrático con sentido del humor digital”. De los apuntes enunciativos emana también una autobiografía más o menos convincente: “El escritor para ser respetado tiene que conseguir hacerse en los textos una humilde caricatura de sí mismo como un ser desvalido, lleno de contradicciones y sin embargo querible”. Si en entregas anteriores era palpable el anhelo poético, en El libro de las frases transparentes, como señalaba Aitor Francos en la introducción, hay desnudez y despojamiento lírico. Ser opta por la concisión estilística y la poda; por el recorrido telegráfico que une al mismo tiempo lo inconmensurable y lo breve. Quedan en esa mirada a lo esencial los trazos dispares de la condición humana, desde la ironía y el desenfado, actitudes que hacen del relato una delicada forma de la cortesía, un alejamiento de la solemnidad. Vislumbramos un pensamiento cambiante y en continuas tareas de búsqueda, exento de dogmatismos. Toda verdad, por más que recalquemos el trazo, acaba desdibujándose: “La verdad ya no es lo que era”.
  Con esos reflejos de suavidad y resistencia llega la claridad de El libro de las frases transparentes, una escalera argumental cuyos peldaños dibujan los complejos planos de un observador de momentos. La sensibilidad captura sensaciones y mantiene en su mirada un vaso de luz, capaz de contener el misterio de lo cotidiano, ese tiempo que abre un íntimo diálogo entre lo transitorio y lo permanente.
  Los libros de aforismos suelen ser sumas de intereses aleatorios, incluso distantes. En ellos se mezclan sedimentos lectores, reflexiones sobre la esencia del género conciso, o las notas dispersas que el pensamiento toma en torno al discurrir diario. En suma, una dicción ligera, buscando explicaciones al paso sobre las preguntas de siempre. A veces su sentido se diluye, recuerda el agua turbia de un pozo remansado, en el que no se puede calcular la profundidad y resulta difícil la inmersión.
   Ramón Eder acomoda en sus aforismos su personal concepto de la brevedad. La cosecha minimalista nunca se sube al pulpito de la pedantería; quien escribe se contradice a sí mismo, siembra paradojas, camina en círculo por el pensamiento e intenta conciliar enunciados lógicos e ingenio, en tareas de continua vigilia.
   En las brevedades de El Libro de las frases transparentes se habla de libros y autores, como Nietzsche, Cervantes, Shakespeare, Kafka, Josep Pla o Borges; de la sociología literaria que conforman las relaciones sociales: “Qué sensación de bienestar nos producen ciertas personas cuando se van”; y de esas incertidumbres que deambulan casi inadvertidas por el interior buscando sentido a la sutilidad del transitar diario: “Si a la vida no se le mete algo de épica se convierte en un cuento contado por un idiota”. Sin duda, son motivos recurrentes que retratan estados de ánimo o el incansable fluir de la conciencia.
   Si, como escribe el autor, “La realidad es una mezcla de sueños y de realidad” los buenos aforismos dejan la capacidad de moldearla, escuchan la voz tenue de la imaginación. Fortalecen un legado que nunca desdeña el aporte inteligente de la experiencia cultural. La escritura corrige asimetrías. Desde el sedentarismo de las ideas, reordena lo vivido y descubre un sentido nuevo a lo aparentemente insignificante. Frente a los que buscan en la experiencia biográfica el venero semántico principal, Eder mira con frecuencia los estantes de la biblioteca, buscar claves explicativas en las páginas de una selecta nómina de clásicos, y arropa el laconismo con las enseñanzas y asombros de la gran literatura. Al cabo, “escribir aforismos tiene sus peligros porque es poner el cerebro en los límites del lenguaje”.

JOSÉ LUIS MORANTE




 

martes, 14 de enero de 2025

RAMÓN EDER. SOBRE CARRERA DE RELEVOS DE DEMETRIO FERNÁNDEZ MUÑOZ

Carrera de relevos
Demetrio Fernández Muñoz
Premio "Valencia Nova"
Editorial Hiperión
Madrid, 2024

 CARRERA DE RELEVOS

RAMÓN EDER

   Cada poeta es un mundo y Demetrio Fernández Muñoz es un mundo que hay que leer y releer despacio porque  Carrera de relevos ( Premio Valencia Nova ) es un puente lleno de signos entre un pasado que parecía sólido y el futuro líquido que está imponiendo el mundo digital. Este poeta nacido en 1987 en Vila Joiosa ( Alicante) es una  voz singular que recoge el testigo de la poesía de anteriores generaciones y trata de contar con las palabras de esta época tecnológica lo que es posible decir en este presente que le ha tocado vivir, un presente que es un paraíso artificial  que hay que interpretar, un mundo delirantemente moderno en el que todo está cambiando vertiginosamente, quizás para que todo siga igual, un presente asombroso, como todos, pero que, como todos, mientras se está cada viviendo parece excesivo. El escritor registra la realidad, tomando notas  y balbucea buscando la belleza de la verdad. Los títulos de sus breves poemas son contundentes: "Blanco frío", "La cicatriz de Edipo", Escaleras circunstanciales, "Eclipse sereno", Himnos de sal", "A Ítaca la abrupta".... Este poeta también es profesor de literatura, ensayista, aforista y director del excelente Portal  “Aforística española actual” de la  Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, un Portal muy bien concebido que merece la pena que sea conocido por los lectores que estén interesados en el género aforístico. En  Carrera de relevos Demetrio Fernández llega a decir cosas insondables como  “ En el jardín de ceniza le daré otra vez el mordisco a la manzana.” o “No existe épica fiel sin parásitos”. Poesía enigmática y brillante para “homo sapiens” con móvil y 100 años de esperanza de vida, que serán 100 años de barroca modernidad.

     
Ramón Eder nació en Lumbier, Navarra, en 1952. El escritor ha publicado poesía, relatos y aforismos, género al que se dedica de forma monográfica desde hace décadas. Libros como "Palmeras solitarias", Ironías", La vida ondulante" o "Las estrellas son los aforismos del cielo" le conceden un espacio central en el decir breve contemporáneo. 

miércoles, 4 de septiembre de 2024

RAMÓN EDER. LAS ESTRELLAS SON LOS AFORISMOS DEL CIELO

Las estrellas son los aforismos del cielo
Ramón Eder
Editorial Renacimiento
Colección Los Cuatro Vientos
Sevilla, 2024 

 

HUMOR ILESO

 
         
   El diálogo de Ramón Eder (Lumbier, Navarra, 1952) con el laconismo constituye una colmada tradición que abarca varias décadas. Conforma un reconocido trayecto personal que ha convertido al navarro en uno de los nombres más celebrados del género, con un corpus general que va creciendo con sorprendente regularidad y con una envidiable coherencia estética. Hablar en el presente de aforismos es hablar de Ramón Eder. El propio autor no duda en analizar con mínimos acercamientos reflexivos las características de su voz; los propósitos de su singularidad expresiva en un intervalo histórico en el que la brevedad está protagonizando un brillante despegue, si nos atenemos a la aparición de ensayos y antologías, o al número de publicaciones de autores dedicados al decir breve.
  El texto de entrada  “El aforismo irónico”, que sirve de preámbulo, nos deja esta precisa definición por su transparencia expresiva: “El aforismo irónico es un pensamiento de una especie de filósofo con sentido del humor que está escrito con la sensibilidad de un poeta que escribe textos breves por cortesía de sus lectores”. Sin duda, el texto no requiere ningún matiz digresivo complementario, pero se me permitirá que alerte sobre dos o tres hendiduras del párrafo que considero esenciales. Eder recalca que el hecho creador del aforismo nace desde el entendimiento, busca el suelo de la certidumbre y explora con realismo pragmático algunas respuestas que ubiquen la realidad en planos diferentes para que trasciendan la mera representación. Tampoco olvida el anhelo poético, la solvencia estilística de la frase telegráfica que huye de cualquier lugar común y persigue la elegancia y la variedad de manifestaciones lingüísticas. Queda esa mirada a la condición humana desde la ironía y el humor, que hace del relato una delicada forma de la cortesía, un alejamiento de la solemnidad, un ejercicio de convencimiento y crítica exento de cualquier dogmatismo. Toda verdad por más que recalquemos el trazo acaba desdibujándose.
  Con esos signos diferenciales llegan los textos de Las estrellas son los aforismos del cielo, retazos que dibujan una sensibilidad abierta y prolongan la vasta llanura expresiva que Ramón Eder ha ido expandiendo con voluntad inquebrantable. Los libros de aforismos son fragmentarios; se expanden con esa tensión polarizada que se mueve entre lo fugaz y lo permanente, sin monopolios temáticos. La estrategia expresiva desplaza pasos en un trayecto plural cuyo recorrido, dividido en tramos por los dibujos geométricos de Ramón Eder, deja abundantes rincones temáticos, encuentros y extravíos con la existencia. La cosecha minimalista siembra sugerencias desde el asiento preferente de un observador en continua vigilia. Se habla de libros y de autores, de estados de ánimo, de esas incertidumbres que deambulan casi inadvertidas por el interior y albergan la morosa caligrafía de la ética; en definitiva de los recovecos que forja la rutina en la existencia cotidiana y los relieves de la realidad que el discurrir moldea. Al cabo “La imaginación no sirve para nada sino para darle a la realidad una lógica”. Con serenidad remansada, la reflexión comparte su voz. Fortalece una sabiduría que nunca desdeña el aporte inteligente de la experiencia y defiende una manera de pensar que, de cuando en cuando, despierta al espíritu crítico o vuelve los ojos al pasado para embellecer su heterogéneo legado de recuerdos y sombras. La escritura corrige la realidad, desde el sedentarismo reordena lo vivido y descubre un sentido nuevo. Frente a los que buscan en lo autobiográfico el venero semántico principal, Eder mira con frecuencia a la sociología y nunca desdeña buscar claves explicativas en la política, la convivencia cívica o la actualidad digital. De este modo el laconismo abraza las paradojas de lo cotidiano, o se acerca desde el pensamiento intuitivo a examinar contradicciones y asombros.
   Como gran lector, que sabe que lo importante no es leer sino releer, el escritor navarro recaba citas y preferencias lectoras, reconoce empatía por los maestros del humor o convierte a la escritura aforística en una exploración del propio taller literario: “Los que dicen dogmáticamente que dos más dos son tres y diez años más tarde dicen dogmáticamente que dos más dos son cinco no tienen un problema de inteligencia o de cultura sino de carácter.”
 En el cajón de sastre de un libro de aforismos el fondo y la forma son inseparables, pero hay aforismos que, al decir lo esencial, acentúan su carácter poético como el que da título al libro: “Los aforismos son las estrellas del cielo”. No me resisto a dejar cerca otro aforismo de impacto: “Las palabras son la música de las ideas”., o este esqueje verbal que tan bien dibuja la propia identidad: “Nuestros defectos nos hacen únicos”, o, por último, este otro que nos deja en la boca un sabor agridulce y crepuscular: “Hay amigos a los que solo nos une un imperdible”.
   En Las estrellas son los aforismos del cielo Ramón Eder sabe que “Los buenos aforismos son pórticos que nos llevan a la inminencia de una revelación que parece muy importante y ahí nos dejan, que no es poco”. Sabe también que la ironía y el humor no necesitan análisis teóricos porque sus límites exactos son los límites de la inteligencia, ese espacio mental que busca siempre más allá de lo previsible. Las cosas nunca son lo que parecen; los aforismos de Ramón Eder sí: son puntos de orientación que dialogan con la existencia, lacónicas fotografías de un paraíso de tinta.

JOSÉ LUIS MORANTE





 
 

martes, 13 de junio de 2023

RAMÓN EDER. LOS REGALOS DEL OTOÑO

Los regalos del otoño
Ramón Eder
Editorial Renacimiento
Colección Los Cuatro vientos
Sevilla, 2023

 

UNA PIZCA DE LUZ

  
                                                        
     La literatura difunde un sistema dinámico de géneros con una convivencia plural y  pausada de estrategias expresivas. Sin embargo, hay autores que se decantan por la fidelidad extrema a una propuesta de taller que, de este modo, adquiere un significado definidor del trayecto creativo. Ramón Eder (Lumbier, Navarra, 1952) es poeta, narrador y artista visual, pero el decir lacónico sostiene la ontología central de su escritura. Así lo ratifica la copiosa cosecha minimalista que suma las entregas La vida ondulante (2012), Aire de comedia (2015), Ironías (2016), Palmeras solitarias (2018), reconocida con el Premio Euskadi de Literatura, 2019, Pequeña galaxia (2018), El oráculo irónico (2019), Café de techos altos (2020), Aforismos y serendipias (2021) y la compilación Aforismos del faro de la Plata (2022), con edición, selección y texto introductorio de Carmen Canet, excelente conocedora del minimalismo verbal. En Ramón Eder el yo profundo sale a la superficie a través del pensamiento conciso: “La manera natural de pensar es a base de aforismos”.
   La pasión por escribir aforismos es constante y retoma presencia en los escaparates con la entrega Los regalos del otoño, fruta fresca de temporada que hace de la madurez un lugar propicio para ofrecer al lector magnífica cosecha. Aunque poco dado al dogmatismo prologal, el escritor abre su nuevo trabajo con el liminar “Maneras de leer los aforismos con lápiz”. En el caminar a solas del lenguaje en busca de lo inesperado emerge un ritmo de lectura; aquí no sirve el paso suelto de quien lee de corrido por el carácter reflexivo de los textos. Hay que pausar itinerarios, atemperar la mirada, hacer reconocibles caligrafía y sentido para que aparezca la pizca de luz, ese brillo solar que cobra relieve en la memoria.
   La organización del libro en secciones está marcada por las conocidas viñetas del escritor. Sus dibujos, de trazo escueto y tinta negra, son el umbral de cada apartado con la pausa complementaria de un aforismo inaugural. En el enunciado del primero está la siguiente tesela escrita a mano: “Dentro de nosotros lucha el ángel con el mono y no siempre gana el ángel”.  En total son trece viñetas las que conforman el recorrido de Los regalos del otoño con similares nutrientes expresivos. En el comienzo predomina la reflexión metaliteraria e indagadora de la pulsión creativa; en ella se busca la identidad real del sujeto verbal, la cercanía a nuestro pensamiento de las redes literarias o las características básicas del decir lacónico, donde la agudeza es ámbar que preserva del discurrir del tiempo. Pero los argumentos no fuerzan un orden lógico; van y vienen, trastean, se quedan quietos en un tema o promueven un largo viaje por intereses plurales. Al cabo, “El aforismo no pretende decir verdades como catedrales sino pequeñas verdades como diamantes”.
   El protagonista refleja una filosofía óptica, supera esa apariencia cuticular de la vida en común, para sondear la propia intimidad y sus relaciones con la superficie visible del entorno. Así se establece una relación bilateral en la que nacen interpretaciones especulares que cobijan actitudes como la ironía, el escepticismo o la contradicción. “Algunos ignoran que la nada es una parte del todo”, “El que es buena persona no puede ser normal del todo”.
   Las secciones multiplican los matices, proponen un despliegue de imaginación que dé solidez a la certeza de que “La vida es fascinante incluso cuando es horrible”, aunque su transcurso también acumule decepciones y luces falsas: “Hay verdades tan tristes que ya en la prehistoria hubo que inventar la mentira maravillosa del arte para hacer soportable la realidad”.
   Siempre que leo a Ramón Eder admiro su manera de disimular el sustrato cultural de sus libros. Los textos afloran con un molde de naturalidad expresiva; pero tras esa simulación de cercanía y lenguaje directo, en el que la erudición adquiere una presencia periférica, hay un lector infinito que conoce muy bien la estela histórica del laconismo: Marco Antonio, Séneca, Baltasar Gracián, los moralistas francés, Cioran o Wilde crean una empatía natural con el sentido cartesiano y la riqueza expresiva del escritor navarro. El intempestivo reflejo de lo inesperado –ese aforismo serendipia ya habitual en libros anteriores- hace vibrar y deja huellas. Se convierte en habitual regalo de madurez lacónica.
  Los aforismos de Los regalos del otoño tienen la solvencia de un tren de cercanías. Entre las páginas que se bifurcan viajan inteligencia, humor, ingenio y la carga justa de simbología que anule la vía del bostezo. Ya es un clásico en Ramón Eder la compilación  de chispazos de filosofía no académica y el aire limpio de la poesía, escritura con genealogía que sobrevive al tiempo y exige leer con lápiz.
 
JOSÉ LUIS MORANTE
 

 

domingo, 3 de julio de 2022

RAMÓN EDER. LA AUTOENTREVISTA COMO GÉNERO LITERARIO

Ramón Eder (Lumbier, 1952)

Si algo caracteriza la escritura de Ramón Eder es su constante dedicación al aforismo como estrategia expresiva, aunque su trayecto integra otros géneros como la poesía, el relato y el fragmento metaliterario. Ahora añade la autoentrevista, una senda de exploración empeñada en levantar andamios entre escritura, lenguaje y existencia.  
                          

LA AUTOENTREVISTA COMO GÉNERO LITERARIO 

      

¿ A qué  se debe que  publique  solo aforismos los últimos años?

   Desde que publiqué La mitad es más que el todo (Bilbao, 1998), un libro que mezclaba relatos, poemas y aforismos, un libro por cierto que me costó mucho publicarlo porque a finales del siglo XX la mayoría de los editores españoles o creían que los aforismos solo los podían escribir los genios o pensaban que los aforismos eran “chistecillos” de poco interés, pensé que yo quería dedicarme especialmente a este género  porque creo que uno como escritor debe dedicarse por honestidad al género que mejor escribe (o que escribe menos mal) y creo que ese era y es mi caso.

    ¿Qué cualidades tiene que tener un buen aforismo?

  Aquí vendría bien citar a Baltasar Gracián que escribió uno de los aforismos más citados de todos los tiempos, aunque solo se suele citar la primera parte, que dice : “Lo bueno, si breve, dos veces bueno”. El aforismo, en mi opinión,  tiene que ser muy breve, si no ya entramos en otros terrenos como el fragmento que puede ser prosa aforística pero que en esencia es algo diferente al aforismo. Dicho de otra manera “un texto  que no es breve no es un aforismo”. Y, naturalmente, además de breve debe decir algo inteligente y decirlo con gracia.

 ¿Hay en su opinión mucho plagio entre los escritores  de aforismos?

 Sí, porque es muy fácil plagiar aforismos. Y no digamos si uno mira aforistas extranjeros en Internet y  traduce sus aforismos cínicamente, por ejemplo. Ese tipo de plagio es fácil e innoble. Pero existe otra forma de plagio muy común  que consiste en lo que se podría llamar “darle la vuelta al  calcetín”,  es decir coger un excelente aforismo, copiarlo y al final cambiar alguna palabra para decir algo sorprendente o  lo contrario a lo que decía su autor. Estos aforismos son respetables solo si mejoran el aforismo original. Y es que el plagio bien entendido no es deshonesto, puede ser un estímulo para escribir. Todos los grandes escritores plagiaron. A mí me han plagiado mucho y lo considero un honor, pero solo cuando el plagio  supera mi aforismo original. 

¿Suele leer textos teóricos sobre el aforismo?

  Sí, pero no muchos. Hace años sí que leí abundantes ensayos sobre el género aforístico pero me considero sobre todo un escritor de aforismos, un aforista, y creo que puede ser peligroso el ser demasiado consciente como creador de la parte teórica, intelectual  o histórica del aforismo , y así como un pintor no tiene que ser un erudito de la pintura sino una persona sensible y talentosa que experimenta y trabaja mucho en su taller, un aforista es alguien que piensa mucho las cosas, lee y relee mucho pero de muchos géneros y  escribe poco porque no es un novelista sino que  lo suyo es la brevedad y la capacidad de síntesis.

 ¿ Considera que el aforismo es un género tan importante como cualquier otro?

    Por supuesto. El aforismo no es inferior a ningún otro género. La lista de grandes escritores que eligieron el aforismo para expresar sus ideas es respetabilísima aunque los desmemoriados la olvidan. Pero La Rochefoucauld, Lichtenberg, Schopenhauer, Nietzsche, Oscar Wilde, Bernard Shaw, Jules Renard, Witgenstein, Lec, Juan Ramón Jimenez, Bergamín, Kraus, Gómez Dávila y otros muchos grandes escritores practicaron el aforismo porque creían que un género excelente para expresar las ideas, los matices de la verdad, las trampas del lenguaje, los peligros de la ética mal entendida, los secretos de la estética bien entendida, los límites de la filosofía, en fin, las verdades paradójicas de la vida.

 ¿ Es fácil dar gato por liebre en este género?

   Es relativamente fácil engañar a un lector despistado porque hay frases que parece que dicen mucho al parecer profundas pero lo que ocurre es que el escritor estafador ha enturbiado el agua para que parezca más profunda. Pero así como un experto en diamantes identificará que un diamante es falso si lo es, aunque la falsificación sea buena, un buen lector detecta enseguida el falso diamante de un falso aforismo.

¿Piensa que España actualmente tiene un buen nivel en cuanto al aforismo se refiere comparado con otros países?

  Es difícil tener una opinión contrastada sobre el asunto porque ¿qué sabe uno del aforismo actual en Noruega o en Australia? Serán los  eruditos de las universidades que sean poliglotas y lean revistas extranjeras  los que puedan tener una mirada panorámica y tengan un criterio más o menos objetivo sobre el aforismo en la actualidad  en el mundo. Pero como opinión personal por una serie de escritos que he leído sobre el tema y por la lectura de diversos libros de aforismos recientemente publicados en España creo que estamos en un buen momento aforístico en cantidad y calidad. Pero tampoco hay que caer en absurdos triunfalismos, si hay unos pocos aforistas muy buenos  y unos cuantos respetables podríamos darnos por satisfechos.  Los genios nunca abundan...

 ¿Está de acuerdo con los que piensan que los aforismos son una especie de refranes?

   Sin duda se parecen en la brevedad  pero tienen  actitudes casi contrarias.  Yo en algún sitio escribí que un refrán es un aforismo con mucho ajo. EL refrán es puro sentido común mezclado con mucho egoísmo primario y es el aforismo de los que no leen. Y al revés, el aforismo podría ser el refrán del que ha leído mucho y acepta la paradojas mas que las verdades como puños .

¿Cree que se editan bien los libros de aforismos?

  Sí, aunque yo sería partidario de dejar más espacio entre aforismo y aforismo para que respiren porque cada aforismo es un texto independiente. También sería partidario de emplear letra algo más grande que la que se suele utilizar. Me gustan los libros alargados, libros literalmente de bolsillo, que quepan realmente en un bolsillo. Las ilustraciones en este género, si me gustan, las veo con agrado y sirven para respirar porque el aforismo es un género muy intenso. Y, agradezco el buen papel, algo grueso para que no trasparente las palabras de la página anterior y la edición muy cuidada hace más atractivo al libro.  Valoro también el olor. Los libros huelen pero no siempre bien… Hay tintas que huelen mal. Habría que tener cuidado con el olor de los libros, algunos huelen a roble y me gustan, otros huelen a química y me desagradan.

 ¿El aforismo es una especie de chiste?

  Más bien es todo lo contrario. Existe un aforismo irónico y paradójico que es muy interesante porque mediante una broma dice una gran verdad, pero no es una broma sino que utiliza esa fórmula para llegar más lejos en el pensamiento. De hecho a los aforismos a los que les falta el humor suelen ser solemnes y tramposos. Los grandes aforistas casi siempre han sido grandes humoristas, pero nunca chistosos.

¿En qué se diferencia el aforismo de otros géneros breves?

  Esta pregunta la respondería mejor un filólogo porque es una cuestión de matices. De hecho es fácil confundir algunas brevedades llamándolas de una manera inadecuada. Y es que están las máximas, los apotegmas, los emblemas, los proverbios, las sentencias, los adagios, los refranes, los dichos etc. etc. Y hay más…Quizás del aforismo  se podría decir que es una frase breve pero con una carga filosófica muy importante y con un nivel formal muy alto propio de la poesía. 

¿ A qué tipo de lector le gusta el aforismo?

  Es imprevisible saber a qué lector le puede gustar el aforismo. Pero sí se puede saber a quién no le gustará. No les gustará a quien no le gusta pensar, ni al que no le gusta dudar sino tener las cosas claras, tampoco le gustará al lector pasivo que quiere que se lo den todo hecho y quizás tampoco les guste a muchos filósofos que creen que es un género frívolo porque ellos dedican mucho tiempo y muchas páginas para desarrollar una idea y el aforista lo hace en una frase y en un minuto, claro que también se podría decir que construir esa frase le ha costado al aforista toda su vida. Lo cierto es que hay grandes filósofos que valoran mucho el aforismo y que ellos mismos han sido grandes aforistas.

Ramón Eder


viernes, 4 de marzo de 2022

RAMÓN EDER. AFORISMOS Y SERENDIPIAS

Aforismos y serendipias
Ramón Eder
Editorial Renacimiento
Colección Los cuatro vientos
Sevilla, 2021

LAS PACES CON LA VIDA

                                                        

   Poco dado al dogmatismo teórico, en el blog “Puentes de papel” Ramón Eder (Lumbier, Navarra, 1952) realizaba un mínimo acercamiento reflexivo al aforismo y a su vibrante despegue en el presente. El breve texto “Los apogeos intermitentes del aforismo” alertaba sobre los vaivenes presenciales de la voluntad lacónica y sus posibilidades de fulgor y marginación. Y asociaba ese estar de movimiento pendular con una etapa histórica de transición, donde el suelo de la certidumbre se convierte en espejismo movedizo que moldea la verdad y media del pensamiento en media verdad.
   De esa tensión polarizada entre fugacidad y permanencia se nutren los retazos verbales de Ramón Eder. El navarro muestra un decidido empeño por convertir la estrategia expresiva del habla lacónica en monopolio expresivo, aunque no reniegue nunca de un trayecto plural, cuya travesía inaugural dejó los poemarios Axaxaxa mlö (1985) y Lágrimas de cocodrilo (1988) y el libro de relatos La mitad es más que el todo (1988). Después, la cosecha minimalista y lapidaria copa por completo el trabajo de taller con casi una decena de estaciones al paso, algunas de especial calado como Palmeras solitarias,  reconocida con el Premio Euskadi de Literatura, 2019.
   En el caminar a solas del aforismo en busca de lo inesperado emerge una voz singular en la que toma asiento una reconocible caligrafía semántica, moldeada en torno a la existencia cotidiana y los dispares relieves de la realidad. La meditación fragmentada desgrana semillas verbales a partir de nutrientes expresivos como la intimidad confidencial, el humor, la ironía benevolente y la paradoja. Así se fortalece una inteligencia creadora que aglutina las entregas La vida ondulante (2012), Aire de comedia (2015),  Ironías (2016), Palmeras solitarias (2018), Pequeña galaxia (2018), El oráculo irónico (2019) y Café de techos altos (2020). Una amplia muestra de tan encomiable producción se compila en Aforismos del faro de la Plata (2022), con edición, selección y prólogo de Carmen Canet, profesora, aforista y excelente sondeadora del minimalismo verbal.
  La edición, con magnífica fotografía del autor de David Herranz y una escogida estela de viñetas que reordena la separación de secciones, ubica como farol de entrada un humorismo del inagotable Mark Twain: “Las mejores arrugas las producen las sonrisas”. Y añade una nota explicativa sobre “El aforismo serendipia”; Eder focaliza una estela del laconismo que aporta el reflejo de lo inesperado, ese instante varado en los relojes que convierte en compañía la casualidad y el hallazgo feliz por accidente. La sección “Aforismos de la Zurriola”, resguarda a los aforismos bajo las sombrillas playeras de Donostia, para reflexionar sobre la naturaleza literaria del género. Ramón Eder exige al habla concisa inteligencia, humor, ingenio y la carga justa de simbología que anule la banalidad de la ocurrencia.” En el aforismo el fondo y la forma son inseparables”, “El aforista es una mezcla de filósofo sin sistema y de poeta sin ripios”, “Todo libro de aforismos es un cajón de sastre”.
   Se advierte de inmediato que el escritor sabe que la pulsión vitalista del texto breve cobija ingenio, ese chispazo de la inteligencia que nunca concede sitio a lo previsible. Cada aforismo bordea la cuneta que enlaza realidad e imaginación, Es grava suelta y arbustos silvestres; un suelo firme, pero irregular, en el que se dibuja la sombra del discurrir diario: ”Cometemos el error de pensar que estar vivos es normal y corriente cuando es excepcional y asombroso”. En efecto, las aceras del día depositan situaciones, actitudes y pensamientos que van tejiendo la minúscula telaraña del asombro en la limpia nitidez del aire.
   Desde la luz encendida de la reflexión, se van alzando espacios de diversidad, como quien mira por la ventana y vislumbra una calle concurrida, donde cada instantánea es autónoma y exige una atención perpleja. La voluntad del texto suma recuerdos lectores, contingencias del ánimo y vivencias sentimentales que buscan integrarse en el balance existencial de la memoria: “Los hay que están enamorados pero son asintomáticos”, “Algunos se casan porque necesitan una madre”, “La paradoja de la vida es que hay que vivir como si fuéramos libres sabiendo que no lo somos”, “Cuando se construyeron las primeras cabañas de dos pisos ya algunos empezaron a soñar con rascacielos”.
   La sociología, el sentido lírico y la ironía son destellos continuos en la escritura de Ramón Eder. Proporcionan una naturalidad expresiva que, de inmediato, suscita el asentimiento y, no pocas veces, la sonrisa o el cálido abrazo lector: “Tenemos el dudoso honor de vivir en la época más próspera y más pueril de la historia”, “Creo que ser español para un español es más complicado que ser portugués para un portugués”, “El latín de las misas católicas lo entendía todo el mundo porque se sentía el misterio y así se comprendía todo”, “Las redes sociales de internet han modernizado el linchamiento”, “Lo malo de los atajos es que a veces nos hacen más corto un maravilloso camino.”, “A los narcisos les acaba haciendo el espejo la autocrítica”.
   El escritor rompe la monotonía con un amplio crisol temático. En él cristaliza, con voz serena e incisiva, la líquida realidad del discurrir. Aflora en los textos la carga interior del fluir reflexivo. La observación de quien percibe convierte cada instante en una parada emocional. El enunciado es compartido desde la razón como un frágil dominio sin pretensiones ilusionistas, aunque con la certeza de que “el escritor que innova es el que nos enseña a mirar de otra manera lo de siempre”, y de que “No gustar a los malos lectores es tan importante como gustar a los buenos”.
   Ramón Eder cierra su entrega con un abanico de serendipias. El escritor asocia el código comunicativo del habla concisa con el hallazgo y sus variaciones semánticas. Explora la oquedad azul del aire que suspende el misterio. Quien escribe busca rescoldos, manchas amarillas que diluyen las sombras; la esencia destilada del sol en la rendija.
 

JOSÉ LUIS MORANTE



 

 

 

miércoles, 16 de febrero de 2022

RAMÓN EDER. LOS APOGEOS INTERMITENTES DEL AFORISMO

Ramón Eder (Lumbier, Navarra, 1952)

                                                       

LOS APOGEOS INTERMITENTES DEL AFORISMO

 

   El aforismo alcanza su esplendor de manera intermitente ya que, después de sobresalir culturalmente durante cierto tiempo, suele pasar a una discreta marginación como si les resultara irritante a los lectores por su característica brillantez cegadora. Generalmente suelen volver cuando la sociedad está al final de una época dando paso a algo nuevo, siendo el aforismo el género literario filosófico que mejor relata ese caos intelectual propio de las épocas de transición. Después, una vez cumplida la misión de analizar las nuevas medias verdades y las nuevas verdades y media se va apagando otra vez y vuelve a refugiarse en unos pocos escritores que mantienen la lucidez lacónica en sus irónicas bibliotecas.

   Y así permanece el aforismo, orgullosa y solitariamente, hasta su próxima apoteosis que es lo que está ocurriendo ahora mismo en nuestra caótica actualidad en la que el mundo viejo está muriendo y el mundo nuevo aún no se manifiesta con claridad, lo cual ha ocasionado la típica confusión en la que los aforismos han vuelto a brillar como estrellas.

 

Ramón Eder

 

 Para quienes busquen saborear el agua limpia del aforismo, Ramón Eder es venero esencial, un clásico del ahora que goza del reconocimiento general. Tras su entrega Aforismos y serendipias (Renacimiento, 2021), se compila un amplio muestrario de su obra en la antología Aforismos del faro de la Plata (Libros Alto Aire, 2022) con selección y prólogo de Carmen Canet.


lunes, 23 de noviembre de 2020

RAMÓN EDER. CAFÉS DE TECHOS ALTOS

Cafés de techos altos
Ramón Eder
Editorial Renacimiento
Colección Los Cuatro Vientos
Sevilla, 2020
 

A DOS AGUAS

 

   En general, casi todos los cultivadores del aforismo contemporáneo manifiestan  actitudes creadoras plurales, que compendian  una voluntad bifurcada en géneros como la poesía, el ensayo, la ficción narrativa o la autobiografía. Ramón Eder (Lumbier, Navarra, 1952) se singulariza por haber descubierto en la práctica del decir lacónico un trayecto de dirección única que se acerca al lenguaje y a sus posibilidades expresivas desde la claridad indagatoria del minimalismo verbal.
   Así ha impulsado, con gotear preciso, un tejado reflexivo a dos aguas, que aglutina pensamiento sintético e intimismo lírico. El cuerpo textual constituye un generoso legado donde se integran hitos como Aire de comedia (2015), Ironías (2016), Palmeras solitarias (2018) y El oráculo irónico (2019). Fiel a su cita anual, Ramón Eder alienta la salida Cafés de techos altos, que integra como umbral una cita del controvertido Ernst Jünger: “Debe conocerse el punto desde el que uno todavía puede retroceder”.
  Las notas textuales del recorrido vital pocas veces escapan del viaje interior y de la investigación del pensamiento. En el estar diario habita la incertidumbre, la resolución de una dialéctica de luces y sombras. La realidad aflora diversa y fragmentada, mostrando relieves y acercando su misterio a la nítida valoración del fluir. Ramón Eder convierte el fondo argumental de la escritura aforística en una intensa introspección. Con ella arroja luz sobre cuestiones del proceder diario: “Hay que ser muy generoso para aceptar ciertos regalos”, “La patria es una obsesión que mezcla los himnos con la gastronomía”, “El sentimiento tiene que encontrar la palabra que lo defina para saber exactamente qué nos pasa”, “En las situaciones en las que ganar significa perder, perder es salir ganando”.
   En el marco conceptual del aforismo la identidad del protagonista verbal se revela como un yo múltiple que integra actitudes y modos contradictorios, tratando de dar sentido al sentimiento. Sus asimetrías merecen la observación objetiva del espectador que se contempla a sí mismo como si fuera otro: “El alma también tiene sus lumbagos”, “Es bueno levantarse cada día sabiendo para qué”, “Algunos tienen el ego como una catedral, con gárgolas y todo”, “La agradable costumbre de ser el que se es”.
    La fuerte eclosión del aforismo contemporáneo ha abierto una sostenida estela metaliteraria que busca dar al género una codificación asentada y precisa. La mirada de Ramón Eder hacia el género no pretende resolver la teórica conceptual sino hacer de la razón de escritura un cauce argumental que preserve intacto su misterio: “El aforismo es una catedral gótica, vista desde la ventanilla de un avión”, “ “Los aforismos que tienen un origen anecdótico fracasan si no se convierten en categorías”, pequeño homenaje a Eugenio d’Ors, “El aforismo, como la mítica revista La Codorniz, es el género más audaz para el lector más inteligente”, un breve que constata un lema muy celebrado del mejor humorismo gráfico español, o , con evidente guiño al magisterio de Karl Klaus, “Un aforismo es medio aforismo hasta que el lector le añade la otra mitad”.  
  Recuerda el escritor que “El género aforístico, aunque trate de temas serios, siempre tiene algo lúdico”. Por ello, la biografía atemporal del humor siempre ha constituido uno de los mejores logros de Ramón Eder. Un humor limpio, nunca desde el aguafuerte goyesco del sarcasmo, que se acerca a la ironía para ejemplificar una mirada comprensiva, en la que cabe también el escepticismo al definir y asentar las contradictorias coordenadas de la realidad: “Era tan pedante que tenía en su casa una sala de estar y otra de ser”, “Pequeños placeres estratégicos: plantar un limonero para los futuros gin-tonics”, “Cuanto más nos alejamos del mono, más nos acercamos al robot”, “La vida social de los viejos, si se descuidan, se reduce a ir de funeral en funeral”, “hay mujeres que invierten en lencería como si invirtieran en bolsa”, o esta perla generacional que sosiega el aullido rebelde de Allen Ginsberg:  “He visto a las mejores mentes de mi generación poniendo retratos suyos en Facebook”.
  Los aforismos integrados en Cafés de techos altos de Ramón Eder hacen del expresivismo conciso un abanico de contingencias temáticas: el entorno social, la mirada del yo frente a sí mismo, el taller de escritura, las incisiones del presente con sus imprevisibles modulaciones. En ellos, el decir breve gira sobre sí mismo para abarcar un espacio múltiple de contingencias argumentales y valoraciones reflexivas. Desde el despojamiento lacónico, cada aforismo deja las huellas fragmentarias de lo que nunca puede asirse: un techo alto, que pone a cubierto las palabras.    


lunes, 7 de octubre de 2019

AFORISMOS DE LA ESPESURA

Templos de Angkor (Camboya)
Noviembre, 2017
Imagen de
José Luis Morante




AFORISMOS DE LA ESPESURA


Si somos sinceros, debemos reconocer
que debemos mucho a nuestros enemigos

RAMÓN EDER ( El oráculo irónico)


Soy tan raro que para reconocerme mi conciencia me pide el DNI.


Hay relaciones personales que tienen la duración de un aforismo y menos contenido.


En la madurez los sentimientos exigen estructuras elaboradas, escenarios con luz natural y narradores distanciados. 


Se quedó solo. Ahora recupera minerales en la galería de los desafectos.


El pudor convierte a la confidencia en un movimiento de ajedrez.


Presencias como reglas ortográficas; compañeros de viaje que son comas, puntos finales y puntos suspensivos.


Carpe diem. Quemó todas las naves. Mientras duró el incendio percibió su calor.


Un presente incierto. Piensa en la belleza, en zapatillas y sin afeitar; sólo mis gafas mantienen una pose aceptable.


La voluntad del cínico prefiere ideologías de alquiler.


Futuro; esa aspirina diluida en el agua fresca del fracaso.


Para hablar de ti, empleo un silencio en cursiva.


La semana no empieza bien; es lunes cada miércoles.


Andar extraviado tanto tiempo me deja ante tu puerta. Llamo al timbre. Espero.

(Selección mínima de aforismos)



viernes, 8 de junio de 2018

RAMÓN EDER. PALMERAS SOLITARIAS

Palmeras solitarias
Ramón EderPrólogo de Juan Bonilla
Renacimiento, Los Cuatro Vientos
Sevilla, 2018


MIRADAS

  El universo aforístico de Ramón Eder (Lumbier, Navarra, 1952) es núcleo central del decir fragmentario actual. Ocupa este lugar por dos circunstancias básicas: su quehacer desdeña el papel de hombre-orquesta para configurarse como solista, de modo que su itinerario, salvo en el tramo inicial que publicó los poemarios Axaxaxa mlö (19859 y Lágrimas de cocodrilo (1988) y el libro de relatos La mitad es más que el todo (1988), se basa en el esquema conciso y lapidario del aforismo. El segundo rasgo es el descubrimiento de un decir singular sobre la existencia cotidiana, que zarandea y perturba, a partir de ingredientes expresivos como el humor, la ironía y la paradoja. Así conforma un recorrido compuesto por títulos como La vida ondulante (2012), Aire de comedia (2015) e Ironías (2016), todos ellos articulados con similares componentes y con afín sensibilidad, como si encajaran en una estructura cerrada y orgánica.
   Palmeras solitarias añade a la edición el prólogo de Juan Bonilla y algunos dibujos en negro, que aportan un trazo de viñeta. De todos es sabido que Juan Bonilla tiene un alto concepto del ingenio, ese chispazo de la inteligencia que nunca concede sitio a lo previsible. Cada perfil tiene otro lado oscuro, una brújula de asombro. El poeta y novelista escribe: “Definir un aforismo no es cosa sencilla, no está a mi alcance. A veces, con los mejores, tengo la impresión de que un aforismo es como uno de esos castellets en los que hacen falta cuarenta cuerpos para sostener a veinte que sostengan a diez y así hasta llegar al niño que lo encumbra”.
   Firme, pero también frágil, simulando esas torres humanas, el aforismo levanta arquitecturas con piezas inadvertidas y necesarias, donde cada fragmento es autónomo y, a la vez, suma su voluntad inquieta al quehacer colectivo.
  Quien nos habla muestra ante el entorno una atención perpleja, como si cada una de las contingencias de lo diario se integrara de inmediato en el balance existencial. Las exigencias estéticas de Ramón Eder se evidencian pronto. El escritor sintetiza en los textos un aforismo reflexivo, convertido en convincente bosquejo, sin pompa retórica ni oscuridad, cuyo enunciado es compartido de inmediato: “Entre dos eternidades vivimos unos años y lo llamamos vida”.
   Su anhelo es conseguir un código comunicativo, que se esfuerza por explicar las inclinaciones de la mirada y busca descubrir esas pequeñas brasas encendidas en las que se cobija la claridad de lo sentimental: “Las muchachas en flor convierten a los  adultos en jardineros melancólicos”.
   La tarea del aforista añade al estilo redondo y accesible del destello, sin la controversia del ´pulpito moral, la búsqueda de un punto de vista con validez colectiva entre las perplejas observaciones del cronista: “En la amistad es mezquino llevar una contabilidad minuciosa”; “Ciertos problemas personales es bueno que se compliquen aún más para poder resolverlos”; “Solo sabe mirar el que ha contemplado mucho”. De este modo, las notas privadas del aforismo parecen pasos de una conciencia escrita, entregada a la intimidad del pensamiento.
   El libro de aforismos contiene también una mirada introspectiva que explora la semántica del género, esa afinación perfecta para que en los acordes no quepan disonancias y alberguen una metafísica de bolsillo.
   Por primera vez, se integra en la compilación aforística los dibujos del escritor. Las imágenes añaden a la razón textual una interpretación plástica. Son realizaciones de trazo pulcro y lineal, que muestran la inquietud volátil de lo transitorio, como el ojo hubiese realizado una abstracción de los detalles para siluetear en la realidad un instante de vida destilada. Las unidades mínimas de estas viñetas abiertas dejan junto a la estela verbal un dibujo suspendido en el vacío.
   Escribe Ramón Eder que “El buen aforismo es el que dice más de lo que parece, no el que parece que dice más de lo que dice” y hay que tomar ese metaforismo en sentido literal. Estas palmeras solitarias en el libro de arena de lo laborable nunca son espejismos.   




viernes, 21 de abril de 2017

SERGIO GARCÍA. MIRAR DE REOJO

Mirar de reojoSergio García ClementeCuadernos del Vigía, Aforismos
Granada, 2017

MIRADAS
  
   Las líneas de situación de Sergio García Clemente son conocidas; con su primera entrega aforística Dar que pensar logró el I Premio Internacional José Bergamín de Aforismos. El certamen argumentaba su logro principal: dar a conocer una voz emergente que apenas tenía unos pasos de prometedor recorrido y poemas dispersos en revistas. El premio además dio un toque de atención a algunos especialistas del género, como Manuel Neila y José Luis Trullo Herrera que mostraron el trabajo del escritor en sus antologías.
   No hace mucho la Fundación Mapfre Guanarteme conmemoraba el Día de las Letras Canarias con la edición de un libro dedicado a dos jóvenes creadores: Ramiro Rosón Mesa y Sergio García Clemente, de quien se recuperaba un muestrario de breves titulado Ángulo muerto. Así que el autor canario en plena ebullición es ya  aplicado oficiantes de la nueva hornada.
   Su último trabajo, Mirar de reojo arranca desde una cota destacada. Dejo el rastro inaugural de los tres primeros destellos: “Basta un gesto sensual de la vida para que la tristeza nos sea infiel”, “Cuida las cenizas de tu amor: son las semillas del siguiente”; “Todos somos de carne y hueso, excepto el prójimo”. Teselas así parecen contradecir el título; quien escribe no mira de reojo, con retina declinante y ángulos muertos, sino con la profundidad del mediodía y la lucidez del encuentro con el asombro.
   La provincia cromática del aforismo lleva a menudo un contrapeso de solemnidad que ralentiza el paso; lo sabe bien uno de los aforistas centrales del ahora breve, Ramón Eder que deja la siguiente impresión: “Irónicos, desengañados y lúcidos, los aforismos de Mirar de reojo son certeros y dan que pensar. En este libro hay aforismos memorables (…) “cuando un imbécil te da la espalda te ofrece su mejor cara”  Un juicio que comparto y que no resulta hiperbólico en su definición porque Sergio García Clemente hace del género un expresión intensa de las cualidades de convivencia de nuestro tiempo y  las dota de un carácter narrativo y coloquial.
  Al cabo, una de las justificaciones más reiteradas de la literatura sintética actual es atribuir al aforismo capacidad para leer de modo fragmentario una realidad ambivalente y discontinua que mezcla un panorama ecléctico. En el buen aforismo encontramos una singular conjunción de autobiografía velada, certezas cardinales y restos varios de ceniza y cal sobre esperanzas ilusiones y sueños. La experiencia concreta se trasciende  para transformarse en  estado anímico y en emoción; para distanciarse, Sergio García Clemente recurre a los verbos en plural: hace de su voz un nosotros consentido que añade el contrapeso de la experiencia común: la emoción se objetiva y los hechos se visualizan desde la distancia: “El amor es el mejor lazarillo para nuestra ceguera”, “Detrás de ciertas sonrisas adivinamos los escombros”, “Para algunos tan solo somos el escenario ideal de sus monólogos”…
  Otras veces recurre a la ironía y aliña con sus dedos frescos la masa moldeable de la percepción: “La habilidad más importante de un escritor es utilizar bien la papelera”, “De la luz solo veo sus sombras”, “Tener que darle una buena noticia a un cretino te estropea el día”. De esta forma, la mirada interior se aleja de los espejos del narcisismo para mostrar los rasgos de un sujeto común que es paradigma de normalidad.
 Mirar de reojo nos presenta la vertiente interior de un cultivador maduro, que pugna por aprender las claves del ser con una objetivación verbal concisa y con un innegable punto de poesía que no menoscaba los procedimientos expresivos del aforismo. En su fondo argumental se mezclan sentimiento e intuición, un registro lleno de frescor natural que hace del lenguaje representación y símbolo, gozo lector.

 



martes, 5 de julio de 2016

RAMÓN EDER. IRONÍAS

Ironías
Ramón Eder
A la Mínima, Renacimiento
Sevilla, 2016

CLAVE DE ÉPOCA

   La profusa vitalidad del aforismo actual constata un crecimiento del género que se manifiesta, incluso, en las frecuentes entregas de cada escritor. En lapsos temporales escuetos se suceden salidas que miran un tiempo histórico con afán testimonial y crítico, desde un mirador implicado que sugiere una lectura moral. Otras veces se focaliza un trayecto existencial y la escritura se atiene al recorrido introspectivo que pone luz en las habitaciones de la intimidad donde reserva sitio el paso de los días.
   La aforística de Ramón Eder (Lumbier, 1952) es bien conocida por los lectores como colaborador tenaz en la crecida de este género breve. En Ironías compila tres volúmenes: La vida ondulante, Aire de comedia y Aforismos del Bidasoa, ofreciendo una guía práctica de sentido plural. Sobre la voz personal de Ramón Eder el poeta y aforista Carlos Marzal subraya que parece obvio el carácter paradójico de un prólogo porque busca ampliar lo sintético; por tanto, si la característica esencial de esta escritura es su apego a manifestar mínimos requisitos, lo que debe hacer un buen aforismo es mostrarnos un fragmento de lo real bajo el flexo encendido de la inteligencia. Sin duda, y a este objetivo habitual  Ramón Eder añade una coda: la ausencia de acritud en su focalización de lo transitorio; la ventana abierta a la sonrisa resta solemnidad al moralismo de púlpito para transformar su reflexión en la luz cotidiana de un paseante del optimismo. Con él compartimos ilusiones y sugerencias bajo la sombrilla benevolente de la lucidez.
  El ámbito argumental del aforismo negocia continuamente con el azar, requiere libertad de movimientos y una elocuente determinación para explorar rincones al paso. Aunque el título de La vida ondulante denomina el tránsito de la propia vida como invitación a hacer de sus secuencias un laboratorio privado, la trama tiene la capacidad de absorber todo tipo de entrelazados. Conviene recordar que “los escritores son esos alquimistas que convierten  la vida en literatura y la literatura en vida”. Y en ese trasvase  conviven la identidad del yo con sus fantasmas, el espacio social y las claves vitalistas de un ahora que muda a diario el cuerpo de letra de sus intereses.
   Contemplar la propia andadura es abrir la mirada hacia el lenguaje y sus relaciones con la identidad del sujeto verbal. Ramón Eder explora con frecuencia los recursos del taller personal y refleja en sus aforismos el vigor de unas pocas convicciones estéticas. En cada nuevo sondeo está el aporte de la tradición y está la práctica textual que amplía condicionamientos y teorías; la causa principal del texto es siempre la necesidad de decir, el acto de escribir como una atinada forma de dibujar un autorretrato.
  Quien escribe es consciente de que “el escritor de aforismos, si se descuida, puede acabar convirtiéndose en un sabio de almanaque”. Por ello, frente al tono sapiencial de ceño fruncido, Aire de comedia pone de manifiesto el conocimiento espontáneo y la elección de un modo directo, sincero y coloquial, como si las enseñanzas del acontecer diario fusionaran humor, memoria y lenguaje. La escritura se convierte en una apuesta por la amenidad. Interiores y exteriores emiten destellos cómplices, hablan de ciudadanos normales que celebran el hecho de estar vivos e integran su discurrir en un intermedio hecho presente continuo. El mundo es una divertida representación que tiene mucho de patio de colegio, de globos de fin de curso.
  El tramo final de esta compilación se denomina Los aforismos del Bidasoa y su tinta fundamental es la meditación sobre el discurrir. Ramón Eder nunca pierde pie como cronista minucioso de lo temporal porque tiene el convencimiento de que nada de lo que acontece es insignificante. De nuevo se recrean las vetas argumentales clásicas sin que se pierda nunca ese tono singular que define esta escritura: profundidad en el pozo de una supuesta ligereza y afán de rebajar el didactismo a la filosofía lacónica de un diálogo personal. en el que tiene cabida un inevitable sustrato autobiográfico. Al cabo, el principio vivencial de un escritor es su quehacer literario; la existencia es escritura en espera.
   Ironías convence de que el aforismo es un cualificado pretexto para doblar las esquinas de la realidad y descubrir en sus aceras su capacidad para sorprendernos; las palabras desvelan sombras y paradojas con pulso sosegado, que convierte el tacto rosado de cada amanecer en un misterio.


      


jueves, 19 de junio de 2014

UNA CALLE VACÍA

Londres
Fotografía de Javier Cabañero


UNA CALLE VACÍA

               Para Ramón Eder

   Hoy recorren mis pasos esa calle
que no esconde ningún itinerario.
Todas las calles fluyen dócilmente
al mar que es cualquier sitio,
cierran con parsimonia una distancia;
pero ésta alarga al infinito su trazado,
pretendiendo ignorar dónde concluye.
   Amo el cuello sumiso de sus verdes farolas,
los reflejos chillones de sus autos a plazos,
su cal, que habitan líquenes y musgos,
y amo sus papeleras -cielos para despojos-,
singulares regazos donde nada perturba
el aliento feliz de lo caduco.

          Población activa, 1994

domingo, 3 de noviembre de 2013

RAMÓN EDER. DESLUMBRES.

Relámpagos
Ramón Eder
Cuadernos del Vigía
Colección Aforismos
Granada, 2013
 
DESLUMBRES

    El arraigo en la zona centro de la literatura que tiene el aforismo en el presente es mérito de un catálogo reducido de nombres propios. Son practicantes del género que han remozado fachadas e interiores, enriqueciendo su profundidad significativa con novedosas propuestas. En esta recuperación del aforismo sobresale el navarro Ramón Eder (Lumbier, 1952); tiene un larga práctica con varios títulos representados en La vida ondulante, muestra editada por Renacimiento.
    La colección Cuadernos del Vigía, dirigida por Erika Martínez y Miguel Ángel Arcas, integra en su catálogo Relámpagos, cuarta salida de aforismos de Ramón Eder que, desde el título, preserva el toque personal y las particulares exigencias del autor frente a sí mismo. Si la vida al paso nos crea la sensación de su carácter transitorio y efímero, es bueno recordar que sus huellas perduran y se hacen material de evocación, del mismo modo que el brillo del relámpago hiere la retina con su rasgadura.
   En las breverías de Ramón Eder el tacto húmedo y musgoso de lo trascendente se agosta para dejarnos la transitada superficie de un sendero rampante por donde camina un hombre de la calle. El sujeto textual busca en el paisaje diáfano que los sentidos le ofrecen esas secuencias que nutren el ánimo y dan sentido al latido diario. Los ojos despiertos saben que el asombro habita en cualquier rincón, que las variaciones y reincidencias estrenan cada amanecer formas y matices desconocidos.  
   En Ramón Eder, el andar renqueante de lo cotidiano busca en el humor un local abierto, una barra libre donde la ironía puede pernoctar. Desde esa complicidad del espacio habitable, los aforismos tienen el aire natural de una tertulia de sobremesa que nos reconcilia con el desaliño de lo laborable.
   Todo libro de aforismos es también un ejercicio de tapeo temático; se mira el mostrador y se picotea de un sitio a otro hasta ir mitigando el apetito indagatorio. Así se van completando los subtemas que el aforismo siempre comparte con otros géneros como la poesía: el papel de la literatura como registro perdurable contra la erosión del tiempo, el guiño autobiográfico, la soledad, el viaje circular por ese entorno difuso que llamamos vida, los espacios que entrelazan el sueño y lo real, o la ciudad en un tiempo que solapa pasado y presente con incidencias que rompen la rutina… Temas universales que caben en un poema y en el pasillo estrecho de un buen aforismo.
  Relámpagos descubre que en la superficie opaca de cada existencia habita alguna línea perdurable, una escritura inconformista  que ilumina alguna parte del camino, aunque sea bajo el cono amarillo y reducido de una linterna.

 

sábado, 11 de mayo de 2013

RAMÓN EDER. EL AFORISMO.

El cuaderno francés
Ramón Eder
Huacanamo, Barcelona, 2012
 

   La palabra feliz de Ramón Eder ofrece su particular versión teórica del aforismo como epílogo de sus libros. Hace unas semanas, le pedí permiso para reproducir alguno de sus textos; me parece que clarifican con tino una estética personal, un modo de escritura que huye de la grandilocuencia y lo solemne:
 
El aforismo, cuando es bueno, es una frase feliz, es una verdad irónica, es filosofía cristalizada, es una flecha que da en el blanoco, es la inteligencia buscando una salida y encontrándola, es humor refinado, es una enorme minucia, es la gracia de la brevedad, es ética sutil, es la ligereza de la gramática, es cinismo superior, es un verso irrefutable, es un fragmento lúcido, es la elegancia de la sintaxis, es una manera de decir arcaica y moderna a la vez, es lo contrario a un mamotreto, es una burla sublime, es un cuento sintético, es ingenio científico, es una agudeza memorable...
 
( El cuaderno francés, pág 55)
 
  Queda claro: el buen aforismo es Ramón Eder, poeta que escribió una noche: "La vida es una ficción basada en hechos reales"
 
 
 
Pd.- Debo a mi amigo Ricardo Virtanen descubrimientos literarios esenciales. Él fue quien me abrió la ventana de Ramón Eder, porque desde hace años siente predilección por el aforismo y sus mejores voces contemporáneas. Aquí dejo constancia, querido Ricardo, de gratitud y afecto.
 
  Una tarde  escribí a Ramón Eder para pedirle consejo sobre un libro inédito. Su respuesta fue un aforismo más. De vez en cuando, Ramón vuelca en la red su conocimiento sobre los recursos expresivos del género, y yo he ido coleccionando sus consejos, útiles, necesarios, esenciales. Muchas gracias, Ramón.